Acaso, uno de los modos más expeditivos de romper con aquella concepción —tan enraizada en nuestra civilización de libro sagrado— que concede a un texto estatuto ontológico («original»), mientras que a otro se lo niega («copia») o escatima («traducción»), es traducir obras escritas en ruso.
Petición de principio I: a la hora de traducir, nada hay en la lengua rusa que no lo haya en otras; cada lengua tiene sus especificidades, plantea dificultades propias, y la rusa es una entre tantas. No es desde un enfoque lingüístico, por tanto, como lograremos cuestionar la idea de un «original». En cambio, si nos concentramos en los modos en que un texto circula, en sus condiciones de creación y recepción, transitaremos el camino correcto.
Petición de principio II: siguiendo el concepto gadameriano de «historia efectual», acordemos que un texto no es sino los efectos que produce. Cuando un colega recibe el encargo de traducir, por caso, Hamlet, ¿puede abstraerse de los 400 años de historia de recepción, circulación, adaptación, traducción y edición (historia que, además, lo ha constituido a él mismo como lector)? Responder afirmativamente significaría creer que existe un «original» —puro— al que siempre puede volverse, sea el manuscrito del autor o la fuente más autorizada. Responder negativamente, otra vez, nos indica el rumbo adecuado. (Por cierto, envidiemos a los músicos: usan la palabra «versión» y no «traducción», no creen que la Sinfonía n.º 40 de Mozart sea la partitura que está —si es que— conservada en cierto sitio, ni tampoco sostienen un primoroso direttore traditore)