Commission for @aluha ♥ Her characters are way too beautiful and went through so many haircuts in the process, but I'm glad we reached the right look hehehe
Presente de amigo secreto para @aluha! Ela pediu BraArg Star Wars <3
Normalmente, sou uma pessoa mais de fanfic do que de fanart, porém o doutorado comeu o meu cerébro para escrita. Logo, aqui estamos! Fiz com carinho, espero que goste.
(Perdao pela demora, tive que esperar até depois do trabalho pra postar e nao tenho scanner entao foi devagar kkk)
APESAR DE NAO SER FIC TEM UM RESUMO:
É um período de guerra civil. Ao ter suas conexões com o exército rebelde expostas num escândalo público, o príncipe Martín do sistema solar Argentino se vê encurralado. De trono usurpado e capturado por caçadores de recompensa, tem pouco tempo antes de ser entregue ao império.
O único louco o suficiente para tentar o resgate parece ser o mercenário fora-da-lei Luciano, que não tem escolha a não ser aceitar essa missão impossível: precisa de muito dinheiro rápido para pagar as dívidas herdadas de seu pai ao temível Jabba, o Hutt.
Os dois possuem a coragem necessária para sobreviver essa missão, mas conseguirão sobreviver um ao outro?
TAAAM TAAM TAM TAM TAM TAAAAM TAM
Hello @aluha ~ I'm your Brarg Secret Santa pinch-hitter \o/
I chose the "aggressively trying to out-serenade each other" prompt because that sounded amazing. But also it required several drawings, so here we are. (the plot here is: they both HATE public serenades ♥)
(SANTA SECRETA PARA ALUHA HOLA LINDA LAMENTO EL RETRASO ESPERO QUE TE GUSTE SOB.)
Manuel no puede hornear un panetón ni aunque su vida dependa de ello.
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Con los primeros días de Diciembre, la esperada temporada de Navidad asomándose cada vez en el calendario y el calor cerniéndose sobre Santiago como una caldera con sed de venganza, la panadero de la esquina abre sus puertas a las ocho en punto como todas las mañanas. Manuel González, el propietario y principal panadero del negocio, observa con ojo crítico la caja de decoraciones navideñas que debe colocar en las ventanas. Ha empezado esa época del año y con ella, un cambio significativo en la oferta del negocio. Lo cual representa un problema.
Manuel no es un cocinero nato. La tradición de hacer pan fue heredada a él y aprendida a punta de repetitivas lecciones que dieron por resultado muchos panes rostizados. Sus manos no fueron hechas para eso, definitivamente, y sin las recetas de su familia estaría perdido, pero lo que Manuel no tiene de talento lo tiene en esfuerzo. Y es con esfuerzo que ha logrado aprender a amasar panes deliciosos.
El problema es el panetón.
Cada Diciembre es el anuncio de la llegada del panetón, pareciera automáticamente atado a la navidad.
No es una receta de su tierra ni de cerca, pero a donde va, el panetón parece ser el rey absoluto de la mesa navideña. Pero no importa cuánto Manuel practique, jamás logra un panetón que valga realmente la pena. Así que a principios de mes se ve obligado a comprarle una docena al odioso pastelero de la pastelería que queda en la otra comuna. (La peor parte de esa transacción es tener que ver la irritante cara de ese hombre asegurándole que NADIE va a hornear un panetón como él.)
Aún así, con el cargamento comprado y todo, Manuel no deja de preparar al menos un panetón. No quiere darse por vencido aún, quizás practicando dé con el error en cómo sigue la receta.
Usualmente, ese es el único panetón que no se vende.
(La gente se devora los que le compra al idiota de Miguel Prado.)
Por eso Manuel se sorprende esa mañana cuando, luego de terminar con las decoraciones navideñas (una guirnalda acá, otra allá, un pequeño árbol de navidad y una corona en la mampara), el primer cliente de la mañana elige ese panetón.
Manuel lo escudriña con la mirada, quizás sea alguna especie de trampa. Quizás Miguel Prado reveló su secreto y le contó entre risas a algún extraño qué, pffft, ni te imaginas, Manuel Gonzáles no puede distinguir entre fruta confitada y ositos de goma, no podría hacer un panetón decente ni aunque lo amenazaran con ponerle una bomba a su tienda.
El extraño se ve alegre. Muy alegre.
Manuel sospecha.
—Olá! —el extraño saluda, echando un vistazo rápido al interior de la tienda, aspirando el olor del pan fresco.
Manuel se pregunta si es nuevo, se ve extranjero, ingenuo y quizás carente de cierto contenido neuronal, pero los juicios de Manuel a menudo son duros y cualquier persona que sonría demasiado le parece desquiciada porque él es un amargado.
—Hola —gruñe de vuelta—. ¿Buscas algo? El extraño sonríe de oreja a oreja, como si Manuel no acabase de gruñirle.
(Tiene que practicar un poco con eso de hablarle a la clientela. Un poquito.)
—Sí, de hecho —el extraño olisquea—. Panetón.
Manuel contempla en silencio su propio panetón en las manos de ese extraño. La última vez que alguien compró uno de los suyos por error sufrió de un severo caso de diarrea. Por supuesto, era un extraño dramático que volvió agitando los brazos y gritando la palabra DIARREA. Manuel sintió pena por su abogado uruguayo, parecía tan mortificado que seguro iba a acabar asesinando a su cliente antes de que la demanda fuese hecha siquiera.
—¿Seguro que quieres ese? —Manuel pregunta—. Hay... otros...
Contempla silenciosamente los panetones con pinta de fotografía gourmet que adquirió de Miguel Prado.
Maldito seas, Miguel Prado.
—Seguro —el extraño alza una ceja—. Bueno, este se ve algo quemado y se ve algo triste, pero tiene más nueces y me gustan las nueces. Me lo llevo.
Manuel piensa en advertirle, pero ya hay un billete frente a sus narices. —Hecho.
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El extraño se llama Luciano da Silva y llegó a vivir a la ciudad tan sólo unos días antes de entrar a la panadería de Manuel y comprar el panetón que cambiaría dramáticamente su vida. Quizás ese día los planetas se alinearon y decidieron jugar un juego de ping pong con cerveza, quizás fue algún efecto a consecuencia del fin del calendario maya, o quizás sea que Luciano es un extraterrestre cuyas papilas gustativas están constituidas de manera distinta a la de los humanos, pero al primero mordisco, Luciano decidió que no podía dejar de vivir sin ese panetón chamuscado.
—Esto es bueno —mastica, desde la comodidad de su nuevo hogar, la pared de su cuarto pegada a la del argentino gritón que amenaza con demandar a todo el mundo—. Muy bueno, dios, necesito más.
Y como gato mirando a la carnicería, Luciano da Silva infarta al pobre panadero cuando voltea tras minutos de concentración haciendo cuentas y encuentra a un ridículo hombre con la nariz pegada al ventanal.
—¡Vengo por panetón!
—¿Cómo es que sigues vivo?
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Luciano se convierte en un cliente asiduo y como cliente asiduo, siente la necesidad de entrometerse un poco en la vida del panadero. ¿Cuál es su receta? ¿Cómo llegó allí? ¿Por qué siempre hay sólo uno de su panetón favorito? ¿Por qué actúa como si nunca tuviese sexo? Tiene demasiadas interrogantes que olvida gracias a su fugaz capacidad de poner atención, pero veinte panetones después hay cosas que hasta él, el menos observador de los observadores, puede adivinar.
Manuel no es amigable a menos que le compres mucho. Manuel probablemente lleva siglos sin acostarse con alguien, lo que explicaría porque siempre tiene cara de haber confundido el vino con vinagre. Manuel es muy trabajador. Y Manuel pasará solo las fiestas.
Luciano lo sabe porque charlar está en su naturaleza y la cara de pocos amigos del panadero es como para hacerlo hablar antes de que olvide el sonido de su propia voz.
—Mi familia vive lejos —gruñe Manuel—. En el sur, pero para mí las festividades son como cualquier otro día, excepto que puedo dormir hasta tarde.
(Pero no lo hace porque su reloj biológico lo odia y lo saca de la cama a las ocho.)
—Bueno, yo estoy lejos de la mía y de todas maneras están algo dementes —sonríe Luciano, mientras arranca pedazos de panetón y se los lleva a la boca. Manuel lo mira con algo de asco.
—¿Familia grande?
—Muchas hermanas, un par de hermanos. Y mi viejo, pero mi viejo apesta.
—Genial —Manuel alza las cejas y le entrega el cambio.
—¿Y qué harás para navidad?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada
—¿Nada de nada de nada?
—NADA.
Luciano se rasca la cabeza algo pensativo. Bueno, piensa, eso no está bien, nada bien. Y él tampoco desea aburrirse en las fiestas.
—¡Ya sé! —se enciende su ampolleta—¿Por qué no vienes a mi casa? Vamos, será divertido, y tengo un vecino al que podemos fastidiar. Es algo sensible a que la gente si divierta sin él.
—Debe ser argentino.
—Definitivamente.
Manuel duda un momento, luego suspira y se rasca el mentón. Sus mejillas están algo coloradas.
—Lo voy a pensar.
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A las diez en punto, Luciano abre la puerta sólo para encontrar al fiel panadero con perpetua expresión de fastidio parado en su puerta.
—Traje el vino.
—¿Que no me dijiste que no hacías nada en Navidad? —Luciano lo mira divertido.
Manuel se prende como una ampolleta de navidad y Luciano podría jurar que hace un puchero.
—No me hagas cambiar de idea.
—Ya, ya.
Esa noche de navidad, Manuel recibiría el regalo de aprender a divertirse y una de las borracheras más extremas de su vida, serenata para el argentino vecino de Luciano incluida. Y Luciano recibiría más panetón. Pero también un nuevo amigo en su nuevo hogar.