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Solo me abraza el vacío dónde alguna vez estuvieron tus brazos.
La primavera duró un día, y no hay nada que hacer para evitar que las hojas empiecen a caer. Llegó, quizá, demasiado pronto nuestro otoño,
Hay palabras de las que no se pueden volver, incluso gestos o miradas,
Las luces se apagan y ensordece el silencio porque no están tus manos acariciando algún pliegue de mi cuerpo cansado.
No se marchitan únicamente las flores y aquello que se cuidó con tanto esmero; detrás se acaba un sueño, unas cuantas metas y queda un lenguaje muerto; esas palabras que solo tienen sentido en el contexto de quienes las utilizaban, palabras existentes pero con conotaciones únicas, palabras inexistentes que nacieron en alguna especie de complicidad. Nunca más se usarán por qué sus hablantes han caído de una torre y ahora no logran entenderse. ¿Será que pasa eso cuando se pretende llegar tan alto?
De todas formas, estoy en duelo, las palabras se ha perdido, no se susurran más. Las palabras que no se dijeron quedan atrapadas en un limbo de imposibilidad constante, atoradas en la garganta y volviendose una masa que a veces se la siente como un nudo.
Estoy en duelo, y la amargura inextricable se convierte en orgullo y no me deja llorar.
Ay! Llorar. Llorar! Hasta eso lo perdido hoy. ¿Cómo enjuagaré mi rostro, corazón y alma?
Una historia triste que me recuerda estar vivo y seguir.
A veces, cuando busco en el rincón oscuro de mis recuerdos, tú sabes, esas noches de melancolía donde te da por leer ese libro donde yace esa historia que lo único que hace por lo menos es sacarte un nudo en la garganta. Luego viene una estampida de memorias buenas, malas y de terror. En fin... no puedo evitar encontrar ese libro y leerlo. Afortunadamente aprendí a trascender mi pasado, sin embargo, leer una historia triste me recuerda que estoy vivo y que aún siento. Me recuerda que he pasado por momentos difíciles pero he salido adelante. Que cuando creí que el mundo ya no tenía un horizonte, abrí los ojos y vi el amanecer.
“¿Cómo pueden dos personas que se aman tanto hacerse daño?” me pregunto cada vez que lo leo. ¿Cómo del día uno donde llevas cargando esa sonrisa estúpida que te hace reír incluso más por saberte así, estúpido enamorado, pasas a ser un ser irreconocible frente al espejo? Solo puedo pensar en el “ser humano”. Somos tan inteligentes pero tan estúpidos a la vez que se vuelve una paradoja. Al final no somos más que humanos erráticos que actúan de acuerdo a sus instintos primitivos; ante lo excitante y lo aventurero sin tomar en cuenta las consecuencias. ¿Y es que ir por la vida preocupándote de las consecuencias de tus actos es acaso vivir? Pues no. Y por eso es que hay estas historias tristes que nos recuerdan cuán vivos estamos. ¿Y qué tan locos, tal vez?
Veo cada día como una nueva oportunidad para cambiar. Para allanar el terreno y caminar más seguro y más confiado. Pero una cosa es cierta, si leer de nuevo tu historia no te ha enseñado nada, seguiremos escribiendo el mismo tipo de historias y creo que nadie queremos eso. Al final todos buscamos escribir nuevos y mejores relatos. Hoy se me ocurre escribir una historia al tiempo que escribo en este blog, tal vez podríamos hacerlo juntos. Una historia que se llame: “Aprendiendo a amarme”.
Y nosotros tuvimos intimidad en su cuarto: me enseñó todos sus libros.. Desearía que no hubiera sido un momento efímero.
Fingian no amarse, pero se querían demasiado. Ella era una chica alegre, divertida y hermosa. Él era aburrido, solitario y soñador. Eran amigos, o al menos eso fingian ser, porque su amor, era mas que una simple amistad, los dos pensaban lo mismo: — Ella es la persona con la cual quiero pasar el resto de mis días. — Él es la persona con la cual quiero pasar el resto de mis días.
del amor, entre otras cosas