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C.?
‘A las personas también se las lleva el viento’. Miguel Gane.
Yo un día viví del aire que había entre nosotros,
del miedo,
de la distancia.
Viví de la puta rabia que me desgarraba la garganta,
los domingos cargados de restos,
la impotencia de un buzón vacío.
Creo que deberíamos habernos tocado más y habernos matado menos.
No hablo de tiempo, hablo de excusas.
No me dejaste sonreírte entre dientes ni dibujarte el mundo bajo el ombligo. Ya sabes por dónde voy; no te declaraste.
Culpable.
El suelo está lleno de trampas y yo nunca he sabido volar.
Tal vez te rendiste o es que yo nunca he querido jugar.
Nunca supiste mirarme mientras dormía ni salvarme del mundo. No tuviste capacidad de adicción; pero es que yo, tampoco.
Cuánto daño acumulaste en las comisuras de tus labios para después soltarlo como un veneno, dulce y lento, por cada poro de mi piel.
El vértigo a la velocidad de la luz de la luna que nos alumbraba mientras corría en dirección opuesta a todos mis principios sólo porque huyeras del pasado.
Me asusté del frío de cada palabra vacía y volví a las hogueras del principio,
a las sábanas de tu conversación y al exceso de risa nerviosa que delataba mi pánico a perderte.
Me retorciste la sonrisa hasta dar la vuelta a mi mueca y convertirla en una ventana vacía y muerta.
Cogiste las ocho letras de un ‘te quiero’ y las convertiste en las nueve de un ‘no vuelvas’.
Quizá me faltó sentido común y un poco de literatura;
quizá no supe ser escalera al cielo ni tu boca de incendios cuando te faltaba calor.
O es que no te diste cuenta de que el mapa era el puto tesoro ni que amontonaba los libros solo para acumular algo que no fuesen lágrimas.
Me asfixió tu indiferencia y entonces me fui de ti inconscientemente.
He colocado tu recuerdo en el cajón de la lencería pero sigue sin dejarme dormir y eso que han pasado más de ciento veinte días desde que dejé de intentar cruzarme con tus silencios.
La suerte es la mentira más universal que conozco y la felicidad la utopía más extendida que me gustaría conocer.
He empezado a escuchar nuestras canciones y ahora solo oigo cómo crujen las paredes de este desorden de lágrimas.
A la mierda.
A la mierda tu boca, tu brillo de ojos y tus abrazos.
Me golpeo con los kilómetros que dejaste entre tú y yo.
Quería decírtelo; no soy nada buena cuidándome pero nunca me sacaste a bailar ni supiste desbordar los vasos ni mirar por debajo de mi falda.
Tuve que aprender a descifrar tus gestos, buscarte entre palabras y a jurarme cada día que cambiaría al día siguiente.
Después de todo, estoy bien; una retirada a tiempo también es una derrota pero sigo corriéndome en tu boca cada vez que cierro los ojos.
Después de todo, antes de ti, no había nada.
Después de todo.. Sigo en pie, al borde del precipicio, preparada para enamorarme de cualquier cuervo que quiera sacarme los ojos.
Tengo un espectáculo en el corazón,
una peli porno en el pecho y
una habitación con vistas al mar en mi sexo.
Son las 5:35 y lo he llenado todo de horas muertas.
Son las 5:36 y lo he puesto todo perdido de ganas de follar.
Son las 5:37 y me he dado cuenta de que la oscuridad no es más que falta de libros en una estantería.
He bajado las persianas y matado al tiempo,
me he metido en la cama evitando cualquier motivo para salir de ella.
Hoy también es mañana por la tarde y sigue siendo de noche;
y a mí,
por más que me tape los ojos,
me siguen dando miedo las mentiras
Ya no tiene que ver contigo.
Ayer me sacaron a bailar y bailé hasta que me dolió respirar. Ayer también canté. Canté con ganas, con fuerza; fui un espectáculo. Canté hasta que me dolió la garganta y no podía tragarte más.
Ayer estuve andando por Madrid,
mientras cantaba e iba agarrada del brazo de uno de ellos,
y no estaba pensando en ti.
Ayer no lloré, aunque me seguías doliendo y me invadías, de vez en mucho, la puta cabeza. Ayer me regalaron un par de rosas y un par de sonrisas que me hacían falta. Ayer cené y bebí, y volví a beber y me regalaron abrazos, risas y paseos por el centro de Madrid, mientras el frío se comía mis piernas y mis pies se morían poco a poco porque el invierno asaltaba mis extremidades, congelándome hasta el vestido que no llevaba.
Ayer me sacaron a bailar y bailé con todo mi corazón.
Ayer me reí tanto que me dolía la boca del estómago, y toda la rabia se esfumaba y me vencía la sensación de un golpe de buena suerte. Siete golpes por sus siete sonrisas.
Ayer no lloré.
Ayer bailé, canté, sonreí, bebí; y, por un momento, no pensé en ti.
Y ese momento, ese desliz de sensaciones que me conquistaba, vale por todos los que sí pienso y tengo que rehacer todo lo que has jodido a tu paso.
Ayer, después de mucho tiempo, no lloré.
¿Y sabes qué?
Fue por ellos, y por todas las risas, y las rosas, y las canciones, y los bailes, y la cerveza, y el frío y, por lo que sea, pero cada día estás más lejos, y estás consiguiendo que yo me vaya, que no vuelva, que no quiera quedarme.
Ayer me metí en la cama a las 5 de la mañana y empecé a escribir esto porque ayer no lloré, ni pensé en ti; y supongo que lo que quiero gritar es que una vez dije que ‘nada termina hasta que tú sientes que termina’, y yo ayer lo sentí.
En lo más hondo y profundo de mí, te busqué, y no te encontré. Y sonreí.
El dolor sigue ahogándome y el corazón sigue roto, y muchas canciones hablan de ti ‘y no veas qué hijas de puta son a veces’, pero ya no me quedan promesas a las que agarrarme, ni palabras, ni certezas de ese supuesto amor que me tenías.
No me queda más remedio que regalarme un respiro;
regalarme un poco de mí, sin ti.
Desaprender las ganas y desaprender las noches de ilusión.
Y es que ayer me recordaron lo que es ser feliz;
y no tuvo nada que ver contigo.