Los celos duraron más tiempo que el amor. J.P. quiso conservar su poder sobre mí. A pesar de tener a Circe, no soportaba la idea de que yo le dejara.
seen from Brazil
seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from Italy

seen from Poland

seen from United Kingdom
seen from China

seen from Belgium

seen from Germany
seen from Brazil
seen from United States

seen from Malaysia
seen from Mexico

seen from United States
seen from United States
seen from Germany

seen from Netherlands

seen from Spain
seen from United States
Los celos duraron más tiempo que el amor. J.P. quiso conservar su poder sobre mí. A pesar de tener a Circe, no soportaba la idea de que yo le dejara.
Agathe
A veces rememoro vívídamente las escenas en las que, con los pies y las muñecas atadas, unas manos sensuales me trataban brutalmente mientras la mejilla del verdugo, el hombre al que yo amaba, reposaba con infinita ternura sobre mi rodilla, y sus labios cálidos me tranquilizaban con un beso en el muslo, última prueba de su amor, antes de que, arreciando su ferocidad, desgarrara, impusiera, obligara, azotara.
Después, con los senos pinzados y estirados, soportando en cada pezón pesos de cuatrocientos, quinientos, seiscientos gramos y más, una mano de escamas metálicas, los dedos enfundados en tejidos plateados, rozaba y acariciaba mis senos doloridos y, en cualquier instante, podía hacerme daño. En ese suspense, en esa angustia entreverada de un deseo que no tenemos derecho a formular, se alcanza un estado casi místico.
En esos instantes, sí, he amado. Y me he hecho quebrar y moler, mi cuerpo ha sido inmolado y mi alma ha ardido, cual antorcha viviente, hasta carbonizarse. He gritado mi desesperación. He vivido bañada en sangre. Llaga viva para siempre jamás. Vieja historia ésta, en la que no hay amo, ni ama, ni esclavo, sino dos individuos semejantes y enfrentados por su sexo y su carácter.
Si Dios Padre nos ha creado para que nos peleemos y odiemos, y no para que nos amemos, no cabe duda de que es la divinidad más sádica que pueda uno imaginarse.
Amas, nosotras seremos la carcelera, la mujer-policía, la flageladora, el demiurgo de su feminidad de machos. Vosotras, las dominadoras, mandaréis, para así desculpabilizarlos con mayor facilidad. ¿Sueñan desde siempre con ser mujer? Seamos pues el ama que obliga, seamos la reina de los vicios para esos hombres que se confiesan inocentes. Les resulta práctico, ¿verdad? ¡No son ellos, sino tú la inmunda pecadora!
Satis.
Masturbaos, hermanos, pues voy a describiros un cuerpo de masoquista. Es un cuerpo siempre marcado, un cuerpo abierto a todo, un cuerpo desviado de sus funciones habituales, un cuerpo dúctil, resbaladizo, ceñido en látex, estrangulado por corsés, mordido por el látigo, estirado por las cadenas, penetrado por consoladores, por sexos, por manos, un cuerpo sudoroso, sangrante a veces, pero un cuerpo glorioso. Porque en este equilibrio excepcional entre el sufrimiento y el placer es donde la conciencia de ese cuerpo se ahonda; en este vaivén inolvidable se da ese estado de conciencia en el que ya no hay amo ni esclavo, dominante ni sumiso, sino una inmensa soledad y el tremendo orgullo de haber podido, de haber osado ir tan lejos, de haberse atrevido a llevar el cuerpo, cual dócil animal agradecido, más allá de las fronteras de lo soportable.
Vamos, pequeñas sumisas, dejad de preguntaros si sois o no masoquistas. Cuando alguien es masoquista, lo sabe, lo vive y a veces llora por ello. Pues quien ha conocido esos estados de éxtasis jamás volverá a ser el de antes, jamás quedará saciado con otros placeres, por parecidos que sean, ni con las falsas apariencias; nunca dejará de buscar, siempre se sentirá hambriento, siempre dividido entre la repugnancia hacia sí mismo y el orgullo, entre el odio y la gratitud hacia el que se halla con él, hacia el verdugo, instrumento por desgracia necesario. Reconozco que no es muy excitante lo que cuento, pero es lo que he vivido. Así que ya podéis imaginar vuestras porfias: basto, no basto, lo es quien dice serlo, ah, estos jueguecitos de niños, yo seré la masoquista y tú el sádico, un golpecito aquí y otro allá, mi soberano Amo adorado, el gran montaje es demasiado estúpido para ser verdadero, no resulta muy divertido, en el fondo le falta carne y esperma, sangre y basura.
Se necesita haber recorrido un largo camino para entender que nosotras, las mujeres, seguimos siendo un objeto, y que si damos la sensación de que carecemos ya de sentimientos, se debe a que los hombres lo han querido así.
Soñaba con ser una fulana seductora, pero sólo era un adefesio engreído.
Para otras personas, el sadomasoquismo significa hacerse azotar, o humillar, o también vestirse de mujer. De la misma manera que yo no sé por qué en concreto el bondage me da placer, respeto la manera en que otros hallan su placer. Con tanta naturalidad como acepto el mío. Tendemos a pensar que los que no “juegan" como nosotros no han descubierto todas las formas de su placer. 0 las rechazan. Muchos de nosotros sentimos idéntico placer como dominantes que como sumisos. Como heterosexuales y como homosexuales.
La culpabilidad es lo que vuelve inocente aquello que se suponía que tenía que hacer expiar; el castigo es lo que hace permisible lo que supuestamente sancionaba.