(...) Ya no sé traducir la poesía, ni del alma en la médula me entra la inmensa melodía del silencio, que en la llanura quieta parece que descansa, parece que se acuesta.
José María Gabriel y Galán
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(...) Ya no sé traducir la poesía, ni del alma en la médula me entra la inmensa melodía del silencio, que en la llanura quieta parece que descansa, parece que se acuesta.
José María Gabriel y Galán
¡Con cuánta lentitud las horas ruedan por encima del alma que está sola llorando en las tinieblas!
José María Gabriel y Galán
Los celos duraron más tiempo que el amor. J.P. quiso conservar su poder sobre mí. A pesar de tener a Circe, no soportaba la idea de que yo le dejara.
Amas, nosotras seremos la carcelera, la mujer-policía, la flageladora, el demiurgo de su feminidad de machos. Vosotras, las dominadoras, mandaréis, para así desculpabilizarlos con mayor facilidad. ¿Sueñan desde siempre con ser mujer? Seamos pues el ama que obliga, seamos la reina de los vicios para esos hombres que se confiesan inocentes. Les resulta práctico, ¿verdad? ¡No son ellos, sino tú la inmunda pecadora!
Se necesita haber recorrido un largo camino para entender que nosotras, las mujeres, seguimos siendo un objeto, y que si damos la sensación de que carecemos ya de sentimientos, se debe a que los hombres lo han querido así.
Soñaba con ser una fulana seductora, pero sólo era un adefesio engreído.
Él la golpeó y la amó. Era sincero, afectuoso, generoso. La besaba, la consolaba. Cuando la ataba, ella se echaba a temblar y perdía el mundo de vista. Por la mañana, él se levantaba y le llevaba el café y un pomelo pelado; ordenaba sus cosas, le limpiaba los zapatos. Ella, no obstante, nunca le había pedido nada. Pero ella le abandonó. ÉL se convirtió en un cadáver viviente: se drogaba y caía en la mitomanía.