— Eres un insensible — lo acusó con la mirada, pero claramente exagerando sus expresiones porque no creía que el muchacho fuese así. Lo miró de reojo cuando volvía sus labios a la lata para darle un sorbo. Cuando la bajó hasta la altura de su propio abdomen, chocaba las uñas despacio contra la misma lata, casi como un tic nervioso.
—¿Sabes por qué ocurren estas cosas también? Porque la gente conduce cada vez peor —abrió sus ojos mientras con algo de indignación le contaba su punto de vista, uno que de algún modo lo salvaba al pobre joven.
—Me hubieras llamado… — murmuró sin tanta importancia y sin darse cuenta realmente lo que decía. Lo miró y negó con la cabeza para que olvide de alguna manera lo que ella dijo — En fin, aquí estoy — pensó en voz alta. El presente es lo que le importaba.
Con aquella sugerencia última, el joven alzó una de sus cejas, como si con esas palabras hubiese recordado algo. Y asi había sido. Dejó que terminara de hablar y bebió de su cerveza un sorbo más antes de dejar la lata en el mueble que quedaba a sus espaldas, entonces, enderezó su cuerpo y se acercó hasta el otro mesón del frente, donde estaba ella.
— Podría haberte llamado. — Confirmo lo dicho por ella y apoyó sus manos sobre el mesón, una mano a cada costado del cuerpo de ella, y por tanto, la distancia disminuía a bastante poca, pero aun asi le dejaba espacio para que hablara. — Te llamé y no contestaste, hablabas y sonabas rara. — Intentó nombrar las cosas que había hecho en lo que ella había estado lejos por un tiempo. — ¿Me dirás que te pasa? — Sus ojos se fijaron en los azules de la joven, sus manos firmes a sus costados, literalmente acorralándola.
Lo observó moverse, sin entender para nada al principio hasta que lo tuvo frente a ella, siendo todo mucho más claro. Miró a sus manos, con tal de evitar su mirada y enredarse ella misma en eso que pretendía ocultar por vergüenza, asco y horror. Todavía era algo de lo que se curaba y no buscaba volver a abrir esa reciente herida.
—Olvídalo, no era nada — intentó decirle sin mirarlo, como si le costara mentirle en la cara. Un poco más segura, y no tan temblorosa, le esbozó una sonrisa. — Algo hormonal supongo… Ya debes conocer a las mujeres y sus estados — se excusó bajo la porquería más grande del mundo pero ahora al menos sonaba más segura bajo esa mentira. No quería pensar en eso. Dejó la lata de cerveza a un costado, ni bien logró pasar su mano por arriba del brazo de él.
—Lo siento — se disculpó mirándolo directo a los ojos. Eso era dicho con honestidad y se debía a su falta. Se aproximó a su mentón y le dejó un corto beso, fugaz, pero muy cariñoso, como si le dedicara aquello plenamente.
Sus ojos no se despegaron de los de ella por mucho que ella bajaba la mirada o lo evitaba, él continuó en aquella in-rompible postura, firme. Cuando la escuchó, su rostro no cambio, pero si tensó la mandíbula, con algo de fuerza, controlándose de esa forma para no enojarse ahí mismo con ella, porque le mentía, y realmente comenzaba a probar su carácter al esquivar algo que el sabia; no con certeza, muy vagamente mas bien, pero sabia. Él estaba seguro que le mentía y aquello comenzaba a desesperarle, llevaban tiempo en eso.
Él sospechando y ella esquivando.
Anton estaba bajo esa coraza dura que se ponía siempre, él era así. Pero en cuanto sintió el beso de Gen, se relajó un poco más. No podía enojarse por algo que la estaba haciendo sufrir. Era estúpido y egoísta, aunque solo hasta cierto punto. Bajó su rostro un poco para encontrarse con sus labios, y sin dudar, los capturó en un beso, un beso suave, aprovechando la cercanía para pasar una mano por su espalda y asi acercarla a el. Continuó besándola por unos segundos más antes de alejarse con lentitud, y alzó su otra mano hasta su cuello, apoyando sus dedos por su nuca y su dedo pulgar en su mandíbula. — Estoy acá. — Murmuró, y sus ojos se fijaron en los de ella, siendo le necesario tragar el exceso de saliva. — Estoy acá para tí. Necesito que lo sepas, Gen.
Llevó su mirada a él y juntó sus labios, sin querer negarle ese beso ni de por casualidad. Se separó de la mesada, sintiéndose mil veces más vulnerable que otro momento, cuando sentía la mano de Anton a lo largo de la espalda. Un escalofrío la invadió y como un reflejo apoyó ambas manos en los hombros del chico. Asintió a lo que decía pero sin mirarlo, con los ojos cerrados, sintiéndose totalmente estúpida por no poder contarle lo que había estado sucediendo. Sintió su caricia como una señal de que de verdad podía contar con él, y agradecida por eso pasó una de sus manos a la nuca del joven para masajearla con suavidad, acariciándolo.
—Gracias— susurró débilmente. Terminó por formar una curva en sus labios, diminuta pero segura. — Ahora no puedo… — confesó, haciéndole saber que su sospecha no era inválida —… Pero cuando esté lista yo… Lo sabrás — se humedeció los labios con discreción ni bien volvía a bajar la mirada, mucho más retraída.
La escuchó con sus ojos fijos en el rostro de la castaña, terminando por suspirar sutilmente una vez que las palabras salieron de sus labios, confirmando lo que él había tenido en mente, y si bien sabía que aun no sabría lo que había pasado, le aliviaba ese pequeño paso.
— No te estoy apresurando. — Explicó, llevando su mano desde el cuello hasta su mentón, alzándolo con suavidad para que la mirara.
— No sienta presión. Es solo que quiero que sepas que estoy para tí, que no te ocultes en tu departamento. Que si te sientes mal, si tienes miedo, cualquier cosa, recurras a mi, — Lo dijo con sinceridad, mirando fijamente sus ojos. Desde que la había conocido habían ido formando una amistad, o al menos Anton la sentía así, y el hecho de que sus sentimientos por ella hubiesen crecido, no dejaba de lado que continuara viéndola como una amiga muy sólida.