Lunes 25 de marzo, tres de la tarde, siete horas antes del apagón nacional. Centro Comercial Costa Verde. Allí, como en muchos otros sectores de Maracaibo, no hay electricidad. Los empleados de los comercios están en corrillos, conversando en las afueras de los pocos negocios que todavía operan, con las puertas abiertas para huir del calor. Paso por delante de una tienda que vende sillas. Frente al establecimiento, tres mujeres y un hombre están sentados en cuatro distintas: una silla alta con respaldo, como para bar; una silla metálica, como de jardín; una silla multiuso, de plástico; una silla de oficina. Hay una suave brisa. Dan la impresión de estar conversando en el frente de sus casas.
Yo: (Al pasar frente a ellos, que me miran de reojo). Están maluquitos, pues…
Hombre sentado: (Despatarrado, con el codo apoyado en el brazo de la silla metálica para poder sostenerse la cara ladeada con la mano). Aquí estamos. En resistencia.
Lunes 25 de marzo, tres de la tarde, siete horas antes del apagón nacional. Centro Comercial Costa Verde. A pocos metros de la tienda de sillas, en unos banquitos donde también sopla algo de viento, dos mujeres y un hombre hablan a gritos con un cuarto tertuliante, de pie frente a ellos. Todos son mayores. Probablemente están aguardando a ver si regresa la electricidad para cobrar la pensión en el Banco Bicentenario. El que está de pie lleva un morral tricolor a su espalda y no deja de apuntar a los otros con su dedo enhiesto.
Hombre sentado: (Vociferando y tratando de dar por zanjada la discusión, que debe llevar ya un buen rato). ¡El chavismo es la peor plaga, la peor desgracia que le ha pasado a este país en toda su historia!
Hombre de pie: (Apuntando al contertulio con el dedo). Ve, ve: a los gringos lo que les gusta son los cobres.
Mujer 1: (Desplegando su mano desde su corazón hacia el hombre de pie, como si declamara) ¡A mí también! ¿Cuál es el rollo, pues?
La mujer 2 se limita a echarse un poco para atrás en el banquito, apoyarse en el asiento con la mano que no sostiene el bolso en el regazo, mirar hacia el cielo y menear la cabeza, con hartazgo.
Lunes 25 de marzo, nueve y cincuenta de la noche, hora cero del apagón. En mi sector, donde a esta hora usualmente rugen los aires acondicionados, se escucha el peor de los silencios. Tras una seguidilla de bajones, han callado los aparatos que se desactivan por los reguladores de voltaje; pero ahora se han apagado también las luces, y la oscuridad es rasgada apenas por unos focos de emergencia lejanos, al final de la calle. La unanimidad de la oscurana permite deducir que el apagón es total en la ciudad. ¿Será nacional?
Martes 26 de marzo, siete de la mañana, diez horas en apagón. Un vecino mira la soledad de la calle desde su ventana.
Vecino: (Cantando con potente voz y repitiendo una y otra vez el estribillo). Yo tenía una luz / que a mí me alumbraba / y venía Maduro y ¡juas! / y me la apagaba…
Martes 26 de marzo, once de la mañana, catorce horas en apagón. Apenas sabemos lo que sucede en nuestra cuadra. Oigo a alguien gritar mi nombre desde la calle. Reconozco de inmediato la voz. Me asomo. Le hago señas a mi amiga de que ya bajo. Nos encontramos en el estacionamiento. Nos abrazamos. El abrazo cobra una rara intensidad. Siento un leve espasmo: un solitario sollozo que se le escapa.
Ella: (Sosteniéndose en el abrazo, susurrándome al oído). No sé nada de mi gente en Barquisimeto desde anoche. Lo último que supe es que se estaban llevando a mi mamá al hospital.
Martes 26 de marzo, seis de la tarde, veinte horas en apagón. Vuelvo a oír mi nombre desde la calle. Respiro. Me asomo. Por entre el humo que viene del estacionamiento frontal y la acera de mi edificio, donde los bebedores de la licorería de planta baja están haciendo alegremente una parrilla —cerca de una montaña de basura acumulada por días—, veo de nuevo a mi amiga y le hago señas de que meta el carro. No hemos podido hablar de nuevo desde que vino esta mañana. Los teléfonos son trastos inútiles.
Ella: (Gritando por encima de los parrilleros). ¡No, no, no puedo! ¡Se me está apagando!
Con los dedos me indica el número seis. Entiendo. La pasaré buscando mañana a las seis para llevarla al terminal.
Miércoles 27 de marzo, seis de la mañana, treinta y dos horas en apagón. Las calles son túneles. Los faros del carro descubren de vez en cuando gente que camina por el asfalto, nunca por la acera, en la negrura espesa. No se puede ir tan rápido como para dejar el tren delantero en los cientos de huecos que vamos sorteando ni tan lento como para que alguien trate de detenernos y atracarnos. Llegamos a buscar a nuestra amiga. Un vecino la ha acompañado a esperarnos. Nos vamos al terminal de pasajeros. En su estacionamiento delantero hay una pequeña pero vivaz actividad.
Hombre con gorra y un koala terciado en el pecho: (Sin dejarnos aún bajar del carro) ¡Maicao, Maicao! ¡Quedan dos puestos y se van ya!
Estamos aturdidos. Mi amiga ya sabe cuánto cuesta el pasaje, porque lo averiguó ayer. Más de un dólar de la suerte completa el monto en manos de otro hombre que está esperando el último pasajero para partir a Barquisimeto. Todo en el estacionamiento delantero. Pensamos que el terminal está cerrado. Alguien nos dice que no. Y entonces entendemos que aquella cueva de un negro sólido es la puerta y está abierta.
Mi amiga se sube al carro. Anoto como puedo la placa, para sentir que la protejo. La anoto en mi mano, con un bolígrafo. Ahí permanecerá todo el día.
Miércoles 27 de marzo, siete de la mañana, treinta y tres horas en apagón. Al llegar de nuevo a mi edificio, noto que del grifo que está en las jardineras está saliendo agua, que llena un balde. Eso quiere decir que está entrando agua al tanque del edificio, pero como no hay electricidad, no habrá agua en los apartamentos. Pronto estaremos abajo varios vecinos con tobos, botellones, cuñetes, garrafas, todos haciendo recuento de nuestras dolencias por llevar días subiendo los baldes por las escaleras…
Vecina 1: (Tratando de mantener cierta jovialidad). Buenos días, ¿quién es el último? ¿Nadie me vende el puesto?
Vecino 2: (Dejando su tobo bajo el chorro, mientras le dice al vecino que vive en el octavo). Dale, que te doy la cola hasta el dos (refiriéndose a que lo ayudará a subir algún balde hasta el segundo piso).
Vecino 3: (Esperando con sus garrafas). ¿Quién entiende? ¿No dizque no había agua porque fallaba la luz? ¿Y entonces? ¡Ahora no hay luz, pero sí entra agua! Cuerda de mentirosos…
Vecina 4: (Con cara de pésima noche y rabia apenas contenida). Yo lo que digo es que se vayan. Que se vayan de una vez. Ya. Ya está bueno. Ya tienen todo lo que quieren. Váyanse. Déjennos en paz. Váyanse con los reales, pero váyanse. Dejen que por lo menos podamos empezar a arreglar esto.
Miércoles 27 de marzo, once de la mañana, treinta y siete horas en apagón. Ya se ha ido el agua. Bajo al estacionamiento a bajar basura. Ya de regreso, una vecinita de la segunda torre me ve y empieza a correr hacia mí. Tendrá unos cuatro o cinco años, nos hemos visto muchas veces, pero nunca hemos hablado. Deja a su madre sentada frente a su edificio, sosteniendo la bicicleta rosada con rueditas de entrenamiento.
Niña: (Sin saber muy bien qué decirme una vez que me ha alcanzado). Hola.
Yo: (Agachándome para estar a su altura). Hola.
Niña: ¿Quieres ver las princesas de mi casco? (Sin esperar respuesta, se quita el casco de ciclista rosado, a juego con coderas y rodilleras). Mira, tengo la amarilla, la verde, la morada, la azul.
Yo: ¡Guau! ¿Y ya aprendiste a montar bicicleta?
Niña: Sí, sé ir pa’lante.
Jueves 28 de marzo, seis y media de la mañana, cincuenta y seis horas y media en apagón. Mi hermano baja con una bolsa de basura para dejarla en la acera junto a las demás que esperan ser recogidas desde hace unos diez días y forman ya un reguero putrefacto de plástico y cajas rotas por quienes hurgan entre los desperdicios. El zumbido de las moscas se oye desde el portón. Un hombre, vestido con una braga como las que usan los bomberos, viene caminando en la oscurana por el medio de la calle. Observo desde la ventana.
Hombre: (Caminando sin prisa pero con norte, improvisando una canción a voz en cuello). Me gusta la carnita / me gustan los espaguetis / me gustan el platanito con quesito… (Al ver a mi hermano salir a tirar la basura). Epa, ¿qué lleváis ahí?
Mi hermano: (Un poco azorado) Basura.
Hombre: ¿No será un arrozazo con un pollazo? Ya voy a ver.
Mi hermano deja la bolsa y se retira. El hombre se acerca con prisas y se vuelca sobre el basural.
Jueves 28 de marzo, ocho y media de la mañana, cincuenta y ocho horas y media en apagón. Se oyen unos bocinazos a media distancia. Son cornetazos de camión. Escuchamos un ruido que nos hace poner alertas: es el camión de la basura. Viene a contramano y va tocando la corneta frente a cada casa o edificio en que se detiene. Después de caracolear de acera de la derecha a acera de la izquierda, termina deteniéndose frente a la montaña informe de basura que se acumula en mi acera. La recogen. Con pala. Con escoba. Y tocan la bocina una y otra vez.
Hombre del aseo urbano: (Asomándose por el portón). ¡Conserje! ¡Conseeeeeerjeeeee!
Insisten aún unos minutos. Varios vecinos tratamos de ubicar al conserje, sin éxito. El camión termina por irse.
Conserje: (Un rato después, explicándole a una vecina). No, es que lo que querían era arroz y harina, y no me habían dejado nada para darles.
Jueves 28 de marzo, nueve y cuarto de la mañana, cincuenta y nueve horas y cuarto en apagón, media hora antes de que reconecten la electricidad en mi circuito. Un niño del edificio de al lado se instala en la terraza a cacerolear. Está solo. No debe pasar de los ocho años. Cacerolea con saña. Nos asomamos a verlo, sin entender muy bien su arranque.
Niño: (Pausando solo para hablar y escuchar las respuestas). ¿Ya les llegó a luz?
Niño: Donde está comprando mi mamá ya llegó. A ustedes les llega antes que a nosotros, ¿no se acuerdan de la otra vez? Hay que darle. Hay que darle.