Aquella bandera, solo sus tres colores, solo dos, pensaba que era el orígen del mundo, el cyan y el magenta y esa trenza blanca que se vio lucir a plena tarde de marzo en el centro de una ciudad a cada momento transvestida, un nuevo modelo algo desteñido de positivismo por supuesto verde y un calzado muy bien elegido, una larga siembra, pues aunque las vías ocultas, sangrantes mazmorras y cloacas abiertas a plena luz siguieran concurridas por las ratas mutantes de piedra real, de polvo de mármol, ratas con cresta y sin careta, que se levantan y con esas delicadas manos son capaces de urdir sus propias vestimentas, sus abyectas faldas, ratas inmundas, ratas maestras, alcaldesas de esta ciudad, aunque a media luna imaginara una sierpe de magma rozando solo por un instante la gran pompa, que nació de una esquina, que vino de atrás y de repente se posó sobre una de las cien bocas de forja, seguiría escribiendo porque era lo más barato, lo más fácil.
Y me decidí por un día apenas, por unas horas sin saber por qué ni a dónde ni nada de nada. Había pensado de camino que no era un paseante y que segúramente lo que me hacía más feliz era no acabar entrando en ningún lugar. Era yo el perfecto reflejo para cualquier escaparate. Eso siempre que pudiera mantenerme de pie o ligeramente sobrio, o mínimamente arropado por las palabras, algunas de ellas, aunque sólo fuera una y fuera “MAMÁ”.