Nuevo compañero || GresLo (ArgChi Oc)
Gress resopló los cabellos que caían sobre su rostro, aquella semana la toca el turno nocturno en el aeropuerto de Ezeiza, así que por esos días tenía que vestir de traje. Se había comprado uno negro con camisa blanca que le quedaba muy bien a opinión propia, y debía quedarle bien a criterio de su novio también, porque al irse su chileno estaba colorado hasta las orejas, maldijo el no poder hacerse cargo de lo que sea que estuviera cruzando por la mente del astrónomo.
—Estamos casi sin perros, che. —Dijo su compañero tras desconectar el Handy, el pelinegro asintió abultó pensando en que no sería fácil aquella noche de trabajo y las siguientes.
Cansado, salió afuera del edificio a comer la comida que su novio le había preparado, la noche estaba muy fría, pero aún así era disfrutable el aire que soplaba en la ciudad. Calma, una que fue irrumpida por un perro grande bastante de abundante pelaje negro. Lo miró con aguados ojos y se echó a su lado con la cola entre las patas, a Gress se le volvió incomodo comer aquel taper de comida.
—Bueh, toma, qliá. Pero queda entre nosotros, Chelo me mata sin entera que te di lo que hizo. —Decía mientras le entregaba la mitad de la comida, el can enseguida se paro para comer moviendo su cola con notable felicidad. El corazón del pelinegro se oprimió pensando en cuando habría sido la última vez que comió.
Se levantó tras terminar de comer, entró nuevamente al aeropuerto y se dirigió a la sala detención de pasajeros; allí era donde hacían la revisión de equipaje de individuos sospechosos de portación de drogas, ahí mismo tenían una pequeña cocina y otro pequeño cuarto de descanso, además de un almacén provisorio de evidencia.
—¿Nuevo compañero? —Cuestionó otro agente de cabello castaño y ojos avellana, lo miró confundido y este hizo un gesto con su cabeza para que mirara a su costado abajo; acción que realizó y se encontró con el perro que antes había alimentado.
—Ni me di cuenta que me persiguió desde afuera. —Dijo poniéndose de cuclillas para acariciar la cabeza del canino negro.
—No, si estas siempre volando en el culo de tu chilenito, un día de estos te van volar la materia gris. —Comentó el agente entre divertido y molesto. Gress no respondió, sabía que Fernández hacía poco que había quedado soltero.
Los días pasaron, y el perro negro continuaba acompañando al cordobés en todas sus guardias nocturnas, él a cambio le traía alimento Pero se había negado a comer alimento para perros, así que le había tenido que pedir a su novio más comida excusándose con que solo tenía más hambre últimamente. Gracias al can, las noches se le hacían cortas y extrañaba menos a su pareja.
—Esto es el almacén de evidencias provisorio que tenemos en el aeropuerto, por la mañana se llevan todo a un almacén definitivo de evidencias de la federal. —Le contaba al perro mientras ordenaba las bolsas de narcóticos, tenía que clasificarlas por peso.
En una curiosidad, tomó una bolsa que contenía cocaína, y la abrió. Sacó con un papelito apenas un pellizco del contenido y se lo acercó al can; este, de lejos, percibió el aroma y estornudó tirándole todo el polvo blanco en la cara a Gress. Soltó una carcajada y se limpio, el perro lo lamió moviendo su cola.
—Tendría que ponerte un nombre. —Se dijo así mismo acariciando la cabeza del can. —Y Negro te pongo no más. —El perro ladró como de acuerdo con el nombre, el cordobés volvió a reír y continúo con su trabajo.
La cabeza del joven golpeó contra la mesa de interrogatorio, Gress había tenido que reducirlo al mostrar actitudes violentas hacia los agentes que lo habían detenido, aseguraba que no traía drogas, que era un error y que los denunciaría por maltrato a un civil. El cordobés, al igual que los demás agentes, estaban seguros que era portador de narcóticos, lo veían en su mirada, en sus movimientos precavidos y en el notable nerviosismo que hacía a su ceño arrugarse.
—Acá tampoco hay nada. —Informó, el agente Fernández habiendo revisado el último bolso del sospechoso.
Gress chasqueó la lengua, iban a levantarles un sumario si se habían equivocado; encima no tenían perro disponibles, se lo habían llevado a todos para un gran operativo en el partido de La Matanza. Tendrían que pronto aceptar su error, pero antes de que eso sucediera; el “Negro”, perro que cuidaba el cordobés en el aeropuerto, ladró la campera del joven detenido, cual había sido dejada en el sillón del lugar por él mismo.
—¿Qué le pasa al pichu? —Cuestionó un agente mayor.
—No sé, generalmente es tranquilo, por eso lo tengo acá. —Respondió Gress, extrañado con el comportamiento inusual del can.
El perro continuaba ladrando y gruñendo hacia la campera del detenido, y los agentes hubieran regañado al animal, sino fuera por los ojos de pánico que se instalaron en el sospechoso. Así entonces, el agente Fernández, tomó la campera y con una navaja de bolsillo, cortó un poco una de las tantas costuras de aquella prenda.
—¡¿Qué haces, conchudo?! ¡Te voy a denunciar! ¡Los voy a denunciar a todos, hijos de puta! —Gritaba el detenido tratando de zafarse del agarre de Gress.
—Oh, esto es cocaína. —Dijo de pronto Fernández con la hoja de la navaja cubierta por un polvo blanco.
—¿El pichichu reconoce el olor de la cocaína? —Preguntó sorprendido, el agente de mayor edad. —Gress… ¿vos le enseñaste? —Cuestionó ahora dirigiéndose al pelinegro.
El cordobés así tuvo que explicar lo que había hecho, maravillados, aplaudieron al can, quien parecía sentirse orgullo de su hazaña. Todo esto llegó a oídos del jefe de departamento, quien no tardó de emitir la orden para que el perro sea entrenado en la policía federal; pero, además, la orden consistía en que era obligatoria la presencia de Gress, ya que de ahora en más, sería su perro policía.
Por todo esto, es que esa mañana, luego de un mes en guardias nocturnas, llegó a su casa con el “negro” en el auto. No tenía ni la menor idea si a su pareja le gustaría tener un perro, encima tenían un gato, y el can no era muy pequeño que digamos. Se agarró la cabeza y se dio la cara contra el volante. El perro, en un gesto cariñoso, le puso la pata sobre la espalda. Gress rio sin levantar la mirada, el can era mejor compañero que cualquier agente del departamento antinarcóticos de la federal.
Bajaron del auto, Gress tomó aire y entró a su casa lentamente, tratando de no hacer ruido, capaz su pareja estuviera aún durmiendo. Pero el Negro tenía otros planes, entró corriendo, notablemente feliz, olió todo a su paso y se metió a la habitación principal donde habría reconocido el aroma del cordobés. Saltó a la cama, y lamió al chileno que dormía allí, seguramente, él también desprendía parte del aroma de su dueño.
—Basta… Gressy… Ya po… —Decía adormilado, el joven de cabellos castaños.
—¡Negro, basta! —Exclamó Grees al llegar al cuarto.
El perro no le hizo caso y se acostó en la cama apoyando su cabeza en el pecho del chileno, quien despertó y pegó un grito de horror al ver algo negro sobre él. Cayó de la cama y sentando en el suelo, el can volvió atacarlo con lamidas. Gress estaba asustado por los garabatos que le diría su pareja, seguramente iba a castigarlo. Pero, lejos de todo pronostico del cordobés, el chileno empezó a reír abrazando al can.
—Ya, me asustaste, perro aweonao. —Decía divertido jugando con las orejas del animal.
Luego de aquello, Gress le contó la situación del Negro. Chelo, apodo de su novio, felizmente lo acepto; incluso, se sentía más tranquilo de saber que su novio tendría un compañero fiel, que sin lugar a dudas daría hasta la vida por él. Ahora sería parte de su pequeña familia, pero el que no estaba muy de acuerdo con ello, era el gato de Marcelo que se encontraba pegándole en el hocico al pobre perro que solo quería olerlo.











