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⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀‹ 𝐓𝐇𝐄 𝐅𝐎𝐑𝐆𝐎𝐓𝐓𝐄𝐍
𝐁𝐋𝐀𝐂𝐊𝐓𝐇𝐎𝐑𝐍 : 001 ›
⠀⠀⠀⠀⠀⠀୧⠀.⠀︴⠀——— 𝗂𝗍'𝗌 𝖺… 𝗵𝗲𝗮𝗱𝗰𝗮𝗻𝗼𝗻 !
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀╰ 𝖠𝗋𝗂𝖺𝖽𝗇𝖾 𝖡𝗅𝖺𝖼𝗄𝗍𝗁𝗈𝗋𝗇 !
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀🖇 ; #TheForgottenBlackthorn
⤷ 𝗧𝗵𝘂𝗹𝗲, 𝟮𝟬𝟭𝟬.
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⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀@𝗺𝗼𝗼𝗻𝗹𝗶𝗴𝗵𝘁
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⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀𝖼𝗋: 𝖼𝗁𝗂𝗁𝗂𝗋𝗈.𝗍𝗑𝗍
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El mundo ya no era lo que una vez había sido, la belleza que había poseído le había sido arrebatada por la propia mano de Jonathan Morgenstern; ahora el cielo, una vez azul, era una llamarada de rojo carmesí y naranja opaco, con demonios alados que sobrevolaban ansiando encontrar algo que destrozar hasta los cimientos, el aire era pesado, con un aroma a azufre que se filtraba desde el mismo suelo, haciendo que la nariz ardiera. La arquitectura que una vez asombró y maravilló a más de uno había quedado redimida a desechos inútiles, ruinas sobre ruinas, siendo solo un recordatorio de lo que fue; él había cumplido, el infierno se había alzado en la tierra y durante el proceso, muchos cayeron.
El miedo recorría su pequeño cuerpo con brusquedad, su mente estaba paralizada de terror, incapaz de saber como actuar en esos momentos; el forcejeo con los oscurecidos de Jonathan Morgenstern había sido exhaustivo, doloroso en ciertos momentos, incluso, humillante puesto no podía igualar su fuerza, aún no. Razón por la que terminó con más de un golpe, con el labio sangrante y la desesperación de volver con su familia emanando de cada poro.
La orden de Jonathan era clara, acabar con todo aquel que no estuviera de su lado: Eso incluía a su familia. A su pequeño hogar que luchaba por lo que una vez creyeron correcto, mientras por otro lado los subterráneos estaban divididos, algunos eran imparciales, otros tantos, como las hadas sencillamente habían decidido recluirse en la seguridad de sus tierras feroces y lejanas.
—Bájame o te juro que te arrepentirás— Gritó en un sonoro aullido. Su madre siempre le había dicho que el miedo y la valentía no estaban separados, podías tener miedo y ser valiente al mismo tiempo. Y ahí estaba, pataleando con fuerza y removiéndose salvajemente, queriendo liberarse del brusco agarre del hombre o del que una vez había sido uno, ahora sólo parecía una cáscara, compuesta de ojos inexpresivos, un naufragio con recuerdos consumidos en llamas de dolor y sangre.
Ariadne había sido arrebatada de los brazos de Eleanor Blackthorn, su madre había hecho hasta lo imposible para evitarlo, luchaba con fiereza y determinación, utilizando uñas y dientes para proteger a su pequeña hija de lo inevitable, sin embargo, ellos eran demasiados y ella solo una en ese momento.
En vano era decir que trató de liberarse, luchó hasta que sus músculos ardieron tortuosamente, hasta que la visión se le nubló, amenazando con dejarla inconsciente. La falta de aire le causó un dolor agudo en el tórax y la tráquea se apretó en músculos agudos y filosos, luego de eso únicamente se dedicó a mirar con recelo todo, la inseguridad cosquilleándole en el cogote, puesto si era entregada a manos de la estrella, este no tendría piedad; era un monstruo y ellos no se doblegan ante indefensas niñas.
—¿Qué hacemos con ella?—El oscurecido la arrojó contra el mármol aperlado, metió las manos para evitar golpearse, pero la superficie le proporcionó un golpe seco que causó un dolor agudo en los músculos de los brazos y la espalda; heridas abiertas escociendo como un carbón al rojo vivo.
Jonathan Morgenstern estaba sentado frente a ella, irradiaba un aura casi divina, incluso en simples gestos, cuando posó sus ojos en ella lo había hecho con tal gracilidad que creyó estar viendo alguna clase de perpetua majestuosidad, aunque claro, nunca había oído de uno que tuviera los ojos tan negros como la brea, sin un solo reflejo de alma en ellos.
—Matenla.— Sus palabras fueron rápidas y firmes; ¿De qué le servía una niña en su lucha contra la rebelión?
El horror se apoderó de su ser, quería huir, buscar una forma de salir de ese lugar; el oscurecido la tomó descaradamente de los cabellos, el tirón le hizo querer gritar y exclamar de dolor, pero no lo hizo. No le iba a dar ese placer, no iba a permitir que su último momento de vida fuera recordado en medio de súplicas y debilidad. —No rogaré, así que matenme de una vez— la fuerza de sus palabras la habían sorprendido, quizá era ese fuego interno que su familia poseía, o tal vez era la valentía antes de su fin.
Fue entonces cuando la escuchó hablar, no había reparado en la mujer que estaba a unos metros de Jonathan, con semblante estoico. —Déjala vivir— sus palabras iban dirigidas al hombre, pero la veía a ella.
— Mírala, mira sus ojos.
Las palabras carecían de significado o por lo menos eso quería pretender la mujer, por un instante la curiosidad revoloteó en el hombre, ladeando el rostro, una sonrisa sádica alumbrando en cada facción. Parecía una estatua fingiendo tener emociones. — Blackthorn. Es una Blackthorn, la misma línea familiar que te hizo tanto daño. ¿Y aún así la quieres viva?— inquirió.
—Tú mejor que nadie sabes que algunas personas de la familia valen la pena. Déjala vivir, te será útil, me encargaré de ello, la educaré y entrenaré. Llegado el momento será tu más fiel soldado. Podrás usarla a tu conveniencia.
Ariadne apartó la vista, con el escozor en la mirada. Hubiera querido decir que no, pero lo cierto era que su vida dependía de ello, incluso si eso significaba tener que vender su lealtad y su vida misma.
La mujer se arrodilló ante ella, ordenó con un ademán al oscurecido que la soltara, Jonathan lo autorizó después de unos minutos. Sabía que eso le proporcionaría diversión, y nada le gustaba más que regocijarse de la pena ajena.
—Soy Annabel Blackthorn. Y reconocería esos ojos en cualquier lugar. — Ariadne pudo verlo en ese momento, la razón de sentirla tan familiar, una vista a la mujer que podría ser; sus cabellos largos y castaños caían como un manto silencioso, una cascada reluciente y espesa, sus pómulos altos y ojos tristes la miraban fijamente. —No llores, no aquí y no frente a ellos. —le susurró mientras acunaba su mejilla entre su mano compuesta por dedos mutilados, y ante todo pronóstico, no se alejó. Tal vez, por el dolor arraigante de sus extremidades o porque ella le recordaba inevitablemente a su progenitora.
Y quizá fuera el hecho de que le había salvado la vida, o que tal vez era el primer trato amable que recibía en ese mundo putrefacto, pero en ese momento no pudo evitar sentir un cariño arrasador por la mujer, una luz en medio de un eterno vacío.













