Todo hombre tiene derecho a rascarse las pulgas
como quiera
y conversar en sueños
con los pájaros.
A sacarse los zapatos
y bailar con el zapatero,
a exhibir con orgullo los pelos de su pecho
en un funeral o en un convento,
a saludar al vecino
y denunciarlo al municipio
por razones de fuerza mayor.
Todo hombre tiene a derecho a sonarse las narices como pueda
a procrear libremente por la tierra
con una empleada doméstica
o con la reina de las taberneras
y a casarse con la primera
mujer de amplio criterio que le convenga,
a ir a casa de Irene
donde se baila y se tiene
casa, comida y tambembe,
a rescatar a su abuela y proclamarla
reina del jardín.
Todo hombre tiene derecho a
a ser amigo o enemigo de los perros,
a que le gusten o no le gusten los mancebos,
a manifestar su rabia en los estadios,
a entrar soñando a los cinematógrafos
y salir después con cara de misterio,
a entrar rotundamente al cementerio,
peinar a cada uno de los muertos
porque nunca se sabe
lo que puede pasar en esta vida,
a cantarle las mañanas
al viejo de las botellas:
“Tengo, tengo, tengo
tú no tienes nada
tengo mantequilla
para la semana”
A pensar en la luna y en los pájaros que cantan
si la vieja está en la cueva
y las nubes se levantan,
a que la lluvia ni lo toque
y le haga una solemne reverencia
para que siga su camino sin problemas,
a sentarse con prudencia
con una pierna encima de la otra
y que todo el mundo vea sus cañuelas,
a que le guste la buena poesía
la con ritmo y con rima
y a sacarse la suerte los domingos
con una gitana buena para la cama,
a creer en el diablo o en el vino,
a escribir cuentos de amor y publicarlos
en la pierna enyesada del amigo
o en los baños privados o en los públicos,
a gritarle a una monja:
“Caracol, caracol,
saca tus cachitos al sol
mira que te esperando el Tata Dios”
Todo hombre -y en fin- tiene derecho
a violarse a las ancianas
y arrancarse con el televisor
o con los tarros,
a hablar en inglés o en español
y a exaltar la raíz americana
o hispana o afroasiática
de nuestro dolor,
a disfrazarse de carabinero
y conversar con seres extraterrestres,
a vender el cerro santa lucía o la torre de pisa
o la torre de Eiffel
y creerse la muerte.
Todo hombre tiene derecho a ir a la guerra
y exterminar a una nación,
todo hombre tiene derecho a ser presidente
con o sin el beneplácito del pueblo.
Todo hombre, al fin y al cabo, y resumiendo
tiene absoluto derecho
a morirse una vez en la vida
y a juzgar a la muerte
como un asunto estrictamente personal.
Puesto que todo hombre
tiene derecho a pensar en lo que quiera:
que se le está agrandando la frente
de tanto leer el diario
o que le están saliendo canas verdes:
cosa rara para la edad que tiene
que en nada se compara
a la vencida edad de los patriarcas.
Todo hombre tiene derecho a creer
en la muerte inexorable de los papas
y en el retorno de los brujos,
a censurar severamente
el exhibicionismo de los pobres
y de los niños que andan expresamente a pie descalzo
para ablandar el corazón de los hombres.
Todo hombre tiene derecho a tirarse un piquero
en la tina del baño
por lo cara que está la vida
y la escasez de sueños y palomas.
Todo hombre -repito- tiene derecho
a morir como dios manda.
Y todo hombre, desde este momento,
tiene derecho a llenar esta lista
como le venga en gana
ahora y en la hora
de nuestra interminable
muerte