Nadie me obligó a causar daño, nadie me obligó a tomar malas desiciones, nadie me puso un arma en la cabeza, nadie, solamente yo opté por quitarme mi libertad, mi felicidad, mi calma, mi paz. Y es que, perder la libertad es perder el aire, pero no la vida, y de esto se trata, de que tarde o temprano pagamos.
Estar encerrado es tan angustiante y desesperante, que todos los días piensas en atentar contra tu vida, porque tu cuerpo no tolera estar en un mismo lugar siempre, sin escuchar el cantar de los pájaros cuándo amanece, sin ver cómo el atardecer muere mientras la noche nace, sin distraerte viendo la luna y las estrellas, sin ver las maravillas que nos rodean cuándo tenemos libertad, y es que cuento los días, los minutos, las horas para terminar con ésto, para salir de éste infierno, pero de qué me quejo, yo busqué esto y juro eternamente que lamento haberlo hecho.
Han pasado diez años desde que entré a esa celda, han pasado diez años desde que vi como se cerraron las rejas, ¡diez años!
En diez años comprendí y reflexioné que lo que parece ser un juego, en realidad puede ser nuestro propio peligro, en diez años noté que la forma de buscar cómodidad, no era causarle daño a los demás, en diez años noté que la ausencia de sentimientos y corazón me llevo a creer que otros tampoco sentían, ¡ESTABA LOCO! y mírame nada más, un loco arrepentido, escribiendo ésto, expresando la tortura que es haber quedado solo, y claro, cómo no, sin lo maravilloso que es vivir con libertad para poder valorar lo que con estúpidez un día me negué a apreciar.
-Alejandra Avila, Un loco en la Cárcel.














