ASHLEY I
Los días pasaban para Ashley como una eterna rutina que parecía no tener fin. Siempre que se despertaba por las mañanas pensaba lo mismo. Otro día igual se presenta ante mí. Ir a la universidad, pasarme por el club… ¿Es que todo tiene que ser siempre de la misma jodida manera? Entonces apartó bruscamente la manta que la cubría y se puso una camiseta de tirantes y unas bragas para tapar su desnudez. Tenía confianza con Dallas, pero ir desnuda por la casa aún no estaba dentro de su rutina, a diferencia de él, que parecía darle absolutamente igual. Se puso las manos en los ojos de manera exagerada y abrió la puerta de su habitación. — ¡Si hay nudistas a la vista, por favor, acudan a ponerse sus pantalones! —exclamó —como advertencia, bromeando, por si se encontraba una imagen de Dallas que, pese a haber visto en diversas ocasiones, aún le incomodaba verla como si fuera lo más natural del mundo. — No te tapes, idiota. Estoy vestido —respondió él con una sonrisa en los labios. Ashley apartó ambas manos de sus ojos y sacó su lengua al exterior sacudiendo la cabeza de un lado para otro. Llevaba compartiendo piso con Dallas desde hacía varios meses, más de los que recordaba, y casi todas las mañanas se despertaba de la misma forma. No tapándose los ojos, sino con una sonrisa. La relación que tenían ambos era un tanto extraña a ojos de cualquiera, pero ellos se comprendían. Habían terminando siendo muy buenos amigos que compartían buenos momentos en cualquier lugar de la casa, incluso bajo las sábanas del otro. Pero ante todo reinaba la amistad entre ellos. Sin dificultades ni compromisos. Llegó entonces al fondo del salón, que se comunicaba directamente con las habitaciones, y dio un rodeo a la mesa del comedor para pasar al lado de Dallas rozándole con el brazo. Sonrió y tomó asiento al otro lado, justo donde solía sentarse. — ¿¡No me has hecho el desayuno!? ¿Qué clase de amigo eres tú? —soltó, fingiendo estar cabreada. — Uno que llega tarde al entrenamiento de hoy. El entrenador va a destrozarme por habérmelo saltado ayer para ir a ver a Boyd, pero como me retrase más ya puedes ir buscándome un bonito ataúd para mi entierro. — Te lo compraría de color rosa, sin duda. Es el que más te representa. — Qué graciosa. — ¡Por cierto! ¿Qué tal Boyd? Había pensado pasarme hoy, pero… bueno, hay un tío que quiere realizarme unas pruebas para la función que te comenté hace unos días… — Ya. — Es importante, Dallas. Si no lo fuera, iría a ver a Boyd. — ¿Sabes lo que creo? Creo que quieres evitarle —le espetó el chico, con el ceño fruncido y sin mirarla siquiera. — Sabes que yo no haría eso… — Estoy empezando a dudarlo. Ashley no pudo soportarlo más, y pegó un sonoro golpe en la mesa. — ¿¡Por qué tienes que ser tan cabrón, Dallas!? ¡Yo no soy así! No tiene nada que ver con aquello. Simplemente no puedo ir hoy, iré mañana. — Haz lo que te de la gana, a mí no tienes que darme explicaciones —sentenció, y se levantó bruscamente de la mesa, recogiendo lo que había en ella. Se internó unos minutos en la cocina mientras Ashley, perpleja, intentaba tranquilizarse. Y cuando salió, se puso una de sus chaquetas y le lanzó una mirada de soslayo—. Me marcho, llego tarde. Volveré para cenar. — Muy bien —comentó Ashley, mirando por la ventana con el ceño fruncido. No estaba evitando a Boyd. ¿O tal vez sí? Era cierto que la última vez que se habían visto no habían terminado demasiado bien, pero de ahí a ignorarle después de haber tenido un accidente… Intentó convencerse a si misma de que no era así, que si no iba era por la prueba importante que tenía aquel día después de la universidad. Pero no llegaba a creérselo del todo. El resto de la mañana pasó con monotonía. Acudió, después de desayunar, a las clases que tenía aquel día, aunque estuvo a punto de dormirse en Medicina Legal y Forense. Y si no hubiese sido por su compañero de mesa, lo habría hecho, sin duda. Pero no pudo reprimir una enorme sonrisa cuando se indicó el fin de los estudios de aquel día. Tenía, exactamente, media hora para presentarse ante el teatro y hacer la prueba. De momento, iba con tiempo. Cogió el metro y no tardó más de quince minutos en llegar. Se encontraba en una zona de la ciudad poco frecuentada, oculto entre algunas calles más estrechas de lo normal. Un estrecho hilo de agua corría calle abajo desde una de las alcantarillas. Ashley se subió una de las mangas de su chaqueta, que se había ido cayendo con poco a poco, y comenzó a caminar, buscando la dirección que tenía apuntada en un pedacito de papel. No era un edificio grande, ni siquiera mediano. A decir verdad, se lo había imaginado algo mayor. Tenía un cartel con letras, una de ellas colgando, que anunciaban el título de una posible obra pasada o que estarían llevando a cabo ahora, porque sin lugar a dudas no hablaba de la que ella se había aprendido. Además, multitud de folletos se hallaban esparcidos por la entrada, algunos de publicidad y otros del teatro. No le inspiró demasiada confianza, pero se dijo que no podía juzgar nada por su apariencia, así que se internó en el lugar. El interior tampoco prometía demasiado. Se hallaba, en su mayoría, como si estuviera abandonado. Cajas tiradas por las esquinas, prendas de vestuario medio rotas y pisoteadas por los suelos… No, desde luego no era el lugar que se había imaginado. Entonces encontró la sala de actuaciones. Filas y filas de butacas rodeaban un escenario mediano de madera demasiado elevado del suelo para su gusto. Y, frente a él, un hombre ya entrado en años, delgaducho, se hallaba detrás de un escritorio con la vista clavada en el horizonte. — Pasa. Eres Ashley, ¿verdad? —preguntó cuando la vio bajo el portón de la sala. — Sí… vengo por la audición. — Lo sé, lo sé, yo fui el que habló contigo. Soy Randall. O Randy. Prefiero Randy. — Encantada —respondió la chica, aproximándose a él y tendiéndole la mano con una —temerosa sonrisa en los labios. — Bueno, ¿tienes preparado el papel? — Claro… — Sube entonces al escenario y demuéstrame que eres digna para él. Nerviosa, Ashley atravesó la zona que separaba la mesa del escenario y subió por la escalerilla para colocarse después en el centro, frente a él. Se aclaró la garganta y cambió completamente de expresión antes de hablar. — Y yo esperándoos a vosotras llevo despierta toda la noche —comenzó Ashley con pesadumbre—. Está bien. Voy a llamar a mi vecina par… — Mal, mal, mal —interrumpió Randall. — ¿Q-qué ocurre? — Pareces un puto palo de escoba. Estas demasiado rígida, demasiado nerviosa. — L-lo lamento. Lo haré de nuevo… — Ven aquí —indicó el hombre con el dedo. Ashley bajó del escenario con un pequeño salto y se posicionó frente a la mesa de Randall. Entonces él sacó de su bolsillo una cajita metálica de color dorado que depositó sobre el centro de la mesa antes de abrirla. Dentro, un polvo blanco similar a la cocaína ocupaba la mayor parte del espacio, y a su lado, un fino tubo del mismo material que la caja, adornado con algunos motivos que Ashley no alcanzó a ver bien. Con los dos dedos meñiques de la mano extendió entonces un par de rayas, dividiendo el montículo en dos y guardándose una gran parte. Y, como si se tratara de lo más normal del mundo, se colocó encima y, con ayuda del tubo, hizo desaparecer una de las rayas. Después, giró la caja en dirección a la chica, y clavó su mirada en ella. — Yo… Yo no consumo. — Venga, vamos, vamos. No seas así. No te hará daño. Tómatelo… como un juego. — De verdad, yo se lo agradezco, pero… — Vaya, es una pena, entonces. Buscábamos a una chica atrevida para el papel, una… diferente. Que supiera vivir la vida. Es una lástima, la verdad, porque parecías encajar bien… Ashley le miró con cierto hastío, preocupada por lo que pudiera ocurrir después. No debía ser tan estúpida como para dejarse influenciar, pero de alguna manera… Bueno, no era la primera vez que hacía algo como aquello. Y aunque hubiera pasado ya mucho tiempo de eso, lo recordaba como si hubiese sido ayer. ¿Qué daño le iba a hacer una raya? Era solo una, en una prueba para una audición que le vendría de puta madre, para qué engañarnos. Dibujó una media sonrisa en su rostro entonces y se agachó ligeramente para quedar sobre la caja. Y lanzándole una última mirada a Randall, hizo también que desapareciera el polvo blanco y se perdiera en su interior, haciéndola ganar confianza, convirtiéndola en una estrella… — Eres buena, pero no lo sabes, Ashley. — ¿Ah, sí? —respondió con una sonrisa, con un tono dulce que no había empleado hasta ahora. — Yo puedo hacer excepciones. Puedo convertirte en quien deseas convertirte. Solo… tienes que ayudarme. — Haré lo que usted me diga, señor.















