Aves negras se posan en el cable de la luz que está justo frente a mi habitación en el segundo piso. Yo tirada en mi cama desde la ventana las alcanzo a ver. Están ahí, con su sonido chillante, seguro hablando de mi. Han de decir que me veo patética, con los ojos hinchados, la cobija revuelta y el cabello sin hacer. Casi casi puedo entenderles cuando se miran unas a otras mientras pian en mi dirección. Seguro que se burlan de mi. Seguro exclaman-¡Güera pendeja!- Y se ríen. No los culpo, es hasta cómico. Nomás yo me creía el cuento de que era la única...como si me hubiera echado ese cuento, porque para ser honesta, yo asumí su libertad, nunca le pregunté.
Los pájaros negros en el alambre, están cantando una canción, se les nota divertidos. Entonces me paro y abriendo la ventana les grito -¡Cállense!- Y los cabrones se echan a reír. -Si ustedes sabían, ¿Por qué no me dijieron? Todos prestaron sus ojos para saberme engañada, pero para decirme, ¡ni un pio! ¡Andén, tomen!, aquí tienen más, ¡Miren mis lágrimas! Confirmen que son por él y sigan riendo. ¡Así de tonta soy! ¡Así de enamorada me engañaron!- Las aves entonces apenadas se quedaron en silencio y una a una fueron volando del cable hasta que lo único que quedó fue mi figura en el marco de la ventana, gimiendo de un dolor de esos que nomás se tolera con agua en los ojos. Cuándo uno sufre los minutos se van más lentos. Llevaba una tarde eterna llorando mis lamentos, sola en el marco de la ventana, mirando el cable desnudo, cuando las escuché de nuevo. Alcé mis ojos y tuve a todas las aves frente a mi. Entonces una de ellas se acercó y entendí en su mirada lo que quería que hiciera. Extendí mi mano y ahí, el ave, dejó un cabello. Lo tomé con mis dedos y me lo pegué a la nariz: era un cabello corto, castaño y ay de mi, ¡Yo sabía de quién era! ¡Si lectores! ¡Yo hasta el cabello le conocía! Cada ave tiro desde el cable un cabello, así tal cual, al suelo. Cada una llevaba una hebra en el pico y cuando se iba un ave, regresaba otra con otra hebra. Entonces rei yo, ¡Y reí con mucha fuerza! Las condenadas éstas, si que habían observado. Sabían al igual que yo, que su precioso cabello castaño era en efecto la fuente de su vanidad.
Y vayan ustedes a escuchar de esta cosa tan irreal, aves negras provocando una lluvia de cabellos castaños frente a mi ventana, mientras yo estaba envuelta en carcajadas, con los ojos bien rojos de mucho llorar.
Y, Erán










