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Luca, Frozen, (Filmes da disney no geral)
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Sepia
Desde la orilla del mar, observaba las aguas turbulentas golpeando las rocas. Un atardecer blanco y negro decoraba el horizonte.
Sentía el vaivén de la espuma besar sus pies, escurriéndose entre sus dedos. Olía la sal.
Se adentró y el mar se transformó en el espejo del cielo.
Las olas cambiaron su ritmo, se mecían con suavidad abrazando sus piernas. Su vestido flotaba al son del viento.
El tiempo se fragmentó cuando alzó el rostro.
El velo café comenzó a alzarse de sus hombros. La tela se onduló, atrapando el aire entre sus fibras hasta que el viento lo extendió como una sombra traslúcida sobre el azabache de su cabello. Entre esa negrura, las pequeñas margaritas amarillas resplandecían entre cada hebra.
Sonrió.
Las lágrimas se acumulaban en el borde de sus pestañas y brillando como diminutos diamantes, caían por sus mejillas sonrosadas. Frías y cálidas. Saladas y dulces.
Abrió los ojos.
El cielo era sepia.
Sus iris eran el color del sol y la luna.
El viejo Jud Crandall los vio llegar desde el otro lado de la carretera, sentado en su mecedora, fumando un cigarro bajo el techo de madera del porche.
Eran como las seis de la tarde, y el sol se estaba ocultando, coloreando al cielo con tonos rojizos anaranjados.
El terreno de la casa de los Miller estaba dividido por una ruta donde pasaban camiones de carga pesados. Este era un camino peligroso. Muchos animales habían sido atropellados allí, incluyendo el antiguo gato de Jud. Él lo había comprobado: el gato estaba muerto, y por eso lo había enterrado. Aun así, incomprensiblemente, el gato había vuelto a casa.
A metros de la casa se hallaba un sendero, bien cuidado, que se abría paso en el medio del bosque, decorado con piedras a lo largo y a los costados del camino, que por las noches la luna reflejaba su luz sobre ellas, creando un efecto de iluminación propia. Ubicado detrás de una sencilla hamaca hecha con una rueda de camión colgada de una rama de un árbol que mecía con el viento.
Aquel sendero conducía hacia el cementerio de animales por culpa de esa carretera y de los camiones. Aquella maldita carretera mataba a muchos animales, perros y gatos la mayoría. Pero no solo los que eran atropellados yacían allí, sino también algunos animales que murieron ya de viejos.
Construido por los niños locales para sepultar a sus mascotas. Un lugar donde los muertos hablaban. Las cruces estaban posicionadas formando círculos concéntricos. Cruces donde yacían epitafios escritos por sus seres queridos, en especial por niños. Cruces deformadas por el paso del tiempo. En la entrada había un cartel mal escrito, con errores de ortografía: "pet sematery", que lo iluminaba. Un lugar oculto de la carretera transitada donde los niños trataban de ordenar el caos de la muerte, aislado y totalmente inmersivo en la atmósfera del bosque.
El coche estaba repleto de maletas, bolsas, cajas que no cabía ni un gato allí. La pareja comenzó a descender las pertenencias y adentrarlas a la casa.
El viejo los vio llegar, del otro lado de la calle y venía a ver si podía ayudar en algo porque le pareció ver que estaban un poco agobiados en su expresión.
—¿Nuevos vecinos, ¿eh? Me llamo Jud. —Su voz era ronca y áspera con el tono sureño de los locales de aquellas tierras—. Supongo que ahora son nuestros vecinos.
Pedro Ramírez se encontraba agarrando bolsas del baúl cuando el viejo habló. Con una sonrisa amable dejó lo que estaba haciendo y le estrechó la mano educadamente.
—Buenas tardes. Soy Pedro Ramírez.
El viejo asintió.
—¿De dónde son?
—De chile. Decidimos mudarnos a este país para comenzar una vida mejor.
—Chile ¿eh? Muy lejos de casa. Yo he vivido aquí casi setenta años.
El viejo dirigió la mirada hacia el bosque que se extendía más allá de la casa, solo por un instante, antes de volver a Pedro. Dudo un momento y luego señalo con el pulgar hacia la línea de árboles.
—Deberías saber que ese camino de allá lleva al cementerio de mascotas. es una larga historia y una buena caminata. Algún día los llevare allí y les contare la historia. Todo el pueblo ha usado ese lugar por generaciones.
—¿Un cementerio de mascotas? claro. Con gusto. Será interesante.
pedro dijo sarcásticamente y siguió bajando las bolsas del baúl. El viejo dio media vuelta, miro a un lado de la carretera precavido y cruzo hacia su casa.
Mientras tanto, Dina depositaba una caja sobre la mesada de la cocina cuando, de improviso y sin el menor aviso, un gato gris saltó sobre ella, provocando que la joven se sobresaltara y soltara un grito.
Pedro entró con las bolsas en el instante que el grito de su esposa resonó por la casa. Apoyó las bolsas en el suelo y se acercó al ver la situación para agarrar al gato.
—Ese maldito gato. ¿De dónde apareció? —Dijo la joven, aun con el corazón agitado por el espanto, llevándose la mano a la frente.
—Quizás sea del vecino —Dijo Pedro, observando al gato con precisión, como estudiando lo quien parecía indefenso sin largar un maullido de queja mientras lo sostenían con ambas manos.
—Se le habrá escapado —agregó.
Pedro, con el gato en brazos, cruzó la calle. Tuvo que esperar porque justo pasaba un camión de gran porte a velocidad rápida.
—Oh, Church, aquí estás —dijo el viejo al verlo— no lo encontraba desde ayer.
—Casi mata del susto a mi esposa.
—Mil disculpas, Pedro. Trataré de vigilarlo más. Ya sabes cómo son los gatos. Les gusta vagar más allá de los límites.
Las dos semanas siguientes fueron tranquilas. Jud le había mostrado a sus nuevos vecinos aquel cementerio de animales que yacía en el bosque y les había advertido que más allá hacía un cementerio de los indios Micmac que ocupaban estas tierras donde la tierra era dura y que jamás se podía cruzar la barrera por más que uno lo deseaba porque allí era el lugar donde los muertos caminaban.
La pareja tomó esa advertencia como una leyenda local y siguieron con su vida normal en los días sucesivos. Pero a Pedro le había quedado resonando en su mente las palabras de Jud que advertían que lo que entierras allí no es la misma que regresa. Los indios lo sabían y por eso dejaron de usar ese cementerio y la tierra se volvió árida. A veces es mejor la muerte.
Era un hermoso mediodía templado de otoño cuando se estaba realizando en una de las casas del pueblo un cumpleaños familiar. La fiesta estaba animada con niños correteando y adultos charlando. Dina estaba sentada en una mesa larga con otras mujeres, conversando tranquilamente, en el parque delantero de la casa que daba a la ruta.
El hijo pequeño de la pareja que festejaba el cumpleaños, de tres años de edad, llamado Gage, se acercó a Dina de una manera confianzuda, agarrando un pequeño camión de juguete con una mano mientras subía a su regazo. Al otro lado, Pedro y los demás hombres estaban reunidos en otra mesa, inmersos en una conversación.
—Parece que tu hijo le encanta jugar conmigo —le dijo Dina a la madre de Gage con una sonrisa, quien le devolvió la sonrisa cálidamente, divertida por lo enamorado que estaba su hijo de ella.
—Sí, mi hijo te adora. No le gusta mucho la gente, pero es muy cariñoso contigo —dijo la madre y se acercó para despeinar afectuosamente el cabello de Gage.
En la radio comenzó a sonar la canción "Truck Drivin' Man".
Algunas de las mujeres se levantaron a bailar y a cantar al ritmo de la canción. Dina se unió a ellas, bailando y a animarse a cantar.
Todos estaban inmersivos en la fiesta que no se dieron cuenta que el pequeño se había apartado de la mesa de los adultos y se dirigía hacia la peligrosa carretera siguiendo a un pájaro.
En un momento, su madre no lo encontraba y sus ojos se abrieron de horror al verlo dirigirse hacia la ruta.
©lanietadelatierrawriter Por favor, absténgase de copiar, traducir o republicar cualquiera de mis trabajos.
©Obra original escrita por Evelyn Ailen Torres Vinciguerra. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización de la autora. Todos los derechos reservados.
A decir verdad, a veces me doy cuenta que como escritores somos malísimos promocionando nuestras obras.
Entre que la mayoría somos unos nerviosos de cuidado y que no tenemos idea de mercadotecnia estamos fritos.
Encima, ¿como hago mercadotecnia de esto?
¿De que trata tu historia? Pues de una profeta suicida que quiere matar a todo el planeta así puede dejar de reencarnar y que la tiene que detener un dios ansioso y con problemas de autoestima. Todo esto mientras exploramos hilarantes situaciones incómodas, vemos como todos tienen un humor medio raro y apariciones de personajes de lo más curiosas.
O esto:
¿Mi historia? Bueno, es complicado. Imagináte que alguien mezcla una bruja cordobesa sobreprotectora con instintos asesinos, una diosa narcoléptica con autoestima por el piso, una abogada con más de 10 oficios que se muere del estrés, un demonio santiagueño chistoso y algo caótico que nadie sabe como terminó ahí, un brasileño maldito que tiene que ir a pata recorriendo medio país. Todo esto unos meses antes del golpe de estado de Uriburu. Nada puede salir mal, ¿verdad?
Tenía las manos bañadas en sangre. Temblaba, estaba muerta de miedo. Mi corazón agitado parecía detenerse. Y ahí, tirada en el suelo estaba ella, esa mujer, esa mujer que yo tanto odiaba, esa mujer que tanto yo envidiaba. El cuarto estaba oscuro, la luz de la luna era la que iluminaba el rostro inerte de esa persona. Todo era blanco, paredes, colchas, ventanas, techo... Hasta el perro pequeño que temblaba debajo de la cama era blanco con una que otra peca marrón. La había matado, la había desaparecido finalmente de mi camino. ¡Ah cuántas veces había soñado con ese momento! Pero, ¿es que acaso eso había sido un sueño? No. No lo fue. Y yo me preguntaba cómo es que había llegado hasta ese sitio, no lo sabía, de pronto ya estaba ahí con la sangre de esa pobre mujer cubriendo la piel que llevaba desnuda. Juro que yo no soy asesina. Juro que no soy una mala persona. Juro que había evitado a toda costa llegar hasta ese punto. Pero ya había cometido el homicidio. Y dentro, muy en el fondo mío, una carcajada de libertad se escuchaba. Me había liberado de esa sombra, había suprimido lo indeseable. Con ella muerta ese pasado se había borrado, ya no tendría por qué volver a escuchar su ridículo nombre, ni tendría que ver su molesta cara, esa cara llena de arrugas que en algún momento —sino es que en todos— llenó de filtros para parecer joven y hermosa. ¡Ja! Mujer tan horrenda. Ah, pero ahí estaba, ya muerta. Ya sólo era un deshecho sin latido. Brotaba del corazón la escasa sangre que le quedaba. Y yo, poco a poco fui despertando del trance mas no de la realidad, porque aquella escena era tan real como ese perro que me observaba, o como el viento que recorría mi cuerpo, o como esa única testigo: la luna. "Me descubrirán, debo irme", pensé. Pero no podía moverme. No podía mover mis pies, estaba pesada, muy pesada, tan densa como la alegría que embriagaba a todo mi ser.
Dos almas.
Pensaba en dos almas.
Un alma caótica, turbia, confusa...
Un alma pacífica, en armonía, en equilibrio...
Todos teníamos dos almas adentro. Reflexionaba en tanto limpiaba la sangre en las ropas que llevaba puestas.
Esta alma, ésta que se había atrevido a clavar ese puñal en la carne, en los músculos, en los órganos de esa mujer, sin miedo a nada, siguiendo sólo su instinto de placer, esa alma era el caos que habitaba en mí. ¿Y la otra? ¿Dónde había quedado la otra? No estaba aquí... No estaba aquí.
Y una pregunta aparecía como una luz intermitente frente a mí: ¿Cuál es tu fantasía jamás dicha?
Esa, esa era y la acababa de cumplir. Y es que, ¿no les ha pasado que a veces quisieran borrar el pasado de ustedes, o el pasado de otros que son importantes para ustedes? ¿No les ha pasado que quisieran matar ese pasado que lleva un nombre? ¿Desaparecerlo y... poder así tener un camino limpio en el presente, sin ningún rostro o apellido que haga mella en sus vidas? Sí, esa era mi fantasía y se había vuelto tan fuerte que separó mi paraíso de mi infierno y me llevó ahí, justamente ahí, a la posibilidad de tomar un borrador y desperdigar el pasado, soplarle y desvanecerlo en un latido muerto. "Qué distinta será mi vida sin ella interponiéndose en mi camino. Qué diferente será todo, porque esto, esto que está aquí, estos muebles, este cuarto, estas ventanas, ese televisor y todo lo que afuera de este cuarto se encuentra, será mío, tan mío como él... Tan mío como..."
"No... Esperen... Ese perro no es mío... Lo lamento, tú tampoco puedes estar aquí..."
Caminé hacia él... Tomé el cuchillo que yacía tirado cerca de mi pie derecho... Con mucho esfuerzo pude moverme. "Le haré un favor a él si desaparezco a esta bola de pelos...", pensaba. Entonces alguien abrió la puerta...
Alguien entró al cuarto...
Y tuve que despertar...
Tuve que abrir los ojos.
"¡Mamá!", escuché ese grito. El temblor volvió a mí. Me habían descubierto. ¿O no? No... No había sido así porque yo estaba de pie frente a ese sujeto que desgarraba su garganta y no podía verme. Nadie podía verme, sólo la luna y ese perro que tanto odiaba ya.
El alma tiene dos brazos y ese día el brazo que se alzó fue aquél que le dió luz verde a mi perversidad. Pero ahí seguía, de pie... Mirando a aquél que lloraba, y esa noche ya no sería tan sólo a la mujer y al perro a quienes mi fantasía quitaría la vida, sino también a ese pobre infeliz que trataba de revivir lo imposible.
—Nékir.
Aves negras se posan en el cable de la luz que está justo frente a mi habitación en el segundo piso. Yo tirada en mi cama desde la ventana las alcanzo a ver. Están ahí, con su sonido chillante, seguro hablando de mi. Han de decir que me veo patética, con los ojos hinchados, la cobija revuelta y el cabello sin hacer. Casi casi puedo entenderles cuando se miran unas a otras mientras pian en mi dirección. Seguro que se burlan de mi. Seguro exclaman-¡Güera pendeja!- Y se ríen. No los culpo, es hasta cómico. Nomás yo me creía el cuento de que era la única...como si me hubiera echado ese cuento, porque para ser honesta, yo asumí su libertad, nunca le pregunté.
Los pájaros negros en el alambre, están cantando una canción, se les nota divertidos. Entonces me paro y abriendo la ventana les grito -¡Cállense!- Y los cabrones se echan a reír. -Si ustedes sabían, ¿Por qué no me dijieron? Todos prestaron sus ojos para saberme engañada, pero para decirme, ¡ni un pio! ¡Andén, tomen!, aquí tienen más, ¡Miren mis lágrimas! Confirmen que son por él y sigan riendo. ¡Así de tonta soy! ¡Así de enamorada me engañaron!- Las aves entonces apenadas se quedaron en silencio y una a una fueron volando del cable hasta que lo único que quedó fue mi figura en el marco de la ventana, gimiendo de un dolor de esos que nomás se tolera con agua en los ojos. Cuándo uno sufre los minutos se van más lentos. Llevaba una tarde eterna llorando mis lamentos, sola en el marco de la ventana, mirando el cable desnudo, cuando las escuché de nuevo. Alcé mis ojos y tuve a todas las aves frente a mi. Entonces una de ellas se acercó y entendí en su mirada lo que quería que hiciera. Extendí mi mano y ahí, el ave, dejó un cabello. Lo tomé con mis dedos y me lo pegué a la nariz: era un cabello corto, castaño y ay de mi, ¡Yo sabía de quién era! ¡Si lectores! ¡Yo hasta el cabello le conocía! Cada ave tiro desde el cable un cabello, así tal cual, al suelo. Cada una llevaba una hebra en el pico y cuando se iba un ave, regresaba otra con otra hebra. Entonces rei yo, ¡Y reí con mucha fuerza! Las condenadas éstas, si que habían observado. Sabían al igual que yo, que su precioso cabello castaño era en efecto la fuente de su vanidad.
Y vayan ustedes a escuchar de esta cosa tan irreal, aves negras provocando una lluvia de cabellos castaños frente a mi ventana, mientras yo estaba envuelta en carcajadas, con los ojos bien rojos de mucho llorar.
Y, Erán
El Sol y la Luna una vez fueron dioses que podían adoptar forma humana. Muy acongojados por la humanidad, que vivía en la oscuridad, decidieron robarle al Dios del Caos su fuego para entregárselo a los mortales. Cuando Caos se dio cuenta de lo que habían hecho les dijo, "Pues si tanto quieren ayudar a la humanidad para que no estén en oscuridad entonces pagarán el precio." Separó a los amantes y los puso en lados opuestos del Cielo y los condenó a vivir así ya sin poder nunca tomar forma humana. Nunca más podrían abrazarse, ni tocarse y tan solo verse por un instante a lo lejos. Mucho tiempo estuvieron separados los amantes en el Cielo pero el dios del Cielo tuvo compasión y los dejó por un solo dia por breves instantes reunirse en el Cielo. Al estar juntos se besaron y se ofrendaron mutuamente su luz tanto que quedó en oscuridad toda la Tierra y al separarse lloró el Sol y lloró la Luna y sus lágrimas cayeron a Tierra. Las lágrimas de la Luna retoñaron y se volvieron girasoles que lo buscan continuamente y voltean sus cabezas y ya de tanto recibir amor del Sol dan fruto y con sus semillas alimentan. Las lágrimas del Sol se volvieron jazmines que solo en las noches de luna florecen blancas y bellas, un reflejo de su adorada, e inundan el aire con su fragante olor que embelesa a los amantes que bajo su luz se besan y el amor encuentran.
e.v.e. (Las Lagrimas del Sol y la Luna)