Cuando apareciste tú, estaba vacío, roto, llorando por cosas del pasado, sin tener sentimientos hacia nadie.
Cambiaste lo que había en mí, me hiciste poeta no roto, escribirte un poemario sería digno, del profundo color verde de tus ojos. Tu pelo rizado me inspira, tu piel blanca me quita el sueño, inspiras escribirte versos, que te eternicen un millón de siglos. Y es que, ¡Joder! París se queda corto con lo bonita que eres, la luz de tus ojos traspasa paredes, Galicia te admira, Andalucía te canta, Madrid te envidia con lo mucho que emanas. Sin embargo… Badajoz tuvo la dicha de tenerte entre sus brazos. Yo, de haberte encontrado, me siento afortunado, y pido perdón si por mirarte a los ojos, del color verde que tienes, me quedo enamorado.
— Manuel Ignacio.












