La UNAM alberga el banco de semillas de plantas silvestres más grande de México
Pese a estar inmersos en tiempos de cambio climático, grandes catástrofes ambientales y una sexta ola de extinción masiva de especies, no hace falta tener una mirada apocalíptica del mundo para ser precavidos y proteger semillas mexicanas.
De hecho, los primeros bancos de semillas nacieron en el siglo 19 y, a partir de la segunda década del siglo 20, despuntó el objetivo conservacionista de cara a las amenazas de la vida moderna. Así, en el momento en que alguna especie vegetal dejara de existir en su hábitat natural, se podría reproducir nuevamente en el campo.
Con estos datos, y dadas las circunstancias, la labor científica que se realiza en la FES Iztacala, perteneciente a la UNAM, cobra hoy en día una mayor importancia.
Con unas 2 mil especies colectadas, aquí se encuentra el banco de semillas de plantas silvestres más grande de México.
“El planeta se sigue deteriorando y se siguen perdiendo especies. Esta es una forma de que una parte de las plantas que tienen semillas ortodoxas se pueda almacenar por varios cientos de años”, indica Patricia Dávila Aranda, directora de la FES Iztacala y del proyecto.
“Tenemos un acervo genético que puede ser utilizado para muchas cosas, desde reintroducción al ambiente de especies, fines de investigación, reforestación…”.
Las semillas ortodoxas a las que la doctora en biología se refiere son aquellas que sobreviven a la desecación y congelación durante su conservación ex situ, es decir, fuera de su medio natural.
Y es que no todas las semillas resisten la conservación en frío. Las llamadas recalcitrantes mueren en cuanto disminuye su nivel de humedad. Además, si se congelan, explotan porque el agua en su interior se transforma en cristales. Otras especies, como el aguacate, el roble o los mangles, sólo pueden conservarse en plantaciones y áreas naturales.
Así, desde hace 10 años, en la UNAM las semillas pasan por diversos procesos. Una vez que se han documentado todas sus características fisiológicas, los plazos y formas de germinación, se les elimina gradualmente el agua, se les deja con una humedad entre el 10 y 15 por ciento y se les somete a temperaturas entre -20 y -40 grados centígrados.
Además, periódicamente, se obtienen muestras para conocer su comportamiento y saber si mantienen o no su viabilidad.
“Las semillas envejecen por un proceso bioquímico, así que tratamos de encontrar la manera de retardar el envejecimiento. Es recomendable practicar una nueva prueba de germinación cada 5 o 10 años, y si hubiera algún daño podríamos sacar las semillas y multiplicarlas o conseguir las semillas en el campo y cambiarlas”, explica la botánica.
A partir de bases de datos propias y del mapa de áreas prioritarias de conservación de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), el equipo de la FES Iztacala busca por todo el País plantas preferentemente endémicas, en peligro de extinción o con usos medicinales.
“Desde hace un par de años trabajamos mucho con árboles y ahora queremos iniciar con parientes silvestres de plantas cultivadas”, dice Dávila Aranda.
En sus 10 años de vida, el programa ha logrado preservar alrededor del cinco por ciento de la flora del País. Ahora la meta es alcanzar el 15 por ciento para 2020, pero la botánica reconoce que es un objetivo muy difícil si no se consigue más financiamiento.
“Ese cinco por ciento, que es mucho y no hay una colección similar en todo México, no es suficiente. Necesitamos equipo de campo y de laboratorio, y más recursos humanos”. Por el momento, el equipo cuenta con apenas dos recolectores de campo que obtienen de dos a tres especies al día, tres personas en laboratorio y una administrativa. El resto son jóvenes que realizan servicio social y estudiantes de tesis.
Volver a cultivar la tierra
Las semillas del laboratorio sirven, además, para que en regiones áridas de Puebla algunas comunidades produzcan sus propias hortalizas y plantas para vender ya que, apunta la experta, es frecuente encontrarse con personas que piensan que allí no se puede cultivar debido a la escasez de agua.
“En el laboratorio aprendemos cuánta agua necesitan las plantas y los horarios de riego. Trabajamos de manera preliminar en nuestro invernadero para, una vez comprobado que las mediciones son las adecuadas, explicarle a la gente cómo debe operar en el campo para que tenga mejores condiciones de vida”.
Posteriormente, ayudan a construir invernaderos rurales para recuperar la cultura hortícola en la región.
Un pedazo de México en Londres
Desde los inicios del banco, una porción de las semillas ha viajado hasta los Jardines Botánicos Reales de Kew, en Inglaterra.
Así, a través del programa Banco de Semillas del Milenio, se asegura que las plantas se preservan fuera de nuestras fronteras.
“Una de las premisas de los bancos de semillas es que tiene que haber una colección de respaldo en otro lugar por si algo pasa”, aclara Dávila Aranda.
Además, gracias a la capacitación realizada con los ingleses, el proyecto de la UNAM cuenta con el protocolo científico y los estándares internacionales necesarios para el manejo de semillas.
“Tenemos un convenio con ellos, con Semarnat como firmante, en el que se señala que ellos son los depositarios de la colección boucher y que no pueden hacer nada con ella sin permiso del gobierno mexicano, porque todo esto es patrimonio de México”.
Una apuesta controversial
La polémica sobre el propósito de los bancos de semilla está servida, especialmente para aquellos que resguardan la biodiversidad alimentaria del planeta.
Mientras unos defienden que estos lugares son un refugio para muchas especies que están muriendo en su lugar de origen, otros señalan el aprovechamiento indebido de los ejemplares como un riesgo que no se debería correr.
La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, construida en 2007 en el círculo polar ártico noruego y conocida como “Bóveda del fin del mundo” por ser capaz de resistir terremotos, impactos de bombas nucleares y otros desastres, es el ejemplo más grande a nivel mundial de almacenamiento con fines alimenticios.
Sus impulsores señalan que las semillas tendrán un uso exclusivamente de resguardo, no serán sometidas a investigación o reproducción, las especies no se podrán patentar y sólo se utilizarán si una variedad se agota o desaparece.
“La diversidad genética no necesita hielo, sino campo”, expresan algunos activistas en contraposición.
Por el momento, y gracias a que en la FES se resguardan colecciones de plantas silvestres, la UNAM se libra de esta controversia.
En un encuentro internacional celebrado en Alemania en 1996, los expertos plantearon la cuestión de la pérdida de colecciones en bancos que no ofrecen garantías.
Así lo señala la página de ciencia de la UNAM, que indica que “la falta de energía durante un fin de semana acabó con una reserva de raíces y tubérculos de Camerún. La colección nacional de Afganistán quedó destruida en 1992 por la guerra. Un final igual tuvo el banco de semillas iraquí de Abu Ghraib a consecuencia de la invasión de 2003”.
Afortunadamente, el Centro Internacional para la Investigación Agrícola en Zonas Áridas (Icarda, por sus siglas en inglés), en Siria, se ha salvado de su destrucción pese a la guerra civil que se vive en aquel país.
Por ello, en marzo, varios científicos sirios que han arriesgado sus vidas para preservar cerca de 150 mil semillas, obtuvieron el premio Gregor Mendel.
Es en esa región del mundo donde la humanidad dejó de ser nómada y se estableció por primera vez en comunidades productoras de trigo y cebada, entre otros cultivos.
Por esta ocasión, la historia no repitió sus errores y las semillas recolectadas en el cuarto creciente fértil de Medio Oriente están a buen recaudo.