Recordatorio
Había iniciado el día con una leve sensación de molestia, pero nada que fuese un real obstáculo para desarrollarse en sus funciones habituales.
Participó en las actividades rutinarias y también en los momentos de distensión junto a sus compañeros, pues sabía que era importante sumarse de vez en cuando y no ser sólo una figura de autoridad que los sermoneara o limitara constantemente. Reír era un buen aliado contra la rutina y los pensamientos intrusivos que a diario le invadían, seguramente igual que a sus camaradas.
Todo marchó bien durante unas horas, pero a pesar de que su ánimo era estable, la sensación de leve molestia había progresado, volviéndose una punzada persistente y cada vez más dolorosa en su pómulo, mismo que estaba tatuado con una notoria cicatriz que se extendía y perdía tras su oreja y cabello. Una marca que no tenía mucho tiempo de antigüedad.
Las experiencias tempranas con el dolor físico le habían llevado a acostumbrarse y tolerar distintos niveles, a soportarlos en silencio sin expresarlos ni preocupar a sus pares. Todo su cuerpo estaba lleno de recordatorios de episodios de su vida con los que en cierta medida ya había hecho las pases, y de los cuales, también había aprendido a aislarse cuando ya no podía disimular.
Eso fue lo que prefirió, cuando el dolor volvió a aumentar y reclamó toda su atención. Se excusó con el grupo diciendo que debía revisar documentos en su oficina, que tardaría y que se comportaran en su ausencia, y procedió a retirarse.
Subir las escaleras fue un castigo extra, pero a pesar de las dificultades de coordinación y equilibrio, finalmente logró llegar a su destino, cerrar la puerta y disfrutar de manera intermitente del silencio, cuando su tortuoso recordatorio se lo permitía.
Respiró profundamente, y como si su palma tuviese la cura a su sufrimiento, la llevó y depositó contra su piel afiebrada. Desde luego nada disminuyó, pero el sutil gesto de encogerse y contenerse a sí mismo era un consuelo. Con sus párpados cerrados y bien apretados quería usar las energías que le quedaban para seguir teniendo el control de la situación.
Sus oídos apenas percibían los sonidos a su alrededor, su cabeza lo engañaba con la amenaza de explotar o romperse en cualquier momento. Su único alivio era el frío que sentía cuando una brisa misericordiosa ingresaba por la ventana e interactuaba con las perlas de sudor en su piel.
Hubo un ruido cerca, aunque no tenía la capacidad siquiera para distinguir a qué correspondía. Entonces, una voz suave se abrió paso, en medio de su artificial sordera. Por la fonética parecía su nombre, o más bien su apodo "Howie", pero no tenía la energía para descifrarlo. No obstante, la voz volvió a dirigirle palabra.
–¿Te duele mucho?
Reconocería esa voz en cualquier lugar, fuese vidente o ciego. Era la voz de Ilya, su camarada, su amigo, su hermano de alma. Con él sabía que no necesitaba mentir, ni ocultar, pues ambos compartían un vínculo más profundo y un nivel de intimidad mayor. No obstante, su terca forma de ser lo empujó a querer minimizar su real estado de todos modos incluso con él. Retiró la mano de su rostro y se esforzó por sonreír al recién llegado.
–Estoy bien, solo me fui por algunos pensamientos.
Absolutamente, su peor intento.
–¿Estás seguro?– preguntó Ilya, y él sabía que era más bien por darle la oportunidad de ser sincero que porque realmente tuviera la duda. Howard abrió los párpados y trató de enfocarse en la figura que le acompañaba. Logró posarse en el rostro del otro, que reflejaba una expresión de angustia, poco común para los demás seguramente, pero que él ya había visto y grabado a fuego antes en su memoria. Ya la había visto en el día de su milagroso despertar, después del accidente con el que justamente había decorado su mejilla con medalla de guerra permanente. No se arrepentía de nada en cualquier caso. A cambio de eso, la persona más importante para él estaba con vida, y ahí, a su lado.
–Te puedo traer un analgésico, no seas terco…– Howard notó cómo el otro se acercaba más a observarle detenidamente. Cerró sus párpados ante una nueva arremetida del dolor, lo que hizo que los músculos de su cara se tensaran inevitablemente. Tomó aire por enésima vez y asintió a la sugerencia del más bajo.
–Creo que me haría bien… olvidé traer las de casa. Pero… no quiero causar problemas, sabes que todo lo que sale del botiquín tiene que quedar registrado… No quiero darle más motivos a los superiores para desconfiar de mí.
–Lo sé...– desde luego sabía que Ilya entendía el motivo de su preocupación. Su milagrosa recuperación no estaba exenta de ciertas sospechas de algunos altos mandos. "Tonterías" coincidían muy en sus adentros ambos.
–...Pero no puedo simplemente dejarlo así.– La firmeza a través de la calidez en esas palabras sacó otra sonrisa suave en Howard. De pronto, sintió los dedos de Ilya rozar con extrema delicadeza la línea de la cicatriz. El gesto era cuidadoso y transmitía comprensión, y empatía. Sabía que Ilya nunca haría algo que buscara provocarle más dolor. Sus siguientes palabras terminaron por cobijarle completamente:
–No te preocupes, quedará registrado a mi nombre. Cualquier duda al respecto sabré desviarla. En seguida regreso.– Y antes de ir por el medicamento, Ilya acortó la diferencia de alturas fugazmente, con un beso corto sobre la marca, movido por el agradecimiento a la valentía de aquel hombre que se había lastimado cuidando de él. Ambos podían llamarse con orgullo hermanos, más que solo compañeros de equipo. Ya tenían muchas historias juntos; la marca en la mejilla del más alto era un recordatorio frecuente.
Una sonrisa como promesa de que volvería pronto, y el primero al mando se retiró de la oficina hacia la enfermería.
Howard se tocó la cicatriz, en medio de la molestia, podía sentir un suave hormigueo justo en donde Ilya depositó sus labios.
–Aquí esperaré entonces.– afirmó ya más aliviado.














