Honestamente, no sabría elegir entre la tranquilidad y la intensidad. Es como elegir entre el agua y el fuego, tú sabes cuál es cada uno. Creo que de alguna forma, coexisten.
Entre los síntomas inexplicables de un amor, la tranquilidad es sincronizar latidos en un abrazo, es tener la paz de que esa persona va a interpretar tus gestos, tus acciones y te va a reconfortar. Es, en parte, entender la singularidad para conectar en la conjunción de ambos.
Podría decir que con el tiempo he aprendido que la tranquilidad exige libertad, si no se tiene esto empiezan las prohibiciones o las contradicciones.
La cosa, es que puedes pretender estar tranquilo, pero jamás podrás ocultar la intensidad.
Las ansias de un beso de encuentro después de mucha anticipación, dos cuerpos meciéndose, complaciéndose. No puedo explicar la combinación de jadeos creando una sintonía.
Aunque claro está que la intensidad no es meramente carnal, ¿alguna vez has visto una vela en la oscuridad? Su luz es lo único que ilumina, es lo que encamina y guía. Lo mismo pasa con la intensidad. Actúas según la misma, es difícil resistirse a darlo todo, a arder.
Por lo tanto… no tengo criterios para decidir.
Me gusta la intensidad, me gusta el placer de un largo beso que te corta la respiración, pero también la paz de acomodar la cabeza en la cuenca del cuello de alguien.
Me gusta la tranquilidad de no decir nada y comunicarme con la mirada, pero me encanta un cuerpo que cubra al mío y lo cure con besos en el cuello, que me hagan estremecerme y cerrar los ojos por mero placer al sentir mi piel erizarse.
Me gusta la intensidad de aquí y ahora, te necesito.
Me gusta la tranquilidad de aquí y siempre, te quiero.