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El billar capirote:
(Quiero 20)
Enviado por: Antonio
Leah Remini
El Monarca
Cuautitlán Izcalli, agosto 2025
"Entre tacos, tacos y más tacos: el billar de los inflados"
—Bro, neta ya no sé si estoy jugando billar o si el taco que me comí me está empujando la bola ocho —dijo Raúl entre risas mientras se acomodaba la panza sobre el borde de la mesa.
—¡Jajajaja! No ma', Raúl, la otra vez me pasó lo mismo, we. Estaba echando la última carambola y ¡pum!, se me fue un eructazo con sabor a carnitas —contestó Alex, dándole un golpe leve a la bola cinco, que terminó rebotando sin llegar a su objetivo.
Ambos vestían sus típicas camisas escolares apretadas, con las corbatas medio colgadas y los pantalones más estirados que la cuerda de un brincolín. Sus panzas sobresalían descaradamente por debajo de la tela, como si estuvieran peleando por libertad.
—Mi jefe ya de plano me dice “mi bolita de masa” —soltó Raúl, mientras se rascaba la barriga y se recargaba en la mesa de billar, provocando que esta crujiera—. Dice que si me pongo en la olla de nuevo, ahora sí salgo como tamal bien armado.
—El mío me llama “mi gordito rey del sazón” —respondió Alex con una risilla—. Hoy me sirvió desayuno doble: chilaquiles con huevo y luego tacos de barbacoa, ¡y eso que eran las ocho de la mañana!
—Nooo ma', bro, ¿neta? El mío me despertó con un bolillo relleno de milanesa y frijoles. Y luego me puso a sentarme en sus piernas pa’ medir si ya “estoy listo”. Me dijo que me estoy empezando a poner “jugoso”.
—¡Guácala, we! ¡Pero qué ternura! —dijo Alex entre carcajadas—. Mi papá igual me aprieta el cachete de la nalga y dice: “ahí va creciendo el chamaco, bien carnudo”.
—¡Jajajaja! No somos nosotros, bro, ¡es la genética y los taquitos!
Ambos estallaron en carcajadas. En ese momento, Raúl se agachó para alcanzar una bola que se había ido debajo de la mesa… ¡rrrrras! El pantalón cedió con un sonido largo y trágico.
—¡BROOOO! ¡Se me rompieron los jeans! —gritó Raúl, levantándose en shock, mientras su ropa interior blanca asomaba con orgullo.
—¡No mames! —Alex empezó a reír tan fuerte que casi se ahoga con su propia risa—. ¡BRO! ¡Mira el mío! ¡rrrras! —y también su pantalón se rompió por la parte trasera mientras se inclinaba de la risa.
—¡Somos los reyes del billar y del trasero inflado, carnal! —exclamó Raúl.
—¡Los gemelos nalgón y panza, versión de barrio!
—¡El escuadrón comelón! —gritó Raúl alzando el taco de billar como si fuera una espada.
—¡Los apretapantalones del infierno! —añadió Alex, chocando el taco con el de su amigo.
—No, bro, ya fuera de broma… —dijo Raúl, recuperando la compostura—. ¿No te ha pasado que mientras tragas, tu jefe te mira con esos ojitos brillosos, como si fueras su obra de arte?
—¡Sí, we! Me dice “eres mi orgullo, cada kilo que subes es una victoria”.
—¡Ándale! El mío igual, se emociona cuando ve que ya ni me puedo levantar sin apoyo. Me toma fotos cuando me estoy echando el tercer plato y luego se las manda a los tíos con orgullo.
—¿Y te toma medidas?
—¡Obvio! Cada domingo. ¡Me pesa, me mide el abdomen, los brazos, las piernas! Es como si fuera a concursar en el “Señor Panza México 2025”.
—¡JAJAJAJA! El mío me mide hasta las lonjitas de los costados. Dice que si rebotan con la cucharita, están perfectas.
—Neta, bro, podríamos hacer una tabla de evolución. En agosto del año pasado tenía cintura… ahora tengo pura curva, sin freno.
—¡Y sin reversa, carnal! —contestó Alex, dándole otro golpe a la bola, que se perdió en el hoyo por pura chiripa.
—¿Sabes qué es lo peor? Que ya me acostumbré. Hasta me da ternura cuando mi jefe me dice “mi albóndiga gigante”. Siento que es su forma de quererme.
—Lo mismo, bro. Al chile, uno se queja, pero… se siente chido que te vean como el más sabroso del clan.
—¡Sí! Aunque a veces sientes que vas a explotar.
—¡Pero explotas feliz, con la barriga llena!
Ambos rieron otra vez. Se veían ridículos: dos jóvenes con camisas estiradas, pantalones rotos, panza colgando, y un taco de billar en mano como si fueran caballeros en una mesa redonda de taquitos.
—¿Seguimos la partida, mi nalgón?
—¡Dale, mi panzón! Pero esta vez, cuidado con las inclinaciones… ¡que ya no traigo calzones de repuesto!
Y así, entre risas, bromas y un juego de billar mal jugado pero bien disfrutado, Raúl y Alex siguieron celebrando su extraña pero sabrosa hermandad… la de los consentidos, los bien alimentados, y los reyes del cariño en forma de comida.
Vista por ahí.
Jugada maestra