Una mujer no ha dado todo de sí cuando, al abandonar a un hombre, encuentra otro a quien dárselo todo. El hombre aburrido de una mujer vuelve a desearla ni bien nota que otro puede divertirse con ella.
Eso no - Marcelo Birmajer
seen from Russia
seen from China
seen from Indonesia
seen from Indonesia

seen from United States
seen from China

seen from Indonesia

seen from Poland
seen from Russia
seen from China
seen from China

seen from Spain

seen from Indonesia
seen from China
seen from Philippines
seen from United States

seen from Germany
seen from United Kingdom
seen from United States

seen from Indonesia
Una mujer no ha dado todo de sí cuando, al abandonar a un hombre, encuentra otro a quien dárselo todo. El hombre aburrido de una mujer vuelve a desearla ni bien nota que otro puede divertirse con ella.
Eso no - Marcelo Birmajer
Historias para dejar de fumar
Me hallaba en Aeroparque, esperando para abordar rumbo a Corrientes, cuando el señor de enfrente me pidió el diario, que yo había leído y dejado a mi lado, recurriendo a Alfonsín , el libro de Oscar Muiño.
Se lo extendí, y luego de agradecerme, agregó: –Antes se podía fumar, y el tiempo volaba. Ahora hay que hacerse mala sangre con las noticias. No sé qué es peor.
–De las noticias, uno se repone –comenté.
–Es curioso –siguió mi interlocutor, a quien llamaremos Lancaster–, porque yo dejé de fumar gracias a las historias. Me refiero a historias de ficción. No me gustaba tener los dientes amarillos, los dedos manchados de nicotina, ni toser cuando jugaba un partido de fútbol. Por no hablar del miedo a la muerte. Me recomendaron a Lulú. Cuando la conocí, le hice un chiste: “Toby, mucho gusto”. Lulú sonrió, pero en esa sonrisa se leía con toda claridad: “Ya me hicieron ese chiste muchas veces”. La terapia de Lulú consistía en contarme historias que sólo continuarían si yo no fumaba. Eran tres encuentros semanales de seis horas cada uno. Fue uno de los mejores veranos de mi vida. Primero, sólo me aguantaba delante de ella. Pero con el correr de las semanas, dejé de fumar. Sólo me interesaba que Lulú me siguiera contando historias. Reemplacé un vicio por otro.
–Nunca escuché algo similar –apunté–. Lo más parecido es ese relato sensacional de Stephen King: “Basta S.A.”, que si el protagonista fuma, le cortan el dedo meñique a la esposa.
También ese cuento me lo contó Lulú. Pero al terminar el verano, me llevé una decepción brutal.
–La encontró con otro cliente.
–No. La encontré fumando en Plaza Irlanda.
–¿Usted estaba fumando? –me confundí.
–No. Ella. La reté como si me debiera algo. “Pero vos fumás”, la acusé. “Como un escuerzo”, confesó Lulú; “nunca dije lo contrario”. Le arranqué el atado de las manos, me prendí uno, lo fumé hasta el final, saqué otro y me lo guardé en el bolsillo.
La toqué en su amor propio –continuó Lancaster–. Ella quería cerrar el verano habiéndome curado del vicio. Y ahora, por ese encuentro casual, yo echaba a perder su trabajo. Me ofreció una terapia única, que no había probado nunca antes con nadie: por cada semana sin fumar, ella me entregaría otra delicia de su cuerpo.
–Tragué saliva y me puse colorado. ¿Por qué no llamaban a embarcar?
–Cumplí rigurosamente. Cada semana, era un milagro. Yo no supe lo que era el amor hasta ese tiempo. Lulú no se guardó nada. Dejé de fumar.
–No creo que sea un método que se pueda patentar –lamenté.
–Pero funciona.
–Y se inició un romance –adiviné.
–No –insistió con sus negativas Lancaster; yo no había pegado ni una.
–Terminó su trabajo y se marchó. Debo reconocer que hace ya cinco años que no fumo. Pero Lulú nunca más me atendió el teléfono. En rigor, se esfumó. No he vuelto a tener pareja. No la puedo olvidar. Cada mujer que conozco… no tiene nada que ver con lo que yo sentía con ella. Mi vida es un desastre. Fui feliz con Lulú; con nadie más.
–Ahora la tarea es encontrar una que le enseñe un método para olvidar a Lulú –sugerí.
–No sea iluso –sonrió con tristeza Lancaster–. Todos los días tengo ganas de fumar; pero me las aguanto, porque sé que hace mal. En cambio, cuando extraño a Lulú, y sé que no la veré, no tengo ningún justificativo para resignarme. Me salvó la vida, pero no me explicó para qué.
–Creo que esa respuesta no podría dársela ni Lulú –acoté–. Ni ninguna persona sobre la Tierra. Pero por suerte ahora vamos a volar. Están a llamando a embarcar.
Marcelo Birmajer - Clarín (16/11/13)
Invitación para nuestro segundo evento!