「 𝐌𝐲 𝐜𝐨𝐥𝐨𝐫, 𝐌𝐲 𝐬𝐨𝐮𝐥 」
- ¿Sabes? Me gustaría verme así, tan radiante como tú ahora mismo. A su lado, una copa de vino blanco en el suelo transpirando su poca frescura a través de fino vidrio atacado por la cálida brisa de la época. En su boca un cigarrillo por la mitad apenas pintado con labial nude. Lejos, pero cerca a la vez, su confidente de aquellas noches en vela de terapia. Sobre el manto oscuro de la noche, redonda, grande y brillante. En los momentos dónde no quería hablar con nadie, ella estaba ahí. En cualquiera de sus fases o tamaños, hasta cuándo solo parecía una leve sonrisa ladeada, estaba allí para ella. - A ti se te hace fácil. Tienes tu brillo propio y si no tienes tu sol haciéndote ver así de hermosa. Aquí solo estoy yo, sin luz propia ni algún "sol" que me haga sentir calor o verme bonita. En pijamas sentada en el suelo de un balcón. Con vino, cigarrillos y hablándole a un satélite como si fuera mí mejor amiga. Si acaso encuentras algo más patético, avísame... Habían pasado casi 8 años del inicio sus charlas. En las noches oscuras, cuando la adolescente no podía dormir, la luna era su única compañía visible desde esa fría habitación de hospital. Compañera que veía desde pequeña, pero con la que jamás se había sincerado. Aquella pequeña niña rubia de ojos grandes azules que cada noche tomaba una vieja enciclopedia hogareña que guardaba bajo su cama como un tesoro y se acercaba a la ventana a descifrar constelaciones con su ayuda antes de dormir. La misma que pensaba que la luna llena se hacía de queso cuando la veía completa, y observaba el cielo es busca de que una estrella fugaz la sorprendiera. Esa niña ya era una adulta que solo hacia catarsis consigo misma al hablar en voz alta como si la luna llena realmente la escuchara o le diera algún consejo. Aquella luna de extraño color beige brilloso, radiante por ayuda de su amante el sol que incluso sin estar junto a ella la hacía ver increíble. Esa luz, era la que la joven quería pasa si misma algún día.













