"Genio".
Era lo que siempre estaba pegado a mi nombre.
Puede que haya sido dicho más que mi propio nombre, como si todos estuviesen leyendo un guion: “tú eres diferente al resto” o “no eres ordinario”, era lo que ellos decían, y también me veían como una valiosa y hermosa pieza de vidrio.
Todos los días los mismos elogios eran volcados en mí; era el mismo interés sin importar el trabajo que fuera seleccionado. Viví toda mi vida de esa forma y, a pesar de ser molesto, no era difícil, pero en algún punto lo sentí como algo ajeno. Esa gente adjuntaba el “genio” a mí y me veía básicamente como un bello paquete. Ninguno estaba interesado en el mensaje que yo trataba de transmitir a través de mi trabajo.
Gradualmente sentí una sensación de duda. Esto puede ser algo que no entiendas: “¡como era de esperarse, eres increíble!”, “¡no puedes ser más perfecto que esto!”. ¿Perfecto? ¿Dónde, exactamente?.
Luego de darme cuenta de esto aquella vez, ya no recibí los elogios que me daban; más que eso, esas palabras me hacían sentir aún más aislado, como una existencia extraña. Ellos ni siquiera trataron de entenderme; tan solo me miraban como si fuera algo bonito y, estando bajo sus miradas, sentí que no era diferente a ser un mono enjaulado en un zoológico, siendo observado…
Yo no era igual a esas personas. Al final, no pudimos comprendernos mutuamente y la palabra “genio” ya no era un elogio para mí; era una palabra para separarme de ellos. Puedes verlo como un tipo de placer: la sensación de pasar toda tu vida viendo una pared abrasadora; si eres tú, lo entenderás.
Me he vuelto completamente exhausto.