Con La Luna
Era una noche de invierno. Los copos de nieve caían suavemente como una manta que te resguardara de todo. Desde mi ventana veía como caían cada uno de copos de nieve. Levante mi mirada y mire hacia la luna, la dulce luna. Mi única compañía en los momentos de paz, angustias, tormentos, alegrías, etc. En fin, la luna era con la única que podía compartir mis pensamientos.
Esa noche solo podía preguntarme porque me sentía tan sola. Si pude vivir feliz y sola los últimos cuatro años. ¿Por qué ahora sentía tanta soledad y depresión?
Traté de preguntarle a la luna pero sabía que nunca me iba responder. Eso era lo único malo de la luna oía todos mi problemas y alegrías. Pero nunca podría obtener de ella esas palabras de afirmación que me darían un consejo, una palabra de animó, una sonrisa, cualquier cosa. Pero el tener una respuesta a algo es lo que anhelaba.
No era muy tarde pero podía dormir. Así que decidí salir de mi apartamento a dar una vuelta. Caminé por las calles de Nueva York durante dos horas. Solo quería despejar mi mente. De regreso a casa, me topé con pequeño restaurante. Se miraba con una apariencia cálida y tranquila. Era noche, no había cenado y nadie me esperaba en casa. Así que no era mala idea entrar. Al entrar todo tenía aspecto de una cabaña. Era hermoso, tenía un aspecto rústico. Me senté en la mesa que estaba cerca de la ventana. No puedo evitar el contemplar como cae la nieve. De repente llegó el mesero a mi mesa y me preguntó que deseaba ordenar. Solo pedí un chocolate caliente y un pastel de queso.
A partir de esa noche, esa fue mi rutina de siempre. Caminaba e iba al restaurante. Cada vez que llegaba el mesero estaba esperándome. Al principio no le ponía mucha atención. Solo lo consideraba como una persona más.
Como me iba tarde del restaurante. Él se sentaba a platicar conmigo. Podíamos hablar durante horas, hasta que nos sacarán del restaurante. Lo empecé a considerar como un amigo muy especial.
Otra noche, con la misma rutina de siempre. Fui al restaurante, pero él no estaba ahí. No pude evitar desanimarme. Así que después de ordenar lo de siempre decidí ir a casa. Mientras iba caminando me llegó otra vez el pensamiento de la primera noche. La soledad.
Al llegar a casa observé desde lejos que había alguien sentado en las gradas, como esperando a algo o a alguien. Me acerqué y era él. Con sus grandes ojos verdes y su pelo negro y brillante. Se acercó a mí y se disculpó por no haber asistido a nuestra cita de siempre. Pero tenía que averiguar donde vivía para poder tener una cita verdadera conmigo y para darme una rosa que esperaba desde hace tiempo para dármela. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Y me di cuenta que todo sentimiento de soledad y depresión solo desaparecía cuando estaba junto él. Yo tomé su mano y lo invité a entrar. Desde esa noche, la luna ya no fue mí única compañía. Ya no estaba sola, tenía a alguien que por fin me daba esas respuestas que tenía sin responder.














