Hoy soñé contigo, supongo te diste cuenta de lo mucho que me enojé contigo por haberte ido. Juro que al despertar escuché clarito tu “a huevo, mano” cuando te diste cuenta de que hicimos las paces.
En mi sueño regresamos a Logos, pedacito de cielo atemporal donde fuimos todo lo que pudimos del mejor modo que pudimos, y ahí estaban todos haciendo lo de siempre. Unos fumando en la puerta, otros corriendo en la banqueta porque tocaba clase con José de la O. y no terminaron la tarea de etimologías. Y ahí estabas tú, fumando tu cigarrito con el buen Kenny y Sousi, cagados de la risa como toda la vida, planeando estrategias para la reta de Pok que iban a tener a la salida. Yo corrí a tu encuentro, imagínate cuanto me sorprendiste que incluso boté mi cigarro cuando te vi, y te grité “¡Cabrón, se supone que tú estás muerto!” Esbozaste esa sonrisa traviesa que hacías cuando se te ocurría algo loco, estiraste tus brazos largos para abrazarme pero yo te solté un puñetazo en el hombro antes de que me pudieras rodear con tu calor. Todos se comenzaron a reír, como si hubiera caído redondita en la broma, y me dijiste “¡Ay Lore! ¡Era un chiste! ¿Neta crees que me iría así de fácil?”
Te conté que pasé todo un mes llorando por ti, que sentí el peso del mundo sobre mi pecho. Te expliqué lo enojada que me hiciste sentir, que cuando me dieron ganas de rendirme me di cuenta de todo el tiempo que había pasado desde la última vez que hablamos. Me abrazaste muy fuerte y me recordaste que tenía que dejar de romantizar mis pendejadas, que la vida es un desvergue que sólo vale la pena si la hacemos poesía. Yo me burlé de ti, te cuestioné el cómo hacer poesía sin romantizar la vida y me contestaste que sólo tenía que dejar que mis manos narraran todo lo que mi piel sentía, sin editarme, sin adornarme. En ese momento me di cuenta que estábamos en la fuente del Claustro. Fera, Tetza y Abraham nos gritaron que dejáramos de hablar pendejadas y nos apuráramos porque Tsutsumi estaba por llegar. Fera te gritó “¡Ven aquí cabrón y dame amor!”
Desperté con la certeza de tu presencia, y te entendí. Entendí que nunca voy a saber por qué te fuiste así, y entendí que por un ratito nos acompañamos a ser felices. Entendí que me enseñaste a luchar con mis sombras sin miedo, con chingos de huevos porque cuando se toma una decisión es de culeros rajarse. Gracias por todas las grullas y rosas de origami, gracias por desdoblar mis esquinas y enseñarme que a veces esos pliegues sólo marcan cachitos de mi vida sin arrugar toda mi historia. Gracias por pasar a despedirte Orquito.