Alma Ajena
La mayoría de las historias que resultan en finales felices no pueden garantizar que su final realmente fue feliz, la historia de parejas capaces de afrontar mil cosas, de esas que te llenan de lágrimas en el cine y hacen que olvides la realidad se ha convertido en el statu quo de lo que esperamos de una vida, de un final feliz que al final nos demuestra tristemente que no existen finales felices, que si el final ocurre es porque todo empieza y termina y cuando algo termina es como si tu alma o al menos un pedazo de la misma se estancara, se arraigara a ese momento, a los recuerdos, al repetir incesante en la mente de mil sucesos como si el repetirlos permitiera cambiarlos, al final simplemente quedas sólo tú, tus momentos, tus recuerdos, los dolores, las cicatrices que en tu alma no le muestras a nadie, esos que tras años de terapia no has logrado afrontar.
Muchas veces me pregunté cómo terminé en este lugar, cómo algo tan insignificante como un mensaje puede cambiar el rumbo entero de tu vida, puede cambiar tu piel, tu juventud, tus esperanzas e ilusiones, es como si una sola decisión cambiara todo, quizás por ese devenir de una vida entera en la búsqueda de un amor soñado, de esos en los que te sumerges hasta olvidar tu nombre, de esos en los que escribías creyendo que tu vida realmente podía cambiar por el beso de tu verdadero amor, al final ese amor se vuelve un amargo sentimiento, una sensación inesperada, esa en la que redactas con poca cordura la muerte de un alma, porque al final hay amores tan arrasadores que cuando terminan no queda nada, todo está a su alrededor quemado. Si, quizás por las llamas de una pasión desbordante, de una vida que se consumió en el intenso fuego de un ritmo avasallante pero… ¿Dónde estás tú? ¿Qué queda de ti?
Recuerdo con claridad la sensación de vacío, recuerdo mi cuerpo en el suelo del frío baño mientras tosía sin parar queriendo vomitar todo lo que había logrado introducir en mi cuerpo esa cruel mañana en la que mi vida cambió, recuerdo haber querido terminar con todo. Me recuerdo a mí, rendida, pero también veo con claridad el momento en el que otra alma tomó el lugar en mi cuerpo, esa misma que tuvo el valor para renunciar a volver a llorar, esa que se levantó y continuó con una vida que le pesaba, esa que llenó de capas de maquillaje el dolor, esa que nunca volvió a permitirse llorar más de una vez al año en aquel lugar donde su muerte espiritual le dio una vida, una vida en la que ya yo no existía, una vida en la que sigo buscando como volverme a encontrar.
La mujer que tomó ese lugar es una mujer a la que ni siquiera con el tiempo que ha pasado, ni con los años viéndola habitar bajo la piel que un día me perteneció he logrado descifrar, fue la mujer que me hizo convertir el dolor en algo pasajero, que me dijo que nada valía tanto la pena, pero sobretodo es una mujer que no me ha permitido volver a prender esa llama, una mujer que me convirtió en la frívola amante de momentos pasajeros, en la coqueta irremediable que en cuanto siente que alguien la quiere se bloquea y llena de irreverencia y amargura aquellos sentimientos, una mujer independiente pero a la vez fría.
Amar es una tarea tan difícil… desearía que el tiempo la hubiera simplificado, la hubiera convertido en algo más amable, para que quizás así la frialdad que habita en mi piel se permitiera volver a sentir, volver a creer, volver a hacer las cosas con el alma.
Hay un corazón bajo mi carne, un corazón que late con sensaciones huecas, con un compás demasiado parsimonioso, como si nada le exaltará realmente, como si tan solo existiera bajo la superficie de la frivolidad en la que aquella mujer nos sumió, como si él me entendiera, pero no me habla. Se mantiene rezagado y silencioso, en las noches me sumo en la oscuridad que otorgan los días para acercarme despacio y oírlo latir, y lo oigo, con un ritmo irregular, tan pero tan lento que por momentos no comprendo si estoy viva o muerta, que no entiendo si al final el corazón se cansó de los designios de ella y nos abandonó finalmente. Pero luego lo oigo y veo que estamos sumidos en un sueño, en un maldito sueño en el que él existe y está junto a nosotros, una vez más late con fuerza, late con ritmo, late a máxima capacidad intentando llamarlo, late y late por él.
Ahí mi alma cae de rodillas, ¿Qué ruego? ¿Por volver a verle? ¿Por un segundo a su lado que quemará todo lo que dé a pocos en ese campo marchito en el que habito he empezado a reparar? No, ahí es donde siento que ella debe tomar el mando, el rumbo de un alma rota, un alma que pagará con dolor ese sueño, esa sensación que me acompañara por días, al final uno se queda pensando si esa sensación vale realmente la pena, verlo, amarlo y tenerlo en mi, aunque sea en un sueño, un sueño en el que no me pertenece, un sueño en el que sé que él no será capaz de entender el dolor que ese simple sueño me produce.
Pero me gusta sentirme ahí, me gusta conservar el calor de su cuerpo, de su sonrisa como la vez primera, de ese recuerdo que dé a pocos se hace mas y mas lejano, que pienso que un día cambiará la mente, cambiará y trastornara su rostro, su olor y su voz, claro que un día cambiará, ¿acaso será que ya cambió? No hay forma de saberlo, hace mucho que no le veo, solo recuerdos y momentos que ya no puedo ni siquiera saber si mi mente por el dolor modificó, no sé si lo que recuerdo ya no es él, no sé si lo que mi mente ha fabricado es un placebo para que en el dolor sepa que si fue real y si existió, pero quizás ya no es él.
¿Cuántas veces puedes volver a amar a una persona? ¿Cuántas veces puedes convencer al alma de entregarse realmente? Con el paso de los años siento que cada intento fue una condena al sentimiento. Una carta escrita con un receptor extraño, una carta tirada al vacío para volver a intentar algo que sabes que quizás volverá a condenarte. ¿Es el amor una condena? O la condena se centra en ese lazo invisible con el cual deseas explicar porque lo intentas una y otra vez deseando un final diferente.
Al final a quién ves con los ojos de un amor que ya quizás no exista, es quien puede responder las preguntas a las que atas la desgracia de no sentir, ¿Pero no era eso lo que querías? No querías un inicio y un final épico ¿Qué pasa con eso? ¿No fue suficientemente épico? ¿No es eso lo que redactaste una y otra vez? ¿No es acaso la muerte el único sentimiento que te hace sentir que todo acabó, que un final realmente llegó a su lugar? Tuviste una muerte, una muerte épica de una mujer que ya no existe y que no encuentra la manera de escapar, al final tú felices por siempre te condena, te convierte en una espectadora de lo que ya no sabes cómo vivir.
Es por esa muerte que busca en otra vida a otra alma, que no te hallas, que no te encuentras, que te pierdes. Porque si existes y estás, pero moriste y solo ese corazón que sigue latiendo por un amor épico es capaz de evitar que te ates a alguien más, que te grita que vuelvas a intentarlo una vez más, quizás simplemente fue precipitado escribir el final feliz de una muerte que describe con claridad cómo te sientes por dentro.
Quieres escribir y vivir una vida que no te animas a vivir, que no te atreves a elegir, una vida nueva en la que esperas sentir la mitad de lo que sentiste en tu vida pasada, en tus muertes anteriores, una vida en la que sigues mirando con amor a una persona que no te elige y no se decide, que simplemente tiene que llegar al límite para volver a tus brazos. ¿Cuántos nombres necesitas? ¿Cuántas personalidades requieres para describir un amor que ya no está? Para reconocer que la pérdida puede ser ganancia y continuar. Pero no, al final tú y tus escritos siempre se concentran en un solo lugar, tú y tus descripciones, tú y un alma y que no sana, que no entiende, que no se arriesga a gritar y reclamar, un alma que no sabe cuántas veces puede saltar al vacío de una condena, ¿es que acaso quieres ver otra muerte?
Mi alma está fragmentada, el dolor retorna de a pocos y vuelvo así a una vida que es mía pero no reconozco como mía, una vida en la que me juré no volver a posar la mirada, un dolor que enterré mientras veía cómo en mis entrañas desvanecia lo único vivo que restaba de ella, un secreto que solo a mi perteneció, un dolor que nadie puede llegar a entender, la sangre limpia, pero también condena.
Los lazos que me atan a él son invisibles, son lazos de mis muertes pasadas, de mis amores incomparables, del olvido de un alma que no consigue dejar de luchar, un alma que no comprende intenciones y que intenta cambiar, que no concibe la aparición como un todo, ni maldición ni bendición, quizás simplemente condena. La condena de volver a sentirse como un día decidió no volver a sentir.
Mirar los ojos de una persona siempre fue la solución, los ojos ventanas de un alma conocida, más ¿qué pasa si ya no estás segura de a quien un día conociste? ¿Qué pasa si ya no sientes que su alma sea la de quien un día creíste? Un día juré poder ver a través de esos ojos, un día sentí que eran incapaces de todo daño, de todo dolor, de todo engaño y al otro lloraba las mentiras que siempre conocí, un día me entregue a una vida que no era mía simplemente por la falacia de un amor intocable, inquebrantable, incluso imparable. Al final siempre todo acaba igual, con un final, una muerte y un alma que ya no está.
Esa alma que se rezaga bajo el latir de un corazón torpe para elegir, de un corazón que descubrió mil cosas que a nadie compartió pero que intentó de forma incansable volver a sentir esa emoción, un corazón que vio cómo el cuerpo besaba mis labios, que vio el amor en otra gente y aun así no encontró cómo acoplarse. Un corazón que de manera irremediable empezó a romper otros corazones, que encontró como llegar a mil almas, pero no encontró una capaz de descifrarlo.
Nunca podremos decir que solo el corazón es culpable por su elección, quizás también podemos decir que la razón a pesar de su entrenamiento ha resultado torpe, torpe para reconocer mentiras, torpe para entender palabras y para obligar al corazón a tornarse frío, torpe para no volver a caer, para comprender que el amor no puede encontrarse dos veces en un mismo lugar, que ni aunque conozcas dos veces a una persona podrás conocer realmente a esa misma persona.
Las almas se configuran de manera compleja, cambian, se tornan de colores tan confusos que nunca podremos definir que las convirtió en lo que vemos, las almas cuentan historias, las almas aman, las almas se compaginas, se relacionan, se enlazan a otras almas, nos preguntamos si al final las confusas declaraciones de amor que entrometen al alma reconocen que el alma es ciega cuando ama, reconocen su incapacidad para redactar cartas, para convencer una vez más a todos de continuar en un rumbo diferente.
Es quizás esa alma incapaz de decirle a todo lo que compromete a una persona que no es real lo que nos compromete, que quizás son conexiones que en otro momento parecieron racionales y hoy solo llenaran de desgracia todo. Volver a amar a una persona, por más que parezca la misma persona nunca será fácil, ya nunca sabrás si serás capaz de gritarle a Teseo que regrese, que clavé en ti sus raíces, que no le temes ni a Zeus, Ni a Poseidón, que las iras del universo resultan insignificantes junto a ti porque la ira de perder de nuevo al amor te convirtió en irrompible.
Cuántos nombres, cuántos amores necesitas para convertirte en la carne de Avellaneda llamando a Martin Santomé, replicando mil veces que solo su vida hace que tu muerte este en vida, que solo necesitas su mano y su voz llamándote para hacer de tu nombre la prueba más grande de amor. Cuántas veces necesitas convertirte en Geisha por amor, solo para estar un solo segundo junto al Presidente, cuantas veces tienes que cambiar tu nombre y mutar, ya no eres más tú Chiyo Sakamoto la niña que soñó una vida entera en pos de un segundo, ahora estas tu Sayuri Nitta, la mujer capaz de entender lo que pesa la condena del amor.
Y qué me dices de ti Catherine Earnshaw, ¿dónde estás ahora? Acaso condenas a Heathcliff desde los sueños por codicia, por cobardía, porque no puedes simplemente irte lejos con Linton, porque no aceptas el amor desinteresado de alguien que le puede venir bien a tu corazón, pero no, tu quieres a Heathcliff, tu quieres una historia en la que sus almas estén condenadas a llamarse mientras enloquecen a sus pobres miserables existencias, pero tranquilo Heathcliff, soy plenamente consciente que estas con Isabela Linton, que deberías dejarla en paz y dejarme en paz para que todos dejemos este círculo. ¿Qué puede decir Catherine? ¿Acaso no creo en ti una cantidad de cualidades? ¿Acaso no te tortura, acaso sabes donde estas?
Pero más bien deberíamos hablar de la Joven Jane Eyre, ¿es que acaso serás capaz de enamorarme una vez más y llenarme de cosas bellas para arrebatarlas sin remedio? No Rochester, debería yo ser más tranquila y dejar de llenarte de halagos, debería simplemente quedarme con la imagen de un Gytrash incapaz de amar y sentir, debería yo quedarme allí y no amarle, debería simplemente cuidar en silencio que todo marche bien y dejarlo, para no encontrarme con el dolor de ver que mientras sus promesas de amor me llenan de vida, su vida está unida al final a la de Bertha Mason, ella su mujer una mujer que podrá ser descrita como ángel o mounstro pero que por elección usted eligió y en mi torpeza tal vez solo debería reposar mi vida junto a la de St. John, que aunque no me emocione me promete la tranquilidad y paz de una vida reposada.
Y así podría continuar, llenando de nombres nuestras vidas, nuestros rostros para recitar que el amor que sentí por él resultaba tan avasallante que no recuerdo dónde quedó mi alma, que si vivo lo hago porque Dios existe y me lleno de razones para continuar, pero que al final cuando él aparece mi alma entera tiembla y quiere volverlo a intentar mientras en mi cuerpo toma forma la mujer fría en la que me convertí sin remedio, esa que me dio la capacidad de continuar pero que no comprende cómo entre el alma, el corazón y la razón se decide y desea volver a intentar caer de manera tal que no sabremos si podremos volver a vivir.
El amor en carne de personajes literarios deja espacio a una Érica que encuentra aun a su Martín amante, pero nunca sabrá si cualquiera que sea el nombre que mi alma tomé lo encontrará a él de la misma manera o simplemente una vez más se arriesga a morir, fruto de una historia en la que quizás solo Érica y Martin triunfaron.
Krigardrottning











