Sobre Bye bye Secreto!
«El dibujo es cada vez más importante en el arte argentino y Claudia del Río es una de las madrinas de este proceso. Con el siglo XXI llegó un cambio en su expectativa de artista. De aquella sensación (manifestada, por ejemplo en el Club del Dibujo) surgieron transformaciones formales, sociales y personales que después de veinte años terminan por hacer indispensable su presencia, su rol, su estilo y sus maneras.
Hace unos años Ivan Rosado compiló en Ikebana política ejercicios, emociones, reflexiones, ideas sueltas, aforismos y vivencias de Claudia. El libro es hoy en día un Long Seller que se vende y se vende, pasa de mano en mano como un diamente de la democracia entre jóvenes que van llegando a las promesas del arte y encuentran en sus páginas la radio de su generación. La polivalencia generacional de lxs lectores de Ikebana torna rápidamente al libro un clásico sin fecha y un pequeño horno transmutativo del vivir artístico. Recuerdo ahora una frase: “un dibujo es menos que el mundo”.
Después de mirar y leer Bye bye Secreto!, su más reciente libro publicado también por Ivan Rosado, aquella definición de Claudia podría matizarse para dejarla anotada como pregunta: ¿Un dibujo es menos que el mundo? El libro contiene cientos y cientos de dibujos editados por orden de aparición (2009–2023). Cada uno brilla autónomo en cada página. Sin ningún paratexto, se sostienen solos. La soberanía de los dibujos entusiasma, da ganas de dibujar y deja contentos a públicos variados: los detallistas, los jodones, los imperfeccionistas y los tiernos. Hacia el final la lista de títulos, indispensable, elegante y larga, con nombres como “Es obvio que el sol fuma. Sol fumando”, “Muñeco y sandía”, “Paisaje y cocina” o “Amor material”. Entre la lista una serie de fotos de Claudia dibujando, dictando talleres, paseando por muestras, jugando con perros o tomando Coca Cola, marca y emblema de su primera época artística.
Lo que me parece es que la cantidad infinita de dibujos, sus variaciones desacomodadas, el no progreso del trazo, la recurrencia sumada a la novedad cada dos o tres páginas, hacen del libro un catálogo a la altura del mundo. De ahí que los dibujos, quiza porque están juntos, cooperativizando las ganas y poniendo el cuerpo volatil al servicio de una causa mayor, empaten a todo lo demás: al mundo, al arte no interesante, a la alienación, a la estupidez.
Finalmente hay un texto de Claudia dedicado al verbo dibujar, con sentimientos de valoración de la función económica del dibujo. Del dibujo relacionado al plan, al trabajo con la escasez. Del puro desparramo del acto de dibujar. De su rol como cama recién hecha para lo conceptual, las obsesiones y los sueños. De la posiblidad de cirulación del dibujo, de su manipulación popular e igualitaria.
Pasando las hojas al azar, cada quien puede elegir cada día una triada de dibujos preferidos, como un canon cambiante que acompañe el ánimo cotidiano.»
Juan Laxagueborde: "Dibujos, dibujos, dibujos"






