Decidimos ignorar que somos una nube de elementos químicos, y lo que ocurre en el centro de una galaxia lejana conjuga las mismas sustancias de las que estamos compuestos. Nada nos diferencia de las grandes estrellas que han ido acumulando una masa inconmensurable, con avaricia, hasta ser decenas de veces el tamaño de nuestro sol. Estrellas que se creen poderosas, y que en la muerte, para evitar dispersarse en polvo, se repliegan sobre sí mismas, aproximando sus átomos, acumulando densidad, soñando que el techo y las paredes se van cerrando sobre ellas hasta implosionar en un agujero negro, cazamariposas celeste del que nada escapa. Estrellas y hombres implosionan por no perder protagonismo en el último minuto, cuando estaban ya tan cerca de extinguirse, para dar pie a su secuela.
Umbra de Silvia Terrón

















