«Sobre los gestos políticos en el campo de fútbol»
Durante el partido amistoso entre Senegal e Irán del pasado martes en Austria no se celebraron los goles (1-1). Los jugadores de la selección iraní entraron al terreno de juego con unas chaquetas negras que cubrían las camisetas propias de la equipación, portadoras del emblema de su país, en solidaridad a la revolución que está teniendo lugar a raíz de la muerte de Mahsa Amini. Este acto de protesta, es una denuncia pública contra un régimen que se excede en violencia contra las mujeres, a las que llega a torturar por llevar mal puesto el hiyab. Y lo hicieron sabiendo a lo que se atenían: los deportistas que se manifiesten contra el régimen son susceptibles de ser expulsados del equipo. La FIFA no se ha pronunciado aún. Sardar Azmoun, uno de los jugadores estrella de la selección, ya ha sido señalado, al mostrarse partidario de la revolución en redes sociales con el siguiente mensaje que posteriormente borró: "El castigo máximo es ser expulsado de la selección nacional, que es un pequeño precio a pagar por un solo mechón de pelo de una mujer iraní. Qué vergüenza matar a la gente tan fácilmente y larga vida a las mujeres de Irán"
Partiendo de la premisa de que todo es político y dado el impacto que celebraciones como las Eurocopas o los Mundiales tiene en el público, sobre todo de sentimiento patriótico, el hecho de que irrumpan manifestaciones sociales en el terreno de juego genera un debate que se sale de la opinión pública. Los gestos de apoyo se convierten en una cuestión de estado.
La iniciativa de arrodillarse antes de un evento deportivo, por ejemplo, surgió de un quatterback de la NFL en 2016 para protestar contra la desigualdad racial y la violencia policial hacia el colectivo afroamericano en EEUU. Desde entonces, el gesto ha sido recurrente en varias disciplinas deportivas y ligas internacionales, en apoyo al movimiento #BlackLivesMatter. Donald Trump llegó a pedir el despido de los jugadores que protestasen mientras sonaba el himno. El debate generado es que, al hincar rodilla, se demuestra respeto o se demuestra sumisión. Cuando lo hace toda una selección, el gesto habla en nombre de una nación. Y claro, lo que defendió Colin Kaepernick, el quatterback en cuestión, con su acto fue lo siguiente: “no voy a levantarme para mostrar mi orgullo por una bandera de un país que oprime a la gente negra. Para mí, la lucha contra el racismo es más grande que el fútbol americano”. El mensaje antirracista se topa, dicen, con la humillación a la patria. De tanto sentir los colores, dejaron de verlos. Por otra parte, la decisión de arrodillarse o no en torneos como la pasada Eurocopa también ha tenido que ver con la subordinación o no a la campaña que se hizo con el movimiento, supeditando el mensaje al lucro de multinacionales e instituciones varias.
Por su parte, organismos como la UEFA llevan años promocionando su rechazo al racismo. Su etiqueta de #Respect es ahora, además, extensible a otros colectivos. De esta manera se cubre de cualquier posible proclama que defienda causas de índole social, puesto que los derechos de los individuos no se cumplen por igual en todos los países de la comunidad europea. Sin embargo, a punto estuvo de sancionar a Manuel Neuer, el portero y capitán de la selección alemana, por llevar un brazalete con la bandera del arcoiris con el que la Federación Alemana quiso mandar un mensaje a favor de la diversidad y los derechos LGTBIQ+ enmarcado en el mes del #pride. Pese a que en sus estatutos recoge la prohibición de todo mensaje político, la UEFA finalmente desestimó la sanción. Hubiera sido cuanto menos paradójico no hacerlo tras lanzar una campaña para derrotar todas las formas de discriminación, “Sign for an Equal Game”: “la iniciativa que desde su lanzamiento en la temporada 2017/18 ha sensibilizado sobre cómo el fútbol puede desempeñar un papel de primera línea en la ruptura de barreras sociales y la construcción de comunidades.”
No fue tan laxa con que el Allianz Arena se iluminase con los colores de esta bandera en el partido que la selección disputó contra Hungría, cediendo a la petición de su gobierno ultraconservador, liderado por Viktor Orbán. Aquí el alcalde socialdemócrata de Múnich la verdad es que, ya puestos, fue con todo, aludiendo que quería hacerlo como muestra de solidaridad hacia la comunidad LGTBIQ+ húngara tras la aprobación de una ley que restringe sus derechos en su país en lo que se entendió como un uso partidista de la causa. Finalmente se impuso el diseño proyectado para la Eurocopa 2020, que por cierto no alteró su imagen a pesar de que se disputó un año después debido a la pandemia por coronavirus. De esta manera, la liga de las naciones representa y es representada por igual a todos, al menos estéticamente.
Considero el deporte como una gran ventana para dar ejemplo de respeto y dar visibilidad a la defensa de los derechos y las libertades de las personas a lo largo y ancho del globo. Porque su influencia, sobre todo si hablamos de fútbol, es mucha. Al respecto, leí no sé dónde sobre la voluntad de los jugadores, hastiados de ser considerados figurantes, avatares, activos comerciales. Recordemos el gesto de Cristiano Ronaldo apartando dos botellas de Coca-cola durante una rueda de prensa y poniendo una de agua en su lugar, enseñándola a cámara. El mismísimo Cristiano Ronaldo, imagen entre las imágenes de no pocas marcas, rebelándose contra la bebida energética más famosa de todos los tiempos por no considerarla saludable. Un gesto que tuvo una repercusión negativa para la compañía, con pérdidas millonarias. Unos días después, el francés Paul Pogba haría algo similar con una cerveza sin alcohol de Heineken. Ambos recibieron una reprimenda por parte de la UEFA, ya que estas marcas fueron patrocinadores clave para la realización del torneo, además de garantes para la consecución de objetivos de carácter social. Nada comparado con las expulsiones de los jugadores iraníes. Nada comparado con lo que acontecerá el próximo mundial de Qatar.