numero cero
cachicamo fanzine
seen from United States

seen from India
seen from Russia

seen from United States
seen from Chile

seen from India

seen from India

seen from United States

seen from India
seen from China
seen from China

seen from United States
seen from India

seen from Malaysia

seen from Malaysia
seen from China
seen from United States

seen from Malaysia
seen from India

seen from Belgium
numero cero
cachicamo fanzine
vaiven.
jorge sarmiento
al margen.
sofia casco/jorge sarmiento
a quién le temes?
Corría desesperado. La criatura lo seguía, amenazante. Sabía que corría por su vida. Estaba muy oscuro: lo único que iluminaba apenas su veloz avance eran unas pequeñas luces anaranjadas de la calle, que en su mayoría titilaban tenebrosamente. Estaba aterrorizado. Deslizaba rápidamente sus pies, siendo consciente de cada parte de su cuerpo; no podía equivocarse, no podía caerse. Se encontraba, ahora, pasando por un callejón oscuro y turbio. A su alrededor logró divisar un horrible monstruo y una víbora serpenteando hacia su presa inadvertida: un ratoncito; también vio una enorme y peluda tarántula devorándose un insecto atrapado en su red. Al salir del callejón dobló a la derecha, casi chocando con un hombre lobo, que lo esquivó, sorprendido. El corredor contuvo un grito; no podía darse el lujo de alentar su paso por la pérdida del aire. En esa cuadra, se cruzó con otros dos hombres lobo, que venían en grupo con un vampiro, un zombie que paseaba un cocodrilo y con un demonio. Nunca había estado tan aterrado. Escuchó que le decían algo. No frenó, ni siquiera los volvió a mirar. Sonaban amenazantes, lo que contrastaba con el sentido de sus palabras, pero no tenía tiempo para pensar en eso. Tenía que correr. La noche era oscura como nunca había sido, no veía ni una sola estrella que le diera una mínima esperanza. Ni que hablar de la luna. El agua estancada en el piso reflejaba algo del lúgubre paisaje; todo en diferentes tonos de escarlata. Un grupo preocupado de marcianos le preguntó qué le ocurría. A la media cuadra, el “cuco” le preguntó si necesitaba ayuda. En ninguno de los casos se detuvo, ni contestó. Comenzaba a aclarar. Lo único que oía ya, era su respiración. El infernal mundo de la oscuridad empezaba a desaparecer, para dar paso al de la luz. Lo último que vio fueron dos brujas viejas y con grandes verrugas que intentaron calmarlo.Ya era de día. Corrió por otro callejón. Sus piernas se movían automáticamente. Giró a la izquierda, pasando al lado de una señora, que ni lo miró, aunque si lo vio. Salió a una calle que estaba llena de gente. Había familias, ancianos, vendedores, amas de casa. Paseaban relajadamente por la calle, disfrutando del sol radiante... Estaba agotado. Dobló otra vez, con la mala suerte de dar con un callejón sin salida.
No tenía escapatoria. Se encontraba de cara a su atacante. Gritaba a la gente que pasaba, no solo cerca o a su alrededor, sino que entre ellos. Gritaba desesperado, pidiendo ayuda; sin embargo, nadie siquiera se dignaba a mirarlo. Lo ignoraban completamente. Intentó agarrar a algunos transeúntes, pero se zafaron rápidamente y continuaron como su nada hubiera pasado. Frente a él, se encontraba la criatura más escalofriante que hubiera visto jamás. Tenía, aproximadamente, su misma altura, pero su pelo era un poco más claro. Se erguía en dos patas, también. Su piel era rosada. Vestía unas zapatillas como las que tenía su vecino, unas bermudas negras y una remera verde. Sus ojos eran de un marrón claro y tenía sus manos dobladas en puños. Con estos últimos, extendidos, avanzó hacia el corredor, que, desde el piso, seguía pidiendo ayuda sus “pares”, que continuaban su camino, ignorándolo, mientras uno de ellos acababa con su vida.
- amanda redin