Tenía los nervios a flor de piel desde que había escuchado sobre el tiroteo, aunque se había enterado a la mañana siguiente. Casi que agradecía haberse pasado la noche con el móvil sin batería, viendo películas románticas en Netflix con sus tres gatos como compañía, porque de haberse enterado a tiempo real temía haberse muerto de un infarto, sabiendo que no solo sus hermanos se encontraban allí, si no que también sus mejores amigos. Amigos a los que había citado cuanto antes en La Resistenza para asegurarse de que seguían teniendo todas las extremidades en su sitio.
Nada más verles, echó a correr hacia ellos, prácticamente tirándose encima para poder abrazarlos a la vez, estrechándolos tan fuerte como podía mientras sujetaba su café matutino en una mano y el enorme manojo de llaves de la tienda en la otra. “Nunca me había alegrado tanto de ver vuestras ojeras mañaneras...”, comentó sin soltar el agarre, “¡Estaba super preocupada!”, añadió antes de empezar a besar mejillas ajenas con besos sonoros y cargados de cariño, “Si llegáis a palmarla os juro que os mato, cabrones”. @j-ackermann @cadwcll










