El hombre del estacionamiento (como él le había llamado), resultaba ser un hombre de negocios cualquiera, de esos que trabajan en las grandes empresas de Seúl y que se ganan la vida vistiendo esos aburridos trajes negros mientras asisten a reuniones en corporativos, sin embargo, algunos de esos negocios no eran tan limpios como él creía. Ese mundo de la alta sociedad no es tan bueno como lo pintan, ya que a veces se tienen que hacer algunos movimientos turbios para poder ganar y eso era de lo que ese hombre se encargaba.
Él se las había arreglado para saber dónde vivía y qué era lo que hacía, puesto que un día lo encontró fuera de su apartamento tan sólo para hacerle una generosa oferta que si bien, era demasiado tentadora. Las palabras que le dijo en ese momento aún resonaban en su cabeza “trabaja para mí, sabes que necesitas el dinero”, casi le hacían le olvidar el molesto zumbido que con frecuencia se hacía presente en sus oídos, cómo lo odiaba. A decir verdad, sí necesitaba el dinero puesto que los pocos ahorros de sus padres se le estaban acabando, y aunque tomaba trabajos de medio tiempo, no le eran suficientes para pagar las medicinas del abuelo. Por un lado no quería involucrarse mucho en ese tipo de asunto, pero no le quedaba de otra.
Dos días más tarde, JaeMin se encontraba a las afueras de lo que parecía ser un edificio abandonado, el lugar daba miedo y estuvo a punto de correr e irse de no ser porque un hombre salió para llevarlo dentro. No sabía cómo, pero el ascensor milagrosamente funcionaba llegando así al piso número 7. El hombre casi le obligó a caminar adentrándose en una habitación que tenía la misma pinta que el edificio; las paredes estaban mal pintadas, el piso se encontraba bastante sucio, los muebles estaban rotos y el sistema de iluminación era realmente malo, parecía una escena de esas películas de matones. Al centro se encontraba una mesa que daba directamente a una pizarra, en el asiento de la cabecera se encontraba él.
—¡Chico! Sabía que vendrías. —Dijo él con entusiasmo con una sonrisa en el rostro.
—JaeMin, mi nombre es JaeMin. —Juraba que trataba de hacerse el serio, pero por dentro podía sentir que las piernas le temblaban tal cual gelatina.
—Claro, las formalidades. Mi nombre es MyungChul, pero nunca me vas a llamar así. Soy Doc, ¿entiendes?
Asintió con la cabeza tratando de entender el porqué del apodo, entonces Doc le dijo que en el trabajo, nunca debían de saber quién eres, debías ser invisible. De cierto modo le informó de todo lo que debía hacer, si se lo pensaba el hombre era amable, quién diría que se dedicaba a ese tipo de cosas, era increíble lo bien que la gente sabía disimular. Su trabajo era consistía en transportar al equipo a donde fuese requerido para una vez concluido, salir lo más rápido posible de ahí. Sonaba demasiado sencillo si se lo ponía de esa forma, pero en realidad era el más importante ya que si llegaba a fallar, serían atrapados y ahí terminaba todo. Al finalizar una maleta llena de dinero fue puesta frente a él, jamás había visto tanto dinero en su vida por lo que estaba perplejo ante ello. Esa era su parte del trato, así que de ahora en adelante JaeMin debía cumplir con la suya.
—Ahora, necesitas un apodo. —Y en realidad no se lo pensó mucho, así que sonrió de medio mientras veía a Doc directamente a los ojos.
—Llámame 𝘉𝘢𝘣𝘺.