Según una revista de divulgación científica
el ojo humano posee, en su dimensión
horizontal, un campo visual de 120º.
Lo que significa que los restantes 240,
desplegados a nuestras espaldas
como la frondosa capa de un mago,
pertenecen al dominio de lo invisible,
un reino donde todo es sombra y ceguera y nada.
De modo que, si los números no me fallan,
a primera vista sólo percibimos –más o menos–
un 33% de realidad, un tercio de cuanto
nos rodea: 1/3 de bosque, 1/3 de árbol,
la tercera parte del vuelo de un pájaro.
El resto, por lo visto, se nos descuenta,
se nos escatima, se nos niega por ley.
Cierro la revista y apuro mi tercio de cerveza.
Cuando levanto la mirada, el pájaro ya no está;
pero sé que el poema, con sus ojos de pez,
seguirá viéndolo en toda su complejidad.
Aquí está: círculo cerrado, asunto resuelto.
Con la tercera parte de un lápiz gastado,
en un tercio de una página que arranqué,
escribo esto para ti, que vienes detrás y no te veo.
Lector: una parte de enigma y dos de misterio.