Impulsos
Una mañana quise verte, entonces arranqué una hoja de nenúfar y la usé como bote. Vivías a un par de kilómetros río abajo, así que no me fue difícil improvisar también un remo con un palo de bambú.
En mi travesía hacia tu encuentro observé a las gobias; unas nadando entre las raíces de los mangles, otras escalándolos. Mientras contemplaba maravillado este extraño acto de la naturaleza, simultáneamente comenzaba a llover sobre el río frutos de sicómoro, llenando el agua de sus vástagos que anunciaban la llegada del otoño junto a la hojarasca estancada en la orilla.
Encontrándome a medio camino divisé a lo lejos un bosque nacido de una hilera de bengala que llevaba ahí, por lo menos, unos trescientos años. Recordé el día en que durante una de nuestras exploraciones habituales por querer ir más allá nos extraviamos en su interior. Después de siete horas perdidos, cansados y hambrientos, dio con nosotros una expedición encabezada por tu padre. En el camino de vuelta insinuó unas cuantas veces la mala influencia que era para ti. Aún así nos escapábamos y regresábamos a aquel mágico bosque, al menos una vez por mes. Con el tiempo no hubo nadie que conociera aquel lugar como lo hacíamos nosotros.
Comienza a oscurecer y en compañía de la noche vienen las luciérnagas, como acudiendo a su llamado. Estando ya a media luz enciendo mi farol con sumo cuidado de no incendiar mi improvisada embarcación, siempre acompañado por esas estrellas titilantes, con sus destellos amarillos, blancos y verdes que se ven a lo largo y ancho del paisaje.
A unas centenas de metros de tu morada la hoja comienza a ceder ante mi peso y el cambio de la corriente; tomo mi farol y abandono la rivera del río, camino por la orilla esquivando las rocas entre la alta maleza e iluminando el piso por temor a tropezar o toparme con algún animal. Dicha acción de prevención sólo produce un enorme retraso en mi marcha, debido a la lentitud de mi avance. Aún así no flaqueo, hace una noche fresca, el sonido del agua al fluir me relaja, con un paisaje hermoso frente a mi, y a unos pocos metros, tu cabaña; tan cerca que se siente el olor del pan recién horneado para la cena, ¿qué podría ser mejor?
Ya en tu puerta y luego de un poco más de dos horas navegando río abajo, lleno de barro hasta los tobillos y repleto de picaduras de mosquito; me entero por boca de tu padre de que no te encuentras en casa en este momento. Con un bosquejo de sonrisa me despido de él desde tu cerco y echo a andar río arriba, aún con las ganas de verte.
por: Samuel E. R. Tineo
éste escrito fue publicado en el noveno tomo de la revista digital Canibalismos.








