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Me derrumbo en el sociego de la espera de una línea que me salve del peso presente de tu sombra ausente
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calma en tormenta
Me derrumbo en el sociego de la espera de una línea que me salve del peso presente de tu sombra ausente
Escritura y negación
“Es lo extraordinario de la vida del espíritu; que las heridas del espíritu se curan sin dejar cicatrices y hacen patentes las heridas que dejan.” –Georg W. Friedrich Hegel
No me gusta lo que escribo y les regalo lo que sobra, lo que no apena tanto, lo que sale en el momento, lo que voy dejando regado.
Re-leerse es otro martirio, verse errar y fracasar tan hoscamente palabra a palabra, frases sucias, rocosas, con excesos de todo tipo, obras in-acabadas que desfilan ante la vista creando tormento y royendo la poca paz mental que poseo, socavando mi cordura con su estética deplorable.
Se mofa de mí un yo pasado; me ataca con una terriblemente objetivada subjetividad y de allí deviene el auto-odio, el reproche, el rechazo a los hijos que son las obras. –Es que yo no escribí eso, osea sí, pero no soy yo, porque era, ¿me entiendes?-.
Y ojalá sólo fuese eso, el avergonzarse y corregir, ¡y ya está!, pero no. No es una cosa que se quede en el pasado, sino que se trata de un extenso y agonizante presente continuo que acontece en acto, no es como que puedas salirte de ti y afirmar: si, efectivamente es una basura esto que he escrito, o algún otro criterio valorativo. Es imposible hacerlo en el momento en que se hace, el único tiempo diferido es el tiempo futuro, cuando el ‘yo’ que juzga al ‘yo’ es otro ‘yo’, ¿si me entiendes? Y en tanto es otro puede tener una visión más sobria y objetiva de lo que la obra es en sí, ya que ha logrado romper el vínculo, no fue él quien le parió, sino otro (bueno, vale, si queda algo allí en el fondo, como una pequeña conexión inexplicable que logra conectarte con aquel hijo negado, como una reminiscencia del alma, eso es el yo que subyace en el yo).
A este punto comienzo a cuestionarme el cómo se supone que deba terminar este escrito, porque, se supone, debe tener alguna intención, es decir, a algún lugar debe pretender llegar esto; así que me detengo, paro de escribir y vuelvo a re-leerme –martirio reincidente y necesario-. Ah sí, esto iba sobre escritura, sobre el yo actual y el diferido y sobre este constante juego de ser-no ser, o no ser-ser; -que complicado, ¿no?-, como la escritura misma; si bien el tema acá no es nada nuevo en este medio, si Carlos ya nos advirtió sobre lo complicado que es el simple hecho de sentarse a escribir, y ya superado ese punto viene Luis a advertirnos de la siguiente fase traumática, la cual es encarar al papel (o al teclado y monitor) y decir: pues bien, ¿y ahora qué? –a lo cual, a su vez Gabriel dedicó un poema a esto-, resulta quizá soso el que venga yo a encarar el mismo tema, pero con una perspectiva ulterior: ¿qué carajos escribí?
Pues nada, escribo por necesidad; la misma necesidad que surge al leer algo que escribió un ‘yo’ ya muy lejano y que, el ‘yo’ actual, al interpelarlo, desea asesinar a su antecesor y corregir las obscenidades que aquel ha proclamado; porque a fin de cuentas, aquellos ‘yos’ que se denominan diferentes subyacen justos como uno en el yo actual que acontece en acto.
Un vivo ejemplo de esto es aquel poema esbozado que escribí hace unas semanas titulado a golpes necesidad; que, al momento mismo de la escritura lo sentí como un genuino desprendimiento de mi espíritu, como un hijo pródigo, como mi salvación misma materializada.
No sé escribir sobre amor.
Escribo sobre fracasos y deseos, hablo sobre añoranzas de ayeres tan presentes que erizan la piel y encabritan los sentidos.
Ya no hago poesía. Me siento y me despojo de los excesos, purgo el alma de aquello que le aflige para re-ensamblar los restos subyacentes.
Ya no me parodio en vano.
No me recrimino por ayeres ni me repudio actual en tiempo ajeno, me sé un ser de mí mismo, cómplice y aislado.
Éste poema ha sido escrito y re-escrito infinidad de veces hasta cobrar esta forma por ahora.
Desconozco los límites que esto pueda tener, pero referente a la poesía no hay demasiado que se pueda hacer a la hora de enfrentar lo ya expuesto, sobre esto ya he escrito y re-escrito demasiado, tanto que ya no sería reiterar, sino redundar.
Si algo más he de agregar a este corto escrito, este infame híbrido, podría ser que debido a su carácter errático perfectamente podría ser llamado mi ‘Marico, cualquier vaina II’
por Samuel Tineo
Despierto aturdido.
-¿Dónde están todos?- Siento un dolor punzante en la rodilla y tengo sangre seca en las manos.
Me encuentro en el suelo de una habitación desconocida alumbrada por la luz de la luna que se filtra por la ventana. Lo primero que noto es un escrito rojo en la pared que dice: <<¿Cuándo aprenderás?>>
Dentro de la habitación sólo hay una vieja colcha, dos puertas y una mesita de noche con un papel; confundido, busco apoyo en la mesa para levantarme, tomo la hoja y me acerco a la ventana para tratar de leerla.
<<Siempre a la derecha. >>
Salgo de la habitación dirigiéndome siempre a la derecha, como dice la nota. Camino por pasillos oscuros guiándome por las paredes mientras me pregunto qué es lo que sucede. El piso frío y seco entumece mis pies descalzos. Escucho el sonido de los ratones en la lejanía, lo que causa en mí un pavor indescriptible. Acelero mi marcha.
El silencio en el corredor sólo es superado por la inclemente oscuridad; es tanta que mis ojos no se adaptan, así que sin más remedio, voy a rastras, siempre hacia la derecha –siempre-. Por alguna razón me aborda la sensación de que esto ya lo he vivido antes.
Tengo hambre. Han pasado horas o quizás días, es difícil saberlo cuando no tienes noción del tiempo. Mientras avanzo a tientas trato de recordar la última vez que vi mi propio rostro y me horrorizo al caer en cuenta de que no recuerdo ningún rostro, en lo absoluto. Peor aún, no sé mi nombre ni tengo recuerdos anteriores al momento de despertar en aquella habitación. -¿Quién soy?-
Entre la confusión y el temor, continúo en mi eterna marcha entre la penumbra y noto que en el horizonte hay una luz rojiza. Desesperado, y hambriento tras demasiado tiempo caminando sucumbo a mis instintos y echo a correr hacia ella. A medio camino tropiezo con algo y doy de bruces contra el suelo mientras produzco un alarido de dolor. Hay un vidrio incrustado en mi rodilla. Con manos temblorosas e inseguras lo saco y comienzo a caminar adolorido como vagabundo. Al llegar al final del pasillo giro a la izquierda en busca de la luz y encuentro una puerta. Giro la manilla y al entrar el terror se refleja en mis ojos al observar un escrito en rojo en las paredes que dice:
<<¿Cuándo aprenderás?>>
Me vuelvo a la puerta en un intento desesperado por abrirla. -¡No!, ¡No!, ¡Ayuda!, ¡Sáquenme de aquí!-
Un extraño gas emana del techo de la habitación y mientras sigo entre llanto y gritos intentando escapar, caigo al suelo. El mundo se vuelve negro.
Despierto aturdido.
-¿Dónde están todos?- …
por Samuel Tineo
El actual sirve como prólogo a una novela inédita.
El alma enaltecida y melancólica de John E. Petit
Allí estaba, sobre fondo blanco; su figura, sus colores y sus tonalidades la hacían resaltar entre tantas otras. Me llamó ella, de entre cientas que se encontraban en la estancia. Me aventuré hacia donde se encontraba con intriga, con miedo, con recelo; curioso, ansioso, deseoso del encuentro próximo a darse.
Me encontraba en una galería de un nuevo autor que publicaba sus obras bajo el seudónimo de Hans P. Lundberg, y que sólo estarían en la ciudad durante el fin de semana.
Al acercarme sentía el roce de mis hombros con hombros anónimos, el tacto de mi humanidad con otras -¿realmente es así? tanto contacto humano que acontece sin ser; ¿es realmente humano? ¿hay, verdaderamente, un contacto?-.
Logré alcanzarla y, en pleno acto vivencial, no sabría explicar qué fue lo que sentí. Todo fue demasiado inmediato, demasiado rápido, demasiado violento, turbio, y a la vez, cálido, apacible. Nunca había comprendido a qué se referían con movimientos internos hasta ese momento.
La recorrí con la mirada; en ella vi mi infancia, los raspones en mis rodillas, sentí el sabor a sangre en la boca, el miedo a los monstruos del armario, el calor del sol que daba a mi piel de día, y la brisa fría que la erizaba de noche. Me encontré conmovido, recordé aquella película que vi hace un par de semanas, la muerte de mi perro a los once, un abrazo rosa en un día gris.
Vislumbrando sus figuras y su rojo sentí la pasión, los arcos de mis manos acoplándose a la perfecta redondez de unos hermosos senos, mismas manos que bajaban y subían por una espalda blanca y pecosa, recorriendo las curvas con la delicadeza y precisión, como leyéndola en braille. -Era un símil de este encuentro-.
Sentí también ira, miedo, fascinación, llegué a observar la risa de chiquillos insolentes, el amanecer en el páramo, los baños en los ríos y el ocaso en barquisimeto, la sensación de que la luna me seguía y días más alegres que estos.
Estaba allí, parado frente a ella. Viéndonos en silencio, conversábamos sin palabras en un acto meramente contemplativo.
El tiempo se detuvo en el encuentro.
El alma de Petit había visto, y me había hecho ver, dentro de mi propia alma.
Sin poder explicar por qué, lágrimas corrieron por mis mejillas. Supe entonces que ya era hora de partir. Marché y mi alma marchaba al son de la de John, melancólica y enaltecida, con la certeza de que aquel hombre que abandonaba la estancia no era, sin duda, el mismo que había entrado en ella.
Una sonrisa afloró, producto de un pensamiento:
“Que ingenio el de Lundberg al nombrar”.
por Samuel Tineo
Marico, cualquier vaina
Martes, ocho de diciembre, 11:07am
Voy por Plaza Venezuela en dirección hacia Sabana Grande, he quedado en verme con ésta chica desde el día sábado, y me ha pedido que pase por su apartamento. Aún no sé si nos quedaremos a ver una película o saldremos por un café, el punto es que ha accedido a salir conmigo.
Previo a esto, el día sábado entre conversaciones nada trascendentales ella me había comentado que vivía en una de las calles paralelas al Boulevard de Sabana Grande, en alguna residencia de nombre pomposo que ya olvidé, por suerte, parece que no lo necesito.
Camino por el Boulevard y le doy un vistazo al papel que llevo en el bolsillo de mi camisa, en él está la dirección de su morada.
Vale acotar que es una de esas notas mal escritas, que están hechas únicamente para la comprensión de su autor; una de esas notas que cumple la misma función que aquellas láminas de papel bond que utilizábamos en las exposiciones cuando estábamos en primaria. Una nota sin conectivos que utiliza palabras al azar, encriptadas para que sólo tú puedas acceder a la información a plenitud; un memo; un recordatorio de algo que ya está en tu mente y guardas con recelo, aunque para ser honestos, lo mío fue sólo pereza.
La situación hace que repetidamente de vistazos al código que está grabado en el papelito para confirmar su contenido.
“Plaza Venezuela/ Boulevard/ McDonald’s/ Dos cuadras/ Derecha/ Dos cuadras y media/ Puesto de verduras/ Reja Negra/ Edificio Gris/ E-17”
Continúa mi andar y comienzo a pensar en el cómo será el encuentro que está próximo a suceder. Ella accedió a salir, sí; pero en ningún momento han quedado claras las intenciones que cada uno lleva. Las cartas no se han puesto aún sobre la mesa y nace una sensación extraña en la boca de mi estomago. Me digo que no es nada, que es sólo una salida con una chica cualquiera; es decir, ¡Vamos! Ya hemos hecho esto antes y nunca ha generado tanta dificultad; es sólo una chica.
Detengo mis pensamientos para esquivar a un transeúnte que se encontraba más ensimismado que yo; me pregunto qué penas podrán afligir a aquel individuo, puesto que en su cara se hacía notorio que tanta meditabundería no era precisamente por un suceso célebre.
Me sincero conmigo mismo y reconozco que mi interés en aquel extraño es sólo un burdo pretexto; una distracción. ¡Y por supuesto que necesito distraerme! Y es que necesito hacerlo para evitar si quiera pensar lo que ya sé. Pero es tanto el pavor que le tengo a este tipo de proclamaciones que prefiero ignorar lo evidente, desconocer mi propio sentir; es tanto el pavor que tengo a siquiera llegar a pensar que ella pueda no sólo ser ‘cualquier chica’.
Pero ya es tarde, ya lo he pensado y con eso le he dado validez, lo he reconocido, o al menos medio reconocido –parte de seguir mintiéndose- y ahora debo asumir una incómoda realidad: Estoy nervioso.
Me sudan las manos y toda la confianza que sentía esta mañana al vestirme después de la ducha, al ponerme una camisa de vestir para lucir bien, pero arremangándola para no parecer exagerado, colocarme los pantalones negros y ponerme estos zapatos que había lavado previamente para este día; toda esa determinación se ha mermado y ahora los nervios comienzan a ganar terreno.
Me desvío hacia el callejón de la puñalada y entro a una taguara a buscar el elixir que los dioses nórdicos buscaban para celebrar antes y después de cada batalla; y lo busco por las mismas razones, para conseguir el valor necesario para enfrentar lo que está por venir.
Después de un par de ‘negras’ y siendo ya más seguridad, carisma y pícaro ingenio, en vez de aquel bosquejo de hombre, cobarde e inseguro que era hace apenas escasos minutos; considero que mi misión en el recinto ha sido cumplida con demasía y me dispongo a pagar mis deudas con el cantinero.
Reanudo mi marcha hacia el encuentro de una Freyja encarnada; no sin antes agradecer a Odín y encomendarme a sus hijos, Tyr y Bragi.
Tras una marcha que se sintió corta, producto del mareo; me encuentro en este momento en el pasillo de su piso y lo que siento ahora, al avanzar, viendo su puerta al final del corredor ir haciéndose cada vez más grande es simplemente inefable; a cada paso que doy la expectativa aumenta, pero la sabiduría del pueblo nórdico está en mí, y es por esto mismo que voy con pasos decididos, y ya frente a la puerta, toco el timbre.
Probablemente no haya bardo que cante jamás sobre la osadía de este mortal que acudió a las puertas del décimo séptimo infierno; y seguramente no habrá quién brinde en honor de aquel héroe que marchó hacia la conquista sin más armas que su lengua; y así, este escrito que narra su épica aventura pare a dar en un basurero.
Sin titubeos me atrevo a decir que es casi seguro que este héroe anónimo muera en el olvido y no haya quién celebre su éxito y su derrota; pero pese a que todo lo dicho anteriormente sean meras suposiciones, si algo es seguro es que sin importar el desenlace de esta historia, aquel valiente hombre, un martes ocho de diciembre, ha ganado una silla en el Valhalla.
por Samuel Tineo
Aislado
Ya ha pasado antes y volverá a pasar, por eso no es raro que hoy me sienta de este modo.
Este es uno de esos días en los cuales yo no soy yo, donde existe una pesadez que se niega con rotundidad a abandonar este espíritu y esta voluntad; uno de esos días donde no me siento cómodo con quién soy, ni lo que hago, ni donde voy. Uno de esos días donde nada satisface este apetito existente dentro de mí, y sin saber qué le apetece, no puede ser saciado.
Hoy, aunque todo sigue igual, el mundo cobra un sombrío matiz. La música no altera mi andar, los chistes carecen de gracia, la idea de la compañía de otra persona pierde su atractivo, y así, me exilio voluntariamente del mundo en esta cueva que es mi habitación, hago la ruptura física entre el mundo y yo; pero en el fondo sé bien que la verdadera ruptura está dentro, que existe una brecha al exterior; entre el mundo y el verdadero yo.
Hay una distancia que me es imposible salvar en estos días; que por mucho que me esfuerce no logro conseguirlo, así que dejo de intentar. Hoy soy como un niño atrapado en una celda. Aquí sólo puedo ver hacia fuera, pero no puedo comunicarme con nadie. Nadie externo a mí puede acudir a mi llamado; y ellos, son incapaces de ver hacia dentro y sólo pueden ver esta carcasa hueca a la que algunos llaman amigo, hijo, hermano o primo; pero que todos conocen como Samuel.
Entre uno que otro pensamiento que acuden a mí durante mi exilio voluntario, he llegado a creer que la conexión entre el individuo y el mundo consiste en la configuración de una apariencia ficticia; y puede que esto mismo sea lo que nos induzca al siempre estar más cerca del mundo que de nosotros mismos, y siempre inmersos en el ajetreo diario y las trivialidades que éste conlleva. Pero hay días heroicos como estos en los que el vínculo se corrompe, días donde nos desarraigamos del mundo, nos aislamos.
Quizá este abandono a los otros, a la humanidad, a la generalidad en sí, en fin, a este conglomerado de conjunciones que nos agobian día a día, sea para ir al encuentro de uno mismo, del niño que habita solo en esa celda oscura esperando ver la luz. Quizá este acto sea sólo el acudir al llamado de auxilio de un abandonado y moribundo ‘yo’ más real.
Y a estas alturas vale la pena la aclaratoria: Nada ha pasado. Ninguna fatalidad ha tocado mi puerta esta mañana; no es que el mundo ha cambiado o que me encuentre débil y acojonado, cual infante febril que resignado a su pena, sucumbe al llanto y la desesperación. No estoy molesto, ni triste, ni alterado; nada de eso. Hoy simplemente me siento… raro.
por Samuel Tineo
What if...?
-Podría invitarte a tomar una copa conmigo.
Esperarías en la mesa mientras destapo una botella de vino tinto y sirvo par de copas para ambos.
Pondría un blues de fondo y abriría las cortinas para entre copas y risas, ver las luces de los autos pasar por la autopista.
Quizá me contarías acerca de aquel verano en que fuiste a la Patagonia, o platicarías acerca de tus planes de futuro, de lo mucho que detestas las clases de informática o tu pasión por escalar.
Haría comentarios absurdos para divertirte y puede que ya más serios, te hable sobre mi pasión por escribir y mis amores de verano.
Entre copas y risas, te invitaría a bailar. Ebrios danzarines que al mirarse no pueden pensar en otra persona, u otro lugar, o nada más.
Puede que te invite a pasar la noche en mi departamento, me dirás un par de veces que no es necesario; un par de veces insistiré y posteriormente accederías.
Nos sentaríamos a ver películas en el sofá de mi sala, mientras se hace un poco más de la media noche.
Me dirías que tienes sueño, entonces prepararía mi cama para ti, mientras yo paso la noche en mi sofá.
Tal vez me digas no. Tal vez me hales del brazo y me lleves a la habitación con una sonrisa disimulada en la comisura de tus labios.
Incluso puede que al salir el sol, me encuentre abrazándote entre las sábanas y sonría al recordar la noche anterior.
Quizá, sólo quizá; esta pequeña invitación sea el inicio de un romance, de una comedia o una tragedia amorosa.-
…
O quizá no.
Entre mis sueños e inseguridades, tú llegaste a tu estación y abandonaste el vagón sin siquiera llegar a hablarte, y mucho menos, saber tu nombre.
por Samuel Tineo
Décadas atrás
Recuerdo aquellas tardes en que solíamos sentarnos en la pradera a soplar dientes de león. Tú llevabas un vestido blanco desmangado que llegaba hasta tus rodillas, con el cabello rubio, suelto hasta los hombros y una sonrisa blanca que hacía juego con el sol del atardecer y la amalgama de colores que el cielo lucía al aproximarse la noche. De mí no sabría que decirte, sólo recuerdo que era feliz, sentado allí, a tu lado.
-Pronto tendremos que partir- Me decías, yo asentí y me recosté en tus piernas.
Construí una cabaña para ambos en la entrada de un bosque, a poco menos de una hora de la ciudad. Así estarías lo suficientemente cerca del trabajo, me decías. Así estaremos suficientemente lejos del tráfico, creía yo.
Nuestras vidas eran simples, pero vastas. Todas las mañanas mientras te duchabas para salir a toda prisa a trabajar, yo preparaba café para ambos entre largos bostezos, aún medio adormecido con el ruido del agua al caer en la regadera.
Desayunábamos pan tostado con mantequilla y jugo de naranja o de toronja; siempre debía ser mantequilla, puesto a que odiabas su infame imitación, la margarina. Recuerdo que un día sólo por molestar intenté engañarte y le unté margarina a tu pan. Esa mañana te fuiste enojada al trabajo, esa noche dormí en el sofá.
Después de que partías me dedicaba a limpiar la mesa y fregar los platos, salía a comprar el diario y tomaba unos minutos a mis lecturas de Pantin. Ciertamente lo más difícil siempre ha sido el sentarme a trabajar, es increíble la cantidad de labores que nos imponemos para evadir aquellas que debemos realizar.
Trabajaba de columnista para un periódico local; mi trabajo, para quién desconozca del oficio, consistía en publicar diariamente artículos de opinión, informando o denunciando aquellas cosas que –en mi opinión, claro; puesto que de eso es que se trata- generaban algún malestar social. Los beneficios de mi trabajo estaban en que podía hacerlo desde mi hogar y por ello sólo debía enviar mi artículo antes de las seis de la tarde. Siempre lo entregaba a eso de las cuatro.
Tú llegabas a eso de las siete y para entonces ya había hecho la cena, mientras ibas a ducharte yo servía la mesa y nuestras conversaciones usualmente iban de tu día en la oficina. Vidas sencillas de gente sencilla.
Pasaron los años, y aquella pequeña ciudad de viejos autobuses conoció el avance tecnológico y prosperó. Yo, de alma vieja y anticuada me espanté; tú, corazón joven e inocente, te viste encantada por el ‘progreso del hombre’ y las maravillas que el siglo veinte te ofrecía.
Un mal día te proclamaste libre, harta de la sencillez que ofrecían mi morada y compañía. Esa tarde hiciste las maletas, te llevé en auto hasta la ciudad porque así me lo pediste. Bajaste del coche y sin girarte a verme dijiste ‘adiós’ y caminaste erguida hacia tu nueva vida. Yo te contemplé desde el coche unos instantes hasta verte cruzar a la esquina y mi vista te perdió entre la gente. Tardé unos minutos en componerme lo suficiente como para conducir, entonces encendí el auto y partí.
De eso ya hace veinte años y no sé nada de ti. Por mi parte abandoné nuestra cabaña y me fui a otra ciudad; me casé con una joven de cabello castaño, ojos cafés y piel clara como la leche. Nueva casa, nuevo empleo, nueva vida. Después de eso jamás volví a pensar en ti, jamás miré atrás de nuevo. Te preguntarás entonces, ¿qué hago rememorando aquellos días del pasado? Sucede que esta mañana encontré nuestras cartas en un cofre oxidado de hierro, junto a un diente de león seco.
Donde quiera que estés, si alguna vez llega a ti este escrito mío publicado en un periódico, la verdad me da igual. Desde hace un buen tiempo mis escritos son para mí y para nadie más; pero si en todo caso estas líneas estuvieran dedicadas a alguien, además de mí; serían para aquella chica del vestido blanco que vivía en nuestra cabaña, no para ti.
por: Samuel E. R. Tineo
Impulsos
Una mañana quise verte, entonces arranqué una hoja de nenúfar y la usé como bote. Vivías a un par de kilómetros río abajo, así que no me fue difícil improvisar también un remo con un palo de bambú.
En mi travesía hacia tu encuentro observé a las gobias; unas nadando entre las raíces de los mangles, otras escalándolos. Mientras contemplaba maravillado este extraño acto de la naturaleza, simultáneamente comenzaba a llover sobre el río frutos de sicómoro, llenando el agua de sus vástagos que anunciaban la llegada del otoño junto a la hojarasca estancada en la orilla.
Encontrándome a medio camino divisé a lo lejos un bosque nacido de una hilera de bengala que llevaba ahí, por lo menos, unos trescientos años. Recordé el día en que durante una de nuestras exploraciones habituales por querer ir más allá nos extraviamos en su interior. Después de siete horas perdidos, cansados y hambrientos, dio con nosotros una expedición encabezada por tu padre. En el camino de vuelta insinuó unas cuantas veces la mala influencia que era para ti. Aún así nos escapábamos y regresábamos a aquel mágico bosque, al menos una vez por mes. Con el tiempo no hubo nadie que conociera aquel lugar como lo hacíamos nosotros.
Comienza a oscurecer y en compañía de la noche vienen las luciérnagas, como acudiendo a su llamado. Estando ya a media luz enciendo mi farol con sumo cuidado de no incendiar mi improvisada embarcación, siempre acompañado por esas estrellas titilantes, con sus destellos amarillos, blancos y verdes que se ven a lo largo y ancho del paisaje.
A unas centenas de metros de tu morada la hoja comienza a ceder ante mi peso y el cambio de la corriente; tomo mi farol y abandono la rivera del río, camino por la orilla esquivando las rocas entre la alta maleza e iluminando el piso por temor a tropezar o toparme con algún animal. Dicha acción de prevención sólo produce un enorme retraso en mi marcha, debido a la lentitud de mi avance. Aún así no flaqueo, hace una noche fresca, el sonido del agua al fluir me relaja, con un paisaje hermoso frente a mi, y a unos pocos metros, tu cabaña; tan cerca que se siente el olor del pan recién horneado para la cena, ¿qué podría ser mejor?
Ya en tu puerta y luego de un poco más de dos horas navegando río abajo, lleno de barro hasta los tobillos y repleto de picaduras de mosquito; me entero por boca de tu padre de que no te encuentras en casa en este momento. Con un bosquejo de sonrisa me despido de él desde tu cerco y echo a andar río arriba, aún con las ganas de verte.
por: Samuel E. R. Tineo
éste escrito fue publicado en el noveno tomo de la revista digital Canibalismos.
Sobre mis veinte años
Me resulta extraño regresar a mi cuarto y encontrar sábanas, edredones, colchonetas y fundas regadas por doquier.
Me parece injusto el retornar al silencio contenido en estas cuatros paredes, cuándo horas atrás los sonidos de las carcajadas emitidas por conversaciones absurdas de ebrios violaban los muros de concreto.
Me resulta agotador el ir recogiendo a mi paso las botellas y latas de cerveza regadas por el suelo.
Me recuesto en mi cama y se siente vacío el no sentir el calor que emite otro ser humano; más aún después de haberlo experimentado -quizás en exceso- durante el fin de semana.
Cierro los ojos y con una sonrisa en los labios y melancolía en el corazón recuerdo la reunión del sábado que hicimos en mi casa para celebrar mis veinte años.
Recuerdo a todos mis amigos sentados en la mesa, recuerdo nuestras carcajadas, las cervezas ‘negras’, los chistes inapropiados, las partidas de ping pong con Carlos, el sonido de la lluvia, el tener que salir corriendo ‘rapidito’ para coger la pelota cuándo se nos iba sin mojarnos demasiado; y la ya tradicional invitación a bailar que siempre le hago a Victoria en las reuniones.
Vuelvo a sonreír y continúo en mi ejercicio. Recuerdo lo agradable que fue volver a ver a Santiago, a Karla, a Emmanuel, a Cesar… ¡Cesar! ¿Cuánto tiempo habrá pasado que no lo veía? Y pensar que pasé toda mi vida viéndolo, estudiando juntos desde maternal -grado introductorio al pre-escolar- hasta 5to año de bachillerato, que hicimos nuestra tesis juntos, con Santiago, Ricardo y Nicolás… ¡Mis amigos! Hace tanto que no los veía…
Alegre me encuentro al darme cuenta de que todo salió mejor de lo que había esperado, me lamento un momento por los ausentes que huyeron de la patria; Paul y Ricardo, íntimos amigos que espero algún día volver a ver, quizá en otros cumpleaños, o al menos eso me gusta creer.
Y es con este extraño sentimiento de alegre melancolía que me levanto en medio de mi aún latente resaca, y me dispongo a cumplir las labores que exige el hogar después de haber celebrado entusiasta con aquellos que se ama; y en mi mente, con el triste incierto de no saber si el próximo año nos volveremos a encontrar.
Gracias a Magalys por hacer posible este y cada uno de mis días. Gracias por siempre estar, mamá.
26 de Octubre del 2015
por: Samuel E. R. Tineo
Conversaciones de subterráneo
-Miércoles, siete de octubre, 2015-
Esta tarde saliendo de la universidad nos dirigíamos Manuel y yo hacia el metro. Ya en la estación Ciudad Universitariamientras esperábamos el tren en el andén, conversábamos de cosas referentes al día; una vez dentro del vagón, no recuerdo el por qué, le comenté que hace unos meses me encontraba viendo la tv con mi madre, en eso de ir pasando los canales se detuvo en un noticiero que informaba acerca de un terrible accidente: En un pueblito en República Dominicana o tal vez en El Salvador, una ambulancia por ir a exceso de velocidad al pasar una curva se estrelló contra una pared.
-Pensarás, y con razón, que esto no es gran cosa- le dije; pero entre la ambulancia y la pared se encontraba un joven entre los diecisiete y diecinueve años, más o menos. Antes de continuar con la historia les diré que aquel joven sobrevivió, pero por supuesto, el drama aún no acaba.
Como si esto de por sí ya no fuese un hecho horrendo, y como a estas personas de los medios y a la prensa en general no les encanta el amarillismo, agregaron a la noticia información personal del muchacho y su familia. Con mucho esfuerzo hice un intento de réplica de aquello que dijeron los medios, pues hace mucho tiempo que vi eso y mi memoria no es la mejor, pero para no dejarlos con la intriga, intentaré recrear el comunicado para ustedes nuevamente:
–Fulanito de tal, de familia humilde, desde muy temprana edad demostró cualidades para el béisbol, se preparaba para una prueba a finales de septiembre con el fin de ser fichado en un reconocido equipo de ligas menores en los Estados Unidos, esto representaría un cambio importante en su vida, puesto que podría darle un gran apoyo económico a su familia…-
Continuaron dando más detalles acerca de la vida de este joven que no me parece necesario mencionarles con tanta exactitud, como por ejemplo que con el dinero que consiguiera pensaba comprar una nueva casa a su familia (pues la suya estaba en decadencia) y pagar la universidad de sus hermanos; en fin, dieron toda esta cantidad de datos sólo para terminar su artículo informando que aunque había conseguido sobrevivir al accidente de tránsito, las heridas que este le causó eran muy graves y terminaron por cobrar su pierna derecha”
–Imagínate Manuel, desde niño estuvo entrenado, practicando arduamente, su familia invirtió tiempo y dinero en aquel niño para que realizara sus sueños, y al estar conscientes del potencial del joven, en parte también fue como una inversión a largo plazo, claro. Tanto trabajo, tanto esfuerzo, y sólo a unos meses de dar su primer paso y conseguir el tan esperado contrato… Esto.- Le dije.
De esta historia salió un planteamiento que a mi parecer, es interesante y por esto decidí compartirlo con ustedes. Manuel me decía algo como: “fíjate que interesante esto, parece que por más que planifiquemos nuestras vidas, por más que nos pongamos metas y hagamos cada una de las cosas necesarias para alcanzarlas, no tenemos garantía alguna de que lleguen a realizarse”
Basados en esta nueva premisa, avanzada la conversación y encontrándonos en ese momento en la estación Plaza Venezuela para hacer la transferencia de la línea tres a la línea uno, parecíamos de acuerdo en que este acto de planeación, la pretensión de creernos capaces de poder planificar lo que nos ocurrirá en un día, en una semana o hasta dentro de unos veinte años; parece ser uno de los actos de fe más grandes que poseemos los hombres; o bien podría decir que este acto es una de las representaciones del gran narcisismo del hombre que, dentro desde su visión antropocentrista, se cree capaz de burlar al azar -a la vida, o al destino si así lo prefiere- y de antemano determina que sucesos ocurrirán en el futuro.
Para nada piense usted que esto es en algo negativo, puesto que el ser humano sólo es capaz de entender el mundo a través de las nociones de tiempo y espacio, es este acto completamente natural en nosotros y todos participamos de el. Pero si a pesar de ya haberlo aclarado usted se sigue oponiendo a esto, como hacen algunos empecinados, emitiendo comentarios como “el hombre es la peor de las bestias y debería extinguirse” o “los humanos me dan asco”, renegando así su evidente naturaleza, lamento ser yo quién lo informe de que usted no tiene otro modo de comprender el mundo que no sea como un ser humano.
Mientras seguíamos conversando el tren llegó a la estación. Nos despedimos en el andén y mientras él entraba al vagón yo subía las escaleras, puesto que iba en sentido contrario. En fin, este escrito no tiene un motivo en particular más que compartirles las preocupaciones que nos abordaron en el transcurso de una estación a otra dando como desenlace una conversación acerca de las falsas relaciones causales que creamos nosotros los hombres para darle sentido a la existencia, y a su vez, que nos son imprescindibles para cosas tan simples como pensar. Y después de todo, ¿Qué certeza tenemos acerca de lo que pasará mañana? Hay tantas variables en juego que el afirmar, por ejemplo, que mañana asistiré a mi clase de las tres, pese a que tenga esa clase programada, no es garantía de que logre verla; y lo mismo pasa con todo, ¿Pero para que darnos mala vida por las incertidumbres del mañana? Recomiendo no deje usted de planificar su vida, o como diría la abuela: “siga sus sueños mijitico, ¡siga sus sueños!” y tenga usted buenas noches.
por: Samuel E. R. Tineo
Madrugando entre semana
Hay mañanas en las que me despierto de forma automática, el parar el despertador es un acto casi instintivo. Me levanto de la cama, arrojo las sábanas al piso y me tambaleo en medio de la oscuridad tanteando las paredes en búsqueda de un interruptor, una perilla, o de un golpe sorpresa contra el borde de las puertas abiertas de mi closet; producto en parte por el cansancio, en parte por la pereza que me da el cerrarlas de nuevo algunas noches.
La travesía continúa fuera de la habitación, esta vez frente a una oscuridad aún mayor y el temor de caer por las escaleras se ve menguado por el sueño y el hábito –sé que algún día moriré por él-.
Una vez en el baño me enfrento al lavabo y a la temible pasta dental, que ya es más plástico exprimido que pasta. Comienzo a exprimirla (aún más de lo que ya está, por imposible que parezca) en un esfuerzo casi sobre humano, mientras al tiempo un atisbo de ira me invade y maldigo internamente a la escasez y a la economía que no me permite hacerme con un par de pastas más.
Lo más difícil es vestirse en medio de este estado de dopada cólera, que va aumentando gradualmente con cada fallo al intentar introducir una pierna en el pantalón, dando saltitos alrededor de la habitación, tropezando con el escritorio, y al menos un par de veces, con la sensación de que la caída es inevitable.
Al colocarme los anteojos noto la suciedad en el cristal, una mezcla de empañamiento ocasionado por las bajas temperaturas del aire acondicionado, y marcas de huellas de las cuales sólo queda suponer que han sido hechas por mí mismo; da igual. Empaño con mi aliento el cristal y lo limpio con la camisa que llevo puesta. Me percato que no me he colocado la media del pie derecho –Estoy hecho un desastre.- Pienso. -Necesito un café.- Me digo.
Arrastrando los pies me dirijo al closet –aún con las puertas abiertas- y me agacho en búsqueda de un par de zapatos; mientras que al observar, medito:
“Hay siete pares, cierto. Pero…”
Malditos ‘peros’, lo cierto es que de mis siete pares, cinco están rotos; de los dos pares restantes uno se encuentra sucio y noto que faltan los converse rojos –justo los que quería-. Resignado escojo el par que queda, unas botas marrones descoloridas por el sol que se han comenzado a descocer en la punta del pie izquierdo.
Una vez listo me dispongo a bajar a desayunar para luego partir a mi fatal destino; es decir, salir al exterior; dirigirme hacía Caracas abandonando las múltiples comodidades que ofrece mi hogar.
Como es habitual, al tomar mi celular descubro que un acto tan sencillo como lo es el cepillarse los dientes y vestirse, sólo debió tomarme a lo sumo unos ocho minutos, a lo que resulta que terminó por llevarme unos veintitrés minutos -pienso demasiado- de modo que sólo me restan otros doce minutos para preparar el desayuno, comerlo, coger las llaves y correr a la parada para no perder el único autobús disponible, el cual parte a las cinco de la mañana.
Esta es otra mañana cualquiera para un venezolano, que ya sin salir de la casa, se ve enfrentado a una innumerable cantidad de actividades tormentosas que debido a la fuerza del hábito hemos calificado de triviales, y a su vez, se realizan de manera automática, con aterradora similitud a las escenas mostradas en la película ‘Click’, simples actos programados sin voluntad, casi reflejos, casi instintivos. Oh, hábito, algún día he de morir por ti. -si con suerte no me has matado ya.-
Ya he terminado de comer y mientras recojo y llevo los platos al fregadero continúo en mi mente:
-No sé que me depara hoy la caótica ciudad de Caracas, pero no me queda más opción (ni remedio) que salir y averiguarlo por mi cuenta.-
Es incierto el si esta mañana llegaré tarde a mi destino, o me veré forzado a permanecer tres horas en una cola por un asiento que probablemente esté dañado y se recline de forma indeseada e inconveniente, ocasionándome problemas de columna a largo plazo; en este momento sólo espero alcanzar ese autobús que parte en tres minutos…
No sé que me depara hoy la caótica Caracas, no sé cuál será mi suerte este día y mucho menos la vuestra, querido lector. Ahora me gustaría conversarle y discutir acerca de si existe algo como ‘la suerte’, y si existe, ¡vaya suerte la mía! Aún no ha salido el sol y ya he sudado esta camisa. Y aunque me encantaría seguir tendremos que posponerlo para otro día, puesto que el bus parte en dos minutos y ya voy de salida.
por: Samuel E. R. Tineo
Meditación primera sobre el sentido de pertenencia
Hay ocasiones en las que siento envidia del sentido de pertenencia tan marcado que algunos tienen hacia su tierra, este sentido se encuentra tan presente que se vuelve una marca característica de aquellas personas; está en su forma de hablar, de caminar, de sentir, pero sobre todo, en su escritura. Por ejemplo, me pasa que al leer los poemas de Yolanda se me hace evidente la muy reiterada presencia de Turmero, el pueblito donde pasó su infancia, donde creció, de donde proviene todo lo que ella es, porque lo vivió.
De hecho no es necesario alejarme tanto de mi entorno para encontrar esto, si una tarde cualquiera me sentase a meditar quienes a mi alrededor poseen esta característica, no podría menos que pensar en Luís; puesto que todo lo que he leído de él, tiene aunque sea una pequeña referencia a San Antonio, ¡y cómo habla de San Antonio! De su altura, su clima (…) está en él un sentido de apego tan marcado a su tierra –o al menos eso percibo yo al leerlo- que aquellas palabras que yo siento vacuas, como ‘patria’ o ‘tierra’ cobran un hermoso sentido, y siento envidia.
Quizá se deba a que jamás me ha nacido el decir: “Guatire, te amo” y mucho menos el inmortalizar esas palabras ni su sentido en algún escrito mío. Presumo que es peor mi condición al meditarlo y no encontrar en mi espíritu el arraigo a ningún nombre de algún pueblo, ciudad o estado de mi país.
Tal vez para algunos necios nacionalistas esto les parezca síntoma de una terrible enfermedad, puesto que “¡¿cómo no amar Venezuela!? ¡Si tenemos playa, desierto, nieve y llano! ¡Si no hay más que belleza, gloria y esplendor en todo lo largo y ancho de nuestro territorio! ¡Tierra de Mises, el Salto Ángel, la arepa y el pabellón! Que vivan el arpa, el cuatro y las maracas, carajo.” Sinceramente, no lo comprendo. Sin embargo no creo que el ‘daño’ sea total.
Hace unos años salí por primera vez de mi país, debido a que mi familia quería ir a conocer la República Dominicana, además de que para ese tiempo era mucho más económico hacer turismo internacional, que conocer tu propio país -¿Qué dice eso de nuestra tierra?- por suerte ese mal ya está solucionado, puesto que ahora es casi imposible salir.
Me limitaré esta vez a sólo mencionar el aspecto positivo de mi viaje y diré que en medidas generales es un hermoso país, pero luego de una semana en él me sentía extraño, necesitaba volver a mi hogar, acostarme en mi cama, visitar a mi abuela y pasar una tarde echado en el chinchorro de su patio que da hacia el jardín.
La llegada a Venezuela fue hermosa, tanta era mi alegría y mi alivio por estar de vuelta que al bajar del avión casi besé el suelo del aeropuerto de Maiquetía.
Después de esa vivencia sospecho que mi sentido de identidad existe, no hacía el país en sí, no hacía las playas, páramos o hacía el propio Roraima, por mucho que disfrute el visitarlos; sino que este sentido de apego está en cosas más pequeñas; mi cuarto, la casa de mi abuela, el pasillo de letras y filosofía de la UCV, momentos como tomarme un café en el cafetín de Ingeniería mientras amanece, dormirme en los bancos del pasillo por llegar de madrugada, hablar con mis amigos entre clases, y en fin; todas esas cosas que me constituyen y forman como individuo, tan pequeñas e insignificantes para el resto del mundo, y que para mí, lo son todo.
por: Samuel E. R. Tineo
Noches Sabatistas (Instrumento)
Y ni hablar de esas noches sabatinas con impulsos Sabatistas.
Esas noches –o madrugadas, casi siempre madrugadas- donde uno es invadido por un deseo mordaz de escribir.
Entonces te levantas sonámbulo y moribundo y te encomiendas ante la hoja y la tinta, queriendo saciar el capricho de las palabras que ahora claman ser impresas en papel. Son instantes muy confusos.
Tu corazón se acelera, tus músculos se tensan y la realidad se desvanece; quedando a solas la hoja y tú.
Es en esos momentos donde las musas mueren y los atascos desaparecen; no escribes por inspiración; no es deseo, no es voluntad, es necesidad. Cabe entonces preguntarse: ¿Soy yo el que realmente escribe?
Es la proclamación de libertad del sentimiento puro y ansioso, contenido muchas veces en la boca del estómago
Momentos precursores de líneas -aún no- muertas, aquellas de las cuales par de necios con anterioridad hablaron.
Proclamaba, muy seguro, algún hombre abandonado al abandono: “La poesía es el desagüe del alma ante aquellas penas que le afligen”
Y pasa. El momento del desagüe:
Culmina.
En un acto de autoconsciencia posterior al momento de histeria creativa, de aquel glorioso y fatídico acto de parto, podemos dar cuenta de lo siguiente:
No se trataba de un parto, sino de una posesión. Y quizás el llamado impulso Sabatista, no sea más que un acto de exorcismo autoinducido y sin asistencia.
Sea ésta u otra la explicación, parece necesario el admitir:
Éstas líneas no han nacido de autoría propia, no podría bajo ningún concepto considerarse uno padre de las mismas; sino pues, ahora soy, no más que un instrumento de éstas. Y si ha de acuñársele la paternidad a alguien, habrá de ser al trasnocho, de donde han nacido.
Pero si aún así esta explicación no complace, y se le considere al trasnocho no como progenitor, sino como locación geográfica del hecho en cuestión; habrá de acuñársele entonces dicha responsabilidad a las mismas, y reconocer que son ellas, éstas palabras, su propia causa y; su autor, únicamente un instrumento de su realización.
por: medio: Samuel E. R. Tineo