Artur Mas tiene un sueño recurrente, cada noche: el momento en que, habiendo ganado las elecciones, tenga que reunirse con Rajoy. Así sueña que irá el encuentro.
Con Terence Hill como Artur Mas, un señor con sombrero cordobés como España, y Bud Spencer como el resto de partidos independentistas.
En 1998 se estrenó la película The Ring. Muchos la recordaréis: todo aquel que veía un perturbador vídeo, moría en el plazo de una semana.
El vídeo en cuestión era este:
Pocos saben que esta película no era ficción. Existe un vídeo que causa la muerte al que lo ve. Mucha veces, incluso, antes de que éste finalice.
He conseguido acceder a este vídeo, y lo he subido a Youtube. En él se incluyen las imágenes más terroríficas y desagradables que haya visto jamás un ser humano. Vedlo bajo vuestra responsabilidad. Yo ya os he advertido.
Dos jóvenes pasan sus vacaciones en alta mar, cuando algo maravilloso ocurre.
Días después, unos pescadores encontraron el barco vacío con todas sus pertenencias, entre ellas este vídeo. Se cree que pudieron ser atacados por una extraña criatura marina.
Si a estas alturas del verano todavía no tienes decidido dónde viajar, vaya huevos los tuyos. ¿Tú crees que los grandes nombres de la humanidad lo dejaban todo para última hora? "No, mira, Marilyn, mañana en cuanto vuelva de Dallas me divorcio y me caso contigo". O "Señor Adolf, ¿qué hacemos con todos esos judíos?" "Ay, no sé, ya se me ocurrirá algo".
En cualquier caso, a un servidor siempre le ha gustado ayudar a los más desfavorecidos. Una vez ayudé a cruzar una calle a un pelirrojo. En otra ocasión, le quité la turuta a un andaluz en carnavales, que se disponía a joderse la vida (y la de los demás) al querer hacer una chirigota.
Así que si necesitas una ayuda con tu destino de vacaciones, sigue leyendo y sigue el sencillo diagrama que te he preparado. Ya me lo agradecerás trayéndome un regalito de donde sea que vayas.
Hay dos formas de utilizar las redes sociales. Una: inventándote un personaje, e intentar caer bien a la gente. Dos: ser tú mismo, parecer un cretino y no follar. Yo opté por lo segundo. Y mirad si soy cretino que la gente interpretó que era un personaje. Y, encima, no follo.
En Twitter me he labrado una fama de perdedor, de loser, de miserable. Algunos pensarán que exagero. Bien. Esta historia que vais a leer es total y absolutamente cierta. He querido empezar mi colaboración en el Projecte Carmina abriendo mi corazón. No he podido. Tengo una caja torácica bastante robusta (no es por presumir), y unos cuchillos muy blandos. Así que os explico el momento de más miseria de mi vida, justo después del de mi vida en si misma.
Corría el año 2008. Por entonces, trabajaba en el programa “Buenafuente”. Se acercaban las Navidades y, con ellas, una de las épocas de más estrés laboral: debíamos hacer cuatro programas semanales, más dos especiales de Navidad. Así que todos los guionistas decidimos hacer una escapada a Londres el fin de semana anterior a este último apretón del año. (En esta frase hay una palabra que podría considerarse spoiler. Pronto sabréis de qué se trata).
Fue un viaje genial. Recuerdo que fuimos al mercado de Portobello. Allí incluso me compré una chistera. Siempre me han gustado las chisteras. Me parecen un complemento la mar de elegante, junto a las riñoneras. Mira Tamariz. Se parece a Gargamel a punto de estornudar, pero lleva chistera, y se le perdona. Como el comerciante de sombreros no debía tener un volumen de ventas demasiado grueso, me regaló un bastón de dandy. Ya os podéis imaginar lo elegante que iba yo, con chistera y bastón por Londres. La gente se giraba a mirarme, pues la elegancia que irradiaba dañaba la vista de los londinenses.
Total. Llegó el momento de volver a Barcelona. Habíamos reservado el último vuelo para aprovechar bien el viaje. No me arrepiento. El tiempo pasa increíblemente rápido cuando vas con chistera. Creo que es algo físico. Tengo una buena cabeza y la copa me apretaba las sienes. Tengo bastantes lagunas de ese viaje… Al llegar al aeropuerto de Stansted consultamos en los monitores nuestra puerta de embarque. Y ahí empezó el horror.
Nuestro vuelo no aparecía por ningún lado. No salía como cancelado. Estábamos todos perplejos mirando las pantallas, cuando de repente, una guionista a la que llamaremos Júlia Cot (básicamente, porque ése es su nombre) pronunció las cuatro palabras más terroríficas que quieres escuchar en el aeropuerto de Stansted, a las 22:00: “Estamos en Luton, ¿no?”. Pues mira, no. No estamos en Luton. Estamos en Stansted, que es de dónde dijiste que saldríamos. Nos habíamos equivocado de aeropuerto y era físicamente imposible llegar al otro, a tiempo de volar. Repito que era la peor semana de trabajo. No podíamos faltar TODOS los guionistas al día siguiente. Y aún así, estábamos a punto de hacerlo.
Temiendo por nuestro futuro laboral, pasamos a la acción. Dos guionistas pudieron ser recolocados esa misma noche en un vuelo a Barcelona, en los únicos asientos libres que quedaban. Otros dos decidieron quedarse en el hotel del aeropuerto y coger el primer vuelo de la mañana. Mi amigo Javi y yo optamos por volar hasta Madrid y allí buscarnos la forma de llegar a Barcelona, dando inicio al periplo que bautizamos como “Tontín Express”.
Abro un paréntesis. Cuando viajo se me cierra el ojete. Literalmente. No puedo hacer caca. En 1998 estuve un mes en casa de una familia de acogida en York. Estuve 10 días sin cagar. Estaba literalmente lleno de mierda. Me tiraba eructos y olían a pedo. Es un problema que he heredado de mi madre, aunque ella tiene un punto patriótico en su no-cagar: una vez fuimos de vacaciones a Portugal y no soltó lastre en toda la semana. Pero fue cruzar la frontera de España e irse por la pata abajo. Tuvimos que parar en un Carrefour de Extremadura para que giñara. Al parecer, mi madre sólo puede cagar en España. Mira si ama su tierra.
Volvamos al aeropuerto de Londres. Habíamos conseguido vuelos para Madrid. Mientras esperábamos el embarque, pasó lo inimaginable: me entró un apretón. Se me iba la vida por el culo, que decía Rubianes. Pero no era algo puntual, sino que era una gastroenteritis en toda regla (gastroenteritis y regla, dos palabras que te pueden joder una noche de sexo).
Llegamos a Madrid con retraso. No quedaban vuelos a Barcelona. Así que decidimos coger el AVE. Pero a las cuatro de la mañana, la estación de Atocha está cerrada, así que tuvimos que hacer tiempo en un bar de homeless que encontramos abierto. Nunca he visto tanta miseria como en la barra de aquel bar. Miento: sí. En el lavabo del local. Y yo, que iba sueltísimo, me vi obligado a cagar en el mismísimo Abismo de Helm, mientras mi Ojo de Sauron lloraba lágrimas de ñorda.
Por fin abrieron Atocha. Pero antes de subir al tren me dio un último apretón. Éramos los primeros en entrar a la estación, por lo que estaba solo en los retretes. Mientras iba estucando el váter, escuché a alguien entrar. Yo seguí a lo mío. Me inquietó mucho que la persona en cuestión se situara justo en el lavabo de al lado mío, sólo separados por una pared ínfima. Mientras seguía la chocolatada, no tardé en escuchar unos gemidos desde el lavabo de al lado: “Mmmmmh… Aaah… Mmmmmh…”. Y un sonido acompasado: “Flap, flap, flap, flap…”. Había un señor cascándosela, imaginándose cómo cagaba.
Intenté acabar con aquello lo más rápido posible. Di todo lo que me quedaba por dar, me limpié, y tiré de la cisterna. Y ahí vino El Horror. De tanto material depositado, el retrete se embozó, y de la presión a la que salía el agua, aquello subió hacia arriba. No sólo tenía a un pavo pajeándose a mi lado sino que ahora tenía los cojones manchados con mi propia mierda.
En ese momento, justo en ese momento, me vino un flashback, de sólo unas horas antes. En esa imagen, yo paseaba feliz por Londres, con una chistera y un bastón. La elegancia hecha persona. Y ahora estaba con los huevos manchados de caca en una estación de tren mientras un hijo de puta se zurraba la sardina, a sólo medio palmo de mí. Auge y caída de Tomàs Fuentes.
Después de eso, mis recuerdos son borrosos. Recuerdo que salí corriendo del lavabo, con los pantalones por los tobillos, que abrí la maleta, cogí una camiseta sucia, la mojé en el lavamanos y me limpié los huevos como pude. Recuerdo que entró una persona más al lavabo y lo vio todo. Recuerdo llegar al AVE, humillado, pensando que ya había acabado todo. Pero un último twist del destino hizo que el tren se estropeara en Guadalajara, y nos devolvieran a Atocha. Allí cogimos otro tren que nos llevó, esta vez sí, a Barcelona. Llegamos a la redacción 15 minutos tarde de la hora de entrada. Nos cayó una bronca por irresponsables como nunca la había visto. Pero yo, después de 30 horas sin dormir, después de haber hecho cientos de kilómetros para llegar al trabajo, después de haberme manchado los huevos de mi propia mierda, sólo podía asentir y dar la razón al jefe, con la mirada perdida, dándome cuenta que había tocado fondo como ser humano.
Meses después, una prostituta de Las Ramblas se me acercó para ofrecerme sus servicios, me miró a la cara, y asustada, me dijo: “¡Ay! ¡Perdón!”, y se alejó, andando de espaldas con la cara desencajada. Aún no sé qué vio en mí. Pero eso es otra historia.