“Ahora mismo te rendiré cuentas de aquella primavera que fue tan seca. La radio soltaba chispas al captar la electricidad estática. La ropa se erizaba al soltar la electricidad del cuerpo y el peine levantaba los cabellos imantados; era una dura primavera. Estaba exhausta del invierno y brotaba eléctrica. Desde cualquier punto donde uno estuviese partía hacia la lejanía. Nunca se había visto tanto camino. Hablamos poco tú y yo. Ignoro por qué todo el mundo estaba tan enfadado y electrónicamente apto. Pero ¿apto para qué? El cuerpo pesaba de sueño. Y nuestros grandes ojos, inexpresivos, como ojos de ciego cuando están bien abiertos. En la terraza estaba el pez en su acuario y tomamos un refresco en aquel bar de hotel mirando al campo. Con el viento llegaba el sueño de las cabras; en la otra mesa un fauno solitario. Mirábamos el vaso de refresco helado y soñábamos estáticos dentro del vaso transparente. «¿Qué es lo que has dicho?», preguntabas. «No he dicho nada». Pasaban días y más días y todo en aquel peligro y los geranios tan rojos. Bastaba un instante de sintonización y de nuevo se captaba el estático zarpazo de la primavera al viento, el sueño impúdico de las cabras y el pez vacío y nuestra repentina tendencia al robo de frutas. El fauno ahora coronado en saltos solitarios. «¿Qué?» «No he dicho nada». Pero yo percibía un primer rumor como de un corazón latiendo bajo la tierra. Colocaba suavemente el oído en el suelo y oía el verano abrirse camino por dentro y mi corazón bajo la tierra —«¡Nada! ¡No he dicho nada!»— y sentía la paciente brutalidad con que la tierra cerrada se abría por dentro como en un parto, y sabía con qué peso de dulzura el verano maduraba cien mil naranjas y sabía que las naranjas eran mías. Porque yo quería.
Me enorgullezco de presentir siempre los cambios de tiempo. Hay algo en el aire; el cuerpo avisa de que vendrá algo nuevo y me alborozo del todo. No sé para qué. Durante aquella misma primavera conseguí la planta llamada prímula. Es tan misteriosa que en su misterio está contenido lo inexplicable de la naturaleza. Aparentemente no tiene nada de especial. Pero el día exacto en que empieza la primavera sus hojas mueren y en su lugar nacen flores cerradas que tienen un perfume femenino y masculino extremadamente embriagador.
Estamos sentados cerca y mirando distraídos. Y entonces ellas indolentemente se van abriendo y se entregan a la nueva estación bajo nuestra mirada maravillada; es la primavera que se instala.
Pero cuando viene el invierno yo doy y doy y doy. Regalo mucho. Acojo camadas de personas en mi pecho tibio. Y se oye el ruido de quien toma sopa caliente. Vivo ahora días de lluvia; ya se acerca mi tiempo de dar.
¿No ves que esto es como el nacimiento de un hijo? Duele. El dolor es la vida exacerbada. El proceso duele. Llegar a ser es un lento y lento dolor bueno. Es el amplio bostezo que nos hace estirarnos al límite. Y la sangre lo agradece. Respiro, respiro. El aire es it. El aire con viento ya es un él o un ella. Si tuviese que esforzarme para escribirte me sentiría muy triste. A veces no aguanto la fuerza de la inspiración. Entonces pinto contenida. Es tan bueno que las cosas no dependan de mí.
He hablado mucho de la muerte. Pero voy a hablarte ahora del soplo de vida. Cuando uno ya no respira se le hace la respiración boca a boca; se pega la boca a la boca del otro y se respira. Y el otro empieza a respirar otra vez. Este intercambio de respiración es una de las cosas más bellas que he oído contar de la vida. En realidad la belleza de este boca a boca me está deslumbrando”.