Hace poquito escuche que lo más importante en esta época es ser congruente.
Qué cierto, ¿no?
La infinita importancia de que las cosas que digamos sean iguales a las que hagamos.
Tenía 17 años cuando llegué a Los Ángeles y por más de 6 meses no tuve ningún amigo. El contraste de una escuela de México a una de allá es muy distinto: Los grupos sociales están súper marcados aunque nunca se juzgan los unos con los otros. La cosa es que de alguna manera tienes que poder identificarte con alguno de estos círculos para poder tener buenos amigos.
Me intenté juntar con los cholos, pero cada semana los corrían de la escuela por empezar una pelea o por vender cosas ilegales. Además estaba muy flaco como para usar los pantalones tan holgados.
Me intenté juntar también con los emos, pero era muy aburrido estar con ellos, además de que se quejaban mucho de la vida. No compartíamos nada, ni siquiera los gustos musicales. Lo único que me quedé de ellos fueron los skinny jeans.
Mi último intento fue con los súper fresas, pues venía de Cuerna y pensé que compartíamos mucho, por lo menos el código postal; y pues nada, terminé quedándome con mis profesores de cerámica, fotografía y geometría en mis tiempos libres. Pensé que así adelantaría créditos y consecuentemente mi último año (senior year) podría salir temprano para jugar X-Box con mi hermano o algo…
Un día, un primo que vivía lejos nos invitó a surfear y fue todo un ritual. Madrugamos, creo que desde entonces me fascina levantarme antes que el sol, escuchando esa rolaza de Kill Bill: Don’t let me be misunderstood de Santa Esmeralda. Y así, aprendí a surfear, sentado en una tabla esperando olas, muriéndome de frío. De ese día en adelante, antes de ir a clases madrugábamos por ir a surfear.
Cuando el invierno se acercaba y me advirtieron que Bolsa Chica (donde surfeábamos) se ponía muy peligroso puesto que los animales peligrosos se acercaban a la costa para encontrar calor en las aguas bajas. No nos importó y seguimos yendo. El primer día me quemó una medusa. El segundo día pisé una mantarraya, el tercer día confundí a un delfín con un tiburón y terminé haciendo el ridículo gritándole a todos los surfers que se fueran a la costa. En fin, el chiste es que no quería perder esa increíble vibra y mejor me compré una patineta.
Comencé a irme patinando a la escuela, y en las tardes buscaba spots en escuelas y en librerías. Fue así que conocí a mi primer grupo de amigos (que hoy en día sigo llamando mis mejores amigos). Hicimos nuestro Skate Crew y lo llamamos 82N2: Sk8 2day N 2morrow. Y literal, eso hacíamos todos los días. Nos juntábamos a ver películas de skate y poníamos slow-mo en nuestros trucos favoritos mientras comíamos Chimichangas con salsa Tapatío. También íbamos a spots y a skateparks buscando famosos. Me acuerdo que una vez jugué Game of S.K.A.T.E. con Daewon Song y le saqué sólo una letra con un nollie heelflip.
A final de todo, nuestro grupo creció, escuchábamos música de cholos y de emos todos con nuestros skinny jeans, patinando de ciudad a ciudad. Unidos siempre con el objetivo de aventarnos más escalones con trucos más chingones. Una vez al mes íbamos al VANS Skatepark en Orange y comíamos In N Out al salir, todos llenos moretones pero con una sonrisa que nos duraba toda la semana.
Y pues así comenzó el cambio más fuerte de mi vida, cuando me di cuenta que el Skate y el Surf no son sólo deportes ni pasatiempos, son filosofías y maneras de vivir donde el progreso, la constancia y el levantarte después de cada golpe para volver a intentarlo, son cosas que hoy me han hecho quien soy. No pude hacer mayor homenaje a todos estos amigos y a ese cambio de vida que decidí tatuarme el estado de California en mi brazo derecho. Irónicamente Vans también comenzó en ese Estado, así que no se me hace (ni poquito), una coincidencia que me encuentre hoy en este espacio contándoles el renacimiento de mi vida :)
Texto y fotos por Carlos E. Lang / @care_much para V66.
Edición de texto por Joselo Montes.