“Revolución, yo te sigo desde el cemento”. Política Universitaria y Ferroviaria en la Argentina de los ’90 desde un estudio de caso.
Robarse un tren es un ejercicio de egolatría. Involucra acero, dinamita, cemento, revólveres: una pequeña performance de la Segunda Revolución Industrial. El atraco de una locomotora detenta toda la dignidad que nunca tendrá, por caso, el afanarse unos caramelos de una góndola poco vigilada del Casa Tía. Por supuesto que con tantos elementos en danza este particular delito iba a ser uno de los niños mimados del cine y de la cultura en general de las distintas décadas en cuestión.
Butch Cassidy and the Sundance Kid -maestros en el arte del asalto de trenes- encontraron en tal actividad el fin a sus correrías cuando, al intentar agenciarse un par de vagones, se encontraron con un pelotón de soldados esperando. Como bien mostró el film “Dos hombres y un destino”, con ese fallido intento comenzó el declive de estas figuras prototípicas del Far West. En una síntesis agonística el tren lleno de guardias hizo las veces de modernidad avasallante sobre dos representantes de la antigua tradición que no pudieron resistirse a la potencia del progreso y sus fusiles automáticos.
Otro relato de ferrocarril tiene el inconfundible aroma a horror de la primera mitad del siglo XX. En efecto en el marco de aquellas décadas denominadas Guerra Total por Hobsbawm (que la levantó en pala con esos truquitos), encontramos a “El Puente sobre el río Kwai”. Esta fue una película ganadora de 7 premios Óscar basada en el hecho real de la construcción y destrucción de un ferrocarril en la Birmania de la II Guerra Mundial. El film, que indagaba en la gesta de los orgullosos prisioneros británicos que fueron obligados a hacer de obreros ferroviarios, nos legó una reflexión sobre los valores humanos en momentos de muerte y dolor. Una cortina pegadiza hizo el resto y desde entonces siempre que el hombre culto de hoy intenta un flirt con una señorita intelectual debe tener en su repertorio comentarios sobre aquella película. No poseerlos es como no haber leído el Ulises de Joyce: adolecer de salvoconductos irremplazables para participar de los círculos de iniciados en el consumo cultural gore.
Los locos sesenta nos dejaron uno de los sucesos sobre trenes más impactantes de toda la historia: el Robo del Siglo. Dicho acontecimiento se trató de un lucrativo negocio ilegal de tres millones de libras con un ferrocarril del Correo británico. Sin condena alguna para sus responsables, adquirió así un halo anticapitalista que calzó justo en una década donde a puros desnudos de Yoko Ono y textos de Rogelio Frigerio el orden hegemónico parecía realmente amenazado. El líder de la banda fue considerado a partir de allí una verdadera celebridad. Ronald Biggs se llamaba y resultó un personaje casi mitológico que se entregó tras su atraco a una vida de dandy punk en las playas más calientes de Brasil.
Es así, los trenes y sus desventuras han sido una potente usina de historias que alimentaron la cultura pop de Occidente y seguramente seguirán haciéndolo por mucho tiempo más. A tal fin hoy traemos una historia Estatizada, mucho más humilde y mínima, pero que puede resultar atractiva a la hora de acercarnos a la Argentina de los noventa profundo. Queremos contar de un intento fallido de secuestro de tren en la Patagonia del 2001. Un thriller universitario más digna de Dostoievsky que de Federico Leloir.
El año 2001 fue la Vaca Muerta de los Conflictos Sociales. Movilizaciones por allá, Cortes de Ruta por acá y todo un corpus de expresiones colectivas que en un largo crescendo terminaron con la explosión de diciembre y la implosión de diciembre. En ese marco los que conformábamos la “Comunidad Universitaria” tuvimos nuestra propia lucha, paralela y perpendicular al clima caldeado circundante. Dicho conflicto estuvo inspirado por el recorte del 13% a los salarios en particular y el sánguche de tragedia educativa que nos veníamos comiendo los últimos lustros en general. La efervescencia que manaba de las calles y de los power points nos llevó a protagonizar un Mayo Francés homeopático pero que a la sazón tuvo a nuestra casa de altos estudios cerrada tres meses. Noventa afiebrados días donde palabras como “Interclaustro” o “Comisión Interfacultades” pasaron a ser tan cotidianas en nuestra vida estudiantil como el “tenés dos pesos para la Birra”.
Así las cosas, envueltos en el fragor de la batalla microquijotesca con esa bestia multiforme que era el Neoliberalismo, íbamos semana a semana redefiniendo estrategias. Larguísimas asambleas donde discutíamos las mil y un formas de ajusticiar a la corte de los milagros que teníamos por ejecutivo nacional y, si nos alcanzaba, meterle un poco de resiliencia al odiado FMI. Nada que no se hubiera hecho desde 1918, claro está, pero bajo el signo de una efervescencia extraña y melancólica que encontraría en el “que se vayan todos” su punto de fuga.
Una noche de reunión multitudinaria, de esas donde la traza del debate entre las distintas agrupaciones estaba dictada por el día a día tanto como por las infinitas marcas ideológicas que nos venían separando desde -mínimo- el siglo XIX, se produjo un hecho que vale la pena destacar. Mientras los distintos miembros del activo estudiantil íbamos calentando nuestras gargantas y nuestras “Moción de orden, compañeros” alguien nos primerió. El primero que tomó el micrófono pidiendo iniciar la lista de oradores fue un compañero de Servicio Social que hacía las veces de Chuck Norris patagónico y politizado. Lo caracterizaba un angulado flequillo rolinga -que anticipaba en años la moda-, un jardinero de jean -que atrasaba hasta la época en que los usaba Fabián Vena en Socorro Quinto Año- y en general mucha actitud. Con esas armas pudo tomar por sorpresa a un número importante de exacerbados estudiantes y comenzar su perfomance, que vale la pena repasar.
Antes de empezar a hablar peló una serie interminable de papeles afiche y comenzó a pegarlos en el pizarrón del comedor universitario, el ágora que había elegido para su despliegue conceptual. Con mucha parsimonia, y algún chiste introductorio en el micrófono, terminó de adherir las láminas y de concitar nuestro interés. El coso ahí descripto se trataba de un Plan (como han pasado los años y no quiero ser injusto con su creador no voy a inventarle un título pero era algo así como un plan revolucionario Universidad Nacional del Comahue 2001). Armado ya su proscenio nuestro interlocutor comenzó a explicarnos. Si bien la información vertida en esa suerte de Manifiesto Comunista de papel crepé era amplísima destacaba una división en tres columnas: acciones en el corto plazo, mediano término y cambios estructurales. La de cambios estructurales terminaba con “la toma del poder”, obvio, pero lo interesante eran los anteriores.
Una de las acciones que planteaba –y que era transversal a las columnas del corto y mediano- resultaba el núcleo duro de su propuesta. Esta se resumía de la siguiente manera: secuestrarle un tren a Amalita Fortabat. En efecto si bien ya sobre esos años el “ramal que para ramal que cierra” había surtido su efecto sobre los trenes de pasajeros, en la zona seguía funcionando el servicio que trasladaba el cemento de Loma Negra desde Zapala al mundo. Y, aparentemente, nuestro salvoconducto a una sociedad justa estaba en chorearse uno de esos vagones.
Crear conciencia revolucionaria era uno de los objetivos a futuro del temerario acto -mezcla de vindicación libertaria y golpe de los Hermanos Dalton- pero también tenía objetivos más pedestres. En el renglón del corto plazo nuestro eventual líder había consignado el “pedir rescate” por el tren. En ese momento de su oratoria se permitió una aclaración que si quedó bastante impregnada en mi memoria y me permito citar casi textual, “Acá en el afiche puse que pidamos de rescate el equivalente al cien por ciento del valor del tren, pero seamos realistas, esperemos el sesenta”.
Esa suerte de redefinición cuatrera del seamos realistas pidamos lo imposible parisino resultó el clímax de su orfebrería revolucionaria: siguió unos cuarenta minutos más, terminó bajo un aplauso cerrado del auditorio, se tomó otros cinco minutos para despegar todo, y se fue. Metió alguna humorada más en el epílogo y partió dejando a sus pares de la Asamblea más boquiabiertos que Rivera enterándose de las andadas de Trotsky con las pintoras mexicanas. La pregunta, intuyo evidente, es si finalmente pudo llevar a la práctica sus iniciativas, si su diatriba tuvo traducción en la praxis (por aquel entonces todo era ponerle el cuerpo a la praxis). Bueno, si, en partes.
Unos meses después del mitin donde nuestro protagonista había presentado su plan unipersonal revolucionario para acabar con el neoliberalismo (especie de foquismo unicelular) nos encontrábamos con algunos compañeros disfrutando el sol del playón de la misma Universidad. Un verano que tibiamente asomaba en aquel diciembre del 2001 nos agasajaba mientras esperábamos el inicio de una charla debate. El malestar social seguía por aquellos días pero nuestro conflicto específico estaba en plena tregua y por eso podíamos permitirnos aquellos momentos de consumo cultural pequeñoburgués tan impropios de la trinchera de la lucha de clases. En eso estábamos cuando vimos pasar a nuestro héroe rodeado de unas cuatro o cinco compañeras (una suerte de Corte de los Milagros guevarista) mientras sostenía entre sus manos un maniquí gigante. Afiebrados iban y venían con el muñeco bajo nuestra atenta y sorprendida mirada.
Al rato el personaje consiguió hacerse de un megáfono y comenzó una llamada a las masas estudiantiles argentinas que, por supuesto, se mostraron algo refractarias a escucharlo. Al rato notamos que muchas de sus agresivas consignas eran dirigidas a un sujeto colectivo que podríamos denominar “jóvenes que se sientan en un playón sin intención de luchar”… verbigracia, nosotros. Hablaba y vociferaba mirándonos de reojo, éramos los únicos presentes y estábamos condenados a ser sujeto y objeto de su arenga indignada. Como tampoco le pasamos bola, instantes después partió con sus groupies, su muñecote y su megáfono. Iba feliz con su terrorismo de Mantecol vaya a saberse dónde.
Un par de horas luego comenzó la charla que nos había convocado en el aula magna de la universidad. La cosa transcurría más o menos normalmente y la actividad discurría entre los debates, contradebates y contracontradebates tan propios del quehacer cultural académico hasta que de pronto notamos un revuelo. Algunos estudiantes ingresaban agitados, se movían entre los bancos, revoleaban sus brazos, todo en un crescendo que no tardó en llegar hasta el sector donde estábamos sentados. “Compañeros, compañeros, están por meter presos a unos compañeros en el puente carretero”, alcanzamos a escuchar. “Compañeros, hay un montón de policías, los están por reprimir, vamos, compañeros”.
En efecto, en aquel enjambre de noticias que llegaban del frente de batalla, pudimos enterarnos que nuestro Lenin del alpataco estaba en algún lugar de la ciudad varado con su muñeco -y una cantidad no despreciable de policías dispuestos a sacárselo-. Levantarse en el medio de la confusión y comenzar a caminar con decenas de compañeros agitados fue cosa de un momento.
Con las primeras sombras de la noche llegamos finalmente al lugar del hecho y nos encontramos con escenas explícitas de clasismo en miniatura. Sobre las vías se ubicaban los policías con aspecto de fastidio y nuestro héroe, quien forcejeaba con un par de agentes mientras sostenía dos bolsas de cemento. Sus fans mientras tanto bailaban, un poco para homenajear a la Pachamama otro poco para arrojar puntapiés a los polis. Todo muy Rabelais.
Mientras todo eso sucedía, los recién llegados nos íbamos enterando un poco de los detalles. Aparentemente el grupo se había dirigido hacia el lugar conociendo el itinerario del tren que venía desde Zapala cargado con el cemento de Amalita. Recordemos que su intención originaria era escaparse con ese vehículo hacia la evolución y por eso le tenían calculado el recorrido. Pero parece que el servicio en cuestión se había tomado demasiado en serio lo de “ramal que para, ramal que cierra” y nunca apareció para ponerse a disposición de sus secuestradores. Contrariados pero sin abandonar la fe en su praxis militante habían tomado la decisión de echarle cemento a las vías para al menos garantizarse que cuando el tren apareciera cargado de cemento no pudiera llegar hasta Buenos Aires. El robo y secuestro había mutado en sabotaje, algo un poco más modesto pero no por eso menos dañino para los servicios financieros del gran capital.
El problema fue que en el momento en que estaban armando la mezcla, poniendo en su justa medida portland, agua y marxismo, aparentemente algún transeúnte había decidió llamar a las fuerzas del orden –las que estaban ávidas en aquellos años de oportunidades donde aplicar bastonazos, hay que decirlo-. Así se armó la hecatombe que seguía sin resolverse cuando llegamos. Tensos minutos de negociones después, los distintos actores del orden y la protesta llegaron a una solución de compromiso. Acordaron no profanar a los durmientes con aquel hormigón cimarrón (abortando el plan B del equipo) pero a cambio se les concedió el permiso para prender fuego al muñeco -que hacía las veces de Cavallo-. Así, el confuso incidente fue bajando de intensidad y cerró del todo con el fin de la fogata donde quedaron las cenizas del muñeco, triste alegoría de goma espuma de la Convertibilidad.
Mientras cansados volvíamos hacia la facultad, bastante entrada la noche de un diciembre que avanzaba hacia el desastre, se sumó a nosotros el líder de la intentona. Cabizbajo, caminó a nuestro lado sin decir palabra alguna. Se había vuelto a munir del megáfono pero estaba con pocas ganas de usarlo en iba e silencio, tal vez maldiciendo por dentro la década de los ‘90. Aquella que, con sus consensos de Washington y sus privatizaciones de FFAA, le quitó la chance de transformarse en el Ronald Biggs o el Sundance Kid de la Patagonia.