# ALGÚN CHILENO AYUDA #
Eran las 6 de la tarde cuando me dispuse a salir de mi departamento, caminé hasta el centro para captar si existían o no ánimos de hacer algo grande al respecto. Ya que la radio, las redes sociales, todo estaba polarizado hacia Camilo y su historia. Pero al parecer nadie se había enterado de mucho ni menos se acordaban que existen zonas de sacrificio en Quintero y Puchuncavi.
Al llegar al GAM vi a un paco con pistola en ambas caderas. Pensé en inocentemente acercarme y preguntarle si es que verdaderamente se sentía seguro así, si acaso el arma era algo que le generaba algún pensamiento placentero o si era capaz de relacionarlo derechamente a la violencia que conlleva.
Le preguntaría a cada uno de ellos si es que opina que esto realmente en una guerra civil o no, haber si saben algo sobre el término.
Rondé en Plaza Italia para luego regalarme un pipazo de última paz minutos antes de que todo se fuese a la mierda. Y es que hice una nueva ronda a eso de las 7:20 cuando fui cachando que con la pura masa de gente en concentración se estaba por cortar el tránsito de la rotonda. Y según lo que se conversaba en el grupo, llegarían más personas en los próximos minutos. Era fácil reír pensando en que todo se iba a descontrolar, pero muy terrible pensar en lo brutal que ello podría ser si estuviésemos realmente en zona de sacrificio o zona de combate verdadero.
Pero no pasaron más de un rato más para que todas esas imágenes ideadas se hicieran realidad.
Luego de que la delicada tensión se rompiese por la llegada de una furgoneta más de detención a la zona donde se concentraban, junto con los alaridos de un grupo de indignados que alcanzaron a gritarles asesinos por lo menos tres veces. Se escuchó en medio de un silencio oportuno el ajuste de las bombas y cañón del camión guanaco que teníamos al frente. De ahí en adelante las chuchadas entre alaridos y gritos nunca acabaron.
Bajamos hacia una de las entradas del metro mientras me sacaba de encima el líquido asquerosamente ácido que no me dejaba volver a abrir los ojos para ver lo que ocurría. Pero luego de ganar esa lucha me arrepentí de haberla combatido.
Creo haberme visto muy inocentemente afectada cuando levanté mi vista a los cielos para saber qué pasaba afuera y sólo pude ver chorros de agua y humo, en eso se había convertido el cielo celeste de día despejado que nos acompañaba minutos antes. El pánico fue fundamental para poder reaccionar ante senda amenaza de peligro, fue en eso cuando corrí hacia la entrada del metro que aún esperaba por lograr entrar a personas que estaban, al parecer, igual de afectadas que yo.
Entrar ahí fue un error social y un acierto personal a la vez. Solamente se podía escuchar y ver conflicto en el lugar. Conflicto por abrir o cerrar la puerta, por estar tan reprimidos, por permitirnos estarlo, por no poder ver bien, por no poder parar de llorar, por no gritar en contra de esto y por hacerlo también. Yo me encontraba en medio de todos tratando de tener parpadeos menos dolorosos que el anterior y se me escapó una risa que fue inmediatamente cuestionada por algunos.
“Es que comparado a la última experiencia que tuve con el guanaco, debo reconocer que han mejorado su receta” – Me excusé.
Al parecer no estaba todo tan perdido entre nosotros, ya que hubo risas pequeñas en medio de esa masacre lacrimal. Sólo eso me hace pensar, una vez más en que existe posibilidad de salvar el mundo mediante el stand up comedy improvisado.
Pero lo ameno duró poco. Un grupo de indignados estaba acorralando a un uniformado de verde que apenas se divisaba entre el odio y los insultos lacrimosos de mucosas irritadas.
Avanzamos hasta Parque Bustamente y volvimos a salir. Otro impacto más fue divisar la plaza entre tinieblas de lacrimógenas que nublaban la vista por completo. Era como un bosque maldito en el que si te perdías entre la niebla te podían capturar y formalizar o hasta matar derechamente.
Sentimos la vulnerabilidad, vivimos, por algunos momentos, esa incertidumbre de si llegaré a casa o no. Era imposible no estar reactivo a todo, incluso las piedras que golpeábamos al correr eran objetos de terror y temor en el lugar. Incluso, creo que aún susurro, bajo la voz o me quedo en silencio cada vez que me hacen hablar al respecto. Por eso lo escribo.
Pero el peor malestar, el más grande e intenso, fue llegar al condominio donde vivo, porque ahí nace la indiferencia, a pesar de que todo esto pasa en el país, creo que tendrá que ser mucho más grande la cifra de afectados y muertos para que algún día despierten de su falsa burbuja de ignorancia compartida.
Saludos a todos, espero estén bien.









