Un tiempo precioso les recibe mientras, con calma, los espíritus se mueven a través de los vastos campos. La esencia de la primavera se percibe en cada rincón de esa hermosa planicie, el dulce aroma de las flores, la danza del pasto fresco rozándoles los tobillos, el vuelo de las aves, el brillo de los frutos, rayos de sol y níveas nubes decorando esa lejana bóveda celeste… Un paisaje digno de un retrato, una caminata diurna que le recuerda, una vez más, el encanto de la vida. Juntos, atraviesan el valle, dirigiéndose por el camino que el destino de la humanidad marca; aun así, incluso una entidad como ellos necesita tiempo para descansar, ¿no es cierto? La oveja invita a su acompañante a disfrutar del sol y la brisa, de las mariposas que revolotean alrededor, de la sombra de un manzano silvestre y el alimento que este ofrece; un momento especial para los dos, donde no todo se trate de su eterna cacería. Divertido, observa a su compañero analizar una manzana con la ceja alzada, la aprieta entre sus dedos, olfatea y aleja en un ciclo repetitivo, como si no tuviera idea de qué hacer con ella. Silencioso, conservando prudente distancia, toma su arco y una flecha, apuntando directo a la lustrosa fruta rojiza. — No te muevas, lobo~ — Canturrea, y antes de que el nombrado sea capaz de adivinar lo que se avecina, la flecha sale disparada con tal rapidez, tanta precisión, que solo puede ser vista cuando impacta contra la comida, haciéndola estallar en varios pedazos. Los suaves restos jugosos se esparcen por doquier, caen sobre la hierba, ensucian el pulcro rostro del alto hombre que los sujetaba; pero mientras, iracundo, él pregunta qué habría sucedido si fallaba, la pequeña oveja rompe a reír. Su voz resuena en el espacio como una campanilla al viento, melódica y suave, sumamente adorable, capaz de acallar los balbuceos molestos del lobo. Por su parte, el más bajo debe admitir que esperaba asustarlo con esa demostración de arquería, solo para “matar el tiempo” mientras esperan el atardecer; sin embargo, eso no significa que deba dejar de disculparse por el terrible espanto que le ofreció. Presuroso, corre entre el verdor y los coloridos brotes, aproximándose hacia su otra mitad, sin intención de perder un solo segundo que haga dudar al otro de su propósito. A su lado se arrodilla y en menos de un parpadeo, se inclina hacia adelante, presionando sus labios sobre los ajenos. Un beso, le llaman los humanos, lo aprendió observándolos desde las sombras durante tantos siglos, asimiló e interpretó a su manera aquello que llaman afecto, respeto, devoción, pasión, adoración, amor y entendió las distintas formas en las que ellos expresan dichos sentimientos. Ese beso es lo que se le ocurre ofrecer a cambio de una disculpa, la cálida sensación de su suave y rosada boca acariciando tímidamente los carnosos y ligeramente resecos labios ajenos; un beso torpe e inexperto, que consiste en mantenerse unidos tanto tiempo como la oveja crea conveniente, sin llegar a hacer mucho más. E incluso siendo así, para él significa algo realmente importante, la prueba de su arrepentimiento, la demostración de su querer. Desconoce cuánto tiempo ha transcurrido hasta que, despacio, se aparta; ojos brillantes, curiosos, inocentes, observan el rostro del fiel lobo, expectantes. — ¿Podrías perdonarme? — Solicita con palabras colmadas de cariño y paciencia, una mano de delicados dedos acariciando la mejilla ajena, delineando sus contornos y limpiando lo que aún quedaba de manzana. Es la primera vez que besa al lobo, la primera vez que adopta un acto tan humano, profundamente sentimental; y esa es la razón que le lleva a dudar, a pensar que quizás no fue agradable para su compañero, quizás no significó nada para él, tal vez bastaba con ayudarle a limpiar los restos melosos y azucarados esparcidos sobre la piel. Pero puede hacerlo diferente la siguiente ocasión, tienen tiempo suficiente para aprender de cada experiencia compartida… Todo el tiempo del mundo. ( @cbjoonho )