Día 4.
Lo quería, no, no lo quería. Eran sus captores quienes deseaban verle morir y no los culpaba, había hecho cosas horribles, cosas que sólo las mentes más perversas serían capaces de imaginar, muchas por vano placer, por furia, por indiferencia, por simple capricho. Leon Powalski se resistió, habría estado más loco de lo que todos creían sino hubiese luchado para escapar de esas garras viciosas, tan manchadas de sangre como las suyas. Sin embargo, la emboscada arreó suficiente personal para no dejarle salida, porque sabían lo peligroso que era; de lo que era capaz. Y ahora se encontraba completamente inmovilizado en ese contenedor de piedra especial para eventos de esa clase, en una base clandestina a orillas de la provincia costera. De hecho, los zoniencess habían sido amables al no torturarlo posteriormente a su detención, algo que él hubiese hecho de haber tomado rehenes al azar en una misión.
El camaleón levantó la mirada, identificando las cámaras que adornaban su modesta prisión de aislamiento, las cuales le recordaron que estaba siendo observado por el dueño de las instalaciones desde un lugar seguro, saboreando en sus labios la dicha de haber conseguido lo que nadie pudo desde las guerras Lylat, cuya cabeza yacía decorada por una gran recompensa. Leon sabía que su líder poseía el precio más alto de entre los integrantes de Star Wolf, pero porque gran parte del sistema desconocía la gravedad de sus propios crímenes.
Interrumpiendo su divagación, el sonido oxidado de una tubería eléctrica descendiendo hacia él hizo que su cuerpo se tensara. La hora se había llegado y desconocer el método de ejecución lo llenaba de pánico, incrementando con cada segundo perdido al ser consciente que estaba solo en esto, y que nadie vendría en su auxilio esta vez. ¿Era tarde para suplicar por su vida? Si se atrevía, perdería la poca dignidad que le quedaba.
—Maldita sea... —susurró para sí mismo, temblando, su corazón latiendo a toda velocidad mientras sus entrañas se apretaban creando una sensación de pavor absoluto. Estaba completamente indefenso.
La boca del cilindro de pronto comenzó a gorgorear, señal de que las llaves -de lo que sea que transportase esa tubería- estaban abiertas y no tardaría en escupirle su contenido. Así ocurrió tras unos largos instantes en espera, donde Leon comenzó agitarse abrumado por el miedo. El tubo expulsó los primeros mililitros de muestra, revelándole la naturaleza del liquido en cuestión, conocimiento que le generó más horror del que podía manejar. No quería morir de esa manera. Tenía que salir de ahí.
—Maldita sea, maldita sea, no. No, no —repitió entre murmullos, quejándose inevitablemente ante la sensación de quemaduras invadiéndole la piel, sus escamas derritiéndose conforme la tina se llenaba a su alrededor.
Pronto sus quejidos se convirtieron en gemidos y jadeos hasta que el dolor fue tan grande que no se abstuvo de emitir gritos entrecortados, combinados con sollozos irregulares. El dolor era demasiado, más de lo que había padecido nunca. Sentir a sus miembros desintegrarse poco a poco lo arrastraba a la más profunda pena que háyase sufrido en su vida, obligándolo perder lucidez de la situación para alucinar sobre memorias tergiversadas entre el dolor que intensificaba su volumen con cada segundo.
—Duele, duele, duele... —lloró—, no lo volveré hacer, lo juro, n-no... mamá, papá...
Los ojos del camaleón perdieron enfoque, incapaz de siquiera atrapar el último aliento, su figura hundiéndose en la tina hasta perderse entre la cuna de ácido que le devoró cual roca tirada a la deriva en un mar de sangre.
No hay vida después de la muerte.











