Viajando a la zona maya en auto pt. 11. Dzebtún, Yucatán
El clima se veía amenazador cuando llegamos a Cenotillo, en la zona central de Yucatán; se veían oscuras nubes y creímos que tendríamos lluvia en nuestro último sitio del año, pero Chaac estuvo de nuestro lado y, aunque viéramos llover a lo lejos casi todo el tiempo, prácticamente a nosotros no nos cayó ni una sola gota.
Llegamos en el auto hasta una terracería donde encontramos a un grupo de hombres que parecían empezar el festejo de año nuevo bebiendo cerveza, les preguntamos si íbamos en dirección a las ruinas más cercanas y nos dijeron que estábamos a solo 1 km (aunque en realidad eran 3, parece que todas las distancias en Yucatán son de 1 km). Seguimos unos cuantos metros hasta que nos encontramos con un tramo lleno de piedras y decidimos caminar para no dañar el auto.
Íbamos un tanto pesados porque cargamos con todo el equipo que teníamos disponible: agua suficiente para varias horas, machetes, tripié y nuestros impermehables con muchas bolsas para guardar todo si llovía demasiado fuerte. Avanzamos por el camino y luego dimos vuelta en otro que estaba en las mismas condiciones complicadas para un auto.
Caminamos por poco más de media hora hasta que llegamos a una pequeña loma que nos permitía ver que el camino frente a nosotros describía una ligera curva, y justo al frente se encontraba un gran montículo cubierto de maleza y con una gran pendiente, en la cima alcanzábamos a ver los restos de las paredes laterales del templo que lo coronaba. Se trataba de una de las vistas más salvajes e impresionantes que tuvimos en el viaje, desde donde nos encontrábamos no se distinguía ninguna forma de subir, así que preparamos los machetes.
Una vez que estuvimos frente a la gran estructura, decidimos pasar entre la maleza para subir por la ladera, la cual parecía estar más limpia que la base del edificio. Requirió un gran esfuerzo el abrirnos paso a pesar de la corta distancia, también fue complicado el ascenso, el ángulo era sumamente pronunciado.
Ya arriba nos llevamos la desagradable sorpresa de que los restos de muro estaban vandalizados con rayones y letras en pintura negra. Luego de una rápida mirada nos dimos cuenta de que habíamos llegado por el lado trasero del basamento; no había ninguna puerta en la pared de ese lado, mientras que del otro ya no quedaba casi ningún indicio en pie, la fachada frontal había caído por completo. Los muros laterales quedaban erguidos parcialmente y en algunas partes el escombro permitía subir al nivel más alto, que tenía una vista bellísima de la selva circundante y del camino por el que habíamos llegado.
Al frente del edificio no se podía apreciar casi nada porque estaba cubierto completamente por la selva, sin embargo me pareció apreciar un gran montículo ubicado 20 metros más adelante, algo que confirmé más tarde.
Comencé a descender, notando una saliente donde debió estar la escalinata de acceso, del lado derecho de la estructura me encontré con una cámara abovedada parcialmente en pie y más adelante otra muy parecida. Sobre esta última pude ver un gran hueco que estaba directamente en la base del templo superior, subí con mucha dificultad y estuve a punto de cortarme con mi machete en un momento en que resbalé. El hueco era un gran foso de saqueo que dejaba ver una subestructura, quedaba también al descubierto una sección de muro con piedras finamente cortadas, además de otra, cubierta totalmente de estuco. Entré y pude ver la esquina redondeada de lo que fue probablemente un templo, el cual fue cubierto con el edificio que se ve actualmente.
Desde ahí bajé hasta la base del edificio y empecé a rodearlo para llegar al arranque de la escalinata, ahí me encontré con los restos de una bóveda debajo de una sección bien conservada de la escalera, era claro que esta última era volada y tenía un recinto que pasaba por debajo, sin embargo no pude entrar porque estaba lleno de avispas.
Del otro lado de la escalinata continuaban los restos de habitaciones y se podía acceder a una pequeña explanada lateral que dejaba ver un talud del montículo principal que estaba casi libre de vegetación. Ahí estuve largo rato tratando de hacerme una idea de como había sido este interesante edificio cuando estaba en funciones.
Me pareció que el basamento pudo haber tenido 3 o 4 cuerpos con esquinas redondeadas y que en su base se encontraba un recinto palaciego con al menos 5 o 6 habitaciones en uno o dos niveles, el cual tenía forma de C o de L. No podía estar seguro de ello porque la maleza y la destrucción impedían apreciar más detalles pero lo que teníamos a la vista era sumamente impresionante; estábamos en uno de los sitios más interesantes que he visitado en el norte de Yucatán.
Mientras Ernesto seguía recorriendo el edificio, yo me dirigí a buscar el montículo que creía había visto desde arriba. Tuve que cruzar la plaza central del sitio a machetazos y enredarme por completo en telarañas. Finalmente me encontré frente a una plataforma que estaba totalmente destruida, únicamente se podía ver las piedras amontonadas y era sumamente difícil caminar y subir porque todas estaban sueltas.
Varias veces estuve a punto de lastimarme los tobillos por los tropezones pero traté de abarcar la mayor extensión posible del montículo. Su parte superior era muy extensa y parecía no tener final. No pude alcanzar el borde más lejano por la tremenda maleza, pero al regresar al borde de la plaza central me encontré con los restos de dos cuartos en fila que alguna vez estuvieron comunicados por una delgada puerta en sus paredes laterales; una de las cámaras estaba en la penumbra y parecía ser un cuarto casi completo, pero la presencia de avispas me impidió entrar.
Cuando estaba ahí mi celular comenzó a captar señal y me di cuenta de que Ernesto no sabía dónde me encontraba, así que había salido al camino a buscarme. Tuve que llamarle para que regresara pues aún estaríamos en el sitio hasta el atardecer, para lo cual faltaba muy poco. Llevábamos ya más de dos horas recorriendo el lugar.
Subimos al edificio principal y nos preparamos para fotografiar la última puesta del sol del año, sin embargo el clima y la lluvia que caía a lo lejos hicieron que la vista no fuera tan espectacular como en otras ocasiones.
Salimos al camino de regreso justo antes de que comenzara a oscurecer y nos dirigimos a donde dejamos el auto, llegando ya en la completa penumbra. Nos dirigimos de regreso a Valladolid y paramos en algún pueblo donde encontramos una tortería abierta para cenar algo. Cuando quisimos pagar me di cuenta de que el estuche que Ernesto había encontrado en Xcaret y que desde entonces había usado para guardar mi dinero y mis identificaciones no estaba; regresamos al auto y me di cuenta de que lo había dejado junto con la cámara y le dije a Ernesto que estuve cerca de perderlo, algo que sería un problema mayúsculo porque ahí estaba mi licencia de manejo. Lo puse otra vez junto a la cámara justo en medio del asiento trasero para que no se cayera al abrir la puerta y así seguí manejando hasta llegar al hotel. Una vez ahí caminamos unos pocos metros a nuestra habitación, bajando solamente unas mochilas del auto, y estuvimos comiendo la carne asada que habíamos comprado por la mañana en Tepakán.
Lo que pasó horas más tarde modificó por completo el curso del viaje...














