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Recordad —dijo, elevando la voz, que aún conservaba toda su fuerza—, recordad que vuestras vidas serán el precio de vuestra insensata curiosidad. En ese mismo lance aposté yo algo más que mi vida… ¡Y lo perdí!
Me llaman, y debo acudir a esa llamada: ¡mi señor tiene otra misión para mí! Cuando un meteoro se inflame en vuestra atmósfera, cuando un cometa cruce en su ardiente trayectoria hacia el sol… mirad hacia arriba, y quizá penséis en el espíritu condenado a guiar la llameante y errabunda esfera.
And in he came with eyes of flame,
The fiend to fetch the dead.
SOUTHEY, Old Woman of Berkeley
De repente, el Errabundo se encontró suspendido en mitad del precipicio. Descendía tambaleándose, en sueños, por el despeñadero, hacia la sima; miró hacia arriba: el aire de lo alto (pues no había cielo) sólo mostraba una negrura intensa e impenetrable…, pero, más negro que las tinieblas, pudo distinguir un brazo gigantesco, extendido, que le sostenía, como en broma, en la cresta de ese infernal precipicio, mientras otro brazo que por sus movimientos parecía guardar una espantosa e invisible conjunción con el que le sujetaba, como si perteneciesen a un ser demasiado inmenso y horrible aun para ser concebido por la fantasía de un sueño, señalaba hacia arriba, hacia una esfera de reloj que había en lo alto, y que los resplandores del fuego hacían terriblemente visible. Y vio cómo giraba la misteriosa y única saeta: la vio llegar al período fijado en ciento cincuenta años —porque en esa mística esfera estaban consignados los años, no las horas—, y gritó; y con ese vigoroso impulso que a menudo se siente en sueños, saltó del brazo que le sostenía para detener el movimiento de la saeta.
El impulso le precipitó al vacío, y quiso agarrarse a algo que pudiese salvarle. Su caída parecía perpendicular; no tenía salvación: la roca era lisa como el hielo, ¡el océano de fuego rompía a sus pies! Súbitamente, surgió un grupo de figuras que ascendía al tiempo que caía él. Se fue cogiendo a ellas sucesivamente: primero a Stanton, luego a Walberg, a Elinor Mortimer, a Isidora, a Moncada…, pero todos quedaron atrás. Aunque, en su sueño, parecía cogerse a ellos para evitar la caída, todos se elevaron por el precipicio. A todos se agarró, pero todos le abandonaron y ascendieron.
Su última mirada desesperada hacia atrás se fijó en el reloj de la eternidad; el negro brazo levantado parecía hacer avanzar la saeta. Llegó ésta al punto designado… y cayó él… se hundió… se abrasó… ¡gritó! Las ardientes olas se cerraron sobre su cabeza sumergida, y el reloj de la eternidad dio su espantoso tañido. «¡Haced sitio al alma del Errabundo!»; y las olas del océano en llamas respondieron al estrellarse contra la diamantina roca: «¡Hay sitio para más!…».
El Errabundo se despertó.
El sueño del Errabundo.
Soñó que se hallaba en la cima de un precipicio, cuyas profundidades no sería capaz de calcular el ojo humano, de no ser por las olas espantosas de un océano de fuego que embestía, y abrasaba, y rugía en el fondo, lanzando sus ardientes rociadas muy arriba, mojando al soñador con su líquido sulfúreo. Todo el resplandeciente océano de abajo estaba vivo: cada onda arrastraba un alma agonizante, y la alzaba, como alzan las olas de los océanos terrestres un resto de naufragio o un cadáver putrefacto; profería ésta un grito al estrellarse contra el diamantino acantilado, se hundía, y volvía a subir para repetir el tremendo experimento. Cada ola de fuego era así impulsada con inmortal y agonizante existencia, cada una estaba tripulada por un alma que cabalgaba sobre la abrasadora ola con torturante esperanza, se estrellaba contra la roca con desesperación, añadía añadía un eterno alarido al rugido de ese océano de fuego, y se hundía para elevarse otra vez… en vano, ¡y eternamente!
Poco importa ahora lo que se haya dicho o creído de mí. El secreto de mi destino descansa en mí mismo. ¿Qué más da lo que el miedo ha inventado, y la credulidad ha tenido por cierto?
Melmoth, inmóvil en su silla, clavó sus pasmados ojos en la forma que tenía ante sí: era, evidentemente, Melmoth el Errabundo, el mismo de hacía cien años, el mismo que sin duda sería durante los siglos venideros, si llegaba a renovarse la espantosa condición de su existencia. Su «fuerza natural no había decaído», aunque «sus ojos estaban apagados»: aquel brillo aterrador y sobrenatural de sus órganos visuales, aquellos faros encendidos por un fuego infernal para tentar o advertir a los aventureros de la desesperación del peligro de esa costa en la que muchos se estrellaban y algunos se hundían, aquella luz portentosa, no era visible ya; su forma y figura eran de hombre normal, con la edad que reflejaba el retrato que el joven Melmoth había destruido; pero los ojos eran como los de un muerto.