the crucifed lovers, kenji mizoguchi 1954

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the crucifed lovers, kenji mizoguchi 1954
Chikamatsu monogatari (Mizoguchi Kenji, 1954)
Chikamatsu monogatari, Kenji Mizoguchi, 1954
Chikamatsu monogatari (Mizoguchi Kenji, 1954)
Chikamatsu Monogatari (The Crucified Lovers) , Kenji Mizoguchi , 1954.
Chikamatsu Monogatari / The Crucified Lovers [近松物語] (1954) Directed by Kenji Mizoguchi.
Chikamatsu monogatari (Kenji Mizoguchi, 1954).
Julio 30, 2019
Chikamatsu monogatari. La escena del lago
Muchas imágenes de Mizoguchi son así, como esta del lago de Chikamatsu monogatari, tienen la textura de una seda muy delgada o del papel de arroz. Como pintado sobre una hoja más que translucida, casi invisible, el lago espera quieto. Unos juncos de contornos inseguros hacen de cortina a nuestros ojos y no nos dejan verlo bien; al fondo, se alza una elevación más bien modesta y un poco borrosa. Con un movimiento suave, lentísimo, un bote se abre paso desde la derecha en el agua calma. Lleva a un hombre y a una mujer que escapan de la ciudad. Esa huida, sin embargo, es antes de las razones de la huida. Él, Mohai, sabe que está enamorado, pero ella, su nombre es Osan, no. No lo sabe, o no se ha atrevido siquiera a preguntárselo. Es un amor prohibido, imposible, e irremisiblemente fatal -crueldades más novedosas todavía no llegaban al Japón, y se vivía aún en las que imponían las costumbres: los amantes furtivos pagaban con su vida y con la vergüenza la osadía de la pasión. Sin embargo, Mohai y Osan no eran amantes, no todavía, bastaba con que pareciesen serlo para que la condena cayese sobre ellos. Poco antes, habían decidido, algo a las apuradas -¿puede decidirse de otro modo una cosa así?-, quitarse la vida para evitar el oprobio.
En la barca, Osan le da a Mohai la cinta con la que él le atará las piernas para hundirse abrazados en el agua. Pero antes de ir a la muerte, arrodillado ante ella, Mohai le confiesa el amor que, por deber, por respeto a la ley, por lealtad a su amo -el esposo de Osan- había mantenido callado tanto tiempo. El dramatismo de la voz de Mohai, contrasta con la serenidad de la escena. La distancia no ha cambiado, no vemos de cerca los rostros, ni distinguimos en ellos el dolor o la exaltación. Sin embargo, todo parece distinto. Hasta en el lago, hasta en ese aire de seda que se toca apenas con los ojos, o en los pliegues de las ropas, o en una inclinación del cuello, se siente la conmoción. Si la determinación de la muerte había sido serena, la confesión del amor, en cambio, hará que todo tambalee. Una vez que Mohai haya hablado, el bote se volverá oscilante y escorado, menos previsible y más inestable. En lugar de ver a Osan y a Mohai uno frente a otro, detenidos, desde un costado, como los veíamos antes -como los veríamos desde la butaca de un teatro- el plano se vuelve un escorzo y la barca desvía su rumbo hacia otra parte. Osan parece sorprendida al escuchar la revelación de Mohai. Con arrebato trabajosamente contenido, su cuerpo plegado contra el suelo de la barca se extiende y se aprieta contra el de él en un abrazo tenaz. Ahora que sabe que es amada, ya no quiere morir. Poco importa si ya antes quería a Mohai, o si ha descubierto su amor ahora, o incluso si no lo amara - esto no lo sabremos nunca. Es la voz de Mohai, que habla de amor, la que ha puesto al mundo del revés. Su voz y nada más que su voz. Todo lo demás, hasta entonces, había sido aceptación y espera.
“...tuve miedo de ponerme a hablar contigo como lo estamos haciendo esta noche, a raudales, ¡allá va!, cuánto cuesta quitarse la careta, salir del escondite sempiterno por resquebrajado que esté, sin comprender que el otro a quien tienes miedo no es tonto, también tiene sus ojos y te ve esconderte, mirarle por entre los dedos. Pero además, Germán, ya ves, qué error tan grande tenerte miedo a ti, no atreverme a decirte que me siento vacía, un eslabón perdido, con lo que consuela decírtelo, consuela tanto que deja de ser verdad. Ahora, mientras te lo estoy diciendo, se fija ese eslabón, se engancha a ti por la palabra, me quitas el miedo a estar girando sola en el vacío, me haces olvidarme de que mañana tendré que tomar decisiones, de que se hará de día sobre mi vida sin proyectos y sobre esta casa en ruinas; mientras hablamos, no está en ruinas, ¿verdad que no?, vive, nos acompaña, gracias a ti se convierte esta noche en tiempo rescatado de la muerte. Gracias a tu viaje, a que has venido; gracias, Germán, qué bien se está contigo, ¿ves?, ya no me tapo la cara con las manos como aquella noche...” Carmen Martín Gaite, Retahílas
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Chikamatsu monogatari
Kenji Mizoguchi
Japón, 1954
102 minutos, japonés