La señora Ayudapersonas
And what if children's literature was translated by children? Here you can read Little Miss Helpful by Roger Hargreaves, translated from Greek to Spanish by Violeta Florencia Aguirre Chatzikoumi, 8.
La señora Ayudapersonas
¡La señora Ayudapersonas siempre quería ayudar mucho a las personas! Pero por las ganas de ayudar la mayoría de las veces no ayudaba nada. No entienden lo que digo, ¿cierto? Pongan atención. Un día el señor Alto se dio cuenta que tenía los cordones desamarrados. El señor Alto tenía tan altas piernas que tenía tanto problema en amarrarse los cordones. “¡Déjame ayudarte!” le gritó desde lejos la señora Ayudapersonas. “Yo te amarraré los cordones”. Como era tan difícil amarrarse los cordones, la señora Ayudapersonas encontró una manera de amarrarle los cordones al señor Alto. Pero... en vez de amarrar los cordones de cada zapato por separado, ¡los amarró juntos! Y... ¡bam! ¡El señor Alto dio una voltereta hacia adelante! Y cuando eres tan alto como el señor Alto, ¡la caída duele! “¡Auch!” gritó. “Me parece que me pegué muy fuerte en la cabeza. Y corre un poco de sangre”, dijo el señor Alto, haciéndose cariño en la cabeza. “¡Oh! ¡Perdóname! Déjame ayudarte”, dijo la señora Ayudapersonas y corrió a buscar un parchecuritas para la herida. Volvió feliz con el parchecuritas en la mano. “¡Tranquilo, amigo mío! ¡Encontré parchecuritas! Lo pegaremos y...” Apenas alcanzó a reaccionar... le había pegado el parchecuritas... ¡en la boca! “Mmm... Mmm... Mmm...”, murmuró el pobre señor Alto. Trataba de decir: “sácame esa cosa de la boca”. La señora Ayudapersonas lo miró poniéndose en sus zapatos. “¡Déjame que te ayude!” le dijo. “¡Yo te sacaré el parchecurita!” Y ¡jrach! Saca el parchecurita de la boca del señor Alto. “¡Oouuuuh! Dios mío”, chilló el señor Alto. “¡Me dolió mucho!” “¡Lo siento!” dijo tristemente la señora Ayudapersonas. “¿Quieres que te ponga un poco de crema en la boca?” “¡No! ¡Dios mío, no! ¡Lo único que quiero es que te vayas!” respondió muy enojado el señor Alto.
Otra vez, el abril pasado creo, el señor Feliz se levantó de la cama y no se sentía bien. Llamó al doctor y le pidió que lo visitara en su casa, que se encontraba cerca de un lago. El doctor llegó rápido. Cuando vio al señor Feliz, gritó muy fuerte. “¡Oh, Dios mío!” dijo el doctor. “¡Tienes sarampión! Tendrás que quedarte en la cama por lo menos diez días y tomarás el remedio Miostiostoripsorali tres veces al día. Chao y que te mejores”. El doctor se fue y el señor Feliz decidió dormir para descansar un poquito. Cuando se estaba quedando dormido, se escuchó el timbre de la puerta. “¡Ooh! ¡El timbre!” chilló el señor Feliz y se levanto esforzándose para abrir la puerta. ¿Adivinaron quién era? ¿Quién más? La señora Ayudapersonas. “¡Hola, señor Feliz! Acabo de ver al doctor y me dijo que tenías sarampión. Vine entonces para ayudarte”, explicó. “Pero... yo... no... quiero...”, murmuró el señor Feliz. “No me puedes decir que no quieres...”, respondió la señora Ayudapersonas. “Rápido a la cama”. Cuando el señor Feliz se tapó con las mantas, vio la cabeza de la señora Ayudapersonas asomarse por la puerta de la pieza. “Perdón”, le dijo. “¿No tendrás una escobilla para el piso?” El pobre señor Feliz debía levantarse para bajar las escaleras e ir hacia la cocina para mostrarle a la señora Ayudapersonas en dónde estaba la escobilla. Después, debía subir las escaleras para ir hacia su cama. ¡Quería tanto dormir! La señora Ayudapersonas frotó muy bien el piso y, como quería admirar su trabajo, dio un paso para atrás y ¡pisó el jabón! ¡Y se dio una voltereta! Y el balde se dio vuelta y ¡se quedó atascado en su cabeza! Y como no podía ver en dónde iba, se cayó encima de una repisa llena de ollas. Los cacharros se cayeron al piso ¡haciendo mucho ruido! Y como no veía nada con el balde en la cabeza, pisó encima de una olla y ¡esa se atascó en su pie! Y... como no podía caminar tan bien, se cayó encima de la puerta del refrigerador, que abrió y ¡toda la comida se tiró hacia fuera! ¡Todo encima de la señora Ayudapersonas! El pobre señor Feilz se despertó asustado por el ruido. Creía que había un terremoto. Se levantó de la cama, bajó otra vez las escaleras y abrió la puerta de la cocina. ¡No creía lo que veía! ¡La señora Ayudapersonas estaba en medio de huevos rotos, ollas tiradas, leche derramada, mantequilla pisoteada y jabón! ¡Con un balde en la cabeza y con una olla en el pie! “¡Ayuda! ¡Ayuda!” se oía una voz adentro del balde. El señor Feliz agarró con sus manos el balde e intentó tirarlo con toda su fuerza posible. Y tiró... Y tiró... Y el balde salió de una vez de la cabeza de la señora Ayudapersonas con tanto vuelo que el señor Feliz salió volando. ¡Como se tiró parecía una piedra tirada por una resortera! Se hizo un hoyo en la puerta de la cocina y ¡el señor Feliz, se encontró fuera de su casa! Rodó por los cerros rápido y todavía más rápido y... ¡plach! ¡Se econtró en las aguas del lago! ¡Con el balde en sus manos! Y con la señora Ayudapersonas bajando el cerro con una olla en el pie gritando... “¡Déjame ayudarte!” Díganme de verdad, ¿ustedes la dejarían?
Fin







