one shot: Soul to Squeeze
Nightmares III
Que particular familia que había resultado tener: niñas brujas, gemelos que tenían la capacidad de desaparecer y uno de ellos había heredado la sangre demoníaca de su esposo; sin contar aquel pequeño que era un humano común y corriente, a quien habían adoptado en un momento donde abundaba el gran corazón. Y por supuesto, su esposo, el demonio. ¿Cómo quedar fuera de ese círculo? Ella: la bruja, el ángel guardián. La pregunta que pasaba por su mente en ese preciso momento era, ¿cómo carajo iba a pensar que la vida seguiría un rumbo fijo como la de un humano normal? ¿Por qué los dejarían tranquilos? ¿Realmente había sido tan estúpida para pretender que una vida como los demás podía ser llevada a cabo en ese ambiente? Eran una familia muy particular, claro que sí. Tenían garantía de que fueran a donde fueran, iban a encontrarlos y jamás se olvidarían de ellos. Se había despertado de un golpe, como alguien reviviendo de una muerte provisoria, y probar la primera bocanada de aire que le entregaba la realidad fue un alivio por al menos, dos segundos. La realidad efectiva le golpeó en el rostro con dolor proveniente desde lo más inconsciente. No tendría que estar allí, pero su cuerpo era testigo de aquello: cada corte marcado a fuego, más profundo, más pequeño, más sangrante, más grande. Habían de todo tipo. Llevó la mano izquierda hacia su espalda, y aquellas garras rasgándolas con las que había soñado hacían sólo minutos, habían dejado seguían marcadas allí sin ninguna clase de molestia excepto la que se hizo presente cuando rozó sus dedos con su carne, teniendo que gritar ante el ardor que esto le provocó. La herida estaba fresca; cuando volvió a ver sus dedos, estos estaban envueltos en sangre. Por primera vez en lo que iba de muchos años de matrimonio, se alegró – si era que podía sentir una pizca de alegría en ese momento – de que Joshiel no estuviese durmiendo a su lado, que estuviese atrapado en aquel cuarto especialmente preparado para retener su esencia demoníaca. No podía saber que aquellas pesadillas que rozaban lo real seguían perturbando sus noches, ya habían tenido demasiado y con un toque, cada pequeña herida desaparecería en menos de un milisegundo. Pero no se las quitó tan rápido. Con mucho cuidado, rodó sobre su trasero, y dejó los pies sobre el suelo, soportando unos instantes aquel dolor en su piel, como mil cuchillos clavándose dentro de su carne, sin parar. Debía de estar encorvada, porque de otro modo, las tres marcas largas que rajaban su espalda desde el principio y casi a fin, volverían a despertar el intenso dolor. “Pero sufriste peores cosas, peores torturas”, se recordó tras emitir otro quejido por la punzante aflicción que la invadía. Y lo había hecho, y lo había superado. Sólo necesitaba un empujón. Al levantarse, juró haber aprendido casi por osmosis cada mala palabra en todos los idiomas existentes que pudieran existir en el mundo. Las gritó todas mentalmente para poder sobrevivir al espantoso dolor de sus pesadillas. Se encontró arreglándose el cabello que le cubría casi todo el rostro, sintiéndose muy estúpida por detenerse en un detalle como ese cuando estaba sufriendo de un episodio tan grave, pero lo cierto es que de otra forma, no habría podido ver el camino claro para llegar al espejo de su armario. Layla se mantuvo parada, reflejándose en el mismo, quieta como una estatua y por la palidez, podría incluso pasar por una, sólo la delatarían los múltiples cortes y moretones alrededor de su cuerpo desnudo. Y ya no prestaba tanta atención al dolor como antes, no lo sentía del todo cuando pasaba las yemas de sus dedos por lo rojizo de su piel. Era una manía de ella mantener su cuerpo sin cicatriz alguna. Su piel era tan lisa y suave como si jamás hubiese vivido su pasado; un pasado de luchas, de muerte, lleno de oscuridad, un pasado que hizo lo imposible para dejar huellas grabadas a fuego, estigmas de toda clase. Pero su cuerpo sólo atestiguaba aquellas que Layla quería ver, esas que ella había decidido tener, esos pequeños recordatorios de lo valioso por lo cual vivía, al fin y al cabo. Cada vestigio de tinta negra en ella tenía una razón de ser.
Sus manos volvieron a recorrer esa menuda figura que se reflejaba en el espejo, desde su cuello y entre sus pechos hasta su vientre, preguntándose por qué era que nunca dejaba durar esas heridas. Claro que desaparecería las que tanto ardor y dolor le causaban, pero estaban allí por una razón también: no estaba prestando atención a esa batalla, no la estaba luchando. No peleaba su propia guerra.
Si se alejaba lo suficiente de los problemas, si olvidaba que los tenía, sería más fácil llevar a los niños a la escuela, a jugar al parque, a convencerlos de que eran como cualquier otro pequeño del mundo. Pero les estaba mintiendo, se estaba mintiendo a ella misma para defender algo que jamás lograrían tener por completo.
El cuerpo humano volvía a probar que era un mapa de cómo estos vivían su vida. En el caso de Lay, estaba viviendo una que no era la suya. Era la de alguien más, la de esa persona que tal vez había deseado ser diez años atrás, pero no quien era en ese momento. Cuando su regresó hacia su cuello, cada caricia que dejaba atrás volvía su piel lisa nuevamente, y así como si nada, volvía a no haber marcas del infierno que había padecido dentro de su propia cabeza. Pero por cada herida que desaparecía, Lay repitió la misma promesa: la próxima vez que los cardenales aparecieran, que su piel se rasgase de tal forma, sería por haber prestado batalla, por haberle hecho frente a Adriel de una vez por todas. Las heridas serían testigos de que había salido airosa de guerra contra su pasado y que finalmente, lo había superado y derrotado. La próxima vez, los cortes se quedarían hasta que desaparecieran naturalmente, y cada laceración contaría una nueva historia, acerca de la superación y de la importancia de nunca bajar los brazos.











