
★
hello vonnie
2025 on Tumblr: Trends That Defined the Year
TVSTRANGERTHINGS
Mike Driver
he wasn't even looking at me and he found me
Sade Olutola

PR's Tumblrdome
we're not kids anymore.
NASA
sheepfilms
noise dept.
cherry valley forever
Peter Solarz

❣ Chile in a Photography ❣
Xuebing Du

#extradirty
todays bird
trying on a metaphor
Jules of Nature

seen from Malaysia
seen from Germany

seen from Hungary
seen from Uruguay
seen from Uzbekistan
seen from Indonesia
seen from Spain

seen from China

seen from Germany
seen from Nepal

seen from Tunisia
seen from Uzbekistan

seen from Ireland
seen from Netherlands
seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from United States
@laylancaster-blog
X. The werewolves case
“Going to check on some weird murder in town before the bar. Meet you there at 7. Love you!”
Todos los días llegaban extrañas noticias a manos de Layla. Las que creía que era del estilo que no podría ser manejadas por un ser humano normal, terminaban pinchadas en una pizarra de corcho que colgaba en una de las paredes del Tales&Spirits, el bar donde Joshiel Stevens pasaba los días como cazador retirado. El mismo, no era una cantina como cualquier otra, sino que pronto se fue haciendo conocida como un refugio para aquellos quienes se encargaban de lo sobrenatural y estaban de paso por la pintoresca ciudad de New Orleans. Ellos siempre los recibían con brazos abiertos -por supuesto, los que tenían en mente comportarse, otros terminaban fuera de una patada -, provisiones, intercambio y hasta información. Era un buen ambiente, dentro de todo lo que se podía esperar. Josh y ella habían dejado el negocio hacía ya meses atrás, pero no podían mantenerse del todo fuera del margen. Y eso lo tenían muy en mente, no eran ningunos idiotas. Pero ya no iban a arriesgar sus traseros como dos locos suicidas. Habían tomado una decisión en conjunto que respetaban mutuamente. Aparte, estaba la familia, a quienes se dedicaban tanto como podían. Pero eso no los detenía de aportar su granito de arena a quienes necesitaban, ya que tenían los recursos, ¿por qué no usarlos? Por parte de Lay, era todo lo que podía encontrar desde su nuevo trabajo, el ser periodista. Llevaba casos para quienes quisieran tomarlos; siempre había algún loco adicto a la adrenalina por allí suelto.
X
Aquel día, fue diferente, sin embargo y aun se preguntaba porque demonios estaba haciendo eso. Fuera cual fuera la respuesta, lo cierto es que era un tanto tarde para responderla porque ya estaba encaminada en su auto directo a un barrio algo más alejado del centro de New Orleans, donde comenzaban las casas más residenciales. No era necesidad que fuera a cubrir la noticia de una muerte súbita en un hotel manejado por una pareja de ancianos, pero le gustaba hacer bien su trabajo. No iba a escribir cualquier cosa. Y por cierto, tampoco había sido una muerte “súbita”. Eso era lenguaje que sólo habían utilizado para no revelar el horror del asesinato de un joven de veintiún años a manos de lo que Lay denominó mentalmente como un legado de Jack, el destripador. Las fotos habían llegado a la agencia por manos de un informante forense. El cuerpo se encontraba tirado en el living de aquel motelucho, con todas sus tripas hacia afuera y no más daño que ese. Nada faltaba, ni por dentro, ni por afuera, ni en las pertenencias del joven. Aunque una de las particularidades era la falta de sangre. Un trabajo así tendría que haber dejado charcos y charchos de aquel liquido rojo; pero alrededor sólo se veían gotas y los primeros estudios forenses parecían confirmar que tampoco quedaba mucho dentro del muchacho. Layla aparcó su camioneta en una de las esquinas de la casa, de arquitectura colonial, grande. Lucía muy antigua pero se mantenía en buena forma con una fina capa de pintura color celeste pastel. Desde donde estaba, podía advertir el cartel en el cual se leía “Mary’s Hostel”, pintado a mano también. Y mientras fue acercándose a paso apresurado, pudo comprobar que ya casi no quedaba nadie en la escena del crimen y había llegado tarde para las entrevistas a algún cuerpo policial de importancia. Se paró frente a la casa y sacó su celular para enviar, en primer lugar, un mensaje a Joshiel advirtiéndole que llegaría tarde y en segundo lugar se fijó la hora. Daban las 5:30 pm, y ya todo el mundo parecía haber terminado con su trabajo. Alzó una ceja. Que tan poco valían las vidas en esos tiempos, pensó para sus adentros. Se encogió de hombros y se acomodó el cabello tras las orejas, sacando de su chaqueta la tarjeta que la identificaba como una de las periodistas de la Agencia de Noticias de New Orleans, el famoso pase de prensa. Casi ni lo dudó cuando se encaminó a tocar la puerta del hostel de Mary. Era un lugar bonito. Aunque se le antojó que para ser un hotel, estaba muy aislado de lo que realmente era el centro, donde abundaban los turistas. En ese barrio residencial, apenas veía gente por las calles, todos parecían haberse puesto de acuerdo para o bien, hacer silencio o irse del lugar a la misma hora. Mientras se encargaba de pensar todo aquello, la puerta de la casa se abrió ante sus narices y una pequeña mujer con el cabello dorado como el oro, salió a recibirla. —¿Señora Mills? Mi nombre es Layla Lake, un gusto. Vengo a hacerle unas preguntas de parte de la New Orleans News Agency —la joven mostró su credencial, con su mas ancha sonrisa. Sonrisa que le fue devuelta por Mary Mills, quien se hizo a un lado en la puerta en una clara invitación. —Pasa. Ya se estaban tardando.
X
Miles de maldiciones se le venían a la cabeza en ese momento. Probablemente no tantas como cuando había recibido el golpe de algo duro como una roca en la cabeza apenas traspasó, tan confiada, el porche de aquella casa. Pero, ¿quién demonios iba a imaginar que una mujer tan delgaducha de apariencia tan dulce iba a tener la fuerza suficiente para derribarla? Y mucho menos, de arrastrarla hasta un sótano y atarla a la maldita cañería. No sabía cuanto tiempo había pasado inconsciente en ese lugar. No oía nada fuera de sí, ni pisadas, ni gritos, ni siquiera podía ver claro a su alrededor y el estar tan desorientada en tiempo y espacio, y aquel dolor palpitante tras su cabeza no la ayudaban realmente. Quería concentrarse, encontrar alguna especie de salida pero no veía por donde demonios y tenía la sensación de que iba a desmayarse una vez más. Pero entonces, notó una vibración en uno de sus bolsillos y dio gracias al cielo que los adultos se llevaran tan mal con la tecnología. Esa mujer no había tenido en cuenta el revisar sus bolsillos por ello; aunque sí la había desarmado. No sentía tras ella la daga que solía llevar. En un arriesgado movimiento con su mano, logró sacar su celular del bolsillo de su chaqueta y lo tiró al suelo. Tuvo que inclinarse lo más posible para responder a un mensaje de Josh. No podía leer demasiado pero estaba segura de que no era el único que le había enviado. Ella alcanzó a teclear una sola palabra. “Problema”. Su esposo entendería.
X
Aquél viejo chevrolet fue frenando hasta detenerse detrás de unos contenedores de basura verdes. Joshiel Stevens observó la casa a través de las gafas de sol, las cuales se retiró lentamente para dejarlas junto al cambiamarchas. —Easy boy. I know. Su mano se posó sobre la cabeza de Sheiko. El can gemía constantemente y no era porque hiciese un asfixiante calor; aunque la teoría podría ser válida. Sheiko y él compartían un instinto, la única diferencia era el modo de expresar las sensaciones que les embriagaban. El cazador comprobó una última vez la dirección. El software había localizado el GPS de Layla en aquella calle, no tenía mayor precisión, pero solo necesitó comprobar las noticias para saber de cual, de todas las casas se trataba. No entendía por qué razón había tenido que meterse en ello. Ambos lo habían dejado claro; “nada de cacería”. Y allí estaba, con un nudo en la garganta por el miedo de que no la encontrase con vida y una rabia creciente porque ella misma se lo hubiese buscado. Enfadarse no le serviría de nada y lo sabía; se le olvidaría absolutamente todo en cuanto diese con ella. No tenía ningún plan. Le gustaba pensar que su instinto y su experiencia le respaldarían, o tal vez le importaba un diablo lo que a él le sucediese siempre y cuando ella estuviese a salvo. —Alright —sacó de la guantera su glock y miró al lobo mientras comprobaba que estaba cargada—. You gonna stay here. If I’m not back in less than two hours with mom, get the hell outta here and find help. Are we clear? Sheiko podía ser listo, pero no hablaba. Se trataba de interpretar el lenguaje no verbal. Y el modo en que se relamió fue sin lugar a dudas un “Lo tengo”. Salió del coche escondiendo el arma bajo su camisa de leñador y cruzó la carretera hacia la casa en cuestión. Fachada blanca, un decorado bastante clásico. Subió las escaleras hasta el porche y llamó al timbre. La espera de solo diez segundos colmó su poca dosis de paciencia. —Hey —alzó la voz con el ceño fruncido—. I know there’s someone in there so open up or I’m gonna kick the door down. Joshiel Stevens no tuvo que esperar mucho tiempo para que alguien lo recibiese. Era un hombre de contextura fuerte, grande y unos centímetros más alto que él, de piel tostada y barba y lucía como si algo de todo aquello le hubiese molestado realmente. No dijo nada cuando tuvo al cazador frente a él, más bien pareció que estaba haciendose un espacio para que pasara al lugar pero antes de que Josh pudiese dar un paso más, una mujer, cercana a los 50 se apareció topandose en su camino. Llevaba un móvil en su mano con la pantalla rota. —Creo que te estábamos esperando —le dijo, sonriendo de una manera más bien cinica como si pudiera ver algo que el cazador no, y probablemente era eso lo que le estaba causando tanta gracia. La puerta del hostel fue cerrada por el hombre que lo había recibido y antes de que Stevens pudiese siquiera parpadear, reaccionar a lo que sabía que estaba sucediendo así, recibió un duro golpe en la parte trasera de su cabeza por parte de un bate de baseball. La mujer, de cabellos rojizos, soltó una carcajada. —¿Para qué sirve el romance hoy en día?
X
El cuerpo del cazador fue arrastrado por todo un pasillo hasta las escaleras que daban de lleno en el sótano. Quien lo llevaba, era nuevamente quien se había encargado de hacerlo entrar al lugar y no parecía tener cuidado alguno a la hora de llevarlo de los pies, escalón por escalón. Layla se encontraba en una de las esquinas, aun atada a las cañerías pero ya no parecía tener la misma vitalidad de antes. Su cabeza yacía gacha, con todos los mechones cubriendola y su camisa antes blanca, ahora tenía manchones rojos por doquier. Apenas era consciente pero logró escuchar el sonido de algo metálico corriéndose a un lado, la puerta que daba allí, y luego los pasos y golpes de algo que bajaba. Hizo el esfuerzo por alzar su mentón, querer ver que era y no le costó mucho, a pesar de la poco visión que tenía, darse cuenta de que había caído otra victima y se maldijo por dentro por haber sido tan idiota de dejar capturarse tan fácil. Ahora ya eran dos. —¡Leonard, apurate! Y chequea a la mujer. La voz provino desde la planta alta y Layla supuso que le estaban hablando al tipo que justo en ese momento, terminaba de atar el cuerpo al otro lado del tubo donde ella estaba. Oyó una especie de quejido por parte del hombre que de ahora en más le haría compañía, pero fingió que estaba más bien lista para morir ahi mismo. Pronto sintió como una palmada en su cuello, dos dedos intentando ver seguramente, si seguía teniendo pulso, y luego un tirón de cabello desde su nuca, echando su cabeza hacia atrás. Tenía un corte en su frente y otro en su mejilla a causa de los golpes. Esto pareció bien a “Leonard”, porque la soltó de manera brusca segundos después y se encaminó hacia arriba de nuevo. Lay se aseguró de que desaparecía entre las sombras antes de intentar sentarse mejor donde estaba y ver quien era que se encontraba tras ella. —¿Hola? —saludó, con su voz algo tomada. La respuesta del segundo invitado de honor fue un gruñido. Había sentido impotencia muchas veces a lo largo de su vida pero no podía situar en el tiempo una sola vez en la que esa impotencia le hubiese generado tanta rabia. Fue consciente de como era arrastrado hasta aquél sótano pero no pudo conseguir reacción alguna por parte de su cuerpo. Estaba entre la consciencia y la inconsciencia. Mientras abría los ojos y ladeaba la cabeza para espantar esa neblina que deformaba cada objeto en el que quisiera fijarse intentaba localizar de dónde provenía aquella voz. Un segundo “hola” confirmó las leves sospechas que ni si quiera supo que había tenido. Era la voz de Lay. —¿Lay Damn —maldijo al tener el impulso de levantarse y ser frenado por las esposas que le mantenían aferrado a aquella cañería— Awesome —apoyó la cabeza en la misma y dobló las piernas—. Lay ¿Estás bien? Sé que puede sonar absurdo pero venía por ti. No me preguntes si tenía un plan, quieres —tiró de las esposas varias veces, logrando solamente que sus muñecas se resintiesen. Apenas escuchó que se trataba de la voz de su esposo, sin siquiera procesar que era lo que le estaba diciendo en verdad, Layla echó la cabeza hacia atrás para chocarla contra la cañería. Una, dos, tres veces. Y gimoteó de dolor porque sentía aun los golpes que le habían propinado, de los cuales se había olvidado ante lo bizarro y estúpido de esa situación. No podía ser que los hubieran capturado a los dos, tenía que ser una maldita broma. Negó como pudo e intentó darse la vuelta, queriendo verlo, pero apenas sí podía alcazar a echar un vistazo a su figura. —Tienes que estar de broma, Stevens —lo acusó, y soltó una especie de gritito bajo, desesperada y algo histérica. —¡Tenías que venir a sacarme de aquí, no a meterte conmigo! ¡¿Tienes idea de lo que van a hacernos?! No, ni siquiera fue capaz de decirle las gracias, aunque sabía que debía. Era simplemente que no encontraba salida a ello. Le habían quitado todas sus armas, todo lo que tenía encima y ahora lo único que quedaba, era que esas dos bestias bajaran a usarlos como manjar de verano. Cuando les rugiera el estomago, ellos serían su maldita comida. —No pudo creer que no tuvieras un plan —lo regañó entre dientes. Josh tenía el ceño fruncido ahora y solo una rodilla flexionada. —Oh well si vamos a hablar sobre lo que deberíamos o no deberíamos hacer, tu no deberías haber venido en primer lugar. “Necesitamos una vida normal Joshie”, “debemos evitar los peligros Josh”, “tenemos una familia ahora asshole” —citaba las palabras de su mujer con un tono más agudo para imitar ridículamente su voz. Se golpeó la espalda contra el caño como recurso para soltar las esposas. —Whatever, no hay de qué preocuparse, el guapo e inteligente de tu marido va a sacarnos de aquí antes de los postres ¿Sabes qué son? ¿Te han herido? En el hipotético caso de que no sea así, tu dime que sí, eso me cabreará y pondrá en funcionamiento mi cerebro —torció los labios en una mueca. Sentía el calor de la sangre resbalando por su sien. Y aun tan golpeada como estaba, Layla tuvo la fuerza suficiente como para hacerle burla a su esposo en todo el rato que se dedicó a recordarle cada una de las cosas que había dicho en una argumentación a favor de la vida normal. -No estaba en mis planes quedar aquí encerrada, ¿está bien? Pensé que era un maldito asesinato común y corriente, una madre loca o algún culto, ¡¿cómo iba a saber que dos locos iban a querer drenarme a mi también y la estúpida policía no los había detenido?! Layla tuvo que tomar algo de aire tras decir todo aquello a velocidad luz, mientras aun intentaba ver a través de todo el cabello que no podía quitar de su rostro, alguna manera de escapar de ese humedo sótano. Olía a hierro y no estaba muy segura de que fuese porque estaban rodeados de cosas relacionadas a la herrería o porque en algún lugar de aquel sótano que ninguno alcanzaba a ver, había más sangre derramada o peor aun, más cuerpos. —Estoy bien, por cierto, sólo un par de golpes cuando descubrieron que te había llamado —soltó un fuerte suspiro e intentó pararse, cerrando los ojos con fuerza. Eso le estaba costando y también dolía —¿Y tú? Suenas a que estás perfectamente —se extrañó, alzando una ceja. —They just hit my head —contestó con un tono de irrelevancia. Estaba distraído. Analizaba lo que podía ver en las sombras del sótano, todos los sótanos tenían dos salidas, aquél no podía ser una excepción. De todas formas lo primero era lo primero. —Nadie va a drenarte. He venido por ti y te sacaré de aquí, deberías agradecer que te casaste con un héroe. Aunque meses lejos de la cacería y la acción le habían oxidado se las arregló para incorporarse aún cuando sus brazos estaban rodeando aquella cañería. En pie, varias muecas empezaron a desfigurarle la cara. Tenía un plan, pero iba a ser doloroso y aunque no lo diría en voz alta, ya no era un jovencito de veinte años, sus huesos ya no soldaban como antes. —Tengo un plan. Tarde, pero lo tengo… Está bien, si grito como una colegiada y lo que suceda en éste sótano llega a oídos de mi hermano o nuestros amigos, juro que no volverás a probar mi delicioso cuerpo de atleta en semanas. Inspiró profundamente y cerró los ojos. Empezó a contar. Tres, dos.. Uno. Ahogó el quejido de dolor mucho más bajando la mirada, no era una ley de la física, pero siempre funcionaba. Acababa de partirse la muñeca y aunque no lo admitiría sentía ganas de llorar como el pequeño de sus hijos cuando alguno de sus hermanos mayores no le dejaba ver Bob Esponja. —Fuck’s sake —ahora echó nuevamente la cabeza hacia atrás e hiperventiló durante unos segundos. Cuando se creyó preparado y pudiendo hacerlo ahora, logró sacar la mano rota de la esposa— Aight… —se alejó de la cañería con las esposas colgando de la otra mano y fue hacia su mujer, agachándose a su lado—. Déjame verte —dejó la mano izquierda en su mejilla y apartó algunos de los mechones de su pelo, no tenía buen aspecto pero viviría. —¿Qué demonios intentas hacer? ¿Josh? Layla lo llamó un tanto preocupada e histérica, si todavía cabía más, cuando oyó que planeaba algo pero no terminaba de decirle el qué, y el hecho de que le advirtiera que tendría ganas de gritar no la consoló demasiado y terminó por desesperarla un poco más. En esos momentos que Joshiel estuvo en silencio, intentó verlo de todas las formas que pudo pero apenas sí podía movilizarse un poco estando atada de manos a aquel caño, no había mucho por ver. —Josh —llamó, de nuevo en un grito por lo bajo y cuando intentó ir hacia el otro lado, de alguna manera, ya un tanto alarmada por no recibir respuesta, se topó con que había logrado soltarse. No pudo evitar fruncir el ceño, preguntándose como demonios había logrado tal cosa. Lo próximo con lo que se topó fue los ojos y soltó un siseó a modo de queja cuando él la tomó por las mejillas. Ardía y no quería ni pensar en el dolor. Sabía que era un corte profundo. Y aun así, logró esbozar una leve sonrisa. —Eres una caja de sorpresas —murmuró, soltando una leve carcajada. —Hell I am —aceptó el cumplido torciendo una sonrisa y le dejó un sonoro beso en la frente antes de separarse. En pie comenzó a mirar a su alrededor, no iba a partirle la muñeca a su mujer para liberarla, tendría que pensar en una alternativa. —De acuerdo, éste es el plan, te libero de esas esposas, subimos silenciosamente y nos marchamos hasta que podamos volver armados. Les cortamos las cabezas y brindamos por una inesperada victoria… —su voz fue apagándose a medida que se concentraba. Revolvía entre los polvorientos armarios y estantes, acababa de encontrar una horquilla para el pelo. No era una ganzúa, pero podría ser peor. Regresó al lado de la cazadora, ésta vez agachándose a su espalda para comenzar a engañar el cierre. —¿Qué te hace pensar que iban a drenar tu sangre? Aquí no huele a rosas pero… Shit. Sería mucho más difícil maniobrar si no tuviese una maldita mano fracturada. A Lay se le estaba haciendo todo más que fácil en un mismo día. En realidad había indicios de que sus dos captores sabían más de lo normal; tuvieron que haber identificado que era una bruja de inmediato porque jamás pudo desaparecer de aquel sótano (de otra forma, no estarían allí ambos, maniobrando mil y un maneras de escape). Era eso o la casa, ya de por sí, era anti magia. –Tu plan no suena nada mal, siempre y cuando funcione – opinó la joven respecto de la lista de cosas por hacer que se estaba mentalizando su esposo. Soltó un fuerte suspiro cuando Josh se alejó en busca, ahora, de una manera de liberarla. Esos golpes seguían mareandola y no podía estar al cien por ciento, pero se concentraba todo lo que podía. –Tuve la primicia del asesinato, supongo que uno de los cuantos que ya han cometido –contó a Josh con cierta dificultad, intentando quedarse lo más quieta posible para que pudiese deshacerse de sus esposas– Las fotos de la policía científica y el informe forense decían que la sangre se había drenado. Eso es lo que hacen y sinceramente, entre nosotros, no tengo ganas de averiguar para qué –Lay ladeó su cabeza para verlo, sonriendo algo nerviosa. No planeaba ser comida ni sacrificio de esas dos cosas con disfraz humano. De un momento a otro, sintió el “click” que le sonó a libertad y poco después ya podía ver sus manos frente a ella. Casi un alivio. —Alright —Josh se reincorporó y ando hasta las escaleras, subiendo solo un escalón, afilando su oído—. Parte B del plan B. Encontrar una forma de salir de aquí con vida —bajó nuevamente dirigiéndose a las estanterías dónde había encontrado la horquilla, recordaba haber visto una tela que podría usar para vendarse la mano. No fue una obra de arte de enfermería pero valdría. Cuando Joshiel se planteaba cazar prácticamente todo lo demás desaparecía, era algo que su mente exigía para concentrarse. Continuó inspeccionando el sótano, sonriendo cuando encontró un barrote de hierro que reconocía como el que ellos tenían en casa para remover las brasas del fuego del hogar. Lo meneó para que Lay lo viese. Ella tuvo que levantarse del suelo con algo de esfuerzo, no requería ayuda pero aun así los golpes no parecían querer dejarla tranquila. Los sentía como un palpitar constante en la parte trasera de su cabeza; tuvo que ayudarse con una de sus manos - las cuales sentía adoloridas también por tener amarradas durante tanto tiempo - y finalmente estuvo de pie, casi dando tumbos hasta acercarse a su esposo. Cerró los ojos un momento para acostumbrarse a la sensación, pero al mismo tiempo intentó desaparecer de allí. No funcionó. No estaba muy segura de que si esas cosas habían logrado saber de alguna forma que ella era hechicería o su casa se encontraba protegida contra la magia por simple prevención, como fuere, parecía ser que aquel día su mala suerte era inacabable. —Okay, so… There’s no way out, I already checked. No windows —le dijo a Joshiel, tragando saliva mientras se arreglaba el cabello. La esposa que había quedado en su mano derecha hacía algo de ruido cuando se movía— Our best shot is going out there and kill them? No sonó convencida, mucho menos en su estado y peor aun cuando logró divisar, tras ladear su cabeza a un lado como su esposo tenía la mano, y no podía curarlo ahora. —Damn it, Josh. Negó un par de veces y antes de poder decir algo más, alzó la mirada directo a las escaleras, con sus ojos fijos en la puerta. Logró escuchar algunos pasos. —Damn, damn, shit —murmuró tan rápido como pudo— I think they’re coming for us. —Shit —el cazador se pasó la mano sana por el pelo y estuvo completamente seguro de que no había ideado un plan tan deprisa jamás antes. Suponía que cazar o sobrevivir era como montar en bici; nunca se olvidaba.
El hombre bajaba las escaleras con una parsimonia que prácticamente tenía que imponerse. El hambre era algo que cegaba a criaturas como él, encontrar un balance para no perder el control jamás era sencillo. Echó una mirada al llegar abajo al cazador. El sujeto parecía aún inconsciente, podía oír el bombeo de su sangre desde allí. Un latir pausado, tranquilo. Sonrió cuando se agachó frente a Layla, enseñando los dientes. —Mírate… Ella cree que vas a ser un plato delicioso. ¿Tu qué opinas? Saborear tu esencia va a ser una experiencia inolvidable, sin lugar a dudas… —Saborea esto, hijo de perra. La voz del cazador a su espalda le advirtió del peligro, pero antes de que la criatura acabase de girarse el gope seco y violento de aquél barrote en su cabeza le arrojó dolorosamente. Josh bajó la barra y contuvo un instante el aliento. No se movía. —Joshiel uno, gilipollas cero. Cómete esa. Vamos —animó a Lay a levantarse indicando las escaleras con la cabeza. Era el momento de salir. Y si bien Lay tuvo que volver a hacer uso de sus manos para apoyarse en el suelo y así levantarse, lo hizo lo más rápido que pudo, sorprendida de que Joshiel hubiese derribado a aquel hombre que a ojos de ella era una especie de gigante, de un sólo golpe. Enseguida se paró al lado de su esposo pero no pudo evitar acercarse a darle una buena patada en el estómago a quien estaba tirado en el suelo, como una manera de asegurarse que no iba a molestar y que no seguía allí despierto. –Ahora sí, salgamos de este agujero –le dijo a su esposo y tuvo el cuidado de tomar su mano sana para guiarlos hasta arriba, por las escaleras. Lo detuvo al llegar al último escalón, dejando una mano extendida para que no pasara mas allá de la línea separatoria del sótano y el resto de la casa. Ella se asomó con toda la cautela posible al pasillo, asegurándose de que no había nadie por allí y pronto le hizo una seña a Josh para que la siguiese, tan apurada que casi corría. Necesitaba salir de esa trampa mortal y rápido. Cualquier persona con una pizca de sentido común o un leve sentido de la supervivencia hubiese aprovechado la ocasión para salir de la casa y, tal vez, regresar con un plan. Pero Josh no era un hombre de sentido común. La pistola que los propietarios de aquella casa le habían confiscado tenía un valor sentimental para él. Era de su madre. No existía modo de que se fuese de alli sin aquella glock. —Lay, espera —antes de cruzar el pasillo que dejaría el salón atrás y les llevaría directamente hacia la puerta de la casa, Josh miró hacia las escaleras que llevaban a la segunda planta—. Necesito recuperar la pistola. Es.. Todo ocurrió demasiado deprisa para poder entenderlo. Aquella criatura había caído prácticamente de mismísimo techo y estaba ahora en una postura ofensiva hacia el cazador, con aquellas enormes patas extendidas hacia delante presumiendo de las afiladas garras. Los colmillos también imponían. —Shiet —Josh dio un paso hacia atrás. ¿De dónde coño había salido esa cosa? Alzó un poco más la mirada para ver a Lay quién estaba a las espaldas del enorme lobo. Si es que eso era un lobo. Afortunadamente Josh reaccionó con buenos reflejos, haciéndose a un lado prácticamente mimetizándose con la pared para evitar que la bestia se le echase encima y probablemente le arrancase la cabeza de un mordisco. —¡Necesitamos plata! —gritó a Lay. Probablemente Josh hubiese esperado que a ese grito, antes de ir a por la plata, Layla hubiese asistido a ayudarlo en primer lugar pero prácticamente salió corriendo de allí. La casa, que en algún momento, según los registros -y seguía preguntandos como -, funcionaba como un hostel, era grande. Estaba dotada de al menos unas cinco habitaciones y el living comedor daba luego a otro cuarto algo más pequeño antes de llegar a la cocina; sin contar que había un segundo piso, pero suponiendo que debían esconder algún cubierto de plata, la joven periodista corrió donde su sentido común le decía. -¡Aguanta, Josh! -gritó con todas sus fuerzas, mientras en medio de un ataque de desesperación que no había sentido en un buen tiempo, revolvía los cajones y alacenas de uno de los muebles principales situados al lado de un piano. Pero no, no parecían tener nada que simulase siquiera la plata y lo único que podría ayudarla en aquel momento, no lo tenía; ni podía hacer funcionar su magia ni usar su daga, porque no la tenía. -Fuck -soltó, y decidió no perder más tiempo allí, tomar un par de cuchillos de cocina y volver a por su esposo. Podían recuperar sus armas luego, pero tenían que salir de allí. Desde donde se encontraba ya podía oír golpes, y gruñidos por ambas partes. Cuando salió pitando de ese lugar y se encontró de frente al pasillo, aquella bestia que supuso era una especie de hombre lobo, intentaba hacerse de Joshiel quien no podía estar al cien por ciento con su muñeca rota y no sabía como estaba haciendo para defenderse de eso, pero no lo pensó dos veces y corrió hasta montarse encima del lomo/espalda del monstruo y clavar los dos cuchillos que había conseguido, en su cuello. El rugido del animal fue menos aterrador y más desgarrador aquella vez. Desde el punto de vista de Joshiel, tirado en el suelo e intentando arrastrarse hacia atrás para alejarse de la criatura aquellos dos cuchillos habían tenido problemas para abrirse camino en el pelaje del animal, como si su piel fuese mucho más doble que la de un lobo corriente. Fue en el momento en que la criatura se deshizo de Layla como si se hubiese sacado una garrapata de encima que él se puso en pie y mientras la bestia se movía inestable, golpeándose ella misma contra las paredes él alcanzó a Lay cubriéndose el corte de las garras en el abdomen y la ayudó a levantarse. —Let’s go, let’s go. La puso por delante de si para que corriese hacia la puerta de la entrada. Dudaba que fuesen a intentar alcanzarles una vez abandonasen la propiedad. Su mujer no dudó un segundo en acatar aquella orden. No era tan idiota como para quedarse a combatir y hacerse la heroína en un caso improvisado; tenía la oportunidad de salir de allí y lo haría, luego podría pensar en que harían al respecto porque estaba claro que no podían dejar ese asunto sin cerrar. Pero por el momento, le pareció bien que su vida y la de Josh valiese mucho más que la de un hombre lobo y su mujer, o lo que sea que fueran. Sólo miró hacia atrás una vez, rogando con todo su ser que no los siguieran, que no apareciese algo de repente como solía pasar en las películas de terror; tomó fuerte a la mano de Joshiel y lo hizo correr con ella hacia la puerta, la cual al principio no parecía ceder a su forecejeo. Pero luego se hizo hacia atrás y le dio una fuerte patada con su zapato al picaporte, logrando abrirla. Tomó una vez más a Josh como si fuera lo más preciado en la vida que tenía - y lo era, además de sus hijos - y una vez pudo poner sus pies fuera de aquel lugar, los desapareció a ambos. Aparecieron en el auto de su esposo, aparcado en la esquina, cada uno en su respectivo asiento. —Arranca, Josh, maldita sea, vayámonos de aquí —lo apuró, más que agitada. Sentía que había corrido la maratón más larga del mundo, aunque en verdad era algo mucho más serio: acababa de correr por su vida— Tenemos que…. tenemos que llegar a casa, y arreglarte y volver —habló rápido, y sólo entonces, cuando pensó que estaban a salvo, se animó a ver hacia atrás. —Son of a bitch. A pesar de las prisas, el cazador no pisó el acelerador hasta comprobar que otro vehículo no se los llevaría por delante. Se intuía como una ironía en su cabeza “Ante todo prudencia al volante”. Insultó en todos los idiomas que conocía; que resultaron ser cuatro. Ingles, frances, ruso e irlandés. Aunque lo más probable era que del cincuenta por ciento de esos idiomas solo conociese insultos. Al doblar la calle y estar lo bastante lejos del peligro, Josh bajó la ventanilla y dejó de hiperventilar para suspirar con un alivio importante. —Eso ha estado jodidamente cerca. ¡Malditos cabrones! —golpeó el volante con ambas manos, hacerlo le arrancó una dolorosa maldición ahora. La jodida muñeca. Bufó entre furioso y agotado—. Pienso volver y exponer sus cabezas en su puto salón. —Para. —le indicó su mujer en medio de toda esa verborragica ira que estaba soltando Joshiel. Tuvo que aferrarse de los costados del asiento para no salir volando por el parabrisas. Joshiel sólo se había fijado que nada iba a chocarlos para acelerar como si recién hubiesen robado un banco. Y Layla, una vez superado su shock gracias al peligro de muerte y los golpes que había recibido, tuvo tiempo para fijarse en el estado de su esposo. Su muñeca rota y no podía simplemente pasar por alto la sangre que en algún momento había comenzado a emanar por su camiseta, a la altura de su estomago. La primera advertencia fue calma, pero al no recibir respuesta por parte de él, tan metido en su sed de venganza por esas criaturas, tuvo que gritar. —¡Para, tenemos que ir a un hospital, Joshiel! ¡Para ya! Ese último grito se refería al auto. —No puedes manejar así, déjame. —le indicó, apurandolo. —Dammit —aquella maldición salió con un tono más irlandés que americano. Consciente de que su mujer tenía razón el cazador fue reduciendo la velocidad hasta detenerse en doble fila en una calle poco transitada. Antes de bajar del coche se dio un momento para respirar. No, no se había calmado. —Malditos bastardos —entonces salió y cerró de un portazo. Mientras rodeaba el vehículo se levantaba la camiseta para ver la profundidad de los arañazos. No era superficial, eso seguro. Aquella perra tenía unas buenas garras. Una vez se intercambiaron los asientos y Lay estuvo al volante, Josh negó varias veces con la mirada al frente. —No vamos a ir a un hospital. Solo necesito hielo y un vendaje. Quizá unos puntos —miró hacia su vientre—, no es como si se me fueran a salir las tripas. Esperó que al reírse Lay acompañase la broma, pero solo encontró una seria mirada en ella. Carraspeó. —A mi me ha hecho gracia. Layla no tuvo que salir del auto para pasar al asiento del piloto, sólo esperó que Joshiel lo dejara para aparecerse y poner en marcha el motor de vuelta. Una vez dentro, lo miró de reojo y alzó una ceja con gran escepticismo hacia sus palabras. Ya se inventaría una buena excusa para que era lo que había sucedido, daría nombres falsos al hospital; aun conservaban tarjetas con falsas identitdades. Pero no iba a dejarlo así. Ésta vez fue ella quien apretó el acelerador y no se anduvo con rodeos, agarró la próxima calle hacia la derecha y se dirigió directo al centro donde estaba el hospital principal. —Sí, estamos yendo a un hospital —dijo segundos después, ante la mirada de incredulidad de Josh— Tienes una maldita muñeca rota que no sé como arreglar y sí, tus tripas pueden salirse y no estoy de humor como para que lo hagan. Lo miró nuevamente, como desafiándolo a que abriese la boca para decir algo contra ello. No es que pudiera hacer demasiado para detenerla en ese estado. Y Layla no iba a ceder; quería la mejor atención para él. -Volveremos -lo tranquilizó, sabiendo que era algo que le preocupaba haber dejado vivos a esos animales, y además, en posesión de sus armas— Hablaremos con Adam. Joshiel asentía al plan de su mujer hasta el momento en que oyó el nombre de su hermano; entonces giró bruscamente la cabeza para mirarla con los ojos abiertos como platos. Tenía que estar de broma. —¿Ese es nuestro plan B? ¿Adam? Si que estamos jodidos —bufó y se relajó en el asiento, tanto como el punzante y constante dolor le permitía. No era insoportable, solamente irritante. Y así estaba. Irritado. Decidió pensar y no eludir más lo que habían visto. No eran hombres lobo, nada en su comportamiento les clasificaba como lycans, ¿Entonces qué eran? Porque no había visto nada semejante jamás; y había visto mucho. —¿Qué crees que eran? —preguntó cuando un semáforo les atascó en el tráfico. —Claro que es nuestro plan B, ¿a quién más llamaríamos sino? A menos de que tengas una mejor idea que tu hermano, por favor, dime —respondió Layla, un tanto ofendida de que dudara de su confianza en las personas. Está bien que en algunos casos hubiera cometido ciertos errores. Pero era Adam. Su hermano, su cuñado, Adam Jones. Podría estar muy mal de la cabeza pero era un buen cazador, ya lo habían visto en el campo. Layla dobló otra curva y esta vez tuvo que detenerse debido a que entraba ya a la parte céntrica, y comenzaban los tan malditos semáforos. Bufó molesta, moviendo sus dedos de a uno contra el volante, comenzando a perder la paciencia. De vez en cuando miraba de reojo a Joshiel, cuidando que no se desangrase o desmayase del dolor o lo que fuera. O tal vez simplemente y sin saberlo, él estaba tan en shock que no sentía nada. —No lo sé, nunca he visto hombres lobo convertirse sin luna llena y mucho menos aun que te drenen hasta morir, ¿acaso no comen sólo corazones o intentan convertirte o simplemente buscan arrancarte toda la carne que tengas? Dijo todo aquello tan rápido que necesitó respirar a lo último porque se había quedado sin aire en los pulmones y antes de que Joshiel pudiera decir algo al respecto, aceleró de tal manera que casi salían ambos disparados por delante. —Fuck, Lay —se quejó al resentírsele la herida por el acelerón— Relájate, no estoy teniendo un infarto —bromeó. Aunque si empezaba a estar mareado. No tenía claro si por la sangre que seguía perdiendo o si era el modo de conducir de su mujer, como si estuviesen en una de esas carreras urbanas. —No lo sé, desde que apareció el S4 he escuchado relatos sobre cacerías imposibles. La ciencia y lo sobrenatural nunca deberían cruzarse, me sorprende decirlo pero Dios hizo al demonio y al ser humano como los hizo por una razón, cambiar eso es jugar con fuego. Y jugar con el ADN de las personas —chascó la lengua—. Solo piensa en Jess, era humana una noche y a la mañana siguiente podía regenerarse como un lagarto. —¿Piensas que estas cosas están modificadas genéticamente? ¿Y cómo llegaron aquí? —preguntó Lay, un tanto confusa al respecto pues no entendía como era que los soltarían así como así entre la comunidad. Bueno, ella no lo haría pero el S4 y sus maneras eran algo totalmente diferente y probablemente, definitivamente, no pensaban como ella. Miró a Josh de nuevo al caer en la cuenta de su pedido y lo observó alarmada, como si de repente hubiera sido ella la que tenía la culpa de que hubiera recibido todas esas heridas. Anque en parte, lo era. No debería haber sido tan estúpido como para ir a ver aquello por su propia cuenta. Estaba fuera de forma. —Lo siento, lo siento —se disculpó y disminuyó algo la velocidad, metiéndose en una de las avenidas principales. Sólo cinco cuadras más.
X
La llegada fue por emergencias y una buena actuación de mujer desesperada por parte de Layla. Hizo lo imposible para gritar y patalear y llorar, murmurando acerca de unos jardineros con un rastrillo -para explicar las heridas de Joshiel-, y un robo en su casa que no estaba donde realmente vivía, y su nombre jamás fue Layla Lake ni el de Josh como era. Ahora eran Laura Jones y Matthew White, los nombres más comunes que alguien podía llegar a tener pero también aquellos que tenían grabados en cada una de sus tarjetas falsas. Por suerte, la atención fue rápida en unos cuantos minutos, Josh ya había sido atendido y ahora yacía en una camilla para descansar mientras Layla intentaba llamar a su cuñado. —El maldito no atiende —murmuró, quitando el móvil de su oído para verlo con el ceño fruncido, como buscando otra manera de llamarlo que no fuera por la habitual— ¿Dónde demonios estará? A excepción de los cardenales que a esas alturas ya estaban tiñéndole la mejilla de un color más apagado y el yeso de su mano izquierda, nadie diría que Joshiel había llegado al hospital cantando una canción sobre un jilguero en su cabeza debido a los efectos por la pérdida de sangre. Ahora estaba comiéndose la segunda gelatina de fresa. Al oír el tono de fastidio de su mujer la miró y se encogió de hombros. —Probablemente sirviendo en el bar. Él se había quedado a cargo. Vuelve a intentarlo, en algún momento te oirá. Cuando te conteste dile que hay armas en el cuartito que hay al final del pasillo de la segunda planta, junto al baño. Que meta en una bolsa todo lo que pueda; y plata. Sobretodo plata —se metió otra cucharada en la boca. Era la última. Su ceño se frunció en decepción. La joven periodista tuvo que dejar su móvil un momento de lado, cerrando los ojos unos instantes y volviendo a fijarlos en su esposo con una especie de mirada que estaba entre la amenaza y esas inusitadas ganas de quitarle la gelatina de entre sus manos. Parecía que sólo le importaba eso en aquel instante, o tal vez eran las drogas que habían utilizado para que no sintiera tanto dolor, no lo sabía; pero ella se desesperaba muy fácil, y la histeria comenzaba a crecer en su mente. —¿Podrías ponerte algo más serio y dejar la gelatina para después? Josh, necesitamos volver ahí a por nuestras cosas y eliminar esas… lo que sean —le recordó, señalando con un brazo hacia afuera, refiriéndose a la casa donde habían estado antes. Se paró de la silla donde estaba sentada y comenzó a caminar de un lado a otro, pensando. —Y, ¿tú crees que la plata funcionará si son experimentos del S4? Y, ¿cómo demonios irás tú si estás…? —lo señaló a él ahora. Ni siquiera tenía palabras para aquello. Estaba comiendo una maldita gelatina. —Yo estoy perfectamente —encogiéndose de hombros una vez más, Joshiel sonrió como solo un niño lo haría. Definitivamente le habían dado demasiada morfina; o el sedante que fuese. Todos derivaban de la morfina—. Un poco manco, un poco sedado… Pero la actitud hará el trabajo por mi. No pienso perderme éste momento. La venganza será mía —agravó su voz para sonar mucho más dramático. Miró hacia el filo de la cama, su teléfono estaba allí y empezó a vibrar para segundos después empezar a oírse “Highway to hell” de ACDC. Se chupó los dedos de la mano que no tenía enyesada, lo cogió y contestó—. Que sea la última vez que mi mujer te llama y no contestas, ni que fueras el maldito presidente del país y tuvieses una agenda apretada. Flashnews, estamos en el hospital, es una larga historia pero nos surgió un caso accidentalmente, necesitamos que traigas armas y nos eches una mano. Si, claro, te la paso —le tendió el teléfono a Lay. Frunció el ceño, se arrepintió y volvió a llevárselo a la oreja— ¿Por qué prefieres hablar con ella? Layla soltó un par de maldiciones por lo bajo mientras Joshiel le hablaba porque definitivamente no estaba del todo “bien”, mucho menos apto para ir a luchar contra esas cosas que casi los devoraban a ambos, y cuando oyó que Adam quería hablar con ella, no tardó en acercarse para quitarle el teléfono de las manos a su esposo. Mejor que alguien que pudiera pensar objetivamente se encargase de ello. —¿Adam? Soy yo, háblame. Tu hermano está pasando por una fase de “amo-la-gelatina” ahora mismo, no creo que pueda entender demasiado —le explicó, mientras comenzaba a moverse de un lado a otro, esperando la voz del otro lado. Miró a Josh de reojo mientras tanto, con el ceño fruncido. Mejor que descansara antes de salir corriendo de allí. En el Tales&Spirits Adm Jones estaba cómodamente sentado en una de las mesas para los clientes. Todos estaban servidos y no había nada sucio en la fregadera, así que decidió echarse allí a fumar y despejar la mente un rato. —It’s okay, todos tenemos una perdición por la gelatina secretamente —se rascó la nariz y luego se miró el dedo como si esperase ver un ¿pelo, quizá?— ¿Me explicas como se encuentra uno accidentalmente con un caso? Mejor olvídalo, cerraré aquí y os recogeré en el hospital en cuarenta y cinco minutos. Por cierto, Sheiko está aquí. Llegó hará cosa de quince minutos —giró la cabeza para ver al lobo sentado a su lado, acariciándole tras las orejas—. Lo digo porque Josh se lo llevó cuando se marchó y ha regresado solo. -Josh, Sheiko está en el bar —advirtió Lay un momento que se alejó el móvil de su oído para verlo también, bastante concentrando en que no le quedaba mucha más gelatina de la que ya había comido. Rodó los ojos y volvió con Adam— No es como si fuéramos a movernos de aquí, te esperamos. Se despidió y colgó la llamada, volviendo a dejar el teléfono sobre una de las mesitas del hospital mientras volvía a sentarse al lado de Joshiel, esta vez en la camilla. Suspiró con fuerza y se echó hacia atrás, cerrando sus ojos. Le habían puesto un par de vendas a ella también, en sus muñecas y cerrado los cortes en su rostro. Pero nada más grave, el peor de los dos era Josh. —Lamento que hayas tenido que pasar por eso —dijo tras unos breves segundos en que se lo pensó bastante—. Tendría que haber seguido a casa. Los movimientos del cazador fueron ralentizándose hasta dejar de jugar con el vaso de la gelatina. Miró a los ojos de Layla. —Hiciste lo que tu instinto te dijo. Fue estúpido, de la misma forma que fue estúpido ir a por ti sin un plan ni refuerzos. Pero estamos bien —ladeó una sonrisa y llevó la mano derecha sobre la izquierda de su mujer—. Acabaremos esto y lo olvidaremos. Además, no lo niegues, echabas de menos un poco de acción y adrenalina —amplió la sonrisa— Sé que en el fondo eres una chica de acción. Nuestra cama puede corroborar esa afirmación —bromeó. La cacería marcaba a la gente, sabía que no era él la excepción. La razón por la que Layla fue a echar un vistazo personalmente a ese caso fue un instinto primario, respondió a una llamada que iba más allá del tiempo. El saber que podía hacer algo por evitar más muertes. Hacer oídos sordos y ojos ciegos nunca era fácil, y mucho menos para ellos que, aunque estuviesen fuera, la verdad seguía envolviéndoles a diario. Ella en el periódico para el que trabajaba, a él en la taberna. —Sí, bueno, supongo que ambos somos unos estúpidos sin remedio y estamos muy fuera de forma, lo cual no me hace sentir bien exactamente —pensó Lay en voz alta y abrió los ojos entonces para fijarlos primero en sus manos unidas, y luego en los ojos verdes de Josh. Siempre podía confiar en él para que, aunque drogado como lo estaba en ese momento, le hiciera ver las cosas en claro. Estrujó su mano un poco más con la suya y se acomodó de costado en la camilla para entrar mejor allí, recostando su cabeza sobre la almohada. Al menos necesitaban esos minutos de descanso, hasta que Adam llegase. —Y creo que no te he agradecido por venir a salvarme —murmuró, dejando un suave beso en su mejilla luego. Se mantuvo allí, sin moverse. La verdad era que por unos minutos se había asustado por esos malditos arañazos. Pero ni había cambios “lobeznos” en Josh, ni se estaba muriendo en ese mismo momento. —No, no me lo habías agradecido —sonrió moviéndose para dejarle un poco más de sitio— Está bien, estabas ocupada intentando que no te despedazaran.
X
Jones se encendió el cigarrillo y se dejó acariciar por la fresca brisa de verano. Fresca y “verano” no solían ir en la misma frase cuando se trataba de Nueva Orleans, pero aquella noche hacía un tiempo espléndido. Él estaba apoyado contra la carrocería de su viejo mustang mientras que Josh y Lay echaban un vistazo a las armas que había traído sobre el capó del chevrolet de su hermano mayor. —Así que eran hombres lobo pero… No eran hombres lobo a la vez. Josh alzó la vista, en seguida volvió a comprobar si aquél machete estaba lo suficientemente afilado. —Físicamente lo parecían, pero su dieta habla de otra criatura. Tengo la ligera sospecha de que podría tratarse de alguna creación del S4. Después de todo por lo que sabemos no han detenido los experimentos, malditos nazis. Jones se rascó la sien. Tal vez. Aunque hacía tiempo que no oía de mutaciones sobrenaturales. El tema de un virus letal había ocupado todas las portadas de las noticias en la comunidad de cazadores. —¿Y cual es el plan? ¿Entramos a hurtadillas y les hacemos papilla? —Estarán esperándonos —contestó el mayor de los hermanos— Necesitaremos algún factor sorpresa, quizá un cebo —alzó la mirada hacia Adam. —Ya, pues buena suerte encontrando uno —dio una calada. No miraba a Josh, pero notaba que él si estaba mirándole, y fijamente. Entornó los ojos hacia su hermano y esbozó una mueca de horror— Hell no! Layla tomó una de los revolveres con balas de plata y se guardó una daga dentro de su bota por si las dudas mientras escuchaba a los hermanos debatir sobre el tema del momento: ¿qué eran esas cosas? No le importaba demasiado más que para clasificarlas y saber como matarlas. Pero a menos de que sus cabezas volvieran a crecer, con eso bastaría. Claro, el problema yacía en llegar hasta aquella instancia de tener la oportunidad de hacer el corte limpio y ¡zas! Una vez tuvo todo arreglado, se apareció entre los dos, sonriendo. Dejó una mano sobre uno de los hombros de su esposo, como apoyándose en éste mientras veía a Jones. -Yo iré. Intentaré ver hasta que punto fuera de la casa puedo hacer magia. Si hago una llamarada, digamos que… -se dio media vuelta para ver tras ella, a la vieja casa que pertenecía a esa extraña pareja que se convertía en lobos cuando podían y señaló una de las ventanas en los costados- …por allí, lo suficientemente grande como para que la vean e intenten ver que demonios pasa, pueden entrar por detrás. También puedo hacer ruido y romper un vidrio -se encogió de hombros, como si nada. Y esperó la respuesta. Sabía que de Joshiel no vendría nada positivo, pero tenían que tener en cuenta que era de sus únicas posibilidades para hacer una entrada y salida rápida de allí. —Well, no me refería a esa clase de cebo —comentó Josh mientras guardaba el machete en el fuero de su chaqueta. Agradecía que Adam le hubiese traído una de las viejas, siempre estaban preparadas para esconder cosas afiladas—. Pueden ser bestias pero probablemente no sean estúpidos, sabrán que somos nosotros. Hay que hacerles creer que han vencido, darles lo que quieren. Adam bufó mientras observaba el cigarrillo, aquella marca era nueva y no acababa de convencerle. —¿Cuales son las posibilidades de que me deje atrapar y no me descuarticen antes de que vosotros hagáis vuestra entrada estelar? Me hiere que puedas sacrificarme con tanta facilidad —se llevó una mano al pecho—. Heartbroken. —Estás en mejor forma que nosotros, creo que podrás arreglártelas —Joshiel sonrió y se acercó a Lay para tenderle un cuchillo ceremonial de plata—. Estamos a ciegas en esto, si la plata no funciona nuestra única alternativa será ir a lo seguro. Jones gesticuló con un dedo rozando su cuello, actuando una decapitación. Josh no se ganó una de las mejores miradas por parte de su esposa, al desestimarla totalmente de ayudar en atrapar a esas criaturas. La había pasado totalmente por alto, sin siquiera considerarla. Tomó el cuchillo con cierta brusquedad y sin decir nada a su esposo, Lay se enfocó esta vez en Adam. —Ve —le dijo, tras soltar un fuerte suspiro— Cinco minutos y estamos adentro. No puedes hacer magia allí o lo que sea, está bloqueado. Si necesitas ayuda, ya sabes… Muchos apuros, grita que te gustan los pastelitos. No era el mejor plan, entrar a suicidarse, pero tampoco había demasiado más que hacer. Si llegaban a encontrar algún indicio de que esos hombres lobo no tan lobos ni tan hombres eran experimentos del S4, tendrían que avisar a Nicole Williams, probablemente. En algún lugar tendría que quedar asentado. Tras hablar con Jones, ésta vez Layla se tornó hacia Joshiel, como si de repente fuese ella la que estaba al mando de esa “cacería furtiva”. —Tú, detrás mío —fue lo único que le dijo. Porque si además pretendía enfrentarse a esas cosas con una muñeca partida, que ni lo soñara. El cazador levantó los brazos. —Está bien. No voy a ocultar que me gusta cuando te pones mandona. Pero no vuelvas a mirarme así —relajó los hombros y su expresión no era de enfado, era de algo diferente— Puede que yo esté herido, pero no voy a arriesgarme a perderte. Quizá sea egoísta, a estas alturas no me importa. Acabaremos esto y no voy a perderte en el proceso —hizo una pausa apoyándose nuevamente en la carrocería de su coche—. Esperemos a la señal de Adam. El joven Jones había entrado por la puerta trasera, la que daba a la cocina. Su ceño estaba fruncido debido a un fuerte olor que catalogaba como desagradable. Demasiado tiempo en la cacería para no identificar el fuerte aroma a vísceras. —Home sour home —susurró con el arma al frente, avanzando semiagachado—. Kitties kitties? —llamó alzando la voz cuando cruzó la cocina, asomándose al corto pasillo que le llevaría al salón, la zona céntrica de la casa-hostal. Demasiado silencio. Al menos estaba seguro de que estaba desarrollando el papel de cebo a la perfección. —Come on —su tono era cantarín ahora—. Jacob? Jacob’s mom? I just have have some quality tea time with you.. Unos fuertes pasos llevaron a Adam a alzar la mirada. Había un hombre en lo alto de las escaleras, en el replano de la esquina de las mismas. Tenía la mano en la barandilla y su ropa parecía tener más valor que todo el armario del cazador. —Cazadores —el de pelo oscuro sonrió—. Siempre metiendo las narices dónde no os incumbe. Adam apuntó hacia él y enarcó una ceja. —Un licántropo-lagarto que viste de Armani. Ahora si que lo he visto todo. El hombre rió espontáneamente. —Yo no soy como mis clientes. ¿Como funciona? Tus amigos salen vivos por los pelos y te envían a ti como… ¿Qué? ¿Un plan mejor? —Ya me gustaría —susurró Jones. Por el rabillo del ojo vio que dos hombres más se acercaban por su izquierda— ¿Vais a invitarme a té? —Sacad a nuestros activos de aquí —el que parecía el jefe se dirigió a los otros dos hombres—. Yo me ocupo del cazador. La cazadora, fuera junto a su marido se apoyó sobre la carrocería a su lado también, casi haciendo una mueca con sus labios a causa de la molestia que le había generado que Josh pasara por encima su ofrecimiento a hacer lo que ahora estaba haciendo su cuñado. Sabía que intentaba cuidarla, que su enojo no tenía sentido alguno al fin y al cabo, ella probablemente habría reaccionado de la misma forma. —Sabes muy bien que sé lo que hago, el terminar aquí fue sólo un descuido —se defendió Layla, cruzándose de brazos mientras observaba la casa en búsqueda de alguna especie de señal que les indicara que estaba sucediendo allí dentro. Desvió la mirada hacia Josh un momento, mirándolo de arriba a abajo. Tal vez era el pensamiento de haber hecho mal las cosas desde meterse ahí dentro sin el más mínimo apoyo o plan de salida; eso hablaba de lo oxidada que estaba ya para esas cosas. La vida rutinaria la había consumido, en parte. Volvió a suspirar tras pasados cerca de unos tres minutos, comenzando a jugar con el cuchillo que Josh le había dado. —¿Deberíamos entrar? —preguntó, observando ahora a su alrededor, asegurándose de que nadie salía de sus casas por esa hora a hacer lo que fuere. No era una visión normal dos personas deambulando llevando armas. —Probablemente. Algo iba mal. Por lo poco que había visto de esas criaturas eran impulsivas y no premeditadas. Debería oírse algo, lo que fuere, ya deberían haberse echado encima de su hermano. Ya deberían tener la dichosa señal. Dentro, Adam observaba como aquellos dos hombres se reunían con otro y una mujer en el umbral del living. Su ceño no podría tener más arrugas. —Cuidamos a nuestras inversiones —el de lo alto de las escaleras empezó a bajar con parsimonia, tenía la actitud propia de alguien que sabe tenerlo todo bajo control, alguien a quién estar frente a un muchacho armado no parecía intimidarle en absoluto— Es lo mínimo que podemos hacer por ellos después de tan generosa donación a la ciencia. —You know, suenas como un completo chiflado para mi —volviendo la vista al mafioso del día, Adam ladeó una sonrisa— Yo que tu no daría otro paso, no es de juguete ¿Sabes? —No vas a disparar —con la misma actitud de suficiencia, y ya pisando el mismo suelo que Jones, el hombre se guardó las manos en los bolsillos— Es una lástima, eres muy joven. ¿Cuantos años tienes? El cazador alzó una ceja y soltó una risotada. —¿Disculpa? No suelo matar gente sin razón pero tengo un mal día y tu me caes peor que un plato de verduras, así que.. —alzó más la pistola para asegurarse un certero disparo entre ceja y ceja de quién fuese aquél hombre de traje. Pero no disparó. La sensación que le embriagó fue gélida, como si de repente hubiese descendido la temperatura en su cuerpo. Pronto ese extraño dolor se incrementó, no encontraba fuerza en sus manos, el arma se resbaló como si pesase más que el plomo para él y mientras su piel iba perdiendo color cayó sobre sus rodillas. Apretó los dientes e intentó ver al hombre, no sonreía, tenía una expresión tan vacía que le helaba la sangre. Quizá era exactamente lo que estaba sucediendo. —Fucking.. freaks —acabó cayendo de espaldas y buscó una bocanada de aire que no encontró. —See, experimentar con ajenos es interesante, pero al final acabas queriendo probar una dosis. No te preocupes chico, no tardará. Adam sabía a lo que se refería, y por encima de sus pelotas que iba a morir allí. Por el rabillo del ojo vio que el desconocido sacaba su teléfono y le daba la espalda, empezando una conversación en un idioma que identificaba como ¿Ruso, tal vez? Él hizo un indescriptible esfuerzo por sacar su propio móvil, marcando el número de su hermano, y aunque sabía que la llamada se estaba realizando no pudo llevárselo a la oreja para decir nada. Serviría como señal. Joshiel sintió la vibración, buscó en su chaqueta aunque su vista estaba fija en las cuatro figuras que salían de la casa. Eran ellos, no olvidaría aquellos rostros. O al menos dos, no reconocía a las otros dos. Se metían en un flamante bmw negro. —Dammit —Adam no se comunicaba— Vamos —desenfundó su arma y cruzó la calle rápidamente hacia la casa nada más el otro vehículo arrancó. Pero Layla se detuvo un par de momentos más antes de arrancar con su esposo, sacando su celular para tomar fotografías del auto y un par de los hombres que entraron en ellos. Después chequearía que tan borrosas salieron, pero de no ser así, aun tenía en mente enviárselas a Nik. Tenían que tener esas cosas registradas; ¿humanos experimentando con criaturas sobrenaturales? Alguien debía controlar eso. Apenas pudo guardar su móvil y salir corriendo tras su esposo, tomando la delantera con el cuchillo en una mano y la izquierda sobre su revolver escondiendo en su pantalón. No iba a dejar que entrara primero y lo había dejado en claro anteriormente. Ambos se apegaron a las paredes del hostel, Josh a un lado de una ventana y Lay al otro lado, y le hizo una seña a su esposo de que comenzaría a abrirla para poder entrar. ¿Querían elemento sorpresa? Allí estaba. Tan pronto Stevens asintió, la ahora devenida en periodista se agachó debajo del marco de la ventana para con una navaja, comenzar a violentarla. Sonrió con cierta satisfacción cuando escuchó el “click” que indicaba que estaba abierta y rápidamente alzó con los brazos el marco para meterse luego. Sacó la cabeza por aquel hueco, indicándole a Joshiel que se apurara y metiese con ella. Y mientras él lo intentaba, desvió la mirada por el pasillo ya lamentablemente conocido, en dirección hacia donde se encontraba la escalera. Oía voces. Y no en un idioma que llegara a reconocer. Y las voces dejaron de oírse durante determinados instantes. El entrajado había colgado el teléfono y se acercaba al muchacho que se retorcía en el suelo mientras lo guardaba en el bolsillo de la americana. —¿Tenías que ser un chico malo hasta el final, verdad? —con un chasquido de la lengua se agazapó junto a Adam, recogiendo el teléfono que estaba en el suelo. Con tranquilidad miró en el registro de últimas llamadas. “Bro”— Es ciertamente conmovedor que llames a tu hermanito mayor para que venga a salvarte. Entre tu y yo chico ¿A qué viene ese estilo Kurt Cobain? ¿Algún trauma de la infancia, quizá? —cualquiera se preguntaría como un hombre podía permanecer tan impasible mientras otro agonizaba. La nariz de Adam sangraba, también sus oídos la sangre salía a borbotones de su boca— No es necesario que contestes, me gusta hablar mientras trabajo. De lo contrario sería muy monótono. Ahora mismo todas las células de tu cuerpo están apagándose, empieza por los órganos vitales, la buena noticia es que la muerte no es tan lenta como para poder asimilar todo el dolor. —Apártate de él —Joshiel apuntaba al sujeto al dirigirse a él en un tono autoritario y amenazante. Layla estaba a su lado, también con la guardia en alto. De reojo observó a su hermano— Detén lo que sea que estés haciendo. —Vaya. Parece que si van a venir a salvarte después de todo —arreglándose los pliegues de la chaqueta el hombre se incorporó y les hizo frente. La ex cazadora miró de reojo a su esposo unos segundos, luego a Adam y de finalmente al tipo que le llevaba cerca de dos cabezas que tenía en frente y se paseaba como si nada alrededor del cuerpo de su cuñado. El razonamiento la invadió a velocidad luz, y lo sentía por si les servía para un interrogatorio, pero el maldito estaba matando a Jones de alguna manera y no entendía como. No sabía por qué demonios si quiera Joshiel se paraba a hacer una charla allí mismo. Lay no lo pensó dos veces, no podía. Entre el bien mundial y su familia, siempre elegiría su familia y sabía que era un defecto, y sabía que estaba mal pero no podía evitarlo. A veces no le daba demasiada vuelta a esos asuntos. En medio de toda la cháchara, el sonido del cañón del revolver disparándose se oyó como eco en toda la casa y la bala que salía de aquella 9mm que Layla Lake poseía pasó de lo más cómoda por entre medio de las cejas de aquel tipo tan elegante, que pretendía fanfarronear de lo que estaba haciendo con el hermano de Josh. Una especie de chorro de sangre salió disparado por detrás de la cabeza de aquel hombre que no tardó en caer de rodillas al suelo y finalmente, desplomarse en éste. Le había volado la tapa de los sesos, y ni siquiera pestañeado al hacerlo. El único capaz de reaccionar a aquello, Joshiel, mantenía aún el arma en alto apuntando a ¿Qué? ¿Qué diablos…? Miró su mujer entornando lentamente los ojos hacia ella. Aquello había sido inesperado. No había demasiado que decir, sin embargo, probablemente había hecho lo que él debió hacer antes de pedirlo “amablemente”. Los años lejos de la ruta le habían vuelto blando. Guardó la pistola mientras se acercaba a zancadas hacia Adam, agachándose con él. No tenía buen aspecto. —Hey little brother —le tomó el rostro con ambas manos y le semincorporó— Dime algo para que toda esa sangre en tu cara no sea peor de lo que creo. Tal vez el hecho de que el culpable de su agonía hubiese muerto había detenido el ataque, Adam no podría decir que se sentía mejor pero al menos era consciente de que no estaba empeorando. El proceso de destrucción celular se había detenido. —Fuck you —gruñó con la voz entre ronca y acongojada. Levantaba la mano intentando darle una merecida bofetada a su hermano. —That’s my boy —la sonrisa de Josh fue de alivio. Había estado cerca— Vamos —se levantó e intentó levantar a Adam con él, en seguida notó que debía sostenerle por lo que se pasó un brazo de Jones por sobre los hombros—. Creo que lo del factor sorpresa no ha salido tan bien —sus ojos fueron hacia el cadáver a sus pies. La sangre seguía brotando de su frente. ¿Quién diablos era? Porque no le habían tenido en cuenta en la ecuación ¿Como pudieron haberlo sabido? —Whore —Adam estiró la pierna tanto pudo para darle una patada al muerto. La esposa de Stevens se acercó rápidamente al cuerpo, sin decir nada tras la mirada recibida por Josh. Sabía muy bien que nadie se había esperado eso de ella, pero no podría vivir si no lo intentaba, si no cortaba aquella amenaza de raíz, quien sea que fuera ya no molestaría; aunque estaba más que segura que sus compañeros se enterarían del pequeño percance y volverían para cobrar venganza o lo harían cuando tuviesen la oportunidad. Con todo aquello en mente, sacó su móvil - uno nuevo que había logrado tener gracias a Adam, en su visita al hospital - para tomar más fotos de aquel cádaver, moviéndolo con un pie para que su rostro se viera mejor. Lay no tenía en cuenta la frialdad con la que se estaba moviendo, tan atipica de ella. Pero a esas alturas, era lo que hacía por la familia. Y tras tomar esas imágenes rápidas, volvió hacia Adam y Josh, a ayudar a llevar a éste primero. —Si logramos salirnos del radio de esta casa, creo que puedo arreglarte, Jones —dijo, sonriendo de lado mientras soportaba el peso del joven sobre sus hombros y miraba a Josh por encima de ellos. Entendería su mirada como que luego hablarían.
X. A WHOLE NEW SITUATION
New Orleans News Agency; New Orleans.
La única razón por la que Jennifer no se mordía las uñas era su última manicura. Se había puesto una capa de gel para reforzarlas. Pero quería. Y como no podía se toqueteaba los dedos en un tic nervioso. Miró el reloj. La periodista Lake siempre llegaba unos minutos antes de la hora, era generalmente puntual, pero pareciese mentira que aquella mañana, precisamente aquella mañana tuviese que ser la excepción. Sonó el teléfono. —Agencia de Noticias de Nueva Orleans, sector local ¿En qué puedo ayudarle? —oía, pero su atención estaba puesta en las puertas de los tres ascensores— Claro ¿De parte de quién? Le pasaré el mensaje, no… Lo lamento, está reunido en este momento. Por supuesto, que tenga un buen día. Allí estaba. Las puertas se abrieron y Layla Lake avanzaba hacia allí. Aún no sabía cómo iba a decírselo. —Señorita —se incorporó tras su mesa— Bue. Buenos días, hay una.. Hay una agente de seguridad nacional, quería verla, le dije que aún no había llegado y yo.. Yo insistí en que no podía entrar en su despacho pero.. Dijo que era un asunto, bueno, nacional y.. ¿Debería avisar a dirección? Sólo unos pocos minutos más tarde es lo que había llegado Layla al lugar. Desde que había tenido aquel accidente de tránsito de la mismisima nada, ahora prestaba más atención de lo normal en la calle y a las señalizaciones. No se dejaba desconcentrar del camino y ya no aceleraba tanto como solía hacerlo antes; si quedaba atascada en medio de un embotellamiento, no tomaba decisiones drásticas que podrían causar más de un rasguño a su camioneta. Y además, bueno, se había detenido a por un refresco porque el maldito calor no dejaba de sofocarlos. Cuando llegó al piso Nº 7 en el que se encontraba parte de la planta de la agencia para la que trabajaba, ni si quiera fue capaz de tomar un maldito respiro. La recepcionista invadió su espacio personal de inmediato y parecía desesperada por contarle algo importante. Pero cuando supo que era, Lay frunció el ceño y pidió con las manos que se calmase. —Está bien, Jen. No te pongas así - la calmó con amabilidad y cierta incredulidad por verla tan nerviosa— Probablemente sea la fuente para algún artículo de policiales, no te preocupes. No pasa nada. ¿Dices que se encuentra ya dentro? Muchas gracias por vigilarla. Lay le dedicó una calmada sonrisa a Jennifer y siguió de camino a su despacho. No era un lugar muy amplio, sólo lo suficientemente privado como para poder escribir y editar las noticias que le enviaban sin interrupciones. Cuando abrió la puerta, se metió en éste sin siquiera mirar demasiado a la joven rubia que se encontraba sentada en una de las sillas, ni siquiera lucía ropa formal o algún uniforme, lo cual la extrañó. —¿Hola? Soy Layla —se presentó, mientras dejaba sus pertenencias sobre un mueble— Jennifer me ha dicho que viene de seguridad nacional, ¿es por algún artículo en especial? No había ningún artículo en especial porque la muchacha sentada en una de las dos sillas frente al escritorio de la joven Lake no era de seguridad nacional. Sonrió. Había estado tensa en todo momento, no había podido decidir qué clase de emociones la envolverían al volver a ver cara a cara a su cuñada, había supuesto muchas sin embargo. Miedo, arrepentimiento, vergüenza. Alegría, no obstante, no estuvo en el repertorio. Sintió alegría; una que de todas formas disimuló. —Creo que de ser yo periodista y tener a una agente de seguridad nacional en mi despacho, lo primero que le diría sería “Un poco tarde ¿No cree?”. La prensa siempre va un paso por delante ¿Me equivoco? No dijo nada más hasta que su mirada se cruzó con la de Layla. —Hola, Lay. Mientras la joven periodista terminaba de preparar un café de la cafetera que tenía encima de aquel mueble de cajones repletos de papeles, escuchó aquellas palabras tan particulares saliendo de la boca de la rubia. ¿Cómo que no era agente de seguridad…? Frunció el ceño y se dio la vuelta con una taza en la mano para escudriñarla con la mirada y se quedó helada en aquel mismo lugar. Se le pasó por la cabeza unos segundos que si no era nadie de seguridad y había fingido eso, podría llegar a estar sufriendo un chantaje o tal vez alguna especie de pedido, una solicitada que saliera en la agencia o alguna denuncia. Pero supo al segundo que sus ojos azules se clavaron en el rostro de aquella muchacha que no iba a ser nada de ello. Su primera reacción, fue dar un paso hacia atrás, sintiendo como su cuerpo entero comenzó a temblar. Sabía quien era. La tenía presente en su mente como si alguna vez la hubiese visto en carne y hueso, sólo que no. Jamás. Sólo en sus sueños; la Elisabeth Stevens que Layla Lake recordaba, su cuñada, era algo más… ¿Cómo decirlo? No tenía ese porte que la hacía lucir tan cercana a los 20 más que los 30. Y no podía ser, definitivamente. Estaba muerta, y comenzaba a creer que su problema psiquiátrico empezaba a jugarle malas pasadas. —Vete de aquí, no eres real —se repitió como una especie de mantra, una y otra vez mientras cerraba los ojos y esperaba unos segundos para volver a abrirlos, rezando porque aquella visión se hubiese ido. El informante de Thea no se había equivocado; recordaba. De no hacerlo, no estaría comportándose como si estuviese viendo a aquél fantasma por primera vez. Aún así, Elisabeth no tenía tan claro si eso era bueno, o era malo. —Sabes que no estás alucinando —dijo levantándose, colocando religiosamente la silla como estaba antes de que llegase ella. Enfrentó a la joven ex cazadora y ahora periodista cruzándose de brazos, manteniendo aún una distancia— Aunque supongo que debe ser más sencillo pensar que no soy real que intentar entender como puedo serlo —apartó la mirada de ella para agacharla unos instantes, ladeando una sonrisa antes de volver a verla— Te veo bien. Y no te has engordado para tener un trabajo tan sedentario. Debe de ser algo genético. El ceño de Layla se frunció aun más al escuchar lo último e hizo un ruido con la boca, como si sofocara un sollozo. ¿Por qué esa mierda de visión la seguía a todas partes, y encima ahora, le hablaba? Cerró los ojos con más fuerza y se dio media vuelta para darle la espalda, contando de 90 hacia atrás, pero no pudo evitar la orden de nuevo. —Vete, deja de hablarme, maldita sea. No puedes ser real —siseó y volvió a rodar sobre sus pies, animandose de una vez a abrir los ojos y enfrentarse a aquella alucinación de Lizzie. Layla sentía miedo, y no sabía por qué. Si esa cosa no llegaba a ser una alucinación, entonces… Sin pensarlo dos veces, sacó de debajo de su bota la daga que siempre llevaba con ella, amenazando a la joven. No dijo nada, sólo se la mostró. Pero la mirada de Elisabeth no abandonó la de Layla, sabía que había un cuchillo, pero no se molestó en darle excesiva importancia. No la atacaría. —Eso no es necesario —intentó tranquilizarla. Su ceño se frunció ligeramente— Además, de ser una alucinación ¿Crees que eso te ayudaría? —decidió entonces dar un paso hacia ella. Cabía la posibilidad de que estuviese inestable, sabía de su enfermedad, pero que hubiese desaparecido de sus vidas no significaba que hubiese desconectado de ellos. Siempre tenía ojos y oídos en su familia. Lay estaba bien. —Vamos —estiró la mano para dejarla suavemente sobre la de ella, la que sostenía el arma blanca— Baja eso. Pero Layla fue más rápida y cuando la tomó de la mano, con la otra la aferró de la muñeca y en un rápido movimiento estuvo tras Elisabeth, sosteniendola con fuerza desde el cuello y amenazandola con el cuchillo contra su piel. Y sus ojos se cerraban de nuevo, porque lo que estaba tocando era pura carne, puro hueso, no se desvanecía por más de que siguiera ordenando que lo hiciese. Su cuerpo entero seguía temblando y en algún punto de todo aquello, había comenzado a sudar. No quería hacerle daño a Lizzie aunque una de sus voces, la más sádica de todas seguía inspirandola a hacerlo. De alguna manera u otra, Ada se había aparecido frente a ellas y se reposaba de lo más tranquila y cruzada de brazos contra una pared, mascando chicle mientras observaba. “¿Vas a dejar que sigan jodiendo tu cabeza?”, le decía, alzando una ceja sobre la otra. No había tenido de esos episodios hacía tiempo, los controlaba con el litio, pero podía llegar a ser que a causa del estrés, ni eso mismo pudiese controlarlo. —¡Cállense, maldita sea! —espetó entre dientes Lay, y terminó empujando a Lizzie lejos de ella, alejándose hasta quedar detrás de su escritorio, aun con el cuchillo en una de sus manos, apuntando a su cuñada— Llamaré a Joshiel —amenazó, mientras con la mirada buscaba a Ada, que parecía haber desaparecido. —No puedes hacer eso —aún acariciándose el cuello pero sin mostrar temor alguno hacia su cuñada, Lizzie negó con la cabeza— Pondrías en peligro mi identidad. Mira, Lay. Ni si quiera tienes que hablar conmigo en un contexto personal, sé que no lo merezco. Pero hay asuntos de los que debo ocuparme y aunque tu secretaria parezca una ingenua, no tardará en llamar al departamento de estado para comprobar si la mujer que está corrompiendo la calma de su jefa indirecta es o no es una agente de seguridad nacional. No tengo tiempo. Así que baja ese cuchillo, respira hondo y créelo. No estaríamos teniendo esta conversación si no supieses quién soy —se acercó al perchero para recoger el bolso de la cazadora y se lo tendió— Tendremos que hablar en otra parte. La joven periodista cerró los ojos al escuchar decir todas esas palabras a Elisabeth, haciendo perfecto sentido. ¿Una alucinación hablaría de esa forma? No lo creía. O tal vez sí, después de todo, tenía 4 personalidades más que hacían más que sentido. Pero la había tocado y era de carne y hueso, eso tenía que contar para algo. Y aun así, no podía pretender que fuera a hablar con ella como si nada, estaba en estado de shock. No era por nada personal, ¿qué más le hubiera gustado a los Stevens que tener a Lizzie de vuelta? Pero simplemente, era algo imposible. Sólo consideró el pedido por pensar que…. Más bien, por pensarlo en claro. Jennifer la había visto pasar, le había contado de ella. Y no podían dos personas tener la misma ilusión óptica, y de todas formas, eso podría hablar de un demonio. Antes de que Lizzie pudiera decir nada más, Lay sacó de uno de los cajones de su escritorio una petaca que mantenía siempre guardada y la abrió a velocidad luz para lanzar todo el agua que tenía ésta en el rostro de la rubia. Su ceño se mantenía fruncido, observando, esperando. No salía humo, ni siquiera reaccionó más que con cierta molesta por recibir un chorro de agua bendita. No era un demonio. —Así que… Eres real —sentenció, con un leve temblor en su voz. Esta vez, se denotaba conmoción en sus palabras. Lo pensó entonces. Pensó en que Layla había tardado más de lo usual en ella en rociarle la cara con agua bendita. Era un clásico. Acabó de secarse con las manos sin mediar palabra, no hasta que la miró. —Siento decepcionarte si planeabas pasar un par de semanas en un hospital psiquiátrico porque si, soy real y no, no estás loca. Aunque por un momento me lo haya parecido —aquello último lo susurró. Según Peter Layla estaba bien, de hecho llevaba un par de meses sin visitar a su médico, solamente comprando su medicación. Tendría una charla con él, probablemente le despidiese, no podía limitarse a informes equivocados. Entonces volvió a guardar silencio, mirándola. No debería sorprenderla no ver alegría en su mirada, había pasado mucho tiempo, a esas alturas el duelo había acabado; a esas alturas, su ausencia se había convertido en un peso soportable. —Esto es importante. Tenemos que hablar —insistió. “¿No es extraño cuando los muertes vuelven a la vida y piden una conversación cara a cara? Man, nunca voy a acostumbrarme a esas cosas. Por eso prefiero los bares”. Esta vez, la que hablaba era Elle. La voz provenía desde la derecha de Lay y cuando se volteó una milésima de segundo a ver, la descubrió sentada sobre su escritorio, jugando con una taza. Era un calco de ella sólo que llevaba el cabello con mechas rubias, y ropa que no dejaba demasiado a la imaginación. Tuvo que sacudir su cabeza un momento para alejarla de su mente. No estaba, no podía estar, ella era una, volvía a repetirse como un mantra y tras cerrar los ojos y respirar, pudo por fin enfocar su atención en Lizzie. Su informe no estaba del todo mal, pero el desorden de personalidad no era algo que se curaba por siempre; a pesar de la medicación, el espectro siempre estaba allí. Layla simplemente había aprendido a vivir con ello. Y allí estaban, después de todo. Elisabeth Stevens, su cuñada, quien había muerto hacía ya… ¿Cuánto tiempo? Ni siquiera era capaz de recordarlo. Muchas cosas habían cambiado desde su partida. Y al parecer, incluso su cuerpo. —Supongo que sí —se atrevió a hablar la periodista finalmente, y suspiró con fuerza, rendida más bien. No había cabida para ninguna emoción en ese momento, sólo el shock. No sabía que pensar. ¿Habría Josh hecho alguna especie de pacto? ¿O Adam? No tenía sentido. Layla se acercó hasta Lizzie y se quedó parada a una cierta distancia de ella. No era capaz de ir a abrazarla todavía, aun le costaba acostumbrarse a su ‘nuevo’ look. —Después de ti —susurró, señaládole la puerta para que saliera primero.
X
La camarera acababa de dejar la lata de pepsi y el café doble. Lizzie colgó el teléfono en ese momento y se lo guardó en la chaqueta tejana. Patrick no estaba del todo de acuerdo en dejarla a solas con aquél “marrón”, pero no había otra manera de hacer las cosas. Layla no confiaría en un desconocido. ¿En ella? Bueno, evidentemente no iba a ser cuestión de minutos pero allí estaban después de todo ¿No? —Disculpa —acercándose la taza hacia ella buscó después el azucarero. Se echó un par de cucharadas y empezó a darle vueltas con la cucharilla. Sonrió al mirar la lata de Layla— Algunas cosas no cambian. Tomalo como un cumplido —probó el café dando un sorbo y por el rabillo del ojo miró el reloj de muñeca. Era tarde. No podría dar tantos rodeos como querría— Sé que debes tener muchas preguntas, pero no puedo contestártelas todas aún. He venido por algo en concreto y necesito que me eches una mano —de su maletín sacó un archivo que se acercó a la joven Lake— ¿Reconoces a ese hombre? Preguntaba por pura cortesía; sabía que lo hacía, porque había estado involucrado en el último caso en el que ella, Josh y Adam trabajaron. —No es que quiera que me des su paradero, sé dónde está, en el cementerio. Pero no estaba solo. El equipo técnico de la organización para la que trabajo ha intentado establecer un seguimiento, pero esa gente es meticulosa, para cuando supimos que estaban relacionados con el caso ya habían borrado las imágenes de la base de datos de tráfico. ¿Tu tienes algo? Layla tardó un muy buen rato en responder a aquella pregunta. Desde que se había sentado en frente de Elisabeth, la expresión de completa confusión en su rostro no se había quitado ni movido medio milimetro. El entrecejo fruncido por la mitad, una de sus cejas levemente alzada, intentando comprender como era que todo aquello había sucedido. Lizzie Stevens había estado muerta algo más de un año. Lizzie Stevens ni siquiera lucía como lo hacía en ese momento a la hora de su muerte. Y, ¿cómo demonios sabía de aquel caso improvisado en el cual había estado involucrada con Adam y Joshiel? Todo allí apestaba a una gran conspiración que su mente no alcanzaba a entender del todo. Por un lado, se alegraba de que su cuñada, amiga, una parte más de su familia estuviese allí. Pero había algo detrás de la razón por la cual estaba viva y era eso lo que no terminaba de convencerla. No había sido ni siquiera capaz de elevar los labios en una compuesta sonrisa, enseguida se desarmaba, rebanando sus sesos mientras pensaba y pensaba. Quería ir corriendo a decirselo a su marido y no podía. Todas esas dudas se paseaban por su mente y fue por eso que fijar la mirada, aislarla del rostro de la rubia que tenía en frente le costó unos segundos. Finalmente la fijó en la fotografía que le mostraba y asintió. —Tengo algo. Soy periodista —le recordó, y evitó agregar un “es lo que hacemos”. Soltó un fuerte suspiro y sacó de su cartera el móvil, sosteniéndolo en sus manos, dubitativa en cuanto entregarle lo que tenía. No podía ser así de confiada— Lizz… Eres familia, pero tengo que preguntarte, ¿para qué demonios es esto y quien va a verlo? —quiso saber entonces, alzando la vista para verla a los ojos. “Por supuesto”, pensó Lizz. No había modo de que simplemente le diese la información que necesitaba sin hacer sus preguntas. Quién no sería prudente. —Por el momento yo y mi equipo. Ningún dato se lleva a la mesa de dirección hasta que la inteligencia acumulada es suficiente. Creemos que el hombre al que matasteis —señaló la fotografía— trabaja para un área específica del sector cuatro a la que llamamos “Proyecto M”. Ya sabes que los nombres nunca han sido lo mio —alzó una ceja y casi esbozó una sonrisa—. Desde el principio, el sector cuatro se ha limitado a experimentar con la genética de personas con un don especial para localizar los genes concretos que les hacen especiales y poder secuenciarlos y copiarlos, transfiriéndolos a otros sujetos en base al ideal de un ejército de supersoldados. Con la baja del científico líder del proyecto creemos que han subvencionado una nueva idea, la mutación entre especies. Imagina que cruzas el ADN de un licántropo con el de un vampiro. O el de un telepata con un wendigo. Ninguna de estas pruebas puede dar resultados concluyentes en un laboratorio cerrado, así que… Tenemos la ligera sospecha de que han liberado a los experimentos para un seguimiento en campo abierto. Los cambian, les convencen de que son una raza superior y les dejan dónde estaban, solo que ya no son las personas que una vez fueron. Si este proyecto existe y sigue adelante podría derivar en un problema mayor no solo para los civiles, sino para los cazadores. Incluso nosotros tenemos manuales —se humedeció los labios— trabajamos sobre terreno conocido, si cambian las reglas… —encogió los hombros— Estaremos perdidos, igual o peor que un ciego. Layla seguía el desarrollo de la historia de Elisabeth con atención y un ceño más que fruncido. Lo del S4 no era nada nuevo, pero casi que pensaba que todo eso del ejército de superdotados era el capricho de un científico loco que jamás se llevaría a cabo, alguien le diría que no era viable. No podía ser que se lo hubieran tomado tan en serio. Parecía una maldita película de superheroes. Pero una de las cosas que más le llamó la atención no fue el proyecto M, que de ser exitoso atraería más problemas de los que podía pensar, sino a Lizzie nombrando a su “equipo” y una mesa de direcciones donde se debatía… ¿Debatir qué? No podía estar hablando de la OCEU. ¿Nicole estaría al tanto de que Elisabeth estaba viva? A menos de que hubiese colaborado en todo aquello… —¿Quienes son tu equipo? ¿Para quienes trabajas? —volvió a preguntar su cuñada, sin quitarle a la rubia los ojos de encima. —Esa es información clasificada. No había sido una respuesta que hubiese meditado, había sido instintivo, programado. Lizzie parpadeó y bajó después la mirada. Todos aquellos meses en las salas de interrogatorios de DynCorp, la habían convertido en su mejor activo, en una pieza indispensable y ella se había entregado a ellos completamente. Una última migaja de confianza, y la había invertido en quién en otro tiempo hubiese sido el enemigo. Le generaba desconcierto, sin embargo. Pensó que sería capaz de dudar, de intentar ser sincera. Se había equivocado. —No te pido que confíes en la gente para la que trabajo, te pido que confíes en mi. ¿Tienes, o no tienes algo respecto al proyecto? —Espera un segundo, no vayamos tan rápido —la confrontó Layla, quien de tonta no tenía un pelo. Sí, podía querer a Elisabeth, y sí, podía ser su cuñada favorita, amiga lo que fuera. Pero toda esa circunstancia era ya de por sí extraña; no era demonio, ni cambiaformas, pero, ¿cómo sabía que alguien del S4 mismo no estaba tendiéndole una trampa? ¿Qué estaban utilizando la imagen de Lizzie? Era un movimiento más que arriesgado y no planeaba poner en riesgo la vida tranquila que llevaba en New Orleans. La miró durante un prolongado segundo, en el que ambas parecían retarse con la mirada a ver quien cedía primero. Lay bajó la mirada en primera instancia, haciendo de cuenta que le había llegado un mensaje, pero en verdad envió los archivos que tenia y daría a Lizz a Josh y a Nicole Williams. Hecho aquello, le entregó su móvil a su cuñada, para que viera las fotos. —Matrículas, y algunos rostros. —Ignoraba que tuvieses cualidades de espía —comentó en un tono casual Elisabeth mientras observaba las fotografías, dedicándole unos segundos a cada una. No bastaría con la memoria visual— Ya sabes, enviar lo que tienes a una segunda persona para usarlo como escudo y aumentar el valor de tu vida en caso de que las cosas se vuelvan en tu contra. Es bueno saberlo. Saber que no habéis bajado la guardia, no completamente. Con o sin el permiso de Layla, sacó su smartphone y se envió las imágenes por bluetooth. Al acabar, le devolvió el teléfono a su cuñada. —Tened los ojos abiertos, por lo que sabemos podrían haber más sujetos de prueba en Nueva Orleans o las cercanías. Al sector cuatro le incomoda saber que hay cazadores cerca, podríais ser un problema para ellos. Del bolsillo de la fina americana sacó un par de billetes que dejó en el centro de la mesa. Invitaba ella. —Me gustaría quedarme, pero no puedo estar aquí. Antes de que Elisabeth se marchase de allí, como planeaba aparentemente y con toda la prisa del mundo, Layla se levantó y obstruyó su paso, tomándola de un brazo para que se detuviera y la mirase a los ojos. —Lo que sea en lo que estás metida…. —soltó un fuerte suspiro, quedándose a mitad de camino. Conocía lo disciplinada que llegaba a ser Elisabeth, no iba a soltarle nada. Y ella la quería, sí, pero era todo demasiado extraño como para confiar ciegamente. Poco a poco, y al darse cuenta de ello, la soltó con lentitud y tomó su cartera también para colgarsela al hombro. Esperaría que la rubia se fuera primero. —¿Planeas decirle a Josh en algún momento? Porque no voy a guardar el secreto por siempre —¿le hizo saber seria y un tanto amenazante. Iba a meterse un buen lío por haber sabido eso de ante mano y no estaba segura de como fuera a reaccionar su esposo. —Josh lo sabrá a su debido tiempo. Y desearía no estar metida en nada en absoluto —su sonrisa fue débil, forzada— Pero lo estoy. Cuídate Lay. Nos veremos pronto. Miró los ojos de Layla indefinidos segundos más antes de girarse y esquivar a la camarera, dirigiéndose hacia la puerta para cruzarla y salir.
Xx MEGALOMANIA - PART III xX
Los delirios de poder lograban incluso invadir a aquellos seres diferentes al humano común y corriente, a aquellos que uno creía inmunes a todo tipo de mal terrenal. Adriel era una muestra de ello: un arcángel centenario, que tuvo su experiencia de padecimiento en lo profundo del infierno hasta que lo doblegaron de tal forma que terminó arrodillándose ante la raza contra la cual hubiese luchado en otra época. Se convirtió en uno de ellos, en uno de las escorias de ojos negros con más alto poder y rango. Pasar tanto tiempo entre la muerte y el dolor te quitaba la humanidad. En algún punto de la historia, supo que para vengar los buenos momentos arruinados en su pasado, tenía que ganar poder y tendría que valerse del sufrimiento de todo lo que vivía ahora en el Hades.
Layla era la clave para poseer tal poder que nadie fuera capaz de enfrentársele. Y todo ese tiempo, ¿realmente había sido tan fácil como arrancarle el corazón del cuerpo? Bueno, debía admitir que se había divertido con los juegos psicológicos, y generar tanto malestar en su última descendiente, al punto tal de verla rendirse como él ante el lado oscuro. El demonio tomó el corazón con ambas manos, sin molestarse en evitar en que la figura consumida de Lay cayera inerte en el suelo, a orillas del río Mississippi. Éste fluía sin cesar, golpeaba contra las rocas un tanto más rápido de lo normal de lo que era su pace. Adriel acercó el músculo sangrante a su rostro y cerró los ojos cuando logró captar el olor a hierro que emanaba el mismo, animándose a olisquearlo más de cerca, casi estampándolo en su cara. Se sentía suave y fibroso, duro a la vez. Si lo presionaba lo suficiente contra sus mejillas, la sangre volvía a saltar hacia todas partes pero no parecía concentrado en aquel detalle, la saboreaba más bien como si fuera su plato favorito. “El sabor a la victoria” hubiese sido un título perfecto para ese momento en especial. Y la tentación era grande. El morderlo, engullirlo… Habría ganado por completo. - Esperé por tanto tiempo… El imprevisto, sin embargo, nunca faltaba.
xXxXxXxXxXxXxXxX
- Padre. La voz de Lauren, siempre calma como si el peligro estuviese sucediendo en otra parte del mundo, interrumpió las intenciones de Adriel de terminar a mordiscos lo único que quedaba de Layla Lake. No fue la voz lo que la delató, pues a lo largo de los años la esencia angelical de Lauren había pasado por muchos cuerpos humanos. Si el demonio no hubiese sido capaz de distinguir su propio linaje, su misma esencia, no hubiese podido reconocer a su hija. Adriel se dio vuelta con mucho cuidado, luciendo una sonrisa liquida color roja carmesí, a través de la cual sólo pudieron distinguirse parte de sus dientes afilados y blancos como perlas. - Me cazaste con las manos en la masa, pequeña – si la risa cantarina y burlesca no hubiese abandonado sus cuerdas vocales, pues entonces no habría sido él dando una respuesta. Por su parte, Lauren no movilizó ni un músculo. Algunos recuerdos de la existencia terrenal con su padre surcaban su mente, pero eran muy poco claros. Ella sabía muy bien que no se podía salvar lo que ya estaba perdido; y para acabar con la maldición Lancaster en la tierra, – todo lo que proviniese de esa familia – debía atacar el problema de raíz. - ¿Acaso el ratón te ha comido la lengua, pequeña?- inquirió el demonio, acercándose unos pasos hasta la posición de la rubia, observándola más de cerca. Era un ángel en decadencia y lo podía sentir en sus huesos. Con un chasquido de sus dedos podía eliminarla. - ¿O ya no puedes ver la diferencia entre un padre adoptivo y tu padre real? >> Oh, pero no te culpo. El Gran Señor de los Cielos suele ser muy persuasivo con sus palabras. Es un don. Quienes creen lo llaman Dios, y los demás, creemos que sólo es un brillante demagogo, uno profesional. Tú y yo, Lauren, podemos verlo. Esa es la razón por la cual estamos hoy aquí parados luego de tanto tiempo. La por siempre eterna Lauren Lancaster no tuvo tiempo a replica hasta que Adriel decidió callarse la boca. Muy dentro presentía esas sensaciones que había bloqueado por siglos: ira, decepción, angustia, los sentimientos más humanos que un ángel no podía permitirse. Estos, volvían a aflorar en ella, pero no se hacían presentes en su rostro apacible. - Esa es la razón por la cual tú y yo, Padre, estamos aquí – reformuló en su respuesta monótona - ¿Y qué hay de Layla? ¿Por qué está aquí hoy? - Bueno, Lauren, querida – la respuesta no tardó nada en llegar de los labios del arcángel caído. – Dos personas han cometido un gravísimo error: la bruja de tu tía al pensar que su estúpida profecía se cumpliría, y tú, fallaste como ángel guardián. Las palabras sin anestesia golpearon con violencia en el ego de Lauren, quien apretó sus labios con vigor en una primera mueca de rabia contenida, por poco haciéndose daño cuando oyó semejante acusación. El brillo de los ojos de su recipiente cambió rotundamente, y si bien los movimientos corporales eran mínimos, se lograba divisar ciertas intenciones para nada buenas en ellos. Tal vez con su energía sin fallas podría haber matado con sólo una mirada. No permitiría que insultara su trabajo de tantos años, aquello por lo cual se estaba sacrificando. Sin embargo, la sentencia salió de su boca con una envidiable tranquilidad. - Tú cometiste un grave error también. - No, no lo creo posible. No cometo errores. Y eso es una buena enseñanza, para futuras referencias, ¿sabes? – contestó Adriel con todo su egocentrismo cargado en aquellas palabras. Pero se lo notaba distraído, parecía haber dejado de prestar atención a Lauren, seguramente creyendo que sus palabras no valían su tiempo disponible; y había vuelto a concentrarse en el corazón de Layla Lake, el cual aún sostenía en su mano derecha, notando la sangre ensuciando sus dedos y cayendo sin césar a la hierba. El silencio reinó el estrecho espacio que distanciaba a ambos seres sobrenaturales hasta que un grito que hizo eco por todo el bayou desgarró la garganta del ángel, quien cayó de rodillas al suelo, temblando de dolor. La joven se aferró al pasto mojado con fuerza en un inútil intento por detener la sensación de que le estaban arrancando las tripas una por una. El barro se metía cada vez más profundo debajo de sus uñas, cediendo así al tormento al cual la sometía su propio padre. - No puedes simplemente enfrentarte a un ángel caído con una buena intención. Bueno, era algo difícil contestar a tal comentario cuando uno estaba siendo torturado, pensó Lauren para sus adentros. Y aun así, no hizo esfuerzo alguno más que el necesario para librarse del calvario que sufría, de sus músculos partiéndose, sus órganos arruinándose no con los años, sino a toda velocidad. Su cuerpo se había deteriorado con el tiempo. No era capaz de alojar la esencia angelical del todo, y Adriel estaba provocando con sus tormentos que todo el proceso de desgaste sucediera más rápido. Lauren tosía una y otra vez, intentaba buscar el aire que le faltaba, gracias a la sangre que la ahogaba y salía expulsada desde su garganta a cantaros para chocar contra el suelo de forma más bien violenta. Adriel estuvo finalmente parado a su lado, estudiando cada temblor que movía a la pequeña figura que tenía a sus pies, regodeandose de aquel ovillo indefenso que había formado. ¿Cómo siquiera pudo atreverse a pensar que iba a poder contra él? Se le pasó por la cabeza que podría ser un mal hereditario y toda la descendencia Lancaster sufría de él. Layla primero, su hija después. El demonio se agachó junto a ella, portando una sublime sonrisa de suficiencia, con el pensamiento de que tenía aquella batallada ganada. La tomó por el mentón con tal brío que casi logra partir su mandíbula. Quería que le mirase a los ojos antes de irse por completo, ver como la vida se alejaba de ellos poco a poco hasta dejarlos opacos. - Eso es, pequeña. Ve a dormir. Y saluda a tu madre de mi parte, el infierno es un lugar interesante. Ese sería el punto final de su comunicación con Lauren. Adriel tiró la cabeza hacia atrás en un sutil y leve movimiento, abriendo la boca en una pequeña “O” casi como si buscase aire nuevo. Tenía sus ojos completamente rojos enfocados en la mirada vacía y débil de Lauren, mientras que de los labios de la misma emanaba un extraño gas brillante, parecía de consistencia liquida también; era plateado y muy parecido a lo que había expulsado el cuerpo de Layla hacía minutos atrás: su magia, su esencia. Pero el demonio hambriento de poder había pasado algo por alto. Lauren tampoco era tan fácil de vencer, después de todo, tuvo un gran entrenamiento y había sido dotada de mucha magia e inteligencia. El suicidio nunca estuvo sobre la mesa. Y él, por una vez, no era todo poderoso frente a alguien, por lo cual la sorpresa lo tomó totalmente desapercibido y sin posibilidad de defenderse ante el inminente ataque que provino de la nada. La hoja fría de una cuchilla de corte irregular atravesó por completo el pecho de quien alguna vez hubo sido Charles Foley. Seguramente los demonios no creían en el karma, y a decir verdad, tampoco lo hacían los ángeles, pero en todos los años que Lauren pasó en la Tierra había aprendido la simple filosofía del mismo: “lo que va, vuelve”. Esta vez era ella quien estudiaba casi con mórbido alivio como la vida, o más bien, aquella oscuridad que dotaba de movimiento al cuerpo de Charles, se alejaba por fin de él. Una especie de corriente eléctrica rodeó a Adriel, quien convulsionaba con cierto ritmo, como lo haría alguien que recibía un choque de electricidad. Quien sostenía la daga, tenía la extraña sensación de que el tiempo se había detenido en ese preciso instante, y que sería un momento bisagra en la historia de la humanidad. Los ojos de su víctima no paraban de abrirse más y más al ton de la sorpresa, y aunque aquello parecía haber llevado años luz en suceder, de un segundo a otro, el cuerpo humano de Adriel ardió en llamas, emitiendo un audible y grotesco sonido que se originó desde lo más profundo de su garganta. El humo negro característico como esencia demoníaca fue expulsado de su recipiente, formando un espiral en el aire que luego se hundió o más bien, disipó al chocar contra la tierra embarrada. Se entremetió por la hierba, buscando algo que volviese a darle la oportunidad de resurgir, pero poco a poco, simplemente desapareció.
XxXxXxXxXxX
Bueno, tal vez ya estaba acostumbrada a la existencia sin ver las horas pasar. Por un tiempo, había logrado aprender cómo funcionaba el reloj, para que servía y así, organizar algunos momentos de la vida o tener cierto control sobre ellos. Y luego, sólo lo olvidó. Así que Lauren no pudo calcular cuánto había pasado desde la caída de Adriel hasta que logró llegar a rastras al cuerpo de Layla, más bien, lo que quedaba de ella. Huesos con piel pegada a los mismos, y un agujero hueco en medio de su pecho. Algunas moscas ya revoloteaban a su alrededor, pero ella no tenía las energías suficientes para espantarlas, si apenas podía mover los dedos. La piel de la joven Lake se encontraba arrugada, parecía haber envejecido de repente al momento en que se le escapó la vida de las manos. Su cabello había perdido el brillo de siempre y lucía color ceniciento. Literalmente, Adriel había absorbido su esencia. Estiró sus brazos para tomar a Lay entre ellos. No pesaba demasiado, por lo cual fue fácil dejarla yacer sobre su falda. Aun así, eso había supuesto un terrible desgaste de energía para ella. Hubiera sido más digno poder despedirse, poder decir algo “lindo”, dar esa especie de discursos que aparecían en las películas románticas, poder hacer saber al otro que había estado allí. Pero no estaban en ninguna película, y tan loco como pareciera, eso seguía siendo la realidad. Su duración allí se agotaba poco a poco, y lo que quedaba, se gastaría en su protegida: tendría la oportunidad de seguir adelante, de volver a intentarlo. Esta vez, tal vez por mucho tiempo, no contaría con la ayuda divina del paraíso, pero la había entrenado bien en los secretos de la magia y los ángeles. Confiaba en que las cosas iban a seguir un rumbo y no se desviarían del mismo. Se estaba sacrificando para que así fuera. Seguro, los ángeles no sufrían ningún daño físico, es decir, eran incapaces de comprender el dolor. Pero al poseer un cuerpo humano, Lauren ahora percibía todo el calvario que su recipiente estaba aguantando. En cualquier momento estallaría, y la poca esencia angelical que era capaz de albergar, se apagaba cada segundo que pasaba. No, no era una película. Y la cruda realidad exigía que las cosas sucedieran rápido. Con el cabello rubio cayéndole por el rostro, pegándose a esa mezcla de sangre y sudor que se expandía por su cara, acercó el rostro de Layla que sostuvo entre sus manos, lo más que pudo hasta casi rozar sus labios. Tanto de sus extremidades como de su boca, comenzó a emanar la luz blanquecina que era magia en su forma pura. Lo que Adriel había quitado a su descendiente, Lauren se lo estaba devolviendo. El cuerpo de Layla fue tomando color de a poco. Aquel pálido mortecino que se veía en su tez, mutaba a un color más rosado; las mejillas chupadas hacia adentro volvían a inflarse y el brillo de su cabello era visible de nuevo. Al mismo tiempo, sin embargo, Lauren perdía la poca fuerza que le quedaba. Su tenso agarre a la cazadora iba cediendo cada vez más y los ojos se cerraban de a ratos. Y si bien aquel recipiente había sufrido las torturas de su padre, el malfuncionamiento del organismo que precedía a la muerte humana empezaba a hacerse presente: frío, falta de aire, temblores, dolores internos. Su sistema comenzaba a colapsar. En el preciso instante en que el ángel parecía rendirse ante el cansancio, un par de manos sostuvieron con intensidad sus mejillas y evitaron que perdiese la conciencia por poco, obligándola a ver con sus propios ojos que era lo que la detenía. Se encontró con dos pares de iris azules que brillaban a la luz de la luna, envueltas en lágrimas pero apenas siquiera podía notarlo. La vista se le iba a cada segundo que pasaba. Pronto, percibió también su tórax contraerse – prueba de esto fue la tos que empezó a emanar de su garganta – cuando Lay la encerró en sus brazos contra ella. Quería hablarle y lo intentaba, pero no oía sonido alguno escapar de su boca. Lauren se percató de la magia de Layla tratando de entrar en su organismo, pero el sistema lo rechazaba por completo y posiblemente, la hechicera se dio cuenta, pues los sollozos se hicieron audibles. - ¡Estoy intentando salvarte, déjame hacerlo! – le reprochó la cazadora con la voz quebrada por el llanto, víctima de la desesperación. En su tono se lograba entrever una acusación. En cambio, cuando Lauren por fin fue capaz de hablar, su voz era fina y frágil, sonaba a que algo iba a romperse de un momento a otro. - Estoy… salvada – la tos interrumpía su comunicado, uno al cual Lay intentaba entender a toda costa, sosteniéndola con firmeza como si eso fuese a prevenir cualquier peligro, cualquier daño o la muerte inminente – Fui… mejor. Lauren aun tuvo la energía suficiente para alzar la cabeza, fijar la mirada en los ojos aguosos de Layla y componer lo más cercano a una sonrisa que alguien usaría luego de haber ganado una importante batalla. Toda aflicción se hacía humo y tenía la sensación de estar volando: era la realización. Había cumplido con su misión. Estaba lista para, por fin, para obtener su merecido descanso luego de haber trabajado durante cientos de años. Y eso hizo. Lauren cerró sus ojos.
MEGALOMANIA - PART II Estaba muy diferente desde aquella última vez que lo había visto. Un cambio muy notable, tanto al punto de que otra persona hubiese corrido en dirección contraria de no haberse enfrentado a esa clase de horrores alguna vez en la vida. Lucía como un muerto en vida – si es que esa clase de definición tan contradictoria podía aplicarse - , lo que cualquier ser humano llamaría un zombie: piel blanca como la tiza, y depende de donde diera la luz, era más bien un color ceniza. Su rostro estaba repleto de cortes, heridas que parecían frescas y otras que podrían estar tranquilamente en pleno estado de descomposición. Pero Layla estaba segura que lo más macabro de todo su aspecto era la sonrisa cínica que jamás se borraba de sus labios, porque sabía que Adriel estaba degustando cada segundo de ese encuentro, que la emoción que sentía provenía del miedo que ella destilaba pero no pensaba demostrar en ningún momento; que el hecho de tener el poder sobre un cuerpo que había sido su esclavo hacía sólo unos meses atrás lo hacía sentir omnipotente. “Bueno, el pensamiento general es que el último encuentro con tu némesis sea desastrosa. Que algo grande tiene que pasar, como si no se tratase de la vida real y en verdad, estuvieras protagonizando una película. Si pudiera agregar un tornado arrastrando vacas y camiones, y un ejército de naves espaciales provenientes de otra galaxia, muchas personas quedarían a gusto. Pero la realidad es más sencilla que eso. Y mi último encuentro con él no hubiera sido éxito de taquilla. En verdad, perdí. No tenía chances contra un arcángel caído de casi 300 años de edad. Yo sólo había heredado su sangre y algunos trucos básicos del Paraíso, y también, la habilidad de controlar los cuatro elementos. Pero Adriel, podía destruirme en sólo un pestañeo. Y lo hizo. Tomó mi alma, y morí durante al menos, dos minutos. Pero eso está bien, era la idea. El único modo de ganar era pretender que ya no quedaba escapatoria alguna, que no tenía opciones y sucumbía a sus pedidos porque de otra forma, perdería todo lo que más amaba. De nuevo, lo hice por unos minutos. Y es aquí la parte donde no hubo mucha acción. Me dirigía al centro del bayou con las piernas temblando, con el miedo generando escalofríos en mi espina dorsal a cada paso que daba. Morir, sabiéndolo por anticipado, nunca es algo agradable. Pero tenía un ángel guardián. Siempre lo tuve. Y ella moriría primero antes que yo si no pudiera salvarme. Estaba convencida. Todo ese tiempo, estuve a salvo.” El invierno no solía sentirse demasiado en New Orleans, pero las noches eran heladas como ellas solas sabían serlo. Era sólo que su cabeza estaba hecha un huracán de sensaciones y no podía concebir otra cosa que nervios y derivados de este. La brisa que rozaba la piel desnuda de sus brazos, y sus pies no hacía demasiado con ella. Probablemente lamentaría haber ido a un encuentro tan importante en pijama… O no. - Podrías entregar esa preciada alma tuya con un poco más de decencia. La risotada que soltó el arcángel devenido a demonio resonó por todo el bosque, ahuyentando a los animales más cercanos, como si estos presintieran la clase de esencias que estaban invadiendo su espacio. Layla no respondió de inmediato a aquella provocación, aunque fue más cosa de que no fue realmente consciente que estaba allí hasta que el eco de la risa llegó a sus oídos y fue como una llamada de emergencia: todavía tienes tiempo de correr. “No lo haría. Toda clase de cosas podían salir pésimas, podría no volver a ver el rostro de mis hijos o el de mi esposo, no sentir el calor del sol sobre mi cuerpo. Pero me había prometido que de una vez y por todas, me haría cargo de mis problemas, de mi pasado, de mi maldición; a como de lugar.” Le pasaba a veces: era tan directa, y no aceptaba rodeos ni siquiera cuando debía enfrentarse a su peor pesadilla. El villano explicando sus razones de por qué había cometido todo el mal en el Planeta Tierra le aburría. A Adriel, por otro lado, todo, incluso el más estúpido de los comentarios, de las situaciones, parecía divertirle. No recordaba jamás haberlo visto serio: siempre reía, como si hubiese fumado una buena dosis de marihuana antes de cada encuentro. Y eso, justamente, era lo que más le asustaba de él. Veía en esas carcajadas, en esas risas crueles, la falta de humanidad personificada. Los cazadores percibían a los demonios como basura, algo que podían aniquilar en menos de un segundo si gozaban de las herramientas adecuadas – no los culpaba, se habían acostumbrado. Pero esa noche pensó presenciar el verdadero poder que los soldados del inframundo, y por qué eran tan temidos en la tierra: eran puro instinto animal, todo lo que el hombre controlaba para no llegar a ser. Pero no importaba demasiado analizar el verdadero significado de lo que era un demonio, no cuando alguien tan poderoso, por pura diversión, se había aparecido frente a ella y la tenía tomada de su barbilla para observarla mejor – con esa mirada que destilaba superioridad. - Nunca entendiste, que has nacido para esto – soltó Adriel, ladeando los labios en esa sonrisa insolente, tan famosa suya – Este es tu objetivo en la vida, Layla. Aquí se termina. El silbido del viento y el susurro de las hojas rozándose entre sí era lo único que los rodeaba, pero la hechicera sintió el mundo quedarse parado por un instante al escuchar aquello, pues sabía que todo iba a suceder más que rápido. Debía de ser algo de familia, que no se anduvieran con muchos rodeos, o lo lógico, pues seguían sin estar en una película. Y ella sabía muy bien que no tenía que escapar, pero el impulso le ganó. Antes de que el arcángel caído pudiese tocar un centímetro de su figura, Lay sacó de debajo de su pantalón la daga plateada que se especializaba en matar ángeles y la interpuso entre ella y el cuerpo el Adriel. Lo atravesó. La expresión de terror que se leyó en sus facciones fueron más por el hecho de haberse encontrado con la mirada perdida de Charles, quien hubiera sido su psicólogo. Aunque a esa altura de las circunstancias, nunca supo si realmente lo fue, si toda su historia había sido auténtica; pero sí sabía que en algún momento, ese hombre tuvo una vida normal y fue humano, y que su pasado se estaba cobrando otra víctima inocente. Adriel se quedó paralizado durante unos segundos, incluso aquel centelleo que significaba la muerte de un alma logró visualizarse por unos segundos. Y la confusión se hizo presente, pues no pensó que matar a un caído de su nivel hubiera resultado tan fácil. Los ruidos naturales que envolvían el ambiente en el medio de aquel claro en el bayou los reaparecieron, como si la vida volviese a reanudarse. Y Layla reaccionó muy tarde al ataque sorpresa; sólo logró oír a su antepasado regocijarse en su victoria. Cada vez que estrujaba su corazón aún más, causándole aquel dolor insoportable, sentía un pedazo de ella irse, lejos y más lejos, flotar; cada vez menos consciente. Su cuerpo entero se petrificó en el lugar, sus brazos cayeron con todo su peso a los lados y su tez, con cada segundo que pasaba, lucía más blanca que de costumbre. Si uno miraba con cuidado, lograba entrever como se iba consumiendo: la luz de los ojos azules se apagaba, la mirada se perdía, comenzaba a deshidratarse. Una especie de fulgor brillante comenzó a enredarse en el brazo de Adriel, alimentándolo de todo lo que había sido Layla Faye Lake. Todo el poder que había heredado, todo lo que le quedaba de ella; bombeaba desde su corazón hasta meterse en el cuerpo del demonio, que iba rejuveneciéndose, regenerándose. Pronto, fue capaz de alojar aquella esencia tan poderosa sin que su recipiente se partiera en pedazos. “Nací en uno de los veranos más calientes de Louisiana. Mi madre jamás se cansó de hablarme de aquellas casi fatídicas 9 horas de parto que tuvo que sufrir gracias a mí – quien además, nacía cerca de tres semanas tarde -, y lo paradójicamente feliz que fue una vez me tuvo en sus brazos, sin problemas. Fue casi una profecía de lo que sería la vida en adelante: causaría dolor a todos quienes me rodearan, especialmente a quienes me habían dado la vida. Si yo sufría, ellos también. A veces pienso que si me hubieran dado la oportunidad de nacer, hubiera preferido no hacerlo. ¿Soy una cobarde? Nunca pude identificarme en las filas de la valentía. Tal vez sí en las de buena actuación, porque nunca demostré tener miedo: pero lo tuve, todo el maldito tiempo. Y hasta ese preciso instante en que sentí la mano de Charles Foley rompiendo atravesando mi piel, partiendo mis huesos hasta llegar a tomar mi corazón y desgarrarlo, no creí en que la vida se pasara por delante de los ojos de uno a la hora de la muerte. Pero entonces, sucedió. La noche del 30 de junio de 1987 en los brazos de mi madre con el calor más abrumador que hubiera sentido jamás, y no supe si era el calor de nuestros cuerpos o el ambiente. Mis primeros años en el jardín, y como asusté a los niños al casi explotar en llamas delante de ellos, algo que en otro momento hubo sido un recuerdo reprimido. La adolescencia, el primer beso, la primera vez, la graduación. Mery Lynn, muerte. La mirada vacía de los cuerpos de mis padres sin vida. Aprendí a cazar cosas sobrenaturales. Joshiel se cruzó y por primera vez sentí lo que era la felicidad. Y luego aprendí a sufrir con más intensidad, y creo que él lo aprendió conmigo. Tuve una familia de repente, mis padres volvieron y como si nada, todo se disolvió. Pagaron el precio nuevamente, porque una maldita profecía poco creíble advertía de mi inmenso poder, y quien se hiciera de él, podría llegar a dominar el mundo. La ambición los mató, y yo los maté dos veces. Así que tal vez, estaba tan dispuesta a morir porque lo pensaba como un castigo. Finalmente, el mundo se encargaría de castigar a Layla Faye Lake por todo el mal que causó en la tierra mientras la habitaba. Y luego, fue sólo calma y frío.”
XxXxX
Paradise comes at a price That I'm not prepared to pay What were we built for? Could someone tell me, please?
MEGALOMANIA - PARTE I. Siempre era un placer volver a su tierra natal, aquel lugar que tanto la caracterizaba. Layla sentía que su destino había sido nacer allí, que encajaba con todo en su vida: su personalidad, su historia... Y si en realidad lo analizaba demasiado bien, por supuesto que era su destino. Que idiota. La profecía de Keira - hermana de Mery Lynn - lo había previsto. Había auspiciado toda una vida en aquel lugar, desde su nacimiento hasta cuando fuera que tocara su muerte, y algo le decía que tarde o temprano, el lugar donde yacería, donde por fin descansaría en paz, sería nada más ni nada menos que New Orleans. Se sentía libre, se sentía ella misma. Aquel placer de volver se enredaba en sus huesos incluso cuando caminaba por las calles vacías de su vecindario, con aquel camisolín de seda que Joshiel le hubo regalado alguna vez. No mostraba demasiado, sólo lo suficiente. Lo usaba para dormir casi todos los días porque era cómodo - jamás pensó que iba a terminar llevándolo a un encuentro casi fatídico. Ahora, aquel regalo que con tanto amor había cuidado, y lavado y mantenido tan blanco pudo, lucía mugroso. Parecía haber sido arrastrado por el barro y que alguien lo hubiera cortado de forma irregular con tijeras. Y ella no lucía muy diferente a lo que ahora era un trapo en su cuerpo. Su cabello salía disparado hacia todas partes, enredado. De cerca uno podía notar las hierbas en él, la suciedad. Su rostro tenía cortes, algo de sangre que parecía estar fresca, y su andar era lento y torpe. Cualquier ciudadano común y corriente, curioso por naturaleza que hubiera prendido la luz a esas altas horas de la noche y decidido ver por la ventana, seguramente habría pensado que el apocalipsis zombie había llegado. La expresión vacía en el rostro de la cazadora, al menos, era un indicio de aquello. Había perdido la noción del tiempo. El bosque del bayou quedaba lejos, estaba segura de eso, y desde allí había empezado a caminar y caminar. Tenía un objetivo final en su mente, pero cuando se encontró tocando la puerta del hogar de Dean Gordon, sufrió un lapsus en el que no supo como demonios había logrado llegar hasta aquel lugar. Sintió una especie de luz fulgente caer sobre su rostro y casi quemar sus ojos. Con un movimiento más que lento, dejó su brazo por encima de su frente intentando esconderse de ella, alzando la mirada para comprobar que provenía del techo del porsche y apuntaba a ella. Los propietarios de la casa estaban despiertos cuando el timbre hizo eco. Pero antes de que ambos agentes federales lo oyesen, es necesario narrar qué estaban haciendo. La pequeña Layla Gordon había llegado al mundo hacía ya doce semanas. Una niña saludable, de grandes ojos claros como los de su madre, el pelo también era de la joven Griffin, pero la nariz y la barbilla eran de su padre. Dean había leído mucho sobre paternidad, bebés antes de que Layla naciese. Sabía que les había tocado la lotería con la pequeña, pocas eran las noches que se desvelaba, normalmente era un reloj; en cuanto acababa su toma de leche se dormía plácidamente. Pero aquella noche era una excepción, cualquiera de sus dos padres ignoraba que tal vez había una razón para ello, un sexto sentido, algo que los adultos que la miraban con fascinación no podían captar. En los brazos de su madre, Layla miraba fijamente la ridícula expresión de Dean mientras le oía parlotear sin parar. Probablemente no entendía nada de lo que decía, pero si Emma no le silenciaba era por una sola razón; la calmaba. -Y entonces, cuando el hombre malo apuntó con la pistola a la rehén papá intervino y salvó el día, y todos los atracadores fueron detenidos y trasladados a prisión. ¿Qué opinas? –Dean infló los mofletes y estiró una mano para tocar con un solo dedo la nariz de la pequeña –¿No tienes un papá valiente? -Y exagerado –Emma le miró por el rabillo del ojo, torciendo una sonrisa –No eras el único agente en el banco cariño, como te gusta tirarte flores.. Si, a papá le encanta tirarse flores –susurró a la niña. -No escuches a tu madre, está enfadada porque no puede ejercer. Pero eso no es culpa tuya, tampoco la escuches si alguna vez dice eso. Entonces, el timbre había sonado ¿No? Emma fue la primera en arrugar el ceño y aferrar a la niña contra si, que el peligro llamase a su puerta no era rutina, pero ninguno de los dos era precisamente confiado. La paranoia era una virtud para gente como ellos. -¿Quién...? -Iré yo, probablemente sea Josh. Ya sabes que no se le da bien interpretar mis palabras, con el “te avisaré si sé algo de ella” habrá entendido “ven a casa e iniciaremos una búsqueda”. -Que es, quizá, lo que tendrías que haber hecho -opinó Emma mientras le veía levantarse –No es típico de Layla desaparecer a las tantas de la madrugada... Espera, si, si lo es. Aun así.. -Iré a abrir, quédate aquí. Poniéndose las zapatillas de estar por casa Dean se dirigió al recibidor. Allí abrió el segundo cajón del mueble y sacó su arma reglamentaria, guardándola en la parte trasera de su pantalón. La luz del porche estaba encendida, pero no podía adivinar más que una sombra. Sacó el pestillo y abrió lentamente y no totalmente, asomando su cuerpo. Una expresión de sorpresa y conmoción engulló su seriedad al descubrir que se trataba de Layla Lake, intensificándose al analizar su aspecto. -Lay ¿Qué...? Dios mío ¿Qué te ha pasado? –entonces si abrió totalmente la puerta y dio un paso hacia fuera para sostenerla por los hombros –¿Estás herida? Hey hey, mírame ¿Estás herida? –volvió a preguntar cuando cazó sus mejillas con las manos. Layla forcejeó por unos instantes, aunque se sintió como una gran pérdida de energía, los movimientos que hacía su cuerpo eran lentos y débiles. Apenas era capaz de decir algo por el momento, tal vez en una especie de estado de shock. Tuvieron que pasar unos segundos hasta que su cerebro hiciera la conexión: había llegado a la casa de Dean Gordon, donde inicialmente había planeado ir pero lo había olvidado en algún momento de la noche. La voz de su amigo, quien la sostenía e intentaba calmar en ese preciso segundo, le llegó como lejana pero poco a poco se iba aclarando. La hechicera oyó una especie de pitido entrar por su oídos y gritó a causa del dolor de cabeza que comenzaba a invadirle, cayendo de rodillas al suelo casi de inmediato, con sus manos tapando ambas orejas y sus ojos cerrados con fuerza. No quería oírlo más. Sin venir a cuento, las lágrimas comenzaron a emanar de sus ojos y las imágenes de la horrible noche que había pasado a orillas del Misissippi volvieron a ella como en un flash: Adriel torturándola, y lo que parecieron ser años después despertar en el mismo lugar, con Lauren enredada a ella, agonizando. Lauren. Sus ojos volvieron a abrirse, esta vez aguantando la luz que chocaba contra su retina. Comenzó a buscar en lo que quedaba del único bolsillo que tenía en su camisolín, y allí estaba: la carta que tenía que entregar por encargo de Lauren. Su mirada, entonces, se fijó con intensidad en Dean y sonrió levemente. Al mal tiempo, buena cara. Iba a tener que enfrentar esa situación como fuere.- Ven... ayúdame - pidió, pudiendo hablar por primera vez. La voz salió pastosa de sus labios, como si recién acabara de despertarse de una larga siesta. Extendió su brazo, buscando la ayuda de Dean. Los grandes y atentos ojos de la niña estudiaban el rostro de su madre, en ocasiones, Emma se creía capaz de leer la mente de su pequeña y en ese momento, estaba preguntándose porqué la dejaba en el mecedor. Como única respuesta a la hipotética pregunta, la rubia se inclinó y besó la frente de la niña. Se irguió y se dio la vuelta al oír pasos, sus ojos vieron a su chico y Layla Lake llegando al salón. Dean acompañaba a la joven hacia el sofá y no la soltó hasta que se sentó. -Dios mio, Lay -Emma también se acercó, agachándose en frente de ella -¿Estás bien? Es decir, es evidente que no estás bien. Dean... -no le miró, pero es que tampoco hizo falta que dijese nada más. -Lo sé. Lo sé. Aún no lo domino, tengo que concentrarme. Con o sin el permiso de Layla, el joven Gordon dejó una mano sobre su frente y cerró los ojos. Era cierto, no lo dominaba, sus poderes eran un misterio para él, pero con la práctica había mejorado. El intercambio de una fulgente luz duró apenas unos segundos, pero cuando acabó, Dean tomó una bocanada de aire y se aferró al apoyabrazos del sofá. De pronto se veía como si no hubiese comido ni bebido nada en semanas, agotado. Emma hizo una mueca, sabía que estaría bien, eran gajes del intercambio de energía, de la sanación. Lay se veía mucho mejor ahora, al menos físicamente. No podía decir lo mismo de la tristeza que veía en sus ojos. -Lay, cariño. ¿Qué ha pasado? Josh ha llamado preguntando por ti, está nerviosísimo. El ceño de la cazadora se fue frunciendo de a poco, mientras sentía aquella energía meterse por entre los poros en su piel, paseando por todo su cuerpo, reconstruyendo sus tejidos. Alzó la mirada en busca de la de su amigo, interrogándolo sin mediar palabra alguna. ¿Qué demonios era eso? Desde la última vez que había visto a Dean Gordon, no se había enterado que éste hubiera desarrollado alguna clase de poder. Es decir, suponía que pasaría en algún momento pero esa noche su mente desgastada se sorprendía fácil. Apenas era siquiera capaz de responder a Emma, a quien sentía a su lado hablándole pero estaba demasiado ocupada observando el fenómeno que la curaba como para prestarle atención a la rubia. El ambiente parecía abombarla, como si todo fuera demasiado pesado. Era la sensación que le invadía a uno cuando estaba a punto de desmayarse, pero gracias a los esfuerzos de Gordon, todo se aclaró de inmediato y al fin pudo ladear la cabeza para enfocar su atención en la esposa de éste último. - Yo.... he....ido a enfrentar mis problemas - contó Lay, tras toser un momento. Se sentía algo más rejuvenecida, debía admitir, pero los recuerdos de la noche la perseguían sin cesar y no podía decir lo mismo de su estado anímico - He.... recuerdo que he hablado con Dean antes, ¿verdad? - buscó desesperadamente la mirada del joven nephilim, que le confirmara que sus recuerdos estaban bien, que no inventaba nada. -Dijiste que nos visitarías, no que lo harías a las tres de la madrugada -Emma contestó en lugar de su prometido, consciente de ello miró al mismo y le dedicó un gesto de disculpa frunciendo el labio inferior. No importaba, al menos eso pensaba el nephilim, nada de todo eso importaba; solamente el estado en el que había llegado, y siendo Layla, que hubiese ido a enfrentar sus problemas solo podía significar una cosa. Una sola. -Has ido a por Adriel ¿Cierto? El timbre volvió a sonar abruptamente y con insistencia esta vez, provocando el llanto de la niña. Griffin resopló conteniendo un grito o un insulto y solamente se levantó para tomar a su hija en brazos, tranquilizarla, susurrándole y besando su cabeza. -Ese debe de ser Josh -Dean también se levantó, dejando a Layla atrás para dirigirse a la puerta y abrir tan deprisa le fue posible -Ya va, ya va, cálmate por el amor de- Nada más abrir, Josh empujó la puerta haciendo a Dean a un lado, entrando sin permiso. -¿Está aquí? ¿Sabes algo? Dean intentó contestar, pero el cazador ya estaba dirigiéndose al salón. -Claro, tu pasa, como si fuera tu casa -ironizó y cerró de un portazo. La cazadora, algo más recuperada luego de que Dean ejerciera sus poderes de nephilim - y bastante nuevos, a decir verdad - en ella, se encontraba en ese momento intentando pispear a la pequeña Layla que Emma tenía en brazos. Sonreía como podía, era como si los músculos de la cara no le terminaran de responder completamente, lo cual generaba que su sonrisa no fuera tan linda como de costumbre. El timbre había sonado y todo gritaba que era su esposo quien entraba estrepitosamente, pero no estaba prestando atención en realidad. La mirada de la niña se había fijado en ella, y Lay se la mantenía y era como una guerra de quien pestañeaba y alejaba la vista primero.Pero cuando sintió la esencia de su marido tan vuelta, fue ella quien rompió aquel extraño vínculo para darse media vuelta y toparse de lleno con Joshiel Stevens entrando como un remolino en el living room de la familia Gordon. - Hey... - saludó, y alzó una mano como si quisiera chocar los cinco. Sin embargo el cazador (o ex cazador) no aceptó aquella invitación, notándose en su expresión que se le antojaba fuera de lugar. -Bromeas ¿No? Desapareces en mitad de la noche y cuando finalmente te encuentro, no en muy buen estado por cierto –señaló, refiriéndose a toda la sangre y suciedad en su ropa– Todo lo que dices es, ¿hey? –miró irremediablemente hacia Emma, enfocándose en realidad en el bebé –¿La he despertado? -No –contestó con sarcasmo la rubia –Los bebés son inmunes a los capullos que llaman veinte veces a la puerta a las tantas de la madrugada. ¿No lo sabías? -De acuerdo, me lo merezco –solamente se encogió de hombros y se acercó más a Lay –¿Qué demonios ha sucedido? ¿Estás bien? Maldita sea -de pronto tiró de un brazo de ella y la envolvió en sus brazos férreamente –You got me worried sick. Dean Gordon hizo aparición, pero no abrió la boca. Se limitó a sentarse en el sofá y entrelazar los dedos de las manos, pensativo. A Layla le costó un poco devolver ese abrazo, no porque no quisiera sino porque parecía aun estar en un estado de shock del que no se recuperaría muy pronto. Había visto muchas cosas, sobre todo, las había sentido en su cuerpo. ¿En qué idioma le explicaba a su esposo que segundos atrás había estado más que muerta? ¿Qué, literalmente, le habían arrancado el corazón?Descansó su mentón sobre un hombro de Joshiel, un tanto más aliviada sin embargo, por el calor que el cuerpo del hombre le ofrecía. Se sentía cómoda con él. Cerró los ojos y se dejó llevar unos segundos, sin prestar mucha más atención a las preguntas que Josh había hecho o las acusaciones de Emma, o la mirada de Dean clavada en ella, esperando respuestas. Y finalmente, pudo emitir palabras. - I'll have to explain it all - susurró, separándose levemente de Josh. - To everyone. Especially to Dean - sus ojos azules se clavaron en el nephilim con cierta seriedad. - We need to talk. -Yeah, you said that before –respondió el agente federal, separando las manos, pero no se levantó –And I can tell you're not a source of good news right now. Are you? You are... You never hesitate on talking, you just do, and if it's taking you so long it means It's not good. Joshiel oía a Dean, pero no le miraba, sus ojos escudriñaban aún el estado físico de su mujer, a falta de poder mirarla a los ojos. Había visto algo sumamente roto en ellos en ese fugaz instante en que pudo mirarlos. Algo grande había sucedido. -Do you need to talk to him in private? –preguntó, echando una mirada a Gordon .- No, I don't - Lay definitivamente se separó de su esposo para poder tomar asiento nuevamente, esta vez enfrentaba a Dean. La idea era que todos los presentes escuchasen, pero en especial el agente federal, porque era parte de su historia y le incumbía a él tanto como a ella. No, no eran buenas noticias y él tenía razón, jamás hubiera tardado en decirlo si fuera algo por lo que alegrarse. Había dado vueltas al asunto en su cabeza tanto pudo; entre los recuerdos de la noche, y el brusco cambio de ambiente no se le hacía fácil, pero decidió empezar por el comienzo, como con todo. Señaló a Joshiel un lugar a su lado para que se sentase, pues quería tenerlo cerca. Y a Emma también le señaló el sofá, iba a necesitar estar sentada también; no era algo fácil de decir. O tal vez sí, tal vez la parte más shockeante de todo no fuera enterarse de la muerte de alguien a quien jamás conocieron sino la forma en que ella había logrado sobrevivir a tanta maldad junta. Layla corroboró que todos estuvieran en sus lugares, listos. Literalmente, no abrió su boca hasta que pensó que todos estaban en condiciones para escuchar su relato. Tomando la mano de su marido con fuerza - la poca que le quedaba por ese día - habló de todo lo que había visto esas horas que había faltado de su casa. Habló como no había hablado nunca antes.
But I will hold on hope And I won't let you choke On the noose around your neck And I'll find strength in pain And I will change my ways I'll know my name as it's called again
one shot: Soul to Squeeze
Nightmares III
Que particular familia que había resultado tener: niñas brujas, gemelos que tenían la capacidad de desaparecer y uno de ellos había heredado la sangre demoníaca de su esposo; sin contar aquel pequeño que era un humano común y corriente, a quien habían adoptado en un momento donde abundaba el gran corazón. Y por supuesto, su esposo, el demonio. ¿Cómo quedar fuera de ese círculo? Ella: la bruja, el ángel guardián. La pregunta que pasaba por su mente en ese preciso momento era, ¿cómo carajo iba a pensar que la vida seguiría un rumbo fijo como la de un humano normal? ¿Por qué los dejarían tranquilos? ¿Realmente había sido tan estúpida para pretender que una vida como los demás podía ser llevada a cabo en ese ambiente? Eran una familia muy particular, claro que sí. Tenían garantía de que fueran a donde fueran, iban a encontrarlos y jamás se olvidarían de ellos. Se había despertado de un golpe, como alguien reviviendo de una muerte provisoria, y probar la primera bocanada de aire que le entregaba la realidad fue un alivio por al menos, dos segundos. La realidad efectiva le golpeó en el rostro con dolor proveniente desde lo más inconsciente. No tendría que estar allí, pero su cuerpo era testigo de aquello: cada corte marcado a fuego, más profundo, más pequeño, más sangrante, más grande. Habían de todo tipo. Llevó la mano izquierda hacia su espalda, y aquellas garras rasgándolas con las que había soñado hacían sólo minutos, habían dejado seguían marcadas allí sin ninguna clase de molestia excepto la que se hizo presente cuando rozó sus dedos con su carne, teniendo que gritar ante el ardor que esto le provocó. La herida estaba fresca; cuando volvió a ver sus dedos, estos estaban envueltos en sangre. Por primera vez en lo que iba de muchos años de matrimonio, se alegró – si era que podía sentir una pizca de alegría en ese momento – de que Joshiel no estuviese durmiendo a su lado, que estuviese atrapado en aquel cuarto especialmente preparado para retener su esencia demoníaca. No podía saber que aquellas pesadillas que rozaban lo real seguían perturbando sus noches, ya habían tenido demasiado y con un toque, cada pequeña herida desaparecería en menos de un milisegundo. Pero no se las quitó tan rápido. Con mucho cuidado, rodó sobre su trasero, y dejó los pies sobre el suelo, soportando unos instantes aquel dolor en su piel, como mil cuchillos clavándose dentro de su carne, sin parar. Debía de estar encorvada, porque de otro modo, las tres marcas largas que rajaban su espalda desde el principio y casi a fin, volverían a despertar el intenso dolor. “Pero sufriste peores cosas, peores torturas”, se recordó tras emitir otro quejido por la punzante aflicción que la invadía. Y lo había hecho, y lo había superado. Sólo necesitaba un empujón. Al levantarse, juró haber aprendido casi por osmosis cada mala palabra en todos los idiomas existentes que pudieran existir en el mundo. Las gritó todas mentalmente para poder sobrevivir al espantoso dolor de sus pesadillas. Se encontró arreglándose el cabello que le cubría casi todo el rostro, sintiéndose muy estúpida por detenerse en un detalle como ese cuando estaba sufriendo de un episodio tan grave, pero lo cierto es que de otra forma, no habría podido ver el camino claro para llegar al espejo de su armario. Layla se mantuvo parada, reflejándose en el mismo, quieta como una estatua y por la palidez, podría incluso pasar por una, sólo la delatarían los múltiples cortes y moretones alrededor de su cuerpo desnudo. Y ya no prestaba tanta atención al dolor como antes, no lo sentía del todo cuando pasaba las yemas de sus dedos por lo rojizo de su piel. Era una manía de ella mantener su cuerpo sin cicatriz alguna. Su piel era tan lisa y suave como si jamás hubiese vivido su pasado; un pasado de luchas, de muerte, lleno de oscuridad, un pasado que hizo lo imposible para dejar huellas grabadas a fuego, estigmas de toda clase. Pero su cuerpo sólo atestiguaba aquellas que Layla quería ver, esas que ella había decidido tener, esos pequeños recordatorios de lo valioso por lo cual vivía, al fin y al cabo. Cada vestigio de tinta negra en ella tenía una razón de ser.
Sus manos volvieron a recorrer esa menuda figura que se reflejaba en el espejo, desde su cuello y entre sus pechos hasta su vientre, preguntándose por qué era que nunca dejaba durar esas heridas. Claro que desaparecería las que tanto ardor y dolor le causaban, pero estaban allí por una razón también: no estaba prestando atención a esa batalla, no la estaba luchando. No peleaba su propia guerra.
Si se alejaba lo suficiente de los problemas, si olvidaba que los tenía, sería más fácil llevar a los niños a la escuela, a jugar al parque, a convencerlos de que eran como cualquier otro pequeño del mundo. Pero les estaba mintiendo, se estaba mintiendo a ella misma para defender algo que jamás lograrían tener por completo.
El cuerpo humano volvía a probar que era un mapa de cómo estos vivían su vida. En el caso de Lay, estaba viviendo una que no era la suya. Era la de alguien más, la de esa persona que tal vez había deseado ser diez años atrás, pero no quien era en ese momento. Cuando su regresó hacia su cuello, cada caricia que dejaba atrás volvía su piel lisa nuevamente, y así como si nada, volvía a no haber marcas del infierno que había padecido dentro de su propia cabeza. Pero por cada herida que desaparecía, Lay repitió la misma promesa: la próxima vez que los cardenales aparecieran, que su piel se rasgase de tal forma, sería por haber prestado batalla, por haberle hecho frente a Adriel de una vez por todas. Las heridas serían testigos de que había salido airosa de guerra contra su pasado y que finalmente, lo había superado y derrotado. La próxima vez, los cortes se quedarían hasta que desaparecieran naturalmente, y cada laceración contaría una nueva historia, acerca de la superación y de la importancia de nunca bajar los brazos.
x The Flowers x
Había perdido la noción del tiempo. Literalmente, no sabía si habían pasado minutos u horas desde que se había tirado en aquel césped fresco, y en realidad no le importaba demasiado. Sabía muy bien que las responsabilidades estaban ahí, no dejaban de golpear la puerta en su cabeza una y otra vez, esperando a ser atendidas. Pero simplemente no podía, no estaba disponible en ese momento. Tal vez no lo estaría durante o buen rato, porque decir adiós – cualquier clase de adiós – jamás sería fácil.
No estaba recostada en cualquier lugar tampoco, era propiedad privada y sin embargo no podían decirle nada al respecto. El cementerio estaba hecho para visitar a los muertos, para pasar un instante con ellos, para llorarlos… Si lo pensaba bien, era una idea morbosa. El negocio estaba en no poder superar la pérdida. Pero después de todo, ¿Quién podía andar en el mundo como si nada luego de la muerte de un hijo? Ella podía pretender que los días no eran tan tristes y desolados como al principio, podía mostrarse fuerte frente a la familia que le quedaba, pero muy en el fondo el corazón se le partía a pedazos cada vez un poquito más. Y Lay juraría que si seguía de esa forma, no le quedaría ni siquiera el alma; aquella que no había alcanzado a intercambiar por la vida de Michael. Tardes de otoño como aquellas, con la brisa y el sol jugando entre ellos, por alguna extraña razón le traían melancolía, como si el viento trajese junto a él todos los recuerdos que alguna vez tuvo con su hijo mayor. Esa, sin embargo, era una especial. La última por tiempo indeterminado. No podría volver a visitar aquella lápida de mármol que parecía ser lo único que les quedaría de Mike hasta el fin de los días – su nombre tallado con sumo cuidado y un breve y sentido recordatorio. Layla ladeó la cabeza hacia su derecha, observando la piedra blanca. Le gustaba pensar que él sentía que estaba allí, que iba a verle y a hablarle, que podía escucharla. Que el mínimo movimiento a su alrededor era una respuesta a sus palabras. Sólo que esa tarde tampoco tenía demasiado que decir. ¿Bastaría con su mirada? ¿Con sus pensamientos? La distrajo el hecho de que no había flores allí, lo cual la extrañó. Siempre llevaba un ramo, y eso era día por medio; las flores solían marchitarse rápido. Probablemente alguna alimaña que viviese por los alrededores se las habían llevado, o los pájaros para armar sus nidos. Enseguida ese pensamiento fue suplantado por otro, casi con alarma: no podría llevarle más flores de ahora en adelante. Y el sólo pensarlo le dolió en el cuerpo entero. Las lágrimas se le escaparon sin querer del rostro. - No… te estamos dejando, lo juro, Mikie – se lamentó en voz baja, mientras estiraba su brazo para poder alcanzar el mármol frío, jamás levantándose de donde estaba postrada. Tampoco se dio cuenta cuando la hierba comenzó a crecer por debajo de las yemas de sus dedos, invadiendo la lápida rápidamente, de un lado a otro. Parecía saber dónde acoplarse, como hacerlo para que aun así, el nombre y la leyenda recordatoria siguiesen a la vista. De la enredadera, comenzaron a florecer flores en tonos anaranjados, y algunos violetas y rosas. Acapararon aquella área, rodeando a Layla y el lugar donde yacía el cuerpo de Michael. Probablemente, se quedarían allí haciendo compañía a lo monótono del ambiente. Al menos, ella sabía que así sería.
Inconscientemente, una sonrisa surcó en los labios de la hechicera, sólo por el hecho de sentir aquel cosquilleo que le causaba su magia, saber que estaba allí. Sentía las flores enredándose en su cabello lacio, casi como caricias que la calmaban. El clima se tornó algo más cálido, ya no sentía el fresco atravesar la fina tela del vestido blanco que se abría junto a ella en el suelo. Probablemente se quedara allí más horas. Sabía, de alguna forma, que Michael se estaba despidiendo también; hasta la próxima vez.
The flowers you gave me are rotting and still I refuse to throw them away. Some of the bulbs never opened quite fully, they might - so i'm waiting and staying awake. Things I have loved i'm allowed to keep, I'll never know if I go to sleep.
X Safe Heaven X
- Eso fue un movimiento arriesgado, tengo que decirte.
Layla observaba distraída la forma en que Charles tomaba algunas notas. No tenía su atención puesta en él al cien por ciento, como sucedía en otras sesiones. Su mente estaba recorriendo otros caminos, abstraída de ese momento. Ella estaba, pero no estaba. Sin embargo, aquel último comentario de su terapeuta logró cavar hondo en sus pensamientos y la rescató de caer en un agujero sin fondo. Reavivó su interés de inmediato, generando en sus labios una sonrisa que no había invitado. Su cuerpo daba cuenta de esto, al volver a tomar una posición recta en el diván, con la vista fija en los ojos de Charlie. - Joshiel se puso algo histérico, pero le sirvió para darse cuenta por unos instantes que es un ser humano dotado de sentimientos, dudas, ideas, deseos… Lay explicó aquello de forma casi anecdótica, como al pasar. Se encogió de hombros recordando sin querer aquella última charla con su esposo y la manera en que había terminado en algo completamente distinto de cómo había empezado. - Pero pudimos hablar, y ya sabes, eso es bueno. - Ya veo – contestó Charles, sonriéndose también porque la situación le causaba cierta gracia. Una buena, según pudo apreciar su paciente. Sabía demasiado de Joshiel Stevens de la boca de ella, a esas alturas, podría llegar a decir que era hasta una reacción típica de aquel ex –cazador. Entonces tomó aire, largo y tendido para dejarlo ir en un suspiro mientras dejaba el block de notas y sus anteojos de lado, sobre su escritorio. Esa era una señal muy clara para Layla: dejaría de hablarle como un profesional de la salud mental, para tener una charla de sobreviviente a sobreviviente, usaría sus experiencias como cazador, estarían en iguales condiciones. Ella le llamaba a aquel momento “off the record”, para usar términos periodísticos que se ajustaran a un momento como aquel. Aun así, Lay sabía muy bien que todo el tiempo estaba siendo analizada. - Entonces… ¿Quieres hacerlo? Si bien Layla tenía una respuesta ensayada respecto a aquella pregunta – sabía que resurgiría en la sesión -, se tomó su tiempo para pensarlo mejor. Se acurrucó a un lado del diván en un gesto de achicamiento, tal vez de protección hacia sí misma porque aun en ese lugar, en un lugar en el que se sentía contenida y completamente a salvo, siempre estaba construyendo esa coraza que la separaba del mundo. De esa forma es que podría llegar a la respuesta correcta: sólo ella, sin otras voces diciéndole que hacer. Ante el silencio que reinaba en el despacho, no se hizo problema. Frunció los labios y se abstuvo de mirar a su psicólogo a los ojos, clavando su vista en uno de sus brazaletes, lo cual inmediatamente la dirigió a fijarse en su anillo de matrimonio. En un rápido reflejo, alcanzó a taparse aquella mano con la manga de aquel saco de hilo negro que llevaba encima y alzó sus ojos para fijarlos en los de Charles por fin, forzando una leve sonrisa. Actuaba como un niño al cual habían descubierto haciendo algo malo. - Sí, lo he pensado. Creo… que lo haré. Lo tomaré como una práctica – anunció entonces Lay, ensanchando aquella sonrisa que llegó a un nivel algo más sincero. Ninguna voz le había dicho que hacer, eso era un avance. Sin embargo, no contó con que la de su esposo comenzaría a resonar en su cabeza como un eco, oponiéndose rigurosamente a lo que había dicho y con muy buenas razones, haciéndola sentir culpa. Pero ya había hablado con Charlie acerca de aquello: Joshiel formaba parte de la construcción de su superyó, era normal; y tan sólo debía ignorarlo, porque por una vez en la vida, tenía que hacer algo por ella misma.
XxX
El halo de la luz de la luna se había presente a través de la ventana en aquel pequeño y acogedor cuarto, que momentos antes hubiera transitado horas y horas de pura charla acerca de problemas cotidianos y otros no tanto. Pero ya era más que tarde, y Charles solía apagar las luces cuando terminaba con su trabajo. Después de todo, la vida de un hombre que lo había perdido todo no necesitaba demasiada iluminación. Charles Foley solía estar a oscuras desde hacía tiempo en aquella casa de uno de los barrios residenciales de New Orleans. Algunos vecinos, incluso, comenzaron a preocuparse de que así fuera la mayor parte del día en que el hombre no tenía trabajo, sobre todo luego de haber sabido de boca en boca -y por aquella insaciable curiosidad que generalmente tenían los residentes -, la historia de aquel pobre muchacho. Sabían de buena fuente que Charlie había perdido a su mujer e hijo en manos de delincuentes, y claro que nunca era difícil de superar algo así, por lo que todos esperaban que en cualquier momento, un tipo tan tranquilo explotase y terminase su vida de forma más bien turbia. Pero todo era falso, sólo que ellos no tenían por qué saberlo.
Sentado en aquel cómodo sillón reclinable en el cual solía jugar su papel de terapeuta, Foley tarareaba alguna canción pegadiza mientras el contenido líquido y espeso que contenía aquella vieja vajilla en sus manos, seguía dando vueltas y vueltas. Y de pronto, sin venir a cuento, se detuvo. - ¿Tienes algo para mí? – la voz grave que parecía provenir de ese mismísimo recipiente, resonó por toda la habitación, en incluso por toda la casa. Una voz que causaría escalofríos a cualquiera y sin embargo, Charles no se movió un ápice de su asiento. Simplemente dejó de tararear. - Ha aceptado. La tengo – respondió con tranquilidad a lo que parecía ser la nada misma. Y pronto reanudó su bajo cantar. - Ya sabes que hacer. Y que ni se te cruce por tu estúpida cabeza de ángel traidor, fallar en esto. El terapeuta ladeó una sonrisa y comenzó a cantar más alto.
Come as you are, as you were, As I want you to be As a friend, as a friend, As an old enemy. Take your time, hurry up The choice is yours, Don't be late. Take a rest as a friend, As an old memory
Alter: Ada
Alter: Ada.
Nightmares II.
“No sé por qué tenemos la fantasía de que estaremos seguros del mundo en nuestros sueños, pensamos que nada puedo dañarnos. Y, en realidad, es todo lo contrario. Estamos más expuestos allí, donde nos enfrentamos a nuestros peores miedos.”
La agitación en su pecho, la forma en que amenazaba con quedarse sin aire de un momento a otro se sentía tan auténtico que no podía creer que estuviese dentro de su cabeza. Había intentado despertarse de mil formas distintas, pero nada funcionaba y eso sólo la llevaba a pensar que todo era real, que estaba sucediendo en ese preciso momento. A cada paso que avanzaba notaba el frío pasto contra las plantas de sus pies, las mismas ensuciándose con la tierra o fundiéndose en el fango y la piel raspándose con las pequeñas ramitas o espinas. Y se había chocado los dedos una y mil veces contra los troncos y piedras, pero sabía que no debía detenerse. Había un punto en especial al cual debía llegar, algo que tenía que ver con urgencia. También estaba muy consciente de en qué lugar se encontraba, no era un bosque al azar sino más bien uno que conocía como a la palma de su mano, y ese camino lo había recorrido hasta el cansancio pero nunca lo hacía de la misma forma. Había una fuerza que la atraía hasta el centro del bayou, una fuerza que tenía y quería detener porque a pesar de la urgencia del asunto, algo le decía que realmente no quería llegar allí. El famoso sentimiento de deja vu. De pronto, todo se detuvo – y la sensación de que había quedado atrapada en medio de la nada no la dejaba en paz, y podría haber jurado que cuando había comenzado a correr era una tarde cálida de verano, pero de repente sentía la piel erizada por el frío y el claro de la luna daba directo en su rostro, casi parecía estar en el centro de un escenario de una obra de teatro, y ella era la protagonista a quien la luz apuntaba. Escuchó ruidos, movimientos a su alrededor y el miedo la invadía. Quería llorar, y las lágrimas no le salían y eso la desesperaba aún más. - ¡¿Quién está ahí?! – gritó al vacío, volviéndose sobre su eje una y otra vez, girando tanto al perseguir aquellos movimientos que creía ver, que comenzaba a marearse un poco. Estaba en problemas y lo sabía, y no podía escapar. Había llegado a ese punto y sus piernas parecían haber dejado de funcionar, de hacerle caso. Quería volver a correr, y no podía.
“Estaba destinada a algo grande. Una profecía lo dijo. O me hicieron creer que lo decía… Pero fallé en todo lo que hice y otros pagaron el precio. Si actúo, alguien muere, y si no, siguen muriendo. Y yo sólo… siento culpa, y me quedo quieta.”
Había tres cuerpos colgados delante de ella, de las ramas de los árboles más altos del bayou. Oscilaban de un lado a otro, en una mortífera y lenta danza.
Eran tres cuerpos que conocía a la perfección, y si estaba en un sueño y las heridas que resaltaban en su piel eran fruto de sus recuerdos, quería decir que ni por un segundo lo había olvidado. Cada corte estaba grabado en su mente con perfectos detalles, incluso olía a la sangre fresca de aquel día. Internamente, luchaba por apartar la vista de tan macabro espectáculo, de aquella escena que se había encargado de enterrar bien en lo profundo de su ser para no volver a ver jamás. Quería gritar por ayuda, llamar a alguien… Pero su cuerpo no respondía a ninguna de sus órdenes, estaba paralizada y sabía que no era una parálisis “natural”. Poco a poco fue sintiendo una creciente presión contra sus piernas, subiendo por su cuerpo y ya sobrepasando su vientre. Algo que sí podía hacer era mover sus ojos y cuando logró bajar la mirada lo suficiente, se descubrió presa de toda clase de hierbas y lianas enredándose a ella como sogas. Mirase por donde mirase, no había escapatoria a una muerte inminente por asfixia o los cadáveres de sus padres y su hermano, que yacían allí como si esperasen que se le uniera en cualquier momento. La desesperación duró lo que le parecieron horas, aunque sólo habían pasado segundos hasta que sintió aquella mano helada levantando su barbilla con extrema delicadeza y a su vez de modo imperante, exigiendo en silencio encontrarse con sus ojos. Y cuando lo hizo, se vio reflejada en la parda y demoníaca mirada de su peor pesadilla. Las lágrimas se le escaparon sin poder evitarlo, jamás había sentido tanto miedo.
- Hay un lugar especial allí para ti, Layla – susurró Adriel, señalando con su lánguido dedo índice el pequeño espacio que quedaba de distancia entre el cuerpo de Robert y Michelle. Parecía deleitarse con la expresión de puro terror que le devolvían las facciones de Layla Lake – Justo entre tu padre y tu madre. ¿Y sabes? Tengo hambre. Voy a comerlos, y a ti… El demonio se inclinó hacia la izquierda, haciéndose lugar en el cuello de la joven para poder clavar sus dientes. Layla llegó a sentir el aliento putrefacto y cálido contra su piel – pero luego sólo hubo gritos. El escenario cambió radicalmente, dando un giro de 180° de un momento a otro. De repente se encontraba en su habitación, postrada en su cama y hundida en su lado del colchón. No sabía muy bien qué hora era exactamente ni se sentía con la fuerza necesaria para poder averiguarlo. Creía que el corazón se le saldría por la boca y apenas era capaz de respirar. Aun, habiendo caído en la cuenta de que todo había pasado, en su cuerpo permanecían sensaciones de lo onírico: la tensión de sus músculos, el sudor, los susurros, el miedo, el dolor en sus pies y su cuello. Especialmente en su cuello. Y fue eso lo que la hizo a reaccionar de una vez por todas. Lay se irguió hasta sentarse y con cierta urgencia, llevó una de sus manos al lado izquierdo de su cuello, palpando hasta encontrar la molestia. Con lentitud procedió a volver las manos hacia adelante, poniéndolas frente a sus ojos. Una de ellas estaba empapada en sangre.
Part II. Layla 1, 2, 3, 4.
Esconder cosas nunca se le había dado demasiado bien. La actuación le salía del alma en situaciones de vida o muerte, pero no en una charla tan íntima. En lo que sí le iba bastante bien era en pensar soluciones rápidas a problemas que tardaban en resolverse.
De todas formas, tirar de las mangas de su chaqueta para esconder los cortes de su muñeca era un tic más bien nervioso que no podía evitar. También llevaba un pañuelo cubriendo su cuello a pesar de estar en pleno verano. Estaba sentada de forma india y casi acurrucada en un rincón del diván, esperando a que Charles Foley, psiquiatra y ex cazador, finalmente ingresara para ponerla al tanto de su tan esperado informe psicológico. Temía que ésta vez la hubieran tachado de “loca psicótica” y la derivasen a un centro de rehabilitación, o peor aún, al manicomio. Y no podía simplemente aceptar eso, tenía una familia de la que ocuparse. La puerta del consultorio se abrió de sopetón, sobresaltando a la joven, y automáticamente, rescatándola de todo pensamiento paranoico. La risa de su psiquiatra le llegó a los oídos casi de forma ofensiva. ¿Dé que demonios se reía tanto? - Creo que deberíamos hablar de lo fácil que te sobresaltas. No es la primera vez que lo haces – observó Charles mientras pasaba a sentarse en su sillón y revisaba papeles como si nada. Layla pensó en ese momento que había acertado de persona para que la tratara. Esa había sido una buena observación. Fuera del tratamiento, en su vida cotidiana, tenía esos episodios de “susto” de forma seguida, ante el menor ruido. - Yo creo que tenemos cosas bastante más importantes que discutir además de la forma en que me sobresalto – respondió entonces, fijando la vista en los documentos que Charles traía consigo - ¿Ese es mi informe? El hombre levantó la mirada, ésta vez más serio y lejos de las bromas psicológicas, dejando todo lo que tenía en mano a un lado, sobre el escritorio. Adoptó una posición más profesional para enfrentar a su paciente; parecía tener unas cuantas cosas que decir. - ¿Quieres contarme que hay de nuevo con ese tic nervioso que traes contigo y el pañuelo en tu cuello? Es pleno verano, no esperes que alguien no lo note – advirtió el doctor Foley sin rodeos. Lay no tuvo más opción que responder con la verdad, no sólo por sus problemas con la mentira sino también porque era el único lugar donde podía hablar con libertad y si no lograba eso, entonces nada tenía sentido. - Fue un sueño – contestó a secas. - ¿Te hiciste daño a ti misma? - Eso es lo que no…sé. La duda se hizo presente en el rostro de Layla, quien se removió en su asiento, hecha un manojo de nervios. No quería darle a Charles razones para sospechar que no estuviera tomando su medicación y estuviese sufriendo nuevo episodios con sus alters. No podía recordar nada de lo que había hecho la noche anterior, pero en realidad estaba muy segura de cómo había obtenido todas sus heridas, sólo que sonaría a locura y esas cosas no son convenientes decirlas cuando ya sufres desorden de personalidad múltiple. Sin embargo, tuvo la valentía necesaria para poder decirlo en voz alta. - No fue Liv, si es lo que piensas. – Se apresuró a clarificar – Me dijo que no fue ella. El psiquiatra volvió a posar los ojos en ella, algo más interesado, o al menos eso parecía. Dejó la lapicera a su lado también, en un inconsciente gesto de que no tomaría notar para prestarle tanto atención pudiera, y se arrimó más hacia Layla. - ¿Quién crees que fue? - Adriel, en mis sueños – no hubo duda en la voz de la castaña. Apostaría su vida en eso – Él… dijo que me… comería, literalmente. Y me ha mordido el cuello, y luego… luego quiso mostrarme cómo fue que asesinó a mis padres, que clase de cortes había utilizado. Layla contó absolutamente cada detalle de aquella pesadilla tan vivida que había tenido hacía unas noches atrás. Desde las sensaciones más personales que le traía correr por el bayou, uno de sus lugares favoritos en el planeta, y la aparición de sus padres y hermano muertos, hasta como había aparecido su antepasado de la nada misma. También le recordó a Charles como era que había perdido sus poderes, si bien habían tocado el tema en sesiones anteriores pues era uno de los mayores problemas con los cual le tocaba lidiar. Todo tenía que ver con todo. Foley lucía por primera vez, luego de muchas sesiones de terapia con material suficiente para el susto, muy alarmado por lo que oía. Se quitó los lentes redondos del rostro como si de esa forma fuera a enfocar mejor a Lay o descubrir algo nuevo en su lenguaje corporal si miraba más de cerca; parecía preocupado, ese era el término correcto. Lay alzó una ceja expectante, algo incómoda por la forma en que la miraba tan fijamente, apenas pudiendo descubrir que se cocinaba en su cerebro de médico psicológico. - ¿Qué? – inquirió a la defensiva. - ¡¿Qué?! – Exclamó Foley, un poco fuera de sí - ¿Nunca has visto Freddy Krueger, Layla? Adriel puede matarte en tus sueños. La voz del psiquiatra de Layla generalmente era grave y susurrante, a veces hasta parecía ronco. Fue por ello que le sorprendió lo agudo que había sonado de repente. Eso significaba que estaba preocupado de verdad, y a diferencia de ella, que lucía bastante tranquila, comenzaba a enloquecer un poco. Y no lo culpaba. Su único problema era que ya había pasado por esa clase de situaciones más de lo que le gustaría. - Si hubiese querido matarme, ya lo hubiera hecho – razonó con cierto enojo la joven. Sabía muy bien de lo que Adriel era capaz, aun no se había recibido de idiota. - No, no lo entiendes, mujer – insistió Charles – Quiere tu cuerpo, lo necesita. Los poderes que ha robado no funcionan sin su recipiente original, y ese recipiente eres tú. Y te quiere viva o muerta, y claramente, no has aceptado irte con él por las buenas – le recordó con cierto sarcasmo. Mientras la aludida consideraba aquella opción, que tenía mucho sentido, a decir verdad, pudo distinguir la forma en que Charles parecía a punto de perder la paciencia con ella, a diferencia de su extraña calma con el asunto. Por eso fue que se apresuró a hablar. - Lo… entiendo. Pero no ha intentado nada todav… - ¡¿Qué no lo ha intentado?! – el médico de carácter pacífico, a quien Lay había conocido como la segunda persona más serena luego de Lauren, terminó por explotar. Estaba enfurecido como nunca antes. Layla comenzaba a exasperarlo con aquella actitud casi suicida que adoptaba gracias a su baja autoestima, y era muy difícil esconder como se sentía. - ¿No lo ves? Ya ha hecho algo. Y si no pides ayuda, y créeme, sé que es uno de tus defectos eso de no ser capaz de pedirla, no podrás escapar de él tan fácil. Porque ya ha descubierto como entrar en tu cabeza. En otros momentos de su vida, Lay hubiese respondido, utilizado el sarcasmo y la ironía, de forma graciosa sin embargo. Alguna respuesta vivaz se le hubiese cruzado por la mente y saldría de la situación airosa, porque nadie podría saber que necesitaba una mano, un hombro sobre el cual descansar por un rato. Claro que sí, lo hubiese logrado. Pero se Foley se enfrentaba a una mujer muy diferente de la que solía ser, una mujer a la que había dejado de importarle el mundo gracias a todo el daño que había sufrido a lo largo de todos esos años. Layla era débil. Todos podían notarlo y todos intentaban aprovecharse de su condición apenas tenían la oportunidad. Había una parte de ella que deseaba el momento en que Adriel diese su golpe de muerte, y otra parte de ella que deseaba con todas sus fuerzas ser rescatada, recuperar lo que solía ser. Así que no dijo nada y soló asintió a modo de afirmación al consejo de Charles. Iba a buscar ayuda, después de tanto tiempo algo iba a tener que decirle a Joshiel acerca de lo que estaba sucediendo. Fue una especie de entendimiento, un acuerdo firmado con las miradas lo que hubo entre Foley y su paciente. Daba paso a hablar de otro tema, aunque tampoco ninguna de los dos se sentía con ánimos de continuar aquel día. Lay fue quien rompió el silencio. - ¿Eso es mi informe? – reformuló la pregunta con la que había iniciado la sesión. Charlie – como lo llamaba a veces – bufó con cierta molestia. Lo era, pero no planeaba mostrárselo. - No he terminado el tuyo, debo hacerlo hoy. Éste – refiriéndose a la carpeta que descansaba en el escritorio a su lado – es del próximo paciente. Esquivó la mirada de la mujer de inmediato, leía en sus ojos y la forma en que se había arrimado en el diván que no le creía. Pero ese informe era algo que no podía darle o mostrarle. No frente a todo el progreso que habían logrado. A la mierda las normas, eso moriría con él. Su paciente se preparaba para irse. La vio juntar sus cosas en silencio, pero su andar lento indicaba que tenía algo que decir. Layla no era una persona que solía dar vueltas a la hora de comunicar algo… excepto que se tratase de ella. Y una pizca de satisfacción le invadió por dentro al ver que estaba en lo correcto. La joven vaciló un momento al levantarse, y volvió a su asiento. - ¿Qué pasa, Lay? – inquirió él, casi con diversión en su voz. Pero ella estaba tan ensimismada en sus propios pensamientos que no alcanzó a captarlo. - Estaba pensando en los sueños. - Dime. - Es sólo que… - Layla suspiró antes de seguir con la idea – No sé por qué tenemos la fantasía de que estaremos seguros en el mundo de los sueños. Pensamos que nada puede dañarnos, y en realidad, es todo lo contrario – aseguró. Hablaba de esa forma desinhibida que la poseía a veces, sus pensamientos fluían en voz alta. - Estamos más expuestos allí, donde nos enfrentamos a nuestros peores miedos – terminó. Charles podía notar que ese era el momento donde lo soltaba todo, donde Layla Faye Lake explotaba y decía lo que realmente pensaba y no paraba. Tenía esa necesidad de escupir la verdad al mundo entero, pero por temor, nunca lo hacía. Se quedaba callada y su escape era la escritura. Esa era una de las cosas que Charlie había podido anotar luego de unos cuantos meses acerca de su personalidad. La estudiaba con cierta admiración, pues era un momento sublime, creía él. El momento en que un ser humano era sincero por una vez en su vida, incapaz de omitir verdades, incapaz de inventarlas. Y Layla necesitaba saciar esa necesidad. La dejó seguir sin interrumpirla. - ¿Sabes, Charles? Solía pensar que estaba destinada a algo grande. Una profecía lo dijo. O me hicieron creer que lo decía… Pero fallé en todo lo que hice y otros pagaron el precio. Si actúo, alguien muere, y si no, siguen muriendo. Y yo sólo… siento culpa, y me quedo quieta. Ella negó un par de veces al notar lo estúpida que había sido todo ese tiempo, porque no le entraba en la cabeza que alguien pudiera fallar no una, no dos veces, sino todo el maldito tiempo. Se le hacía casi incontrolable contener sus lágrimas, que poco a poco se apoderaron de sus mejillas ya coloradas. Se las secó de un manotazo, pasando las mangas de su chaqueta universitaria por su rostro para eliminar la humedad. Y al fijar con más detenimiento la vista en su psiquiatra, quedó anonada al ver que éste sólo sonreía como si nada. Pero, ¿qué mierda le pasaba aquel día? ¿Todo le parecía gracioso? - ¿Qué carajo te pasa, Charles? No es gracioso – escupió furiosa. - Okay, okay, tranquila – la detuvo él, intentando contener la risa – No me río de ti. Me río porque… es un problema muy mundano el que tienes, Layla. Tienes miedo, todo el tiempo. Tienes miedo de dar un paso más allá que arruine el status quo de tu vida, miedo de que tu esposo decida por fin que prefiere la cacería antes que la vida común y corriente. Miedo hasta de ir a hacer las compras y dejar la casa sola. - Y sigo sin verle el maldito chiste, Charles – Layla soltaba las palabras filosas y a la defensiva, era ella quien ahora comenzaba a perder la paciencia. - Sólo digo que… Ya no estás sola cómo crees, o como estuviste cuando eras adolescente sin tener idea del mundo, Lay – especificó entonces el profesional, tornando su voz grave y susurrante en una bastante agradable a los oídos, amable. Era su tono de que todo tenía solución. – Es el momento de comenzar a confiar en los que te rodean, no puedes siempre mirarlos de reojo, juzgarlos por cosas que ni siquiera han hecho porque algunas personas con las que te cruzaste sí lo hicieron. Pide ayuda, inténtalo, ¿sí? Es un primer gran paso. Lo demás vendrá solo. - No puedo creer que te esté pagando doscientos dólares la hora para que me digas esta sarta de idioteces, Foley – negó ella, aunque esta vez su rostro, a pesar de la tristeza que conllevaba mostraba una amplia sonrisa. Era divertido, sí. No iba a negarlo, y la risa de Charlie era demasiado contagiosa. Una de las más extrañas que había oído. - Haré lo que dices sólo para que cuando venga la próxima sesión, podré demostrarte y decirte en la cara: “te lo dije, la gente es un gran mierda”. Layla cazó su bolso y lo colgó a su hombro, comenzando a caminar hacia la salida del consultorio. Aun podía escuchar las risas de Charlie tras ella, por lo que alzó ambas manos y le mostró los dedos del medio. - ¡Eres una de mis pacientes más tercas, Lake! – lo oyó gritarle cuando ya cerraba - ¡No olvides buscar las recetas de tus medicinas en recepción! Su gran problema finalmente había sido resumido en un simple consejo y muy simples palabras también: así como le había costado aceptar que jamás volvería a dormir sola en una cama, su vida solitaria, su personalidad como un alma en pena era difícil de dejar atrás. Sobre todo la creencia de que podría lograrlo todo sin ayuda de nadie. Realmente había algo mal en ella cuando necesitaba oír de un profesional en psicología que aunque quisiera convencerse, ya no estaba sola. Tenía una familia, tenía un marido que a pesar de las diferencias, la quería lo suficiente para no haberse ido a pesar de todos sus problemas. No tenía demasiados amigos, pero tenía lo suficiente – y necesitaba un refugio, y ellos serían el más adecuado. Su búsqueda acababa allí.