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Realidad o Sueño
Quante cose son cambiate nella vita,
Quante cose sono sempre così.
Quante volte ho pensato è finita,
Poi mi resvegliavo il lunedì.
[Quante volte, canción de Vasco Rossi]
I
Despierto, estoy alojado en un hotel del centro de Arequipa. En realidad podría haber estado en Puno o quizá más al sur. Pero no, los primeros días de enero me embarcaría en un viaje sin planes previos, sin itinerarios ni preocupaciones, solo siguiendo al corazón; llevando la mochila de una ciudad a otra. Mollendo y Mejía, una caminata por el litoral y la bonita playa de Catarindo. Una mañana en el mar y una tarde más al sur. Ilo, el ocaso sobre el puerto, un batido de lúcuma y una tarta de chocolate para celebrar un año más de vida. Días junto a ella, días interminables, días hermosos, días que siempre los recuerdo con una sonrisa. Tacna y una despedida. Todo aún estaba por comenzar. Fueron los primeros siete días del año, días que por mucho tiempo guardaré en mi corazón. Pero el viaje continuó y de repente, casi sin querer, ya estaba en Arica, en la cima del morro donde flamea una inmensa bandera chilena. Es un lugar importante para visitar, me había dicho la guapa señorita de la oficina de información turística, con ese acento chilenito po. Y allí estaba mirando el mar, esperando por la puesta del sol a las ocho de la noche. Un paseo nocturno y al día siguiente me subía a un Pullman que me llevaría a La Paz. Del país altiplánico me traería otro saco de buenos recuerdos. Oruro, Potosí, Uyuni (Salar y Dakar incluido), de nuevo La Paz y Copacabana. Allí se consumieron nueve días más del año, entre gratas vivencias y experiencias. Aún recuerdo estar sentado en la pequeña plaza de Copacabana con el ‘che’ Juan, el flaco argento que conocí en la isla del Sol. Esperábamos por la salida del bus que nos llevaría a Puno, conversando sobre la posibilidad de ir juntos a Cusco y contando los últimos bolivianos que teníamos a la mano. Él decía que los llevaría para su viejo que le gustaba coleccionar monedas de diferentes países. Yo también haría lo mismo, hasta que pasaron dos chicas ofreciendo sándwiches vegetarianos. Nos miramos y coincidimos en mandar al carajo la colección de monedas. Terminamos con nuestro sándwich de palta y tomate en la mano, y sin un centavo en el bolsillo. Luego otra despedida más, como la de hacía unas horas en la isla del Sol o como la de hacía dos días en La Paz. Con el ‘che’ Juan nunca nos volveríamos a encontrar en Puno. Allí decidiría poner fin a aquel viaje que había iniciado hacía veintiún días en la querida Arequipa.
II
Se acababa febrero y no había pasado mucho desde que había regresado a Lima. Un día cualquiera que terminó llevándome de regreso a un hospital por primera vez en mucho tiempo. Era el inicio de un terrible mes, un mes negro, lleno de angustia y desesperación. ¿Qué había sucedido? Después de un buen inicio de año, estaba sumido en la modorra, acongojado con medio cuerpo adormecido y con la paranoia de que cualquier momento podría irme al carajo por un derrame cerebral. Fueron días realmente jodidos, días sin salir de mi habitación, días que pasaba dopado por el Clorazepan, días que traían a la memoria muchas cosas que uno a veces no quiere recordar. Alguna vez te vas a quebrar, me había dicho una amiga algún tiempo atrás. Y terminé quebrándome. No era la primera vez, tampoco sería la última. Podría haber sido peor —me dijo la guapa neuróloga—, por ahora toca descansar. Y descansé todos los días que pude. Días sin escribir, sin diseñar, sin hacer prácticamente nada. Unas de cal y otras de arena, así es la vida. Luego vendría una etapa de recuperación, los días de volver a acostumbrarse a dormir sin las jodidas pastillas, los días de la desintoxicación. Aquellos días fueron como la letra de una canción italiana que dice: Cuántas veces he pensado que todo se acabó, luego amanecía el lunes y seguía aquí.
III
Los días siguieron pasando y de repente estaba de nuevo de pie, de nuevo reestructurando los proyectos. Volví a la montaña, quizá no como antes pero estaba de nuevo allí, intentando vivir, apareciendo después de un largo y negro silencio. Ya casi terminando la primera mitad del año, estaba seguro que me tomaría más de la cuenta recuperar el ritmo, volver a estar en forma. Volví a escribir, a lo mío. Volví al trabajo cuando ya no quedaba nada por hacer. Así sería por el resto del año. Y así pasó, una anécdota tras otra. Grandes vivencias junto a grandes amigos. Parece mentira que haya llegado hasta el último día del año y esté escribiendo esta especie de recuento de un año que se va así de rápido. Después de haber pasado por episodios que hoy recuerdo con una grata sensación de satisfacción. Y es que todo pasa por algo, diría mi viejo, todo tiene un por qué. Sucedió la vez que me desprendí por unas rocas en las faldas del Sara Sara en Ayacucho, allá por fines de Julio, accidente que me tuvo por un mes fuera de actividad. O la vez que corrimos bajo una tormenta eléctrica explorando una ruta en San Mateo. O la subida al Pico Lorito con dos queridas amigas (ellas saben), que terminó con tormenta eléctrica y con nuestros ojos también. Todos episodios grandiosos, como la vez que recién recuperado, allá por abril, nos dimos una ‘lataza’ de dos días desde el Yuracmayo hasta Tanta. Pasando por la frustración del último viaje a Arequipa del que casi no regreso, hasta la última ruta del año en el que casi terminamos sancochados por los rayos. Todo queda. Hace un año a esta hora cenaba en Arequipa con el alma y el corazón alegre; hoy estoy en casa, tranquilo, encabronado pero jodidamente satisfecho. Parece mentira, aun no me lo creo, que a pesar de todos los episodios negros, hoy este escribiendo una historia real o, quien sabe, quizá todo sea un sueño, un sueño real.
Bechitos para todos :* ¡les deseo que tengan un feliz y prospero año nuevo!.Bendiciones💕💕💕💕🐼 #Ciao2014
Chasing down that #NYE #sunset with @iamsergior 🌇🙌🎉 #nyc #GWbridge #drive #ciao2014 #yogio (at George Washington Bridge)